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jueves, 22 de junio de 2017

EMPAREJADAS CON LOS PSICOFÁRMACOS

        Los datos son alarmantes, y cada año que pasa más. El 25% de las mujeres toman ya antidepresivos a diario, y las bajas laborales por depresión están en crecimiento, constituyendo, al parecer, la principal causa de su inasistencia femenina al trabajo. De ser un problema mínimo hace sólo un par de decenios se ha hecho una cuestión de primera significación.

         Según algunos expertos la depresión mayor es originada por desequilibrios químicos en el cerebro, por lo que tiene un eficaz tratamiento médico-farmacéutico. Otros lo niegan o dejan esa etiología reducida a un número muy pequeño de casos, proponiendo que las causas de la gran mayoría de esta perturbación del espíritu son vivenciales, existenciales. De creer la primera interpretación, habría que explicar por qué en los últimos dos decenios se están produciendo aquéllas alteraciones fisiológicas de un modo tan masivo y creciente en las féminas…

         La depresión grave es dolor emocional y sufrimiento psíquico, en ocasiones muy intensos. Incluye tristeza, apatía y pesimismo, ausencia de vitalidad, desexualización y fobia relacional, incapacidad de trabajar y fantasías autodestructivas. La medicina ortodoxa lo trata con la denominada “píldora de la felicidad”, a base de fármacos hoy bastante populares, Prozac, Celexa, Paxil, y otros. Se toman ¡y todo resuelto! En la realidad las cosas resultan ser más complicadas.

         Tales específicos son, para empezar, tóxicos, y su ingesta no es buena para el organismo, recelándose que originen daños cerebrales, en particular cuando se administran durante largas temporadas, o de por vida. Esto es negado por la industria farmacéutica pero estudios de laboratorio más imparciales y, sobre todo, la experiencia de su uso habitual, dejan lugar a escasas dudas. Además, producen adicción, pues son drogas (legales) similares a las anfetaminas, de manera que su consumo es adictivo, con síndrome de abstinencia cuando se abandonan. Suscitan trastornos en el ánimo, con irritabilidad, ofuscación, autoodio (autolesiones y suicidio), inhibición de la libido, ataques de pánico, insomnio y otras perturbaciones. Se sospecha con fundamento que hay una relación entre su deglución y la perpetración de asesinatos, así como con la práctica de actos suicidas. Además, incrementan el riesgo de accidentes de tráfico. Así pues, lejos de ser píldoras que devuelven milagrosamente la alegría y la vitalidad lo que hacen en reforzar los componentes del lúgubre estado de ánimo y modo de existir propios de la persona depresiva.

         Su consumo prolongado, que es lo habitual en las mujeres, igualmente altera negativamente el carácter, haciéndolas poco aptas para adecuarse a los cambios, las nuevas situaciones y las dificultades, reduciéndola a una existencia vegetativa, por pasiva, rutinaria, aletargada y nulificada, además de particularmente vulnerable. Crean dependencia, según se dijo, convirtiendo a la mujer en drogadicta dentro de la legalidad, unida por férreos vínculos de subordinación y sumisión a su psiquiatra-traficante. Para algunos el uso de estos pseudo-fármacos institucionales es “más peligroso que las drogas ilegales vendidas por las camellos en las esquinas”. La situación es aún más inquietante debido a que lo habitualmente tomado es un cóctel de fármacos, que unifica antidepresivos, analgésicos, ansiolíticos y otros…

         Íntimamente relacionados con tales padecimientos están determinadas disfunciones físicas, trastornos en la alimentación (anorexia y obesidad), retirada del periodo a edades tempranas, envejecimiento corporal prematuro, dificultades para quedar embarazadas, reducción de la masa muscular, pérdida de cabello, etc.

         Todo ello debe explicarse desde la condición y estatuto de la mujer hoy. En apariencia, la situación parece maravillosa. El Estado y el gobierno “protegen” a la mujer, haciendo leyes parciales hacia ella (como la de Violencia de Género, explícitamente sexista), otorgándola privilegios económicos y de otros tipos a la vez que humillan y persiguen al varón. Los medios de comunicación, los políticos y la intelectualidad emiten una interminable locuacidad adulatoria hacia las féminas. La captura de entidades mandantes y puestos de poder por las mujeres está en flujo, de manera que cada año hay más féminas gobernantes, altas funcionarias, multimillonarias, profesionales exitosas, etc., hasta el punto de que en pocos años quizá superen a los varones en tan viles quehaceres. La autonomía e independencia personal de la mujer como realidad sociológica es, al parecer, inmensa y creciente. Su incorporación a la actividad productiva resulta ser colosal. En las universidades se gradúan cada año más mujeres que varones. En suma, un panorama impresionante…  que está siendo puesto en cuestión por la expansión, hasta ahora imparable, de las dolencias psíquicas englobadas en el vocablo “depresión”, así como de sus secuelas físicas.

         Si las causas son existenciales y sociales, ¿cuáles es posible citar como principales?

Se enumerarán diez: 1) La ausencia de vida relacional en una sociedad entregada a la hostilidad interpersonal, la soledad perdurable, la fragilidad convivencial y el desamor. Si el amor es una necesidad primaria del ser humano su cuasi imposibilidad hoy perturba lo más profundo de su naturaleza, en la mujer y también en el varón, aunque tal vez más en aquélla. 2) La falta de realización libidinal, erótica, sexual y maternal, en un sistema que desincentiva el tener hijos porque aceptar inmigrantes es mucho más barato, que desexualiza y que persigue maquiavélicamente lo libidinal heterosexual por sus posibilidades reproductivas. 3) El régimen de “protección” sexista/neo-misógino de la fémina hoy a cargo de las instituciones, calamitosamente neo-patriarcales, que dificulta e incluso impide a la mujer ser por ella misma y la infantiliza, con lo cual la hace menos apta para enfrentarse a una realidad social crecientemente hostil, de donde resulta angustia, frustración, temor e impotencia, o sea, depresión. 4) La congoja de criar hijos en una sociedad atomizada y desestructurada, construida para el trabajo asalariado y el dinero, no para la crianza, la maternidad y los niños, lo que es percibido con desasosiego y tensión por las que ya son madres y más aún por las que quisieran serlo pero se siente incapaces de sortear los obstáculos, de donde resulta una frustración del deseo materno que corroe en lo psíquico y lo físico al 90% de las jóvenes. 5) la desintegración de la feminidad, debido a la conversión forzada y brutal de la mujer en fuerza laboral o mano de obra, lo que hace que hoy no se sepa qué es ser mujer, en qué consiste ser persona-mujer y como obrar según lo que se es/no se es, extrañísima situación que origina un caos de identidad con perturbación psíquica profunda. 6) La extinción tendencial de la familia/familias (existen diversos tipos), demonizada por todos (cada cual a su modo) y casi demolida ya para que el Estado y la gran empresa consigan avasallar absolutamente al individuo, que ha de ser uno y sólo uno, frágil criatura solitaria sin nada de colectivo, de “nosotros”, para que de esa manera resulte lo más débil y vulnerable posible, operación de la que la fémina es la víctima principal. 7) La vida en las grandes megalópolis, que multiplica por mucho todos los males descritos, al ser la gran ciudad una realidad antinatural particularmente aciaga para las mujeres, 8) El trabajo asalariado, progresivamente degradado, con más autoritarismo y violencia (ejercidas por mujeres-jefas cada día más) contra las trabajadoras, que no logran hallar en esa actividad neo-esclavista las maravillas “liberadoras” que las multisubsidiadas agentes ideológicas de los empresarios prometen. 9) La pobreza, ya ahora, con salarios de 400/600 euros. 10) La zozobra respecto al futuro, pues con la Seguridad Social medio quebrada, la economía incierta y la prohibición institucional de tener hijos, ¿quién va a atender a las mujeres mañana, en la vejez?

         Es comprensible que muchas féminas se estén desmoronando mentalmente, por causa de esa vida insensata, deteriorada, no-humana e intolerable. En el actual régimen neo-patriarcal el “pater familias” es el Estado, que es quien “protege” y “cuida” a la fémina, tenida por menor de edad e inferior, por tanto, incapaz de cuidarse a sí misma. En primer lugar la “protege” (separa y enfrenta) de los hombres, presentados por el celoso y posesivo “pater” como los enemigos por excelencia de las mujeres, al tenerlos por sus competidores. Todo esto es tan antinatural, tan perverso, tan deshumanizado y tan demente que un número creciente de mujeres responde con formas particularmente graves de patologías anímicas, y también con el suicidio. No es llevadera una existencia “sin”, es decir, sin afectos, sin sociabilidad, sin erotismo, sin relaciones, sin hijos, sin familia, sin recursos materiales, sin proyecto de vida, gastada en someterse coercitivamente al nuevo “pater familias” y a sus sádicas agentes, las jaurías subvencionadas por el Ministerio de Igualdad, enfrentada con todos (con los hombres porque son hombres y con las mujeres porque son jefas, o competidoras, o…), con una confusión enorme sobre la propia identidad y acerca del modo de obrar y comportarse en el día a dia. De manera que las mujeres más sensibles, o más débiles, o más expuestas, o más solas, se vienen abajo.

         En realidad, toda la sociedad, todas las clases populares, se están desmoronando. Un caso es el tratado pero otro la nueva arremetida de las drogas “ilegales” entre los varones, de tal modo que como dice un buen conocedor, “ahora consume todo el mundo, ya no queda nadie que no lo haga”. Es comprensible (aunque no apoyable), pues la existencia se ha convertido en un infierno cotidiano. Por eso las drogas, las legales y las “ilegales”, son un modo de autodestrucción, de suicidio, de salida trágica de una existencia atroz, hecha de sufrimiento sin satisfacciones ni significación, que ciertamente no merece ser vivida.

         Avanzamos hacia una situación en que una porción mayoritaria de la población está, por decirlo de una manera franca, enloqueciendo, agrediéndose y matándose, al haber sido despojada incluso del instinto de supervivencia, al ser obligada por el sistema de dominación a llevar una vida sin sentido, terrorífica por no-humana. Así las cosas, cabe formular una pregunta más, secundaria con todo pero no irrelevante, ¿quién va a pagar, quién está pagando ya, los costes, los gastos de todo ello, en una sociedad progresivamente más pobre? El consumo masivo de psicofármacos es muchísimo más que la imposición de la industria farmacéutica, es la expresión de una quiebra en lo más profundo de nuestra condición de seres hiper-dominados y no-libres, la prueba de que ya no sirven los remedios dentro del sistema, por razonables y parcialmente paliativos que sean[1].

Se acerca el momento de elaborar un programa y dar la batalla en esta cuestión, la de la devastación planificada de las féminas por el actual orden neo-patriarcal.

Mientras, queda invitar a las mujeres a que se divorcien y aparten de los antidepresivos, a que confíen en sí mismas y localicen en su interior las fuerzas, que sin duda existen, tienen, para recomponer su existencia y volver a ser seres humanos-mujeres con capacidad para vivir desde ellas, por ellas y con ellas. El sitio de los psicofármacos es el cubo de la basura, y el de las mujeres la existencia relacional, la totalidad de la vida, la revolución. Junto con los varones y contra el Estado y las grandes empresas, con la confianza que, sin ir más lejos, el amor y el erotismo es un remedio infinitamente mejor que las temibles “píldoras de la felicidad”, otro instrumento para el control mental y político de las mujeres. La alegría, la voluntad de vivir y la esperanza tienen que ser elecciones a priori, modos de existir y estados psíquicos propios y cotidianos, pase lo que pase.



[1] El análisis que ofrece Peter C. Gotzsche en “Medicamentos que matan y crimen organizado. Cómo las grandes farmacéuticas han corrompido el sistema de salud” contiene datos de interés pero las conclusiones y las propuestas son desacertadas, por simplistas e institucionales. El problema es muchísimo más que la codicia de esas formaciones capitalistas, y el remedio exige medidas incomparablemente más radicales que crear una agencia gubernamental (¡otra más!) que “controle” a dichas empresas. Gotzsche no penetra en el análisis de la quiebra vivencial de nuestra sociedad y del individuo medio, por lo que pretende que en una sociedad enferma y perversa las personas se conserven anímicamente sanas. Ni siquiera atisba los enormes cambios, hasta conformar toda una revolución, necesarios para que la gente del siglo XXI no siga hundiéndose en las patologías del alma y autodestruyéndose de manera inducida.