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domingo, 1 de enero de 2012

LA NAVIDAD, LA CONVIVENCIA Y LA FIESTA POPULAR



             Durante los últimos días de 2011 el diario “Público” (traducción a la neolengua ultracapitalista ahora en curso del vocablo castellano “Estatal”), órgano de expresión del PSOE, partido que en sus 8 años de gobierno ha destruido el país en todos los sentidos, ha realizado una de sus campañas más demagógicas e insidiosas contra las Navidades.
            Como agente del capitalismo, en particular de la gran banca (no se pueden olvidar los íntimos y estrechos lazos que unen al PSOE, que financia “Público”, con el señor Botín, jerarca máximo del Banco de Santander) que es, aquel diario condena todo lo que las Navidades son, lo malo y lo bueno de ellas, sin salvar su parte positiva, lo que tienen aún de evento convivencial y lo que conservan todavía de fiesta popular auténtica y genuina.
            Al ser “Público” el órgano de la socialdemocracia particularmente corruptora, por deshumanizada, pancista, maquiavélica y mentirosa, defiende la modernidad y el progresismo, esto es, la ideología más querida por el capitalismo multinacional y globalizador, que necesita destruir todas las formas de cultura popular y reducir a los humanos a la condición de simples entes zoológicos, de meras bestias.
          Ese diario se desencadena cada día contra la tradición popular tanto como contra la revolución, contra el pasado tanto como contra el futuro. Mi posición es muy diferente, dado que pretendo una revolución integral, que ponga fin  al Estado tanto como al capitalismo en todas sus formas (también al capitalismo de Estado señores de “Público”). Por ello contemplo el pasado inmediato con simpatía y amor, a fin de recoger de él sus aspectos positivos, que se dan en lo que tiene de popular. De ahí que procure unificar tradición con revolución, lo que es antagónico con la muy bien subvencionada apología que “Público” hace de la modernidad y el progresismo, de cuya coyunda sale el laicismo.
            El laicismo es una de las religiones políticas que imponen los valedores del capital multinacional. Se equivocan quienes creen que es la condena de la religión: no, esto es secundario en él. Su parte sustantiva es la defensa mostrenca y fanática del Estado, esto es, del ejército y del Estado policial, sin olvidar el capitalismo de Estado. Para el laicismo el Estado es la nueva divinidad ante la que todas y todos hemos de arrodillarnos. Y se comprende que sean tan laicistas los amigos socialdemócratas del señor Botín, que sin el Estado no es nada y no puede ser nada. Por ejemplo, si no fuera por el Estado (por los Estados), el capitalismo se habría desmoronado en Occidente en el otoño de 2008, pero aquél/aquéllos lo salvaron. Por eso la banca es laicista, esto es, estatolátrica. Como la socialdemocracia. Como “Público”.
            Dice, entrando en harina, que las Navidades son consumistas. Cierto, pero ¿más que las vacaciones tan del gusto del progre medio?, ¿más que ese revuelto de borracheras, vandalismos y vómitos que es Nochevieja, celebración laica muy del gusto de “Público”?, ¿más que los nihilistas y muy contaminantes viajes en avión al exterior, tan progresistas y modernos?
            Por lo demás, las Navidades no sólo son una conmemoración católica, son también la celebración del solsticio de invierno, una fiesta popular milenaria. Ha de ser, pues, recuperada en tanto que festejo popular y participativo, sin comilonas ni borracheras ni consumismo, y sin comisarios políticos laicistas, siempre torvos, ignorantes y represivos (además de pasmosamente aburridos), de la barbarie nihilista, autista y embrutecedora impuesta desde 1939 por los medios de propaganda al servicio del terceto franquismo-banqueros-PSOE.
            La Navidad fue antaño una fiesta vecinal, aldeana, barrial, que se centraba en cantar y cantar, horas y días cantando y tocando, en comunicarse, en estar y regocijarse juntos, en disfrutar en la calle de la hermandad que otorga el canto coral y, antes, de los instrumentos musicales construidos en común, de los ensayos, de la ilusión compartida por niños y mayores, por mujeres y hombres. Franco la convirtió en fiesta exclusivamente familiar, según su política de imponer la familia nuclear para demoler la totalidad de las otras formas de convivencia y sociabilidad, en la perspectiva de destruirlas todas, también la familia nuclear al final, para estatuir el sujeto solitario, insociable, egotista e incapaz de convivir con sus semejantes que el capitalismo actual, el más agresivo de la historia, necesita de manera imperativa.
            Franco inició el proceso de voladura de la Navidad, que ahora es continuada por el PP en el gobierno y por el PSOE y el PCE-IU en la oposición. Y por los mandados del PSOE. Y por los nihilistas especializados en autoagredirse y autodestruirse a través del hipercriticismo. Y por los consumidores de dogmatismos progres y seres sin cerebro de siempre.
            Por eso los agentes literarios del capitalismo aborrecen a muerte la fiesta popular, fiesta no consumista, fiesta no monetizada, fiesta por participación, fiesta que no se compra sino que se hace entre todas y todos. Y la odian porque es convivencial, porque no necesita del dinero, pero sobre todo porque sale del “nosotros”-“nosotras”, de lo colectivo y comunitario, que es lo que algún día -esperemos- puede destruir al capital y exigir responsabilidades a sus publicistas.
            Las Navidades es un buen ejemplo de celebración popular, tal como la estudio en el capítulo de mi libro NATURALEZA, RURALIDAD Y CIVILIZACIÓN, titulado “Reflexiones sobre la fiesta popular de la sociedad rural tradicional”. Por eso es respetable, y también adorable, si bien los seres monstruosos y homicidas que han engendrado la modernidad y el progresismo no respetan nada que sea auténtico, popular, cálido, sencillo y humano, pues toda su inmensa capacidad de reverenciar y caer de rodillas se gasta en pro del capital y el Estado. El laicismo odia convulsivamente al pueblo y a lo popular, y ese es el verdadero problema.
            De lo que se trata es de, suponiendo que ello sea ya posible, recuperarla como celebración popular, vecinal y callejera, como acto de convivencia, hermandad y relación, como evento alegre y chispeante, autoconstruido y autogestionado. Por tanto, los hipercríticos se equivocan una vez más. Ellos han contribuido a crear un sujeto tan degradado que ni siquiera sabe divertirse, por lo que ha de acudir, para escenificar una parodia vil de ello, al alcohol y las drogas.
            Ya puestos diré cuales son mis preferencias en villancicos. Para el ámbito castellano, que es el que conozco mejor, los recopilados en el CD “Navidad tradicional española”. Dentro de éste, es fascinante la Ronda Navideña del Alamín (Guadalajara), con la pieza “Pastorcillos del monte venid”. Me agradan mucho algunos que ofrece La Bazanca en “Escuchen los Villancicos”, y admiro la variedad y calidad de la música navideña rural y popular compilada en el CD “Tiempo de Navidad” editado por “La tradición musical en España”.
            Lo terrible es que todo eso está siendo destruido a una velocidad vertiginosa. En sólo un lustro no quedará prácticamente nada. Por tanto, señoras y señores de “Público”, tranquilos, que vais ganando, en esto como en todo por el momento, pues ya lo dice el refrán, “Quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija”.

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