Follow by Email

domingo, 23 de abril de 2017

ACULTURACIÓN, ORIENTALISMOS Y ÉLITES DEL PODER EN OCCIDENTE HOY

       La aculturación de los pueblos europeos progresa a buen ritmo. El genocidio cultural (y étnico además) en marcha, para liquidar los logros milenarios de nuestra cultura, en particular los enormes realizaciones de la revolución civilizadora de la Alta Edad Media, avanza etapa tras etapa. Las oligarquías financieras, estatales, políticas, religiosas y dinásticas europeas son el agente principal de tal operación que, con todo, de vez en cuando se pone en evidencia como lo que es, una intervención política para aculturar (esto es, para anular en todos los sentidos) a las clases populares y promover el autoodio, con el fin de implantar una tiranía política y económica todavía más férrea en la Unión Europea (o en lo que quede de ella, en tanto que neo-colonia del imperialismo alemán), y para hacer imposible la revolución popular.

         La argumentación es conocida. Oriente es la espiritualidad y Occidente el materialismo. Oriente es la inocencia y Occidente el imperialismo. Oriente es el respeto por la  naturaleza y Occidente el ecocidio. Oriente es el bien y Occidente el mal, de manera que Occidente es, en resumen, el cáncer de la humanidad, que debe ser extirpado y destruido, con el fin de que en el planeta tierra reine la paz, la felicidad y la armonía… Ello niega, para iniciar la controversia, lo más evidente: que en Occidente hay oligarquías y pueblos, y que en Oriente hay exactamente lo mismo, élites feroces y pueblos sojuzgados por tales minorías. De manera que plantear las cosas como un choque de culturas o civilizaciones es esconder que en todas partes existen clases sociales. Si no se introduce esto en el análisis se incurre en errores graves, justamente los propios del nacionalismo burgués.

         Se podría esperar que quienes formulan tales proposiciones fueran no sólo excluidos sino perseguidos en Europa. Pero no, reciben enormes sumas de dinero, tienen los medios de manipulación de masas a su disposición y convierten su vandálico obrar contra la cultura occidental en un saneado negocio. Es más, las élites financieras europeas, también las españolas, se han pasado en masa a las filas del culto por lo oriental. Esto no aparece en la práctica como coexistencia de culturas sino como una operación de enorme agresividad que busca la suplantación de la cultura europea, de la erudita tanto como de la popular (aborrecida por los poderhabientes occidentales desde hace siglos y hoy prácticamente extinguida), por los orientalismos. En suma, la noción de multiculturalidad es engañosa, pues en ese “multi” no hay sitio para nuestra cultura/culturas (Europa es plural), en realidad es monoculturalidad, o sea, el hórrido sucedáneo que las élites mundialistas de Occidente están preparando para aplastar y sobre-dominar a todos los pueblos del orbe, en primer lugar a los europeos.

         La noción de multiculturalidad nombra un genocidio cultural. Este contiene, además, la sustitución étnica, la limpieza racial, en Europa. Otra de sus manifestaciones en el racismo antiblanco.

         A quienes defienden el derecho de la cultura occidental, de la popular y de la erudita, a existir, derecho que tienen todas las culturas del planeta, se le coloca el sambenito ignominioso de “europeocentrista”. Ya sabemos que los aparatos de propaganda del poder, a falta de argumentos, son habilísimos en valerse de los procedimientos de la Inquisición, la descalificación a través del pegado de etiquetas infamantes, dado que en un debate abierto y con igualdad de oportunidades para todas las partes tienen muy poco que hacer. A eso se une el igualitarismo cultural, esto es, la creencia en abstracto y a priori en que todas las culturas son indistintamente valiosas, argumentación que de inmediato se quita la máscara para manifestar que todas… menos la europea, que debe ser aniquilada.

         Y no, no todas las culturas son iguales. Pero todas se han de cotejar en concreto con la cultura natural, y sólo serán aceptables los rasgos que coincidan con ésta. Eso es así para la cultura europea, que tiene su parte positiva y su parte negativa, de manera que aquí sólo se reivindica la primera, no toda.

         Hoy los excluidos y acosados son los que defienden el derecho de la cultura occidental a existir, a tener continuidad, a no ser destruida ni alterada ni falseada, a desarrollarse y ponerse a la altura de los nuevos retos. A quienes piensan así se les cierran todas las puertas.

         La operación en curso busca en primer lugar fortalecer al imperialismo europeo, reforzarlo con la inyección y transfusión de nuevas fórmulas propagandísticas y nuevas masas humanas productivas (a través de la emigración masiva), para que pueda mantenerse frente a los desafíos globales de China, India, etc. Dicho a lo claro: la agresión cultural a los pueblos de Occidente es la última estrategia de “nuestro imperialismo” para seguir siendo imperialismo de primer nivel. El multiculturalismo se manifiesta como una expresión del peor, por más taimado y maquiavélico, imperialismo europeo.

         Sobre todo, tiene como objetivo crear una nueva comunidad popular europea (¿?) carente de los rasgos que la han definido hasta ahora. Se pueden citar 20 características. Primacía del individuo. Uso reflexivo de la mente. Desconfianza hacia el Estado o incluso completo rechazo. Autogobierno popular. Comunalismo, trabajo libre asociado y colectivismo. Hostilidad hacia la riqueza material y las plutocracias financieras. Derecho a la insurrección y noción de revolución. Distanciamiento hacia el clero profesional. Igualdad entre los sexos. Amor al amor en actos. Espiritualidad como convivencia, rectitud, moralidad y virtud, no como recetas y trucos epicúreos. Fortaleza espiritual y valentía. Voluntad justiciera. Moralidad máxima y legislación mínima. Libre examen y soberanía de la conciencia. Libertad política y civil con responsabilidad. Vida moral y pasión por los valores. Concepción integral y unitaria del ser humano. Universalismo y solidaridad activa con los otros pueblos del planeta. Belleza y sublimidad como integrantes irrenunciables de lo humano.

Ello se pretende sustituir por una nueva versión de lo que los pensadores clásicos denominaron despotismo oriental, cuyo rasgo definitorio es la nulificación de la persona y la extinción de todas las libertades (en particular de la libertad de conciencia) para que el Estado y la casta sacerdotal aneja tengan un poder máximo, inmenso, sobre el cuerpo social y el individuo.

Fuera de la cultura occidental la noción de individuo, de persona, ni siquiera existe. Extramuros de ella el ser humano es una criatura forzada a someterse y subordinarse al Estado y al clero. No se le permite ser desde sí, no hay ni tan sólo el concepto de autonomía de la persona, que es una conquista formidable del orden cultural occidental, y que en el presente es convulsivamente odiado por “nuestro” gran capital y el sistema de hiper-Estado/Estados. ¿Dónde debe estar el centro? En el individuo sólo y asociado, proponemos los revolucionarios. En los aparatos de poder, señalan los aculturadores-multiculturales europeos. Esto es lo que está en el centro del debate.

         Vayamos a los hechos.

         Ya hace mucho que atrajo la atención que un oligarca, especulador financiero y manilargo tan destacado como Rodrigo Rato fuera un apasionado del yoga y los orientalismos. Hasta el punto de prologar en 2008 el libro del santón de la cosa, Ramiro Calle, “Ingeniería emocional”. Nótese lo inquietante del título, que recuerda a aquella expresión de los tiempos de Stalin, o sea, del fascismo de izquierdas, sobre que los intelectuales debían ser “ingenieros de almas”, aserción que excluye lo más deseable, que el ser humano se construye a sí mismo. Calle es el orientalista y gurú de la oligarquía financiera. Sus muchos libros, con un lenguaje almibarado y zorruno, van al grano, arguyendo que la cultura oriental (o lo que vende por tal) es muy superior a la occidental…No hay en él diferenciación entre lo positivo y negativo de cada una de ellas, para en un momento posterior avanzar hacia una síntesis, que es lo apropiado.

No, en él todo es maniqueísmo y rencor: Occidente es el mal y Oriente el bien, discurso eficaz en tiempos en que una ignorancia total es lo prevaleciente. Sin duda, resulta mucho más regocijado someterse a los exotismos facilones y simplones que Calle presenta como la cumbre de la “espiritualidad”, que estudiar libros de filosofía moral occidental, bastante más difíciles de leer y sobre todo muchos más exigentes al aplicar[1]. Lo repetiré: el ámbito de los orientalismos es también el de las gentes sin lecturas, incultas, sin reflexiones, crédulas y fácilmente manipulables. Una expresión más de ese cierre de la mente moderna que nos está llevando a la barbarie y el sobre-despotismo.

         Sostiene que Oriente es superior porque es puramente espiritual, a pesar de que Calle percibe emolumentos notorios por sus intervenciones pues, como es sabido, el orientalismo es un negocio muy saneado. Pasan los años y el “espiritual” Rato es calificado por un importante diario del modo que sigue, en un editorial, “La inmoralidad de Rodrigo Rato no conoce límites”. En efecto, robó cuanto pudo en sus tiempos de ministro de la derecha española y cuando era director del FMI, y cuando fue jefe de Bankia, y…Pero ¿no son las fes orientales la expresión de una espiritualidad excelsa, que desprecia lo material centrándose en adquirir las más puras y limpias esencias del espíritu? Ya vemos que no.

         Hoy los orientalismos son un saneado negocio, una forma de sacarles el dinero a los occidentales cándidos e infantilizados, agrediéndoles culturalmente y convirtiéndoles en sujetos vacíos, en seres nada. Unos occidentales, que en su 70%, son cada día más pobres materialmente.

         Pero no es sólo el caso de un truhán como Rodrigo Rato. Estalla la crisis de la corrupción en la derecha, en el PP en abril de 2017 y nos vamos enterando de más y más asuntos análogos. Es el caso de Javier López Madrid, el “compi yogui” de la reina Leticia según frase de ella misma, con quien practicaba disciplinas orientales en un chalé de Puerta de Hierro, el barrio de los muy ricos de Madrid. López no es un cualquiera. Ha sido alto ejecutivo de la multinacional Ferroglobe y ha figurado en diversos casos de corrupción (la red Púnica del PP, Bankia, etc.), es yerno del oligarca financiero Juan Miguel Villar Mir, un preboste del franquismo que creó Obrascón (hoy OHL), se codeó con Juan Carlos I y fue íntimo de Emilio Botín, el banquero por excelencia de España. Está relacionado con la conocida jefa política de la derecha, Esperanza Aguirre, y con la plana mayor del PP afín a ésta.

         Es decir, en los orientalismos aparecen unidos la casa real española, lo más granado de la oligarquía financiera y la jefatura de la derecha política. Pero la inmoralidad y brutalidad de López Madrid carece de límites, al parecer, estando pendiente de un juicio más, acusado de agredir sexualmente e intimidar a una mujer.

         ¿Qué es para la oligarquía capitalista y la familia real la cultura occidental? Una nada y un estorbo, del que se quieren librar. Véase el caso de los Borbón, entregados por un lado a los orientalismos y por otro recibiendo cuantiosos subsidios desde hace decenios de la familia Saud, lo que incluye velar porque la expansión del islam sea lo más rápida y amplia en España. ¿Están mejor las cosas en el mundo de los antimonárquicos nominales? Pues no. El ayuntamiento de Cádiz, de la izquierda más florida, defiende que se fabriquen barcos de guerra para Arabia de los Saud, a pesar de que es país en conflicto (agresor del Yemen) y a pesar de los gorgoritos pacifistas de sus integrantes, hasta ayer mismo emitidos. Los petrodólares del islam llegan a todas partes, y en todas partes erosionan a la cultura occidental, a la que buscan hacer desaparecer para realizar su sueño dorado, conquistar Europa. Aunque ya veremos quién conquista a quién… y quién se desmorona antes.

         O sea, todos los poderhabientes, la monarquía, la derecha, la izquierda, la oligarquía financiera, la gran patronal, etc. están contra la cultura occidental, a la que no estudian ni promueven y mucho menos aplican. A la que ni siquiera entienden, dada su elementalidad intelectual e incultura. A la que temen, pues saben que de ella surge un tipo de ser humano difícil de someter y más difícil aún de poner de rodillas: el caso de la guerra civil aquí, y de la lucha antifascista durante 40 años, lo prueba. Algo que no sucedió en Oriente, mucho menos en los países musulmanes, donde la sumisión del individuo al Estado y a los ricos es total. Consúltense, por ejemplo, los estudios sobre el Japón durante la II Guerra Mundial, donde se dio una sumisión absoluta, permanente, general e incondicional de toda la población al gobierno y Estado militaristas y fascistas, lo que en Occidente no tuvo lugar en ningún país fascista, tampoco en Alemania. La combinación de budismo y sintoísmo en Japón lejos de promover una sociedad más espiritual hizo posible una de las peores expresiones de belicismo, imperialismo, fascismo y carnicería colonial de la historia de la humanidad[2].

         Un elemento de oposición a la cultura occidental es hoy la Iglesia. El Vaticano se ha unido al bloque que busca la destrucción cultural de Occidente, y la sustitución étnica de sus poblaciones. De rodillas ante el islam, como ya hiciera a partir del año 711 en Hispania, manifiesta lo que es, una organización anticristiana en la que hay algunos cristianos. Esperemos que éstos reaccionen, sometan a crítica reflexiva la influencia epicúrea y orientalista en su seno y se atrevan a tomar, cada uno, su cruz. El cristianismo es una cosmovisión de la lucha, el esfuerzo y el sacrificio, no del goce, la paz y el cómodo vivir. Si aquéllos no lo hacen, cuando despierten de la apacible siesta, de la placentera ataraxia/nirvana en que están sumidos es posible que ya no quede apenas nada de su tinglado, en plena descomposición.

         El turismo “espiritual” europeo tiene a la India como la nueva Roma. Quienes no saben nada, dejando de lado las patrañas que les obliga a creer el sistema educativo, de su propia cultura, historia y espiritualidad marchan llenos de ardor místico a ese país a… ¿a qué? No lo saben, pero dado que están sometidos a una campaña de desinformación y manipulación formidable, que dura ya decenios, van sin hacerse preguntas, sumisamente. El arribar pletóricos de fervor irracional les impide ver la realidad de la India, que por sí misma refuta su pretendida superioridad espiritual. Los rasgos más fehacientes son: 1) despotismo político descomunal, 2) atroz trato a las mujeres, sí: atroz, 3) ansia empecinada de dinero, de capitalismo, de desarrollo tecnológico, de bienes materiales, de consumo, 4) conversión de la espiritualidad autóctona en folklore y negocio, 5) inexistencia de una noción del ser humano como ente autónomo, 6) diferenciación abismal entre ricos y pobres, 7) falta total de la idea y de la práctica de la libertad. No se entiende que el futuro del capitalismo ya no está en Europa, y ni siquiera en EEUU, sino en la India y en China.

         En esta operación de falsificación de la historia para provocar el autoodio y con él la aculturación de los pueblos europeos todo vale. Veamos el caso de la conquista de Méjico por la corona castellana en 1519-1521. Al parecer, nadie cae en la cuenta que coincide en el tiempo con la insurrección del pueblo castellano contra el poder estatal, en lo que fue la guerra de las Comunidades, 1520-1522. Si la batalla de Villalar, donde las Comunidades son derrotadas por los imperiales, tiene lugar en abril de 1521 en esa población de Valladolid, la toma de la ciudad de Méjico acontece en agosto de ese mismo año. Por tanto, la responsabilidad de la expansión colonial es de un aparato estatal que cuando estaba cometiendo algunos de sus peores desmanes coloniales era combatido con las armas en la mano por su propio pueblo. Tildar a éste de imperialista es, en consecuencia, una bellaquería.

         Quienes sí lo eran, y de los peores, fueron los jefes y potentados de los aztecas, una sanguinaria afirmación de colonialismo extremo. Que su imperio, bastante pujante, fuera conquistado por un puñado de aventureros al servicio de la  Corona de Castilla, se explica porque los pueblos oprimidos por los aztecas (tlaxcaltecas, totonacas, etc.) así como sus clases populares, consideraron a Cortés y los suyos o bien como emancipadores de un yugo intolerable o bien como el justo castigo a una violencia y maldad aterradoras, infringida a las masas por las elites mexicas y su aparato militar y clerical. Presentar a los aztecas como víctimas, cuando eran unos endurecidos verdugos y déspotas, sirve sobre todo para cargar de culpabilidad y autoodio a los pueblos de la península Ibérica. Pero lo cierto es que éstos no participaron, por el contrario, se alzaron contra el poder imperial de Castilla y durante siglos se negaron a marchar a América en número suficiente, lo que fue la principal debilidad del imperio español desde el principio hasta el final. A Las Indias iba la escoria de la sociedad, no la gente popular decente, como expone Cervantes, pero aquélla era poca, del todo insuficiente. Y, aún así, muchos de los que iban tomaban partido por los pueblos indígenas, a veces incluso con las armas, al considerar injusta e inmoral la conquista[3].

         El imperialismo resultó ser un mal terrible para los pueblos europeos, también porque les empobreció. Castilla, que antes era próspera y muy poblada, comenzó a decaer a medida que las cargas de toda naturaleza anejas al ascenso del poder imperial fueron devastando su economía y demografía. Decir que “los europeos” en general se enriquecieron con las aventuras coloniales es inexacto. Lo hizo la minoría poderosa mientras que las clases modestas sufrieron económicamente, al tener que aportar unos pagos tributarios mayores, etc. Occidente se convirtió en abundante en medios materiales a partir del siglo V por el monacato cristiano revolucionario, que demandaba a todas las personas el aprendizaje de uno o varios oficios, el trabajar con amor y el vivir cada cual del propio trabajo, sin explotar a otros y sin esclavos. Y se fue haciendo pobre según la sinrazón colonialista fue expandiéndose, a partir de los siglos XIV-XVI, hasta hoy.

La aculturación de los europeos hoy es una formidable operación de ingeniería social y manipulación mental que pretende logros tan tremendos como totales, alcanzados en este caso por el ocultamiento de lo que fue el monacato, o cenobitismo. De éste, a dia de hoy, no hay un solo libro actual, asequible, de aceptable calidad que pueda ser recomendado, asunto que lo dice todo, pues el monacato fue durante 700 años (del siglo V al XII) al menos, un componente primordial de las sociedades europeas occidentales[4]

         Estamos ante dos modos de concebir la espiritualidad. Una, orientalista, se reduce a unas operaciones para controlar la tensión nerviosa según enfoques limitadamente eudemonistas y epicúreos[5], careciendo de criterios axiológicos positivos, moralidad, valores y respeto por la persona, siendo muy jerarquizada y mercantilizada, gozando del respaldo masiva de las clases pudientes y de los aparatos de poder. Otra, la propia de la cultura occidental en su parte positiva y popular, se propone el desarrollo integral de todas las capacidades espirituales naturales del ser humano: entendimiento, voluntad, sociabilidad, sentimientos, sensibilidad estética, amor por la libertad y vida pasional. En ésta el sujeto se hace a sí mismo, sobran los gurús y no hay negocio. Tal espiritualidad es, en sus conexiones con el resto de la experiencia humana, un factor formidable de cambio axiológico, político, económico, medioambiental y social.

Sin ética, sin moralidad, sin axiología, sin valores, no puede haber vida interior y es imposible la espiritualidad. Si el amor es, o debe ser, el centro de la vida del espíritu, conviene recordar el refrán, “Obras son amores y no buenas razones”. Y si faltan las obras de amor estamos ante el peor de los materialismos, entendido el vocablo en su acepción vulgar, no filosófica.

         ¿Logrará sobrevivir la cultura occidental a la cruzada para aniquilarla que están realizando las clases gran-propietarias y los aparatos de Estado occidentales? Tal pregunta, con ser importante, es secundaria respecto a otra: qué posición va a adoptar cada uno en esta cuestión. El futuro no está predeterminado en un sentido o en otro por lo que corresponde es tomar partido, arrimar el hombro, asumir responsabilidades y correr riesgos. Ésta es una gran causa, y todas las personas de virtud tienen que estar ahí, en el combate contra la aculturación y el autoodio, por recuperar y actualizar la parte positiva de la cultura europea culta y popular.

         Lo que está sucediendo puede servir como revulsivo y acicate, culminando en un renacimiento. Ya al final del imperio romano las clases mandantes se revolvieron contra la cultura europea, la abandonaron y condenaron a la extinción, siendo salvada, si no en su totalidad sí en una buena parte de ella, por el monaquismo cristiano: gracias a él podemos leer a los clásicos. Hoy la cultura europea tiene, sobre todo, que ser actualizada y puesta al día, desde sus fundamentos y valores decisivos, de modo que no se trata de simplemente “mantener nuestra identidad” sino de desarrollarla creativamente. El reto que es su destrucción planificada, para ser sustituida por productos foráneos de mucho menos valor civilizatorio y, sobre todo, por nuevas construcciones de oportunidad dentro de la estrategia de la mundialización, tenemos que asumirlo con inteligencia, creatividad y coraje, para darle una réplica estratégica eficaz. Poco a poco están despertando del letargo en que han sido confinadas más personas, más colectivos y más sectores sociales, en lo que es una movilización cultural continental para que los pueblos europeos no sean una masa servil aculturada sino una fuerza vigorosa y en pie, apta para hacer la revolución.

         Sin confianza en la propia cultura, en sus aspectos positivos, y sin confianza en sí mismos, no es posible la acción revolucionaria. Ésta es un fluir del pasado hacia el futuro con el presente como instante crítico, y si no se tiene una idea razonablemente exacta de lo que se fue, que sea exaltante y magnifica a la vez que objetiva y autocrítica, no es posible la acción revolucionaria popular.

         Por tanto, podemos mirar con razonable alegría y esperanza el futuro. Aquí hay una formidable lucha que librar y en ella puede estar el reverdecer y renacer de una cultura, la europea, la nuestra. Dentro de este asunto está el hecho sociológico innegable de que para lograrlo es necesario eliminar a la fuerza social que la está socavando y destruyendo, el gran capitalismo y el sistema de Estado/Estados de la Unión Europea, que Alemania, la campeona de la negación de lo esencialmente europeo civilizatorio y popular, hoy tanto o más que con Hitler, dirige. Eso es la revolución. En efecto, únicamente el proceso de revolución integral puede salvar y relanzar la cultura europea, la erudita tanto como la popular, con el añadido de que ambas deben retoñar fusionadas, hechas una.      



[1] La ignorancia y elementalidad, hasta lo abismal, oceánico y de risa, de los enemigos europeos de la cultura occidental es enorme. Creen que con unas cuantas recetas sobre respiración, control de la agitación psíquica primaria y gimnasia corporal ya está todo resuelto. Sus mentes se han petrificado en torno a una simplificación tan tosca de la existencia humana que ésta ha dejado de ser eso, humana. Deberían leer, y más aún aplicar, “Lecciones de ética”, I. Kant; “Vida Pitagórica”, Jámblico; “Principios naturales de la moral, de la política y de la legislación”, Francisco Martínez Marina; “Enquiridion”, Epicteto; “Los deberes”, Cicerón y, sobre todo, “Primera Epístola”, San Juan  y “Hechos de los Apóstoles”, Anónimo (ambos en el Nuevo Testamento). Esto les reconciliará con su cultura, les haría personas de provecho y sujetos de virtud. Por añadidura, adversarios formidables del Estado y el gran capitalismo.  Es decir, héroes de la libertad. Si se lee algo de Simone Weil mucho mejor, con añadidos de Orwell.
[2] El libro “El holocausto asiático. Los crímenes japoneses en la Segunda Guerra Mundial”, Laurence Rees, enseña bastante sobre por qué se están promoviendo a gran escala los orientalismos ahora en Occidente, desde el poder financiero y militar, desde la corona y la intelectualidad pesebrista, desde la derecha y la izquierda. Las oligarquías constituidas necesitan una masa poblacional tan sumisa, amoral, violentísima y nadificada como lo fue la japonesa entonces, gracias en gran medida a la cosmovisión budista y sintoísta. Ahora mismo el clero budista de Birmania está impulsando un genocidio contra la minoría musulmana rohingya, a la que tan injusta como cruelmente niega sus derechos. Y es éste un caso entre miles, si se consideran los últimos siglos. Así pues, ¿por qué la supuesta espiritualidad oriental, con toda su cohorte de verborrea mercantilizada, gurús multimillonarios, felicidad de consumo, agresiones culturales a Occidente y demás es tan excelsa, tan admirable?, ¿quizá porque crea sujetos mucho más violentos y serviles al servicio del Estado? Una insensibilidad moral completa fue el rasgo dominante en la sociedad japonesa durante la II guerra Mundial, señalan los estudios, algo que no se dio en ninguno de los países beligerantes occidentales. Incluso hoy es sólo una minoría reducida del pueblo japonés la que ha condenado aquellos terribles excesos, mientras que en Occidente lo ha efectuado, en lo referente a sus propias responsabilidades en la contienda, una muy gran mayoría. Y todo esto, ¿qué tiene que ver con la verdadera espiritualidad?
[3] Uno de los rasgos psíquicos de los europeos ganados para el autoodio es su ignorancia, únicamente comparable a su fanatismo. Se creen que lo saben todo porque gritan las consignas manipulativas urdidas por los aparatos de poder del imperialismo occidental, dirigidos a destruir anímicamente a las clases populares europeas. No consultan estudios objetivos, no comprenden la historia. Bastaría con que se sumergieran en la lectura de una obra tan excelente como “En busca de El Dorado”, John Hemming, para que su perspectiva cambiase y pasasen de sujetos manipulados a personas conscientes en esta materia. Sólo el 0,5% de la población de la Corona de Castilla participó en la empresa americana, pues hubo una oposición popular enorme al hecho colonial español. Justamente lo que no se dio en absoluto en los imperios orientales. Uno de los mayores falsificadores de la historia, digámoslo, es Noam Chomsky, supuestamente radical y libertario, convertido en vocero de la destrucción de los aspectos populares y positivos de la cultura occidental para beneficio de las plutocracias occidentales. Su petulante ignorancia del pasado, y también del presente, sobrecoge, lo que acontece con toda la “radicalidad”, hoy senil y fuera de sitio.

[4] Resulta ilustrativo que la obra de Salviano de Marsella, el gran autor del monacato occidental del siglo V, no esté traducida y editada -si no me equivoco- a ninguna de las lenguas peninsulares, a pesar de ser necesaria para la comprensión del alzamiento popular bagauda, a mediados del siglo V, que es el inicio de la revolución de la Alta Edad Media en el norte de la península Ibérica, en el Pirineo vasco. En los manuales escolares ni se cita, aunque es uno de los acontecimientos axiales de los últimos dos milenios, por su importancia no sólo para Europa sino para el mundo. Por el contrario, dichos manuales rebosan de loas y alabanzas, mentirosas y manipulativas, hacia al-Ándalus. Por algo será. Dado que los bagaudas fueron una revolución popular y el islam andalusí la contrarrevolución, que la situación hoy sea de ese modo se entiende sin mucha dificultad.

[5] Las nociones de fondo de la espiritualidad oriental, tal como aparece en sus productos de consumo que se comercializan en Occidente, están despojadas de toda novedad, de manera que sus equivalentes existen en la filosofía moral occidental, en lo que se puede considerar como la parte negativa de ésta. El nirvana, propio del budismo, es indistinguible de la ataraxia prometida por Epicuro, y la fijación en la felicidad individual que aquél ofrece no es diferenciable de lo que Aristóteles arguye en “Ética a Nicomaco”, por ejemplo. Sólo la frivolidad de la plebe en Occidente hoy, con sus ansias de exotismo y turisteo, hace que los orientalismos parezcan originales.

domingo, 9 de abril de 2017

14 de abril de 2017: LA PERSISTENCIA DEL REPUBLICANISMO BURGUÉS Y LA MENTIRA


       A la farsa ensalzadora urdida sobre la II república española le queda poco recorrido. Se acumulan los estudios objetivos, menudean los análisis, entre ellos los míos (artículos, charlas, libro, videos, etc.), y todos revelan que fue una brutal dictadura de las elites políticas y económicas que reprimió con enorme dureza las luchas populares, obreras y sobre todo campesinas. Fue la república antipopular y contrarrevolucionaria del máuser (el fusil usado por los cuerpos policiales), de las cárceles, de la tortura, de los cementerios… igual que lo había sido la I república española, 1873-1874. En ésta fue el tiránico, demagógico y criminal Francisco Pi i Margall el que desempeñó las funciones que en la II realizó Manuel Azaña. Podemos suponer qué será la tercera, dado que las dos repúblicas burguesas habidas han sido un baño de sangre.



         La defensa de la II república además contribuyó decisivamente a que Franco venciera en la guerra. Al presentar, durante la contienda, la continuidad de la república del 14 de abril de 1931 como meta se hizo imposible que las clases populares se movilizaran contra el fascismo militar. Habían sido tantísimas, sin duda muchas decenas de miles[1], las personas detenidas, golpeadas, encarceladas, heridas, con familiares muertos por los cuerpos represivos republicanos que las clases populares, como es comprensible, se negaron a respaldar a la república en 1936-1939. Ni con Franco ni con la república: esa fue la realidad de la guerra civil y lo que otorgó la victoria al primero.



         ¿De quién fue la responsabilidad fundamental de dicha política, tan mentecata como suicida? De los republicanos burgueses, dirigidos por un derechista[2], Manuel Azaña, y del Partido Comunista, la formación principal del fascismo de izquierda. Cuando éste fue cogiendo más y más fuerza, a partir de 1937, la guerra civil se hizo una pendencia atroz entre dos formas de fascismo, el de derechas o franquista y el de izquierdas o comunista, lo que hizo que la gente común diera la espalda a uno y a otro. Hoy el primero ha desaparecido hace ya mucho y el segundo es un grupúsculo sin futuro: así de severos son los veredictos sociales sobre la historia.



         El Partido Comunista, en la formidable, épica y homérica primavera de 1936, se hizo la principal fuerza favorecedora en la calle al statu quo, el fundamental defensor, junto con el republicanismo burgués, de la propiedad privada capitalista, del poder de la burguesía terrateniente en el campo, de la tiranía de la gran empresa industrial y de servicios, del Estado policial-militar, del colonialismo español en Marruecos… Cuando la guardia civil y la guardia de asalto agredían, torturaban y mataban a los trabajadores movilizados, lo que en esos días sucedía muy a menudo, dicho partido aplaudía. Cuando millones de personas se alzaron en el campo para exigir les fueran devueltos a los pueblos los patrimonios comunales que la revolución liberal les había arrebatado desde La Pepa (Constitución de 1812) en adelante, el Partido Comunista se puso de parte de las instituciones del Estado y de la gran burguesía agraria, justificando las carnicerías represivas que tuvieron lugar, muchas, muchísimas.



         Ahora son sobre todo sus patéticos residuos, así como sus continuadores y herederos, los que cada 14 de abril sacan a la calle la bandera republicana, aunque cada año con menos convicción y menos tropa. Es la bandera usada en el terrible verano de 1931, cuando la republica tenía apenas unos meses, por quienes ametrallaron a los trabajadores agrarios e industriales de Andalucía. La que ondeaba sobre los cientos de cadáveres de los asesinados en el durísimo año 1933, el más sangriento, con Azaña en el gobierno en alianza con el PSOE-UGT. La que llevaron las tropas, católicas españolas y musulmanas marroquíes, que entraron en las cuencas mineras asturianas para reprimir el civilizacional y además heroico alzamiento obrero y campesino de octubre de 1934. La que flotó sobre las cientos de matanzas de trabajadores perpetradas por el Frente Popular, una expresión escalofriante de la reacción burguesa, entre febrero y julio de 1936, dirigidas a ahogar en sangre el ascenso de la revolución proletaria y popular espontánea.



         Recientemente se ha publicado algún libro que prueba que el Frente Popular no ganó limpiamente las elecciones de febrero de 1936. De eso se sabía bastante, y hay datos que permiten concluir que fue la misma derecha la que permitió e incluso estimuló bajo cuerda, a las candidaturas de Frente Popular a cometer fraude y alzarse vencedoras. El motivo es que era la izquierda, siempre ansiosa de poder y siempre demente, la que mejor y más a fondo podría reprimir el ascenso de la revolución popular espontánea en curso entonces. La derecha estaba desgastada porque había hecho la represión de la Comuna asturiana año y medio antes, y deseaba que ahora se desprestigiase la izquierda. Al llevar a ésta al gobierno lograba romper la aproximación coyuntural que había tenido lugar entre la izquierda y las clases populares en 1934. Fue una astuta operación estratégica que sirvió magníficamente al capital y al Estado, pues durante la guerra el conflicto entre la izquierda y el pueblo fue fortísimo y resultó decisivo para el triunfo de Franco, conflicto que se había desarrollado hasta el máximo en los tensos pero esperanzadores meses de gobierno del Frente Popular anteriores al inicio de la guerra. Cuando la izquierda, organizada en el Frente Popular, se concentró desde el gobierno en lanzar fusiladas y más fusiladas contra los trabajadores en revolución durante los meses de febrero a julio de 1936, estableció las condiciones para perder la guerra civil.



         Así pues, durante un tiempo fue la izquierda la que reprimió al pueblo, luego lo hizo la derecha, luego de nuevo la izquierda y después la derecha en el territorio fascista y la izquierda en el republicano: esa es la historia de la II república en 1931-1939. La conclusión resulta obvia: la izquierda y la derecha hacen lo mismo porque son lo mismo en esencia, agentes del capital, instrumentos del Estado, herramientas de la reacción.



         Todas las fuerzas política que actuaron durante la II república tiene que asumir sus responsabilidades y no sumarse al coro de los falsificadores de la historia. El anarquismo debe dar explicaciones por su reaccionaria actuación. Desde 1929 cooperó con el ejército español en sustituir la monarquía por la república burguesa. Nada hizo en contra de ésta hasta que descubrió que, tras el 14 de abril,  CNT se estaba quedando marginada porque el nuevo régimen se volcaba económica y legalmente a favor de UGT. Además, comprobó que las clases trabajadoras estaban muy en contra de la república, así que calculó oportunistamente que situarse en ese terreno le beneficiaba como organización-partido. Durante un tiempo alcanzó ciertos resultados en términos de militancia e ingresos pero su sectarismo, espíritu doctrinario y ausencia de un programa revolucionario popular hicieron que el anarquismo entrara pronto en regresión. En las elecciones del Frente Popular Durruti y varios otros jefes anarquistas pidieron el voto para la izquierda, para el Frente Popular antirrevolucionario. Por todo eso, en el congreso de CNT de mayo de 1936 tenía menos de la mitad de afiliados que en 1932. En aquél, además, manifestó su ausencia de proyecto revolucionario, así como su negación de la revolución popular espontanea en ascenso, ¡a la que en su ceguera doctrinaria ignoró! En la guerra se hizo ya abiertamente anarquismo de Estado, participando en docenas de organismos estatales republicanos, aceptando la bandera de la II república y accediendo a tres carteras ministeriales. En lo económico los jefes y cuadros medios del anarquismo se hicieron nueva burguesía, propietaria de importantes medios de producción[3]. Su conflicto en 1937 con los comunistas fue una vulgar lucha de poder y no una acción a favor de la revolución, en la que CNT-FAI quedó perdedora. En mi libro sobre la II república investigo las causas del reprobable obrar del anarquismo, a cuya actuación dedico muchas páginas, para arrojar luz sobre un mito carente de todo fundamento.



         Con la II república todas las ideologías obreristas decimonónicas, hijas de la Ilustración y el credo progresista, es decir, de la concepción burguesa del mundo, manifestaron su verdadera naturaleza. Ahora se trata de extraer lecciones de ello para ir construyendo una nueva cosmovisión sobre la revolución. En eso estamos, con resultados ya interesantes y esperanzadores.



         El republicanismo burgués y la izquierda viven de la mentira, lo mismo que la derecha y los monárquicos. La revolución, por el contrario, necesita de la verdad.





[1] Mi libro “Investigación sobre la II república española, 1931-1936” ofrece las estimaciones más adecuadas, siempre incompletas y mucho menores a las reales estimadas, por deficiencias en las fuentes. Aún así, las cifras son escalofriantes. Que esto se haya ocultado hasta hoy hace imposible mirar con respeto a sus urdidores, los historiadores progresistas y de izquierda sobre todo, aunque los de la derecha también lo han hecho. Unos y otros son enemigos de la verdad.

[2] En mi libro hago una extensa semblanza política de Azaña, con buen soporte bibliográfico, que es inobjetable. Su recuperación por José María Aznar cuando fue jefe de gobierno (1996-2004) y ya antes por carcas tan vociferantes como Federico Jiménez Losantos, no deja lugar a dudas. Tal fue el jefe, el monarca diríamos, de la II república, al que obedecía todo el bloque reaccionario de izquierda, formado por los socialistas, los comunistas, los nacionalistas burgueses vascos y catalanes, los anarquistas y los poumistas (marxistas heterodoxos). Con Azaña hoy está, por tanto, la derecha y la izquierda.
[3] El video “¡Qué trabaje Federica!”, en referencia a la que fue gran jefa del anarquismo español en la guerra civil y ministra de la II república, Federica Montseny, explica algo (hubo muchísimo más) de la resistencia proletaria a las condiciones de explotación a que los jefes del anarquismo español, devenidos en nueva burguesía y nuevo aparato de Estado, sometieron a los trabajadores en 1936-1939.  De esto no puede hacerse una interpretación demagógica y exculpatoria pues quien se adscribe a una organización, sea la que sea, se hace nueva burguesía. Y quien tiene una ideología definida que le separa del resto de las clases populares, quien diferencie entre los que piensan (más exactamente: creen) como yo y los que no piensan como yo es asimismo candidato a ser nueva burguesía y nuevo aparato estatal. Todos los seguidores de doctrinas y dogmatismos forman necesariamente y con independencia de sus buenas intenciones (que no pongo en duda en absoluto) organizaciones, grupos de afinidad, corrientes o sectas, y estas formaciones, en cuanto hay una crisis social, se convierten en el embrión de un nuevo orden estatal-burgués. La experiencia de 1936-1939 es esclarecedora. El pueblo, las clases trabajadoras, son plurales en el pensamiento y la acción, siendo experienciales, ateóricas y aideológicas en la reflexión. Únicamente las clases altas son ideológicas y doctrinales. Todo “ismo” lleva a mantener la división entre opresores y oprimidos, entre explotadores y explotados. Cuando el movimiento obrero decimonónico se constituyó sobre “ismos”: marxismo, anarquismo, sindicalismo, etc. se hizo una expresión entre otras de la cosmovisión burguesa.