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viernes, 19 de abril de 2019

VOX, LA IMPORTANCIA DE LO INSIGNIFICANTE

Por su interés y calidad, junto a este artículo, publicaremos una serie de cuatro relativos a la maniobra política de Vox, elaborados por nuestro amigo Fernando García en el último año.


I. VOX, LA IMPORTANCIA DE LO INSIGNIFICANTE

La diferencia entre Vox y el resto de partidos es aparente, porque nada sustancial les diferencia. Todos ellos defienden el régimen oligárquico y su estructura estatal-capitalista, la misma falsa democracia, la misma corrupción sistémica. La mayor afectación la padece la facción de la pequeña burguesía que se autodenomina de izquierdas o “progresista”, que ya está agitando el espantajo de la lucha antifascista, su clásica maniobra distractiva, la que le sirve para tapar su propia descomposición, su propia deriva hacia un neofascismo "democrático". Como si Vox fuera su problema y no su producto, como si la irrupción de este partido no fuera el pus que rezuma la propia putrefacción del sistema en su conjunto. Vox es un partido más, igual a los demás en lo esencial, sólo se significa por su rudimentario lenguaje populista y su estética de hinchada fachofutbolera, nada nuevo, nada sustancial lo diferencia del resto de partidos que sostienen al régimen heredero del franquismo.

La oligarquía que controla el Estado tiene desmadrada a su pequeña burguesía encargada del aparato político, no logra superar su estado de crisis crónica y ello le impide poner orden en sus huestes subordinadas, está sucediendo en toda Europa y en América. Están inmersos en una operación agónica, terminal, que no tiene solución, que sólo intenta ganar tiempo para recomponerse, un tiempo que ya no tiene porque lo ha gastado por adelantado en estos tres siglos de crédito a la revolución burguesa, cuando su “modernidad” es un barco que hace agua por todas partes.

Va llegando el momento de que la abstención (estérilmente mayoritaria en Andalucía) pase a ser activa y revolucionaria, autoorganizada como Pueblo, al margen y contra el Capitalismo y su Estado. La clase obrera tuvo su oportunidad, que los partidos y sindicatos “de clase” tiraron por la borda, inoculando en las masas proletarias su materialismo histórico, su ideología originalmente burguesa, funcional al proyecto economicista y consumista de las oligarquías capitalistas. Así, la ideología “de clase” se hizo funcional al poder capitalista, interesado en naturalizar la lucha de clases, en institucionalizarla como conflicto “naturalmente democrático”. 

Este es un siglo resabiado y escarmentado, en el que ya no cabe la ideología de clase ni ninguna otra ideología identitaria. La complejidad hiperpolítica, hipertecnológica e hiperfinanciera del mundo que vivimos se nos ha ido de las manos y está a punto de hacerse añicos. Puede que entonces el campo de batalla quede despejado en toda su simplicidad, sólo quedará el Pueblo frente al Estado, autonomía frente a heteronomía, autogobierno (democracia integral) frente a dominación y sumisión. Este siglo XXI es el de la revolución democrática integral, local y global, personal y popular, ética, ecológica y comunal, la tarea civilizatoria que tenemos por delante es descomunal, será necesario construir el sujeto de la revolución necesaria, un sujeto convivencial, simultáneamente individual y comunitario, un individuo constructor de comunidad y viceversa. Pueblo, Estado y Democracia conforman un triángulo imposible, en el que sobra una de las partes...hasta ahora el Pueblo es el ausente. La revolución integral consiste en que sobre el Estado, el aparato de dominación de las oligarquías capitalistas, el que nos ha traído hasta el borde del abismo. Cada individuo consciente está llamado a su propia reconstrucción, a realizar su propia desinfección y consecuente desconexión del sistema, está llamado a ser sujeto de la revolución hoy necesaria, a construirse en comunidades convivenciales y radicalmente democráticas, ese sujeto es quien puede acabar con el sistema de dominación.

No me extraña que se le de tanta importancia a la irrupción de Vox, porque ésta es insignificante y precisamente de eso trata hoy la política: de lo insignificante.


miércoles, 10 de abril de 2019

PODEMOS-VOX: Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado.




Cuando el circo democraticista del Estado nacionalista capitalista español se encuentra en su momento más culminante con el inicio de la campaña electoral para las Elecciones Generales a Cortes españolas de abril/2019, conviene realizar una breve reflexión que sitúe “los pies en la tierra” de semejante carnaval, y que mejor que hacerlo sobre aquellos partidos que dicen pretender soluciones desde la raíz. Ello nos lleva lógicamente a la evaluación/comparación de aquellas fuerzas políticas “radicales” que tratarían de abarcar los llamados “extremos” del espectro electoral: Podemos-Vox.

En 2014 Podemos era ya una fuerza política organizada, con una amplia base social, y con un Programa, dispuesto para cubrir la posible quiebra del sistema de poder a raíz de la experiencia del 15M, sobre todo, por su parte espontánea y hasta cierto punto, revolucionaria.

De hecho, desde sus mismos inicios, desde la cosmovisión de FRM, se hicieron los análisis pertinentes que pusieron al descubierto la naturaleza reaccionaria del fenómeno Podemos, entendido básicamente como una propuesta de “emergencia” de los poderes facticos del Estado español frente al desgaste del modelo político vigente, y para que contribuyera de forma efectiva al control social ante rasgos de una crisis que el sistema partitocrático vigente no alcanzaba a solucionar. Vimos en ese momento que sus propuestas no eran más que un intento de racionalizar el Estado, tratando demagógicamente de conciliar un Estado racional, según el modelo burocrático de dictadura “blanda”, modelo chino, con el Estado de bienestar, como fórmula de integración de los movimientos sociales. También planteábamos que, sociológicamente, este grupo de poder centrado en Podemos representaba los intereses de clase media de una juventud que, en el curso de la crisis, perdió gran parte de las expectativas que un día tuvieron sus padres: más empleo y posición[1].

Hoy, en 2019, comprobamos como aquellas predicciones se han cumplido: de crítica a la “casta” y a la corrupción, vemos cómo sus dirigentes han pasado a colocarse en el sistema de poder, derrochando una vida de lujo. Cómo las luchas internas por el reparto del “pastel” está llevando a la organización a una descomposición acelerada y a la creación de “reinos de taifas” donde cada “líder” pretende para sí, y su grupo de allegados, las cuotas de poder y privilegios que creen se merecen por pertenecer a esa “nueva casta”. Además, llevan dos años ansiosos por entrar en funciones de ejercicio del poder estatal, proponiéndose continuamente al partido que por “Turno” toca dirigir la política del Estado, el PSOE. Así, frente al “programa”, racionalista y demagógico de 2014, hoy nos presentan una alternativa “realista” en que ya dejan atrás la fraseología radical de crítica a la transición, constitución del 78, el PSOE-GAL, etc…, para pasar abiertamente a defender una puesta al día del Estado, asumible por el bloque de poder actual, y con perspectivas de éxito electoral como buen “escudero”  del PSOE.

En los dos programas publicados para las elecciones 2019[2], el general, y el llamado constitucional, descienden a un “realismo” tan pro-estado y pro-capitalista que podría ser asumido por cualquier partido constitucionalista de izquierda o derecha, en una palabra: racionalización del Estado nacionalista y capitalista español. En concreto, en el programa general, hacen una defensa del régimen actual con una batería de medidas orientadas hacia la salvación del sistema vigente de poder y del capitalismo: legicracia para el control poblacional (política de género, inmigración, mejor integración en el bloque imperialista occidental europeo, desarrollo e implementación de la tecnología para la restitución de la productividad del trabajo y la mejor y efectiva explotación de los seres humanos (Internet, trenes, autopistas, energías “renovables”, vehículos eléctricos, etc.), y mucho impulso por el Estado de todo ello a través de leyes y subvenciones. En definitiva, contribuir en la medida de sus “posibilidades” a “mejorar” la destrucción de los seres humanos y del medio natural. Además, con una contribución que pretenden “esencial” para el “encauzamiento” de la “cuestión nacional”, haciendo de intermediario con el nacionalismo “radical” catalán y vasco, para que traguen con la “resolución democrática viable al conflicto de Cataluña y del País Vasco”, esto es, lo que ya viene pregonando el mismísimo “Jefe de jefes”, Felipe González[3]: la solución federal para el Estado nación español, en la forma malabar de un Estado “Nación de naciones”[4]…Pero cuando vemos el programa “Constitucionalista” de Podemos, es ya aberrante. Las propuestas son simples frases demagógicas en las que se combinan las políticas inclusivas (feminismo de Estado), más Estado de bienestar engaña-bobos, pero sobre todo defensa del Estado nación español, y de sus pilares esenciales: Ejército, Monarquía, Capitalismo, y adoctrinamiento democraticista brutal, de tal forma que ahí se concilie toda la gama de ideologías del democraticismo burgués imperante, y cómo: inculcando la carta magna en el conjunto de la población…desde la niñez.

Lógicamente, todas las vendidas y fechorías de Podemos en estos últimos cuatro años no podían pasar desapercibidas, incluso para sus propios allegados, y hoy tenemos un desgaste político y de credibilidad evidentes que está haciendo que ese prometido “Titánic” se encuentre haciendo aguas por todos los lados, y que su nivel de audiencia vaya bajando a niveles incluso insospechados por los más pesimistas. Su conversión en “new-casta”, el espectáculo de sus lucha fratricidas por el poder interno, y en particular, las políticas de “ingeniería social” destinadas a destruir la cohesión social con las políticas de género, de inmigración, eutanasia y demás aberraciones destinadas al proceso de interés estratégico del Estado de exterminación de pueblos y culturas de la península ibérica, están haciendo ya necesario que el propio Estado ponga en circulación nuevas alternativas políticas destinadas a abarcar el conjunto de espectro social, incluyendo a “masas descontentas”, con esta política exterminacionista. Esta es la esencial del “fenómeno” de Vox[5]. Si vemos su programa general, como aquellas medidas “claves” que ha presentado[6], además de su simpleza y tosquedad, en el fondo no es más que un intento de “tapar” aquellos agujeros en forma de crisis de credibilidad del Estado como consecuencia de la política agresivamente antihumana puesta en práctica por la izquierda PSOE-Podemos.

Sabemos, por la experiencia histórica, en general, y particularmente por la del propio Estado español, que a pesar de las estrategias diferenciadas entre las elites que dan lugar a la Guerra Civil 1936-39, existe unidad histórica entre las elites mandantes, pero no necesariamente estratégicas, y de ahí surgen conflictos, que a veces son antagónicos y armados, pues dependen de las afinidades ideológicas e interés internacionales diferenciados. Hoy observamos que los partidos “escobas” del sistema, que van recogiendo los “flecos” no integrados en los partidos-Estado, también responden a interés estratégicos internacionales, según cada circunstancia. Ya sabíamos de la financiación de Podemos por la Venezuela “revolucionaria” de Maduro, de acuerdo a los intereses también estratégicos de las superpotencias rusa y china, y además de la financiación iraní, responsable de su implementación mediática. Ahora resulta que también Vox se encuentra financiada internacionalmente por EEUU, a través de una organización de “oposición” al régimen iraní (financiada y potenciada por los EEUU), el llamado Consejo Nacional de la Resistencia de Irán (CNRI), curiosamente fuerza marxista-islámica en sus orígenes[7].

Por todo ello, lejos de dejarnos confundir con “acontecimientos” políticos, como la irrupción de Vox, que solo está sirviendo para mejora las expectativas de éxito electoral del tándem PSOE-Podemos, la realidad que se esconde detrás es la misma que la buscada con Podemos: 1) Favorecer la apariencia de cara a la galería y al circo mediático de que Vox es una fuerza “radical” de “extrema derecha”, cuando en realidad es simplemente el “ala derecha” del PP, defendiendo el marco constitucional monárquico, españolista y capitalista como el que más[8]. 2) Con la irrupción de Vox en el sistema partitocrático y parlamentarista, se da credibilidad al sistema como prueba de que en este “puchero” todas las opciones políticas tienen cabida. Y 3), Todas sus propuestas programáticas, salvo las clásicas demagógicas destinadas a la “España profunda” de bandera, monarquía, toros y policía… y anti catalanismo y vasquismo, por supuesto, no son más que “políticas de reacción”, según el modelo neonacionalista de Trump, y que se inscriben en el marco de las medidas de racionalización del Estado y del capitalismo en que está embarcado el bloque imperialista occidental, en declive, para hacer frente a la inevitable expansión del gigante imperialista chino.

Karlos Luckas (publicado en CONCIENCIA, LIBERTAD Y REVOLUCIÓN INTEGRAL)

[8] Al menos el falangismo de José Antonio, como fascismo de los años 30 del siglo XX, era anti partido y anti sistema parlamentario y, aunque ambiguamente, anti-monárquico.

CHARLA DE FÉLIX R. MORA: LA SEGUNDA REPÚBLICA CONTRA EL COMÚN


domingo, 7 de abril de 2019

LA II REPÚBLICA ESPAÑOLA COMO PROYECTO POLÍTICO AL SERVICIO DEL MILITARISMO Y DE LA BURGUESÍA


Esteba Vidal

El 14 de abril sigue siendo una fecha de referencia para quienes conmemoran la instauración de la II República, al mismo tiempo que reivindican el legado político de aquella experiencia histórica. Sin embargo, cuanto más se conoce dicho periodo más rechazo suscita en la población, sobre todo en la medida en que aquel régimen se caracterizó por su extrema violencia y crueldad con el pueblo llano.[1] A pesar de esto se sigue sin entender el significado histórico del régimen republicano, especialmente en la medida en que esta experiencia es sustraída del marco histórico general del que forma parte, y es reducida a una simple lucha de poder entre diferentes grupos sociales y políticos.

En primer lugar hay que contextualizar el advenimiento de la II República en términos históricos e internacionales, lo que significa tomar como referencia los grandes procesos en los que se vio envuelto el Estado español en su desarrollo histórico. Esto nos obliga a considerar la influencia de los factores externos, situados en la arena internacional, en el cambio de la forma monárquica del Estado a la forma republicana.[2] En lo que a esto respecta no hay que perder de vista que los Estados europeos estaban inmersos desde hacía varios siglos en un proceso de modernización permanente, lo que era fruto de su mutua competición en la esfera internacional. Con modernización nos referimos a un movimiento histórico-político hacia formas de gobierno de carácter burocrático, racionalizado, centralizado e impersonal,[3] que supusieron la concentración, acumulación y centralización de una cantidad creciente de poder en manos del Estado para adaptar su esfera doméstica a los desafíos de la competición geopolítica internacional. La modernización constituye, desde esta perspectiva política e internacional, parte del proceso de construcción del Estado territorial y soberano.

En la medida en que los Estados no existen en el vacío, sino que por el contrario forman parte de un sistema de Estados en el que interactúan y donde impera un contexto de competición y mutua hostilidad, no puede ignorarse la influencia que el medio internacional ejerce sobre la esfera doméstica de los Estados. Así pues, en dicho medio se desarrollan una serie de relaciones de las que de un modo espontáneo y no intencionado se forma una estructura de poder fruto de la desigual distribución de capacidades internas de los Estados.[4] Esta circunstancia es la que hace que la estructura de poder presione sobre el interior de los Estados y afecte no sólo a su comportamiento en el ámbito internacional, sino también a su constitución interna.[5] La modernización como tal no es sino el efecto no premeditado de la competición geopolítica de los Estados, y en la que la guerra ha desempeñado un papel central como impulsora del cambio político en la esfera doméstica.[6] De este modo la modernización es el proceso de permanente adaptación del ámbito interior de los Estados a los constantes desafíos presentados por la esfera internacional.

El Estado español había ostentado una posición dominante en el sistema internacional hasta el s. XVII, y a partir de entonces declinó como gran potencia en la medida en que otros Estados le tomaron la delantera como fueron los casos de Francia e Inglaterra. España sólo conservó cierta relevancia internacional gracias a sus posesiones coloniales en América hasta el s. XVIII, siendo para entonces una potencia de segunda fila. Tanto Francia como Inglaterra desarrollaron una serie de cambios en sus respectivas esferas domésticas que les permitieron aumentar sus capacidades nacionales, y con ello maximizar su poder tanto a nivel interno como a nivel externo en su competición por la hegemonía internacional. Esto fue muy evidente en el transcurso de las guerras napoleónicas, debido sobre todo a que la preeminencia de Francia se debió a los cambios que se produjeron en la constitución interna del Estado como consecuencia de la revolución. A través de la revolución Francia estableció un gobierno directo sobre la población, lo que incrementó sus capacidades organizativas para movilizar una cantidad creciente de recursos materiales, económicos, humanos, etc., con los que aumentó su poder militar y, por tanto, su poder internacional.[7] Sin embargo, en España los cambios necesarios para situar al país al mismo nivel que las restantes grandes potencias del momento no fueron llevados a cabo, y cuando estos intentaron ser puestos en práctica tras la derrota de Napoleón encontraron una fortísima oposición entre la población.

Mientras la Francia revolucionaria fue capaz de reunir una fuerza militar de casi un millón de efectivos gracias a la modernización acelerada del Estado, España se sumió en un estado de postración internacional ante la arrolladora maquinaria de guerra francesa, hasta el punto de ser invadida. Tal es así que la resistencia armada contra Napoleón fue ejecutada por el propio pueblo, mientras las élites locales rendían pleitesía a los ocupantes. Esta manifiesta posición de debilidad internacional condujo a la élite mandante española a tomar medidas enérgicas dirigidas a aumentar el poder del Estado mediante un incremento del control sobre su territorio, es decir, sobre la población y los recursos materiales, económicos, etc., disponibles. Esto supuso la imitación del modelo que representaba en aquel momento Francia, lo que dio comienzo a la revolución liberal con la promulgación de la constitución de Cádiz de 1812.[8] A partir de entonces el Estado español se sumió en un ciclo de experimentación política dirigido a modernizar sus estructuras internas con el propósito de reforzar su poder militar y recuperar el estatus de gran potencia. Fue un proceso liderado por los mandos militares, pues no olvidemos que el Estado moderno fue hasta bien entrado el s. XX una institución exclusivamente militar, y por ello una máquina para la guerra que únicamente de forma tardía desarrolló otro tipo de funciones de carácter civil.[9]

Como consecuencia del papel dominante del ejército en la política española del s. XIX algunos autores, como Daniel R. Headrick, muy acertadamente han catalogado el sistema político español de aquel entonces como un sistema pretoriano.[10] Esto conllevó la permanente experimentación de regímenes políticos diferentes que no terminaron de funcionar, y que sumieron al país en una constante guerra civil debido a la oposición popular que suscitó el crecimiento del Estado y su progresiva intromisión en una cada vez mayor cantidad de ámbitos de todo tipo.[11] Por el camino España perdió su imperio y en diferentes ocasiones, como durante la I República, el Estado estuvo a punto de desaparecer. Por tanto, el proceso de modernización del Estado español sumió al país en una profunda crisis política y social que a largo plazo impidió que lograse recuperar su antiguo estatus de gran potencia en el concierto internacional. Sin embargo, esto no hizo que los intentos de la élite mandante cesaran en la búsqueda de ese relanzamiento del Estado en la esfera internacional, lo que, como decimos, implicaba la transformación de su esfera interior y la adaptación de la sociedad a sus necesidades estratégicas en la lucha geopolítica internacional. Esto se concretaba en incrementar los recursos del Estado para poder costear un ejército moderno y más grande con el que competir con éxito frente a otras potencias. Pues no olvidemos que la modernización del ejército, tanto en el terreno organizativo como en el tecnológico, tiene efectos sobre la estructura y organización del Estado, y consecuentemente en el cambio político.[12]

Así pues, la historia de España desde el s. XIX hasta bien entrado el s. XX fue una historia de resistencia popular al crecimiento del Estado que impulsó el liberalismo, y sobre todo los mandos militares que lideraron la revolución liberal. Nos referimos a todos esos espadones que segaron la vida de quienes se les opusieron: Rafael del Riego, Baldomero Espartero, Leopoldo O’Donnell, Juan Prim, Francisco Serrano, Manuel Pavía, etc. El contexto de permanente inestabilidad social y política derivada de la impopularidad de las élites mandantes y sus estructuras de poder político, condujo a una progresiva descomposición de España como proyecto imperial que se evidenció tras la derrota frente a EEUU en el control de sus últimas colonias de ultramar. Esta situación generó la determinación en las élites de reforzar la posición del Estado frente a la sociedad, sobre todo para afirmar su autoridad y aumentar su poder militar. Así, la modernización del Estado alcanzó un punto crítico en la etapa posterior a la Gran Guerra debido al desarrollo económico que España vivió gracias a su neutralidad. En un contexto de conflictividad social creciente, unido a fracasos tan sonoros como el del Annual, y el cambio en la situación internacional debido a que las grandes potencias industriales recuperaron rápidamente los mercados que habían cedido a España durante la contienda, condujeron a la instauración de una dictadura militar de inspiración fascista bajo el mando del general Miguel Primo de Rivera y con el beneplácito de Alfonso XIII.

La dictadura de Primo de Rivera sirvió para reestabilizar el sistema de dominación y modernizar el Estado en ámbitos como el financiero, fiscal, administrativo e industrial, al mismo tiempo que aumentó su tamaño y con ello incrementó su contacto con la sociedad que lo recibió con especial rechazo.[13] Esto se inscribió en el marco de una política exterior más agresiva y de signo expansionista en el norte de África, de lo que el desembarco de Alhucemas es una clara muestra. La centralización, concentración y acumulación de poderes en manos del Estado supuso un importante desgaste político para el régimen establecido, lo que aumentó su inestabilidad a pesar de haber logrado cooptar temporalmente a ciertos sectores políticos y sociales, como PSOE-UGT, con la formación de un directorio civil. A lo que cabe añadir la milenaria tradición antimilitarista de las clases populares y su resistencia a colaborar en las aventuras imperialistas de la élite dominante.

En este contexto histórico y sociopolítico en el que el grado de agitación social era creciente, así como el descrédito de la dictadura y del monarca que la apoyó, la instauración de la II República se entiende como el comienzo de un nuevo ciclo de modernización del Estado. En lo que a esto se refiere la proclamación de la República fue antes que nada una imposición de los mandos militares, muy al contrario de lo que la historiografía oficial ha hecho creer. En las elecciones de 1931 las candidaturas republicanas en conjunto sólo lograron 5.875 concejales, mientras que las candidaturas monárquicas obtuvieron 22.150, todo lo cual no impidió la proclamación de la República.[14] Esto no hace sino demostrar que esta proclamación supuso la imposición de un nuevo régimen político llevada a cabo por las altas esferas del poder constituido con el ejército a la cabeza. Entre los mandos militares que participaron en la conspiración que facilitó el advenimiento de la II República destacaron el general Goded, Queipo de Llano, Mola y muchos otros.[15] Basta con señalar que el monarca únicamente se decidió a abandonar el país en su flamante hispano-suiza cuando el general Sanjurjo, director general de la guardia civil, le informó de que no podía garantizar su seguridad personal.[16]

A tenor de todo lo hasta ahora dicho puede afirmarse que la instauración de la II República fue una revolución desde arriba para, así, evitar una revolución desde abajo que con el paso del tiempo se hacía más probable dada la agitación popular y la propagación de planteamientos revolucionarios entre amplios sectores de la sociedad.[17] De esta manera las ansias de libertad de la población intentaron ser apaciguadas y reencauzadas mediante este cambio de régimen, con el propósito de crear una nueva legitimidad que facilitase el relanzamiento del proyecto de modernización del Estado, y consecuentemente el incremento de sus poderes con vistas a recuperar un papel relevante en el concierto de las naciones europeas. El crecimiento del aparato represivo,[18] los intentos de modernizar el ejército, el aumento de las cargas fiscales sobre la población, el impulso dado a los negocios de las clases acaudaladas con la expansión del trabajo asalariado, el sector financiero, etc.,[19] generaron una fuerte oposición popular que recrudeció la represión como respuesta de las élites.

En general la II República puso en marcha una serie de medidas dirigidas a movilizar los recursos disponibles en el país para aumentar las capacidades nacionales con las que apuntalar un crecido poder militar, y de esta forma jugar un papel relevante en el ámbito internacional de cara a garantizar a España una esfera de poder propia en el norte de África. Esto es lo que explica la implementación de un conjunto de políticas dirigidas a establecer un capitalismo más agresivo, adaptado a las exigencias de las clases más pudientes y a las crecientes necesidades industrializadoras. Para conseguir este objetivo, y aumentar la base tributaria del Estado, fue necesario reforzar a este último como así lo hizo el nuevo ordenamiento constitucional. A lo que le acompañó la creación de nuevos cuerpos represivos como la guardia de asalto, además de diferentes leyes que restringieron las garantías y libertades formales. Nos referimos, por ejemplo, al artículo 42 de la constitución para la suspensión de dichas garantías y libertades si lo exigía el bien del Estado; el artículo 76 d que dotaba al presidente de la República de poderes exorbitantes; diferentes leyes como la ley de Defensa de la República del 21 de octubre de 1931;[20] o la ley de Orden Público del 28 de julio de 1933 que fue promulgada con Manuel Azaña como presidente del gobierno, y que fue mantenida en vigor por el franquismo hasta 1959; o la ley de fugas que se saldó por lo menos 3.900 muertes, lo que en la práctica fueron ejecuciones extrajudiciales bajo el pretexto de fuga;[21] o la ley de vagos y maleantes del 4 de agosto de 1933, mantenida por el franquismo, y que fue introducida en el código penal para reprimir fundamentalmente a trabajadores en el paro, vagabundos y nómadas, así como a todos aquellos que no fueran del gusto de la autoridad competente, todo lo cual permitió la creación de campos de concentración para desempleados.[22]

En definitiva, la instauración del régimen republicano obedeció no tanto a razones de orden interno como a una necesidad exterior derivada de la competición geopolítica internacional, y que presionó sobre la esfera interior hasta el punto de transformar la constitución interna del Estado español. De este modo las presiones externas operaron a través de las condiciones internas que originaron la II República, la cual no fue otra cosa que una imposición de los militares que más tarde, en 1936, le pusieron fin. Sin embargo, este régimen que trató de maximizar su poder tanto hacia dentro como hacia fuera encontró una fuerte resistencia popular, aún a pesar de haber sido un intento consciente de las élites mandantes de impedir el estallido de una revolución desde abajo.[23] Por tanto, a nivel doméstico la II República fue un régimen extremadamente represivo que intentó meter en cintura a las clases populares, y que con ello pretendía crear las condiciones propicias para relanzar la política exterior española en clave imperialista. Finalmente nada de esto ocurrió, el régimen republicano fracasó estrepitosamente al encontrar una oposición frontal de la población que condujo a los mandos militares a alzarse en armas contra el pueblo para impedir la revolución. Así las cosas, quienes celebran el 14 de abril en conmemoración de la proclamación de la II República consciente o inconscientemente celebran, también, un régimen impuesto por los militares, al servicio del militarismo y de la burguesía. Un régimen que, además de haber sido tremendamente represivo con el pueblo, constituye un jalón más en el proceso modernizador del Estado español, y por tanto de su crecimiento y expansión.



[1] A este respecto son bastante elocuentes los datos recopilados por Eduardo González Calleja quien pone de manifiesto que la mayor parte de la violencia que se produjo en la II República fue del Estado contra la sociedad. González Calleja, Eduardo, Cifras cruentas: las víctimas mortales de la violencia sociopolítica en la Segunda República española (1931-1936), Granada, Comares, 2015. Sobre esta dimensión represiva de la II República también es recomendable lo comentado en Rodrigo Mora, Félix, “14 de abril: La república del máuser” http://esfuerzoyservicio.blogspot.com.es/2013/04/14-de-abril-la-republica-del-mauser.html
[2] En este punto concordamos con lo sostenido por Otto Hintze, quien destacó que la rivalidad entre potencias tiene tanta importancia como las rivalidades entre grupos sociales en el moldeamiento de la estructura del Estado. Hintze, Otto, Historia de las formas políticas, Madrid, Editorial Revista de Occidente, 1968
[3] Porter, Bruce D., War and the Rise of the State: The Military Foundations of Modern Politics, Nueva York, The Free Press, 1994, p. xiv
[4] Sobre el punto de vista estructuralista acerca de la realidad internacional consultar: Waltz, Kenneth N., Teoría de la política internacional, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1988
[5] Esta perspectiva está presente en las investigaciones de diferentes autores. Spruyt, Hendrik, The Sovereign State and Its Competitors, Princeton, Princeton University Press, 1996. Rasler, Karen A. y William R. Thompson, War and State Making: The Shaping of the Global Powers, Londres, Unwin Hyman, 1989. Mann, Michael, Las fuentes del poder social, Madrid, Alianza, Vol. 1 y 2, 1991-1997. Hintze, Otto, Feudalismo – Capitalismo, Barcelona, Editorial Alfa, 1987. Ertman, Thomas, Birth of the Leviathan: Building States and Regimes in Medieval and Early Modern Europe, Cambridge, Cambridge University Press, 1997
[6] Al fin y al cabo es la guerra la que crea el Estado y la que impulsa su desarrollo histórico al hacer que este intervenga en multitud de ámbitos y actividades, lo que conlleva la transformación de su carácter al hacerse más racional, organizado y centralizado a medida que aumenta su poder en el ámbito interior y, a su vez, en el ámbito exterior. Guerra y construcción del Estado van unidas debido a que la necesidad de organizar los medios para preparar y hacer la guerra origina la aparición de un aparato burocrático encargado de movilizar los recursos económicos, financieros, humanos, materiales, etc., necesarios. Sobre esto son notables las aportaciones recogidas en Roberts, Michael, “The Military Revolution, 1560-1660” en Rogers, Clifford J. (ed.), The Military Revolution Debate: Readings on the Military Transformation of Early Modern Europe, Boulder, Westview Press, 1995, pp. 13-36. Tilly, Charles, Coerción, capital y los Estados europeos 990-1990, Madrid, Alianza, 1992. Ídem, “Reflections on the History of European State-Making” en Tilly, Charles (ed.), The Formation of National States in Western Europe, Princeton, Princeton University Press, 1975, pp. 3-83. Parker, Geoffrey, La revolución militar. Las innovaciones militares y el apogeo de Occidente, 1500-1800, Barcelona, Crítica, 1990. Duffy, Michael (ed.), The Military Revolution and the State 1500-1800, Exeter, University of Exeter, 1986
[7] Una magnífica investigación que pone de manifiesto este y otros aspectos decisivos de los efectos de la revolución francesa en el relanzamiento de Francia como gran potencia, así como de otros procesos revolucionarios análogos, es Skocpol, Theda, States and Social Revolutions: A Comparative Analysis of France, Russia, and China, Nueva York, Cambridge University Press, 1979. Existe una edición en castellano: Ídem, Los Estados y las revoluciones sociales: un análisis comparativo de Francia, Rusia y China, México, Fondo de Cultura Económica, 1984
[8] Existían antecedentes previos, ya en el s. XVIII, en los que miembros de la élite mandante pusieron de relieve la necesidad de cambiar las estructuras políticas del Estado para adaptarlas al nuevo contexto internacional. Nos referimos a personajes como Floridablanca o Jovellanos. De interés son las observaciones recogidas acerca de los efectos de la implantación del orden constitucional y liberal en Rodrigo Mora, Félix, La democracia y el triunfo del Estado. Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora, Morata de Tajuña, Manuscritos, 2011, pp. 41-62
[9] Los datos sobre el carácter esencialmente militar del Estado son abrumadoramente claros, y quedan evidenciados a través de las partidas presupuestarias dirigidas a la guerra. La bibliografía a este respecto también es abundante. Rasler, Karen A. y William R. Thompson, “War Making and the State Making: Governmental Expenditures, Tax Revenues, and Global Wars” en American Political Science Review Vol. 79, Nº 2, 1985, pp. 491-507. Mann, Michael, Op. Cit., N. 5, Vol. 1, pp. 590-617. Ídem, “State and Society, 1130-1815: an Analysis of English State Finances” en Mann, Michael, States, War and Capitalism, Oxford, Basil Blackwell, 1988, pp. 73-123. Rasler, Karen A. y William R. Thompson, The Great Powers and Global Struggle, Lexington, The University Press of Kentucky, 1994
[10] Headrick, Daniel R., Ejército y política en España (1866-1898), Madrid, Tecnos, 1981
[11] Sobre la valiente resistencia que ofreció el pueblo a la introducción del liberalismo es recomendable la lectura de Rodrigo Mora, Félix, Op. Cit., N. 8, pp. 84-102
[12] Numerosos autores han desarrollado su particular línea de investigación en torno a este enfoque en el que la atención es centrada en la interrelación que se da entre la organización militar y la organización del Estado. Destaca Otto Hintze, pero juntamente con él otros autores que de un modo independiente realizaron sus particulares reflexiones. Hintze, Otto, “Organización Militar y Organización del Estado” en Revista Académica de Relaciones Internacionales Nº 5, 2007 (https://revistas.uam.es/index.php/relacionesinternacionales/article/view/4868/5337). Finer, Samuel E., “State and Nation Building in Europe: The Role of the Military” en Tilly, Charles (ed.), The Formation of National States in Western Europe, Princeton, Princeton University Press, 1975, pp. 84-163. Rapoport, David C., “A Comparative Theory of Military and Political Types” en Huntington, Samuel P. (ed.), Changing Patterns of Military Politics, Nueva York, The Free Press, 1962, pp. 71-100. Andreski, Stanislav, Military Organization and Society, Londres, Routledge & Kegan Paul, 1954. Corvisier, André, Armies and Societies in Europe, 1494-1789, Bloomington, Indiana University Press, 1979. Downing, Brian M., The Military Revolution and Political Change: Origins of Democracy and Autocracy in Early Modern Europe, Princeton, Princeton University Press, 1992. Antes que todos estos autores encontramos un curioso antecedente de este punto de vista en un artículo escasamente conocido de Fredrich Engels, quien prestó especial atención a cuestiones de carácter militar y su influencia en la esfera política. Engels, Friedrich, “The Armies of Europe” en Putnam’s Monthly. A Magazine of Literature, Science and Art Vol. 6, Nº 33, 1855, pp. 193-206 y 306-317
[13] Para un estudio en profundidad de esta etapa de la historia del Estado español es recomendable la siguiente bibliografía: González Calleja, Eduardo, La España de Primo de Rivera. La modernización autoritaria, 1923-1930, Madrid, Alianza, 2005. Tamames, Ramón, Ni Mussolini ni Franco: la dictadura de Primo de Rivera y su tiempo, Barcelona, Planeta, 2008. Gómez Navarro, José Luis, El régimen de Primo de Rivera, Madrid, Cátedra, 1991. Ben-Ami, Shlomo, El cirujano de hierro. La dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), Barcelona, RBA, 2012
[14] Alcalá Galve, Ángel, Alcalá-Zamora y la agonía de la República, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2002
[15] Sobre la trama conspiracionista que lideraron y ejecutaron los militares es interesante lo recogido en Franco, Ramón, Madrid bajo las bombas, Madrid, Zevs, 1931. Para hacerse una idea del apoyo que este régimen recibió del ejército basta con señalar que únicamente 5 militares de la escala activa y uno de la reserva rehusaron jurar fidelidad a la II República. Información sobre esta cuestión puede encontrarse en Cardona, Gabriel, El poder militar en la España contemporánea hasta la guerra civil, Madrid, Siglo XXI, 1983
[16] Pulido Pérez, Agustín M., La Guardia Civil ante el bienio azañista, 1931/33, Madrid, Almena, 2008
[17] La implantación del régimen republicano también ha sido catalogada como una revolución conservadora hecha desde arriba, lo que salvando las distancias históricas y culturales no la diferenciaría de la restauración Meiji en Japón. Rodrigo Mora, Félix, Op. Cit., N. 8, pp. 294-299
[18] La creación de la guardia de asalto es significativa en este sentido, además del crecimiento del gasto estatal en actividades represivas. A lo que hay que añadir el aumento del número de efectivos de la guardia civil, que en 1930 contaba con 27.500 hombres mientras que en 1936 disponía de 34.500, esto es un 25% más. E igualmente su presupuesto que en 1930 era de 103 millones de pesetas, mientras que ya para 1933 era de 126. El presupuesto de seguridad, por su parte, pasó por esas mismas fechas de los 62 millones a los 120 millones. En términos generales puede observarse que la monarquía, en 1930, dedicaba 165 millones de pesetas al orden público, mientras que la II República, en 1933, dedicaba 246 millones. Muñoz Bolaños, Roberto, “Fuerzas y cuerpos de seguridad en España (1900-1945)” en Serga Especial Nº 2. Romero, Luis, Tres días de julio, 18, 19 y 20 de 1936, Barcelona, Ariel, 1967. Arrarás, Joaquín, Historia de la Segunda República Española, Madrid, Editora Nacional, 1956, Vol. 2
[19] Al fin y al cabo las clases acaudaladas apoyaron decididamente a las fuerzas republicanas en las elecciones municipales de 1931, y se mantuvieron al lado de la República hasta poco antes de la sublevación militar en 1936, cuando esta era ya inevitable. El propio conde de Romanones declaró que el rey Alfonso XIII fue abandonado por todos los estamentos del poder, y que en los barrios burgueses y aristocráticos de Madrid triunfaron las candidaturas republicanas en las elecciones de 1931. Figueroa y Torres Romanones, Álvaro, Notas de una vida, Madrid, Marcial Pons, 1999
[20] Esta ley de Defensa de la República se basó para su redacción en el anteproyecto de ley de Orden Público elaborado por la Asamblea Nacional de la dictadura de Primo de Rivera. Facultaba al gobierno para establecer tres estados de excepción por decreto, sin necesidad de que las Cortes suspendieran previamente las garantías constitucionales. Más información pormenorizada sobre estas leyes puede encontrarse en Gil Pecharromán, Julio, La Segunda República. Esperanzas y frustraciones, Madrid, Historia 16, 1997, p. 70. Ballbé, Manuel, Orden público y militarismo en la España constitucional (1812-1983), Madrid, Alianza, 1983, p. 363
[21] Fiestas Loza, Alicia, Los delitos políticos (1808-1936), Salamanca, Librería Cervantes, 1994
[22] Sobra decir que en la práctica la normalidad constitucional fue una excepción dado que todos los gobiernos republicanos recurrieron de un modo u otro a las leyes antes citadas, lo que generó una permanente suspensión de derechos y garantías como método para aplicar la represión de manera intensiva sobre la población, y muy especialmente sobre el campesinado y el movimiento obrero organizado. Todo esto contribuyó a darle al propio régimen republicano un cariz sumamente represivo y violento que desbordó considerablemente la situación previa de la dictadura militar de Primo de Rivera.
[23] Rodrigo Mora, Félix, Investigación sobre la II República española, 1931-1936, Madrid, Potlatch ediciones, 2016