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jueves, 22 de junio de 2017

EMPAREJADAS CON LOS PSICOFÁRMACOS

        Los datos son alarmantes, y cada año que pasa más. El 25% de las mujeres toman ya antidepresivos a diario, y las bajas laborales por depresión están en crecimiento, constituyendo, al parecer, la principal causa de su inasistencia femenina al trabajo. De ser un problema mínimo hace sólo un par de decenios se ha hecho una cuestión de primera significación.

         Según algunos expertos la depresión mayor es originada por desequilibrios químicos en el cerebro, por lo que tiene un eficaz tratamiento médico-farmacéutico. Otros lo niegan o dejan esa etiología reducida a un número muy pequeño de casos, proponiendo que las causas de la gran mayoría de esta perturbación del espíritu son vivenciales, existenciales. De creer la primera interpretación, habría que explicar por qué en los últimos dos decenios se están produciendo aquéllas alteraciones fisiológicas de un modo tan masivo y creciente en las féminas…

         La depresión grave es dolor emocional y sufrimiento psíquico, en ocasiones muy intensos. Incluye tristeza, apatía y pesimismo, ausencia de vitalidad, desexualización y fobia relacional, incapacidad de trabajar y fantasías autodestructivas. La medicina ortodoxa lo trata con la denominada “píldora de la felicidad”, a base de fármacos hoy bastante populares, Prozac, Celexa, Paxil, y otros. Se toman ¡y todo resuelto! En la realidad las cosas resultan ser más complicadas.

         Tales específicos son, para empezar, tóxicos, y su ingesta no es buena para el organismo, recelándose que originen daños cerebrales, en particular cuando se administran durante largas temporadas, o de por vida. Esto es negado por la industria farmacéutica pero estudios de laboratorio más imparciales y, sobre todo, la experiencia de su uso habitual, dejan lugar a escasas dudas. Además, producen adicción, pues son drogas (legales) similares a las anfetaminas, de manera que su consumo es adictivo, con síndrome de abstinencia cuando se abandonan. Suscitan trastornos en el ánimo, con irritabilidad, ofuscación, autoodio (autolesiones y suicidio), inhibición de la libido, ataques de pánico, insomnio y otras perturbaciones. Se sospecha con fundamento que hay una relación entre su deglución y la perpetración de asesinatos, así como con la práctica de actos suicidas. Además, incrementan el riesgo de accidentes de tráfico. Así pues, lejos de ser píldoras que devuelven milagrosamente la alegría y la vitalidad lo que hacen en reforzar los componentes del lúgubre estado de ánimo y modo de existir propios de la persona depresiva.

         Su consumo prolongado, que es lo habitual en las mujeres, igualmente altera negativamente el carácter, haciéndolas poco aptas para adecuarse a los cambios, las nuevas situaciones y las dificultades, reduciéndola a una existencia vegetativa, por pasiva, rutinaria, aletargada y nulificada, además de particularmente vulnerable. Crean dependencia, según se dijo, convirtiendo a la mujer en drogadicta dentro de la legalidad, unida por férreos vínculos de subordinación y sumisión a su psiquiatra-traficante. Para algunos el uso de estos pseudo-fármacos institucionales es “más peligroso que las drogas ilegales vendidas por las camellos en las esquinas”. La situación es aún más inquietante debido a que lo habitualmente tomado es un cóctel de fármacos, que unifica antidepresivos, analgésicos, ansiolíticos y otros…

         Íntimamente relacionados con tales padecimientos están determinadas disfunciones físicas, trastornos en la alimentación (anorexia y obesidad), retirada del periodo a edades tempranas, envejecimiento corporal prematuro, dificultades para quedar embarazadas, reducción de la masa muscular, pérdida de cabello, etc.

         Todo ello debe explicarse desde la condición y estatuto de la mujer hoy. En apariencia, la situación parece maravillosa. El Estado y el gobierno “protegen” a la mujer, haciendo leyes parciales hacia ella (como la de Violencia de Género, explícitamente sexista), otorgándola privilegios económicos y de otros tipos a la vez que humillan y persiguen al varón. Los medios de comunicación, los políticos y la intelectualidad emiten una interminable locuacidad adulatoria hacia las féminas. La captura de entidades mandantes y puestos de poder por las mujeres está en flujo, de manera que cada año hay más féminas gobernantes, altas funcionarias, multimillonarias, profesionales exitosas, etc., hasta el punto de que en pocos años quizá superen a los varones en tan viles quehaceres. La autonomía e independencia personal de la mujer como realidad sociológica es, al parecer, inmensa y creciente. Su incorporación a la actividad productiva resulta ser colosal. En las universidades se gradúan cada año más mujeres que varones. En suma, un panorama impresionante…  que está siendo puesto en cuestión por la expansión, hasta ahora imparable, de las dolencias psíquicas englobadas en el vocablo “depresión”, así como de sus secuelas físicas.

         Si las causas son existenciales y sociales, ¿cuáles es posible citar como principales?

Se enumerarán diez: 1) La ausencia de vida relacional en una sociedad entregada a la hostilidad interpersonal, la soledad perdurable, la fragilidad convivencial y el desamor. Si el amor es una necesidad primaria del ser humano su cuasi imposibilidad hoy perturba lo más profundo de su naturaleza, en la mujer y también en el varón, aunque tal vez más en aquélla. 2) La falta de realización libidinal, erótica, sexual y maternal, en un sistema que desincentiva el tener hijos porque aceptar inmigrantes es mucho más barato, que desexualiza y que persigue maquiavélicamente lo libidinal heterosexual por sus posibilidades reproductivas. 3) El régimen de “protección” sexista/neo-misógino de la fémina hoy a cargo de las instituciones, calamitosamente neo-patriarcales, que dificulta e incluso impide a la mujer ser por ella misma y la infantiliza, con lo cual la hace menos apta para enfrentarse a una realidad social crecientemente hostil, de donde resulta angustia, frustración, temor e impotencia, o sea, depresión. 4) La congoja de criar hijos en una sociedad atomizada y desestructurada, construida para el trabajo asalariado y el dinero, no para la crianza, la maternidad y los niños, lo que es percibido con desasosiego y tensión por las que ya son madres y más aún por las que quisieran serlo pero se siente incapaces de sortear los obstáculos, de donde resulta una frustración del deseo materno que corroe en lo psíquico y lo físico al 90% de las jóvenes. 5) la desintegración de la feminidad, debido a la conversión forzada y brutal de la mujer en fuerza laboral o mano de obra, lo que hace que hoy no se sepa qué es ser mujer, en qué consiste ser persona-mujer y como obrar según lo que se es/no se es, extrañísima situación que origina un caos de identidad con perturbación psíquica profunda. 6) La extinción tendencial de la familia/familias (existen diversos tipos), demonizada por todos (cada cual a su modo) y casi demolida ya para que el Estado y la gran empresa consigan avasallar absolutamente al individuo, que ha de ser uno y sólo uno, frágil criatura solitaria sin nada de colectivo, de “nosotros”, para que de esa manera resulte lo más débil y vulnerable posible, operación de la que la fémina es la víctima principal. 7) La vida en las grandes megalópolis, que multiplica por mucho todos los males descritos, al ser la gran ciudad una realidad antinatural particularmente aciaga para las mujeres, 8) El trabajo asalariado, progresivamente degradado, con más autoritarismo y violencia (ejercidas por mujeres-jefas cada día más) contra las trabajadoras, que no logran hallar en esa actividad neo-esclavista las maravillas “liberadoras” que las multisubsidiadas agentes ideológicas de los empresarios prometen. 9) La pobreza, ya ahora, con salarios de 400/600 euros. 10) La zozobra respecto al futuro, pues con la Seguridad Social medio quebrada, la economía incierta y la prohibición institucional de tener hijos, ¿quién va a atender a las mujeres mañana, en la vejez?

         Es comprensible que muchas féminas se estén desmoronando mentalmente, por causa de esa vida insensata, deteriorada, no-humana e intolerable. En el actual régimen neo-patriarcal el “pater familias” es el Estado, que es quien “protege” y “cuida” a la fémina, tenida por menor de edad e inferior, por tanto, incapaz de cuidarse a sí misma. En primer lugar la “protege” (separa y enfrenta) de los hombres, presentados por el celoso y posesivo “pater” como los enemigos por excelencia de las mujeres, al tenerlos por sus competidores. Todo esto es tan antinatural, tan perverso, tan deshumanizado y tan demente que un número creciente de mujeres responde con formas particularmente graves de patologías anímicas, y también con el suicidio. No es llevadera una existencia “sin”, es decir, sin afectos, sin sociabilidad, sin erotismo, sin relaciones, sin hijos, sin familia, sin recursos materiales, sin proyecto de vida, gastada en someterse coercitivamente al nuevo “pater familias” y a sus sádicas agentes, las jaurías subvencionadas por el Ministerio de Igualdad, enfrentada con todos (con los hombres porque son hombres y con las mujeres porque son jefas, o competidoras, o…), con una confusión enorme sobre la propia identidad y acerca del modo de obrar y comportarse en el día a dia. De manera que las mujeres más sensibles, o más débiles, o más expuestas, o más solas, se vienen abajo.

         En realidad, toda la sociedad, todas las clases populares, se están desmoronando. Un caso es el tratado pero otro la nueva arremetida de las drogas “ilegales” entre los varones, de tal modo que como dice un buen conocedor, “ahora consume todo el mundo, ya no queda nadie que no lo haga”. Es comprensible (aunque no apoyable), pues la existencia se ha convertido en un infierno cotidiano. Por eso las drogas, las legales y las “ilegales”, son un modo de autodestrucción, de suicidio, de salida trágica de una existencia atroz, hecha de sufrimiento sin satisfacciones ni significación, que ciertamente no merece ser vivida.

         Avanzamos hacia una situación en que una porción mayoritaria de la población está, por decirlo de una manera franca, enloqueciendo, agrediéndose y matándose, al haber sido despojada incluso del instinto de supervivencia, al ser obligada por el sistema de dominación a llevar una vida sin sentido, terrorífica por no-humana. Así las cosas, cabe formular una pregunta más, secundaria con todo pero no irrelevante, ¿quién va a pagar, quién está pagando ya, los costes, los gastos de todo ello, en una sociedad progresivamente más pobre? El consumo masivo de psicofármacos es muchísimo más que la imposición de la industria farmacéutica, es la expresión de una quiebra en lo más profundo de nuestra condición de seres hiper-dominados y no-libres, la prueba de que ya no sirven los remedios dentro del sistema, por razonables y parcialmente paliativos que sean[1].

Se acerca el momento de elaborar un programa y dar la batalla en esta cuestión, la de la devastación planificada de las féminas por el actual orden neo-patriarcal.

Mientras, queda invitar a las mujeres a que se divorcien y aparten de los antidepresivos, a que confíen en sí mismas y localicen en su interior las fuerzas, que sin duda existen, tienen, para recomponer su existencia y volver a ser seres humanos-mujeres con capacidad para vivir desde ellas, por ellas y con ellas. El sitio de los psicofármacos es el cubo de la basura, y el de las mujeres la existencia relacional, la totalidad de la vida, la revolución. Junto con los varones y contra el Estado y las grandes empresas, con la confianza que, sin ir más lejos, el amor y el erotismo es un remedio infinitamente mejor que las temibles “píldoras de la felicidad”, otro instrumento para el control mental y político de las mujeres. La alegría, la voluntad de vivir y la esperanza tienen que ser elecciones a priori, modos de existir y estados psíquicos propios y cotidianos, pase lo que pase.



[1] El análisis que ofrece Peter C. Gotzsche en “Medicamentos que matan y crimen organizado. Cómo las grandes farmacéuticas han corrompido el sistema de salud” contiene datos de interés pero las conclusiones y las propuestas son desacertadas, por simplistas e institucionales. El problema es muchísimo más que la codicia de esas formaciones capitalistas, y el remedio exige medidas incomparablemente más radicales que crear una agencia gubernamental (¡otra más!) que “controle” a dichas empresas. Gotzsche no penetra en el análisis de la quiebra vivencial de nuestra sociedad y del individuo medio, por lo que pretende que en una sociedad enferma y perversa las personas se conserven anímicamente sanas. Ni siquiera atisba los enormes cambios, hasta conformar toda una revolución, necesarios para que la gente del siglo XXI no siga hundiéndose en las patologías del alma y autodestruyéndose de manera inducida.

viernes, 26 de mayo de 2017

SOBRE NATALIDAD, DEMOGRAFÍA, BIOPOLÍTICA Y SEXO

           El desplome de la natalidad en lo que se conoce como España, la cual se sitúa ya en 1,2 hijos por mujer y continua descendiendo, sin que se atisbe ningún mecanismo de corrección, ni institucional ni popular ni espontáneo, ha llegado a ser uno de los grandes problemas de nuestro tiempo, que está demandando un trato reflexivo cuidadoso y extenso. Este artículo es, por ello, el inicio de una sucesión de intervenciones de diversa condición que irán considerando el problema en su conjunto así como sus manifestaciones parciales. Todo ello con un fin transformador y constructivo, aportar ideas para remediar la calamidad demográfica en curso, que es por ella misma catástrofe cultural, relacional, económica, asistencial y civilizacional.

            El asombroso grado de embrutecimiento, ignorancia e insensibilización que padece nuestra sociedad le impide tomar conciencia y reaccionar ante las grandes cuestiones, al prestar toda su atención a cominerías y bagatelas, cuando no a autenticas depravaciones, desde entelequias politiqueras como “la lucha contra la corrupción”, esa feliz utopía para necios, hasta los planes para las próximas vacaciones o las mascotas, hoy las principales receptoras de cariño y cuidados del ciudadano medio. En efecto, mientras los niños y niñas son considerados con indiferencia emocional, cuando no con disgusto y aborrecimiento, perros y gatos, peces y pájaros, provocan efusiones sentimentales de una intensidad y persistencia que causa estupor. El amor que no se es capaz de proporcionar a los niños se da a los animales.

En ello se manifiesta también la aberrante naturaleza de la actual sociedad y de una buena parte de sus integrantes, hombres y mujeres, que colocan a los seres humanos en el último lugar, lo que es un antihumanismo de muy inquietante significación. Odiar obstinadamente lo humano y derretirse de emoción ante lo no-humano es parte medular del régimen patológicamente sensiblero-sádico de nuestro tiempo.

            La inquina hacia la maternidad y hacia los niños forma parte del estado de ánimo prevaleciente. Las mujeres que se atreven a ser madres han de hacer previamente un acopio de heroísmo, pues van a ser miradas mal, vituperadas y perseguidas, por la propia familia, por la sociedad en su conjunto y, sobre todo, por la empresa donde trabajan. Todos sabemos que las mujeres-madres no son queridas en los empleos, que su estatuto laboral suele ser mucho peor que el de las que renuncian, de buena o mala gana, a la maternidad, y muchísimo peor que el de las lesbianas y que aquellas féminas que se han mutilado (ligadura de trompas, etc.) para no ser madres, para no “caer en la tentación”. Así pues, es el mismo régimen salarial, el mismísimo capitalismo, el que está haciendo caer la natalidad hasta guarismos que ya no garantizan ni siquiera la continuación de la sociedad.

            Algunos, para exculpar al capitalismo, al empresariado, al sistema económico vigente, sostienen que son “las políticas de género” las responsables de la persecución de la maternidad, pero no. Tales malignas políticas son sólo una parte del problema, y además ellas mismas representan los intereses de la clase patronal. La hipocresía es mucha en este campo. Por ejemplo, la Iglesia condena el aborto pero defiende a los empresarios que obligan a las mujeres a abortar por mera codicia, para maximizar sus beneficios.

            En efecto, hasta el 80% de los abortos tiene como causa última o inmediata, directa o indirecta, la presión de los empresarios y las empresarias (a veces de una agresividad superlativa) sobre las mujeres. Éstas son forzadas a echar fuera violentamente lo que llevan en su seno para que su vida laboral tenga alguna posibilidad de ser exitosa. A eso se une que el modo de vida de la sociedad urbana, atomizada, aculturada y desorganizada (donde nadie conoce a nadie y nadie se relaciona de forma intensa y sincera, estable y duradera, con nadie), hace imposible que las madres reciban la ayuda que precisan en los momentos difíciles de la crianza, sobre todo en el primer año de vida del bebe.

Dado que la familia se ha casi desintegrado, la extensa, que era la verdadera familia, hace ya mucho (la aniquiló el franquismo, tan nacional-católico él…) y la nuclear ahora, las guarderías, que pretenden, conforme a la frasecita institucional, “hacer compatible el trabajo con la vida laborar de la mujer”, no son solución, por diversos motivos, comenzando porque es aberrante que a un niño o niña de cuatro/seis meses se les deje abandonados 9-11 horas en un lugar generalmente deplorable e incluso horrendo. Tales bebés no serán personas sanas psíquicamente quizá nunca, por causa de tan antinatural tratamiento. Eso lo saben las posibles madres y muchas prefieren no serlo antes que tener que dar ese trato a sus futuros hijos.

Además, ahora la clase patronal ha aprendido a hacer algo escalofriante, no pagar la reproducción de la mano de obra, debido a que ésta llega en enormes cantidades con la emigración desde los países pobres. Así que, dado que aquélla se ha vuelto gratuita, los salarios de las y los menores de 45 años, que son los en edad reproductiva, no incluyen los gastos de crianza de nueva mano de obra, lo que es una de las causas -hay otras- que explican que sus ingresos sean, por lo general, menos de la mitad de los que tuvieron sus madres y padres en empleos similares. Este hecho económico decisivo nos condena a una catástrofe demográfica, a la extinción de la población autóctona, al exterminio étnico y la sustitución racial, lo que ya se anuncia en el virulento racismo antiblanco que el Estado español está promoviendo, por medio de sus jaurías mediáticas y callejeras. Tal medida afecta también a los emigrantes ya asentados, que son tratados del mismo modo.

Hablemos de biopolítica.

El abastecimiento de mano de obra es el problema esencial de toda sociedad. Sí, es el problema más principal, el número uno, pues sólo el trabajo humano crea valor económico. Este asunto es generalmente incomprendido por los analistas y el público, que se centran en si un país es rico o no en recursos naturales, sin comprender que éstos no pueden ser puestos en valor sin mano de obra, sin seres humanos trabajadores. Tres eran las funciones que cumplía una demografía pujante, abastecer de mano de obra a los propietarios de los medios de producción, proporcionar soldados a los ejércitos y aportar pobladores a las colonias. Así ha sido durante milenios, desde que existen las sociedades con clases sociales, propiedad privada concentrada, religión monoteísta con clero institucional y Estado.

Para asegurarse una demografía óptima se controla férreamente la vida sexual del pueblo. Ésta deja de ser la consecuencia del amor y el deseo para subordinarse a las metas biopolíticas que en cada coyuntura histórica establezca el poder constituido. La presión en ello es enorme, colosal, en un sentido o en otro, pues aunque la gente ignara no lo comprenda, los seres humanos son, también objetivamente, lo más decisivo. Han sido las religiones, junto con el Derecho del Estado y la ideología dominante impuesta desde arriba, los que han regulado la actividad sexual, hasta hace muy poco con fines natalistas. Por ello se confinaba la sexualidad en el matrimonio, se hacía del sexo meramente un medio al servicio de un fin, la reproducción, y se perseguían los erotismos no-reproductivos, sobre todo la homosexualidad y otras “perversiones”. El Código Civil francés de 1804, así como sus copias más o menos serviles, como el español de 1889, recogen tal esquema, que convierten en severísima legalidad.

Todo ello queda alterado con el fenómeno de la emigración, gracias al cual los países ricos pueden abastecerse de mano de obra, e incluso de soldados y policías, en los países pobres. Este hecho, sustentado en la revolución de los transportes y las comunicaciones, posterior a la II Guerra Mundial, ha provocado un vuelco radical en estas materias.

Examinemos algunas experiencias históricas. En Roma las viejas y sólidas costumbres familiares y sexuales de antaño quedaron radicalmente alteradas a partir del siglo II antes de nuestra era, cuando las sucesivas victorias de las legiones arrojaron sobre ella masas compactas de gentes esclavizadas, más mujeres que hombres a pesar de lo que digan los manuales de historia. En efecto, el objetivo esencial de las operaciones de conquista en el exterior no era tanto la adquisición de tierras y riquezas como la captura de mano de obra. Ésta, en la forma de esclavos aherrojados, era llevada al interior del imperio y puesta a trabajar, si bien una parte importante fue liberada en un segundo momento, o sea, convertida en apta para el trabajo por un salario, ellos o sus hijos.

Como consecuencia, la vida sexual de la población conoció un cambio enorme, ya visible en el siglo I de nuestra era. Por procedimientos muy diversos se fue desalentando el sexo heterosexual reproductivo, dado que era muchísimo más barato capturar esclavos en el exterior que criar niños y niñas nacidos dentro de las fronteras del imperio. Así fue mientras los ejércitos de la Urbe perversa y sanguinaria resultaron ser capaces de ir de victoria en victoria. Primero tuvo lugar un periodo de “emancipación” de las severas normas erótico-reproductivas de antaño, en lo que fue la “revolución sexual” del siglo I, cuya meollo era la frivolización y banalización del sexo, en un ambiente de permisividad general con todas las prácticas libidinales… menos con las que llevasen al preñamiento de las mujeres, que fue convertido en un acontecimiento crecientemente tabú. La aristocracia dio ejemplo a toda la sociedad, al negarse al sexo reproductivo, lo que fue sustituido por una muy extendida práctica de la adopción de menores biológicamente ajenos, que eran convertidos en herederos y continuadores de los linajes y las familias, en particular de las más opulentas. La manipulación de las mentes fue tan eficaz que muchas de las más respetables matronas romanas desarrollaron una fobia a la maternidad, que se convirtió en repugnancia invencible hacia lo corporal y sexual en general. Tal fue la base sociológica de la toma de posición del clero eclesial romano ante el sexo, andando los siglos.

Los problemas aparecieron en toda su magnitud cuando el imperio alcanzó sus límites máximos de expansión y las guerras comenzaron ya a ser más defensivas que ofensivas, con la consecuencia de aportar cada vez menos esclavos. Esto tuvo efectos graves pues la sociedad romana ya había perdido el hábito de reproducirse, padeciendo una natalidad baja, y la llegada de nuevas gentes por captura y esclavización era asimismo reducida y decreciente. A mediados del siglo II la situación ya estaba planteada en esos términos, pero hay que esperar todavía casi un siglo para que el problema demográfico se haga pavoroso en Roma, siendo esto la causa principal de la conocida como “crisis del siglo III”. Entonces se ha dado ya una reducción general de la población, y no hay individuos suficientes para las legiones ni trabajadores para los campos y obradores. Las ciudades comienzan a perder vecindario, a menudo hasta despoblarse por completo. La aristocracia romana pacta con los jefes de los pueblos germanos el abastecimiento de mercenarios, que aquéllos aprovechan para ir haciéndose con posiciones de más y más poder, lo que les empujará a apoderarse del imperio a partir del siglo V, si bien la operación no lleva a la liquidación de la vieja élite romana sino a la integración de los germanos en ella, en lo que fue un proceso largo y complejo.

La moral sexual se fue alterando conforme iban cambiando las condiciones biopolíticas. De la frivolidad del siglo I, con sus risibles orgías y bacanales, se va pasando a un ambiente de creciente ascetismo enfermizo, aunque sin que se vuelva a recuperar el vigor reproductivo de la Roma anterior a la expansión imperialista. Se va demonizando más y más lo corporal, el erotismo y la sexualidad, valiéndose de la ideología neoplatónica, que lleva a expresiones aberrantes de ascetismos y pseudo-espiritualidad dentro del paganismo (y después con la Iglesia, traidora al ideario cristiano), que no sólo rechazaban toda sexualidad, sino la higiene y el cuidado del cuerpo en general. Si antaño era pecaminoso tener hijos porque los esclavos resultaban más baratos, en los malos tiempos del siglo III tampoco podía haber sexo reproductivo debido a que la sociedad era demasiado pobre para permitirse los gastos de crianza y porque, en definitiva, resultaba más económico traer mercenarios germanos… De este fenomenal embrollo salió Occidente con la revolución popular altomedieval, promovida por el monacato cristiano revolucionario, que al norte de los Pirineos logra impulso una vez que el imperio de Carlomagno, la última expresión visible de la romanidad en putrefacción, se hunde, a comienzos del siglo X.

Un anuncio del presente estado de cosas lo tenemos en Francia tras la I Guerra Mundial. Ésta, con su descomunal poder carnicero y exterminador, hace añico las proposiciones axiales que sustentan el Código Civil napoleónico de 1804. Se comprende, pues murió más de la cuarta parte de la juventud masculina, a la vez que otro porcentaje similar quedo mutilado, física y/o psíquicamente. O sea, faltaban hombres, en este caso más víctimas del régimen patriarcal que las mujeres, al ser forzados por el Estado a perecer en masa en las trincheras. Así las cosas, no había otra solución que la emigración, de manera que Francia se vale de su hegemonía cultural y financiera en Europa para abastecerse con mano de obra, principalmente masculina, proveniente sobre todo de Polonia, Italia y España.

Ello enseña algo decisivo a los poderes constituidos, al capitalismo, al Estado, algo que no está escrito en ningún libro de historia pero que es decisivo: que los países ricos pueden ahorrarse los gastos de crianza, para hacerse aún más ricos, así pues, más poderosos en tanto que imperios, robando la población a los países pobres. De ese modo entramos en la edad del expolio demográfico a muy colosal escala, con países-granja, dedicados a producir seres humanos, como si fueran pollos o cerdos, para la exportación (Marruecos, Ecuador, Nigeria, etc.) y países consumidores de personas (España, entre otros).

Por eso es Francia, junto con EEUU (que es gran imperio gracias a la emigración, no a la tecnología), la que ensaya ya en los años 20 del siglo pasado los primeros esbozos de la “revolución sexual” que va a tener lugar en Occidente algo más tarde, en los 60. Su fundamento biopolítico es simple: si el abastecimiento de mano de obra e incluso de una parte de los reclutas para los ejércitos puede hacerse fuera del país es muy conveniente que dentro de él la gente tenga los menos hijos posibles, para lo cual hay que introducir cambios enormes en las mentalidades y las costumbre, alterando las nociones y vivencias decisivas sobre erotismo y sexualidad. Al mismo tiempo, se constituye el Estado de bienestar, cuyo axioma fundacional dice que a las gentes les va a cuidar y atender el ente estatal, no la familia, cuando sean ancianos o estén enfermos. La política de pensiones garantizadas para todos junto con la emigración masiva crea un nuevo orden erótico y reproductivo, justamente el que ahora se está desmoronando.

En el periodo de entreguerras aún las cosas no podían ser así del todo. Alemania se manifestó adherida a una moral sexual clásica, represiva al modo napoleónico, no porque fuera nazi, sino porque estaba obligada a ello, dado que no estaba en condiciones de capturar fuera la suficiente mano de obra. Además, al carecer de colonias no podía usar tropas coloniales, como si hicieron Inglaterra y Francia con éxito. En buena medida, Hitler atacó hacia el este no tanto para apoderarse de territorios y materias primas como para atrapar mano de obra, que necesitaba desesperadamente a fin de mantener activa su industria, en particular la militar. Por eso millones de eslavos fueron llevados a Alemania a trabajar, donde eran relativamente bien acogidos para que resultaran productivos y eficaces económicamente. Dado que los jefes nazis tenían en mente un largo periodo de guerras, conocedores de su debilidad biopolítica también por razones geopolíticas, se negaron a emplear masivamente a las mujeres en la industria militar, como sí hicieron sus enemigos, no porque fueran “más reaccionarios” que ellos (todos lo eran similarmente…), sino porque estaban obligados a hacerlo si querían disponer de muchas personas en la generación siguiente para abastecer la industria y el ejército.

Finalizada la II Guerra Mundial están dadas todas las condiciones para una revolución biopolítica y demográfica, que tenía que culminar en una manera nueva -peor, más degradada-de concebir lo erótico y reproductivo. Puesto que se esperaba un gran choque militar con la Unión Soviética, en los años 50 se mantuvo el viejo procedimiento, con una natalidad elevada, pero en el decenio siguiente ya estaba claro que no habría conflicto abierto en Europa, de manera que se puso rumbo a una transformación radical de los parámetros y procedimientos demográficos.

De ello surgió la “revolución sexual” de los 60, un icono de aquellos años, hoy olvidado, junto con el mayo francés del 68, Los Beatles, la rebeldía estudiantil, los hippies y otros antiguallas. Al examinar los libros, más o menos desprovistos de calidad y rigor, que la promueven llama la atención su orientación ideologicista, su incapacidad para establecer las bases sociológicas, biopolíticas y demográficas de los cambios en las mentalidades y las conductas entonces habidos. Todo se presenta como si las viejas reglas sexuales fueran el resultado de meras creencias irracionales, sin base en la realidad, que debían ser desechadas a través de un simple ejercicio de mentalización, de “concienciación” progresista. Se citaba a S. Freud y a W. Reich, se denostaba “la represión sexual”, se culpaba al clero y eso era todo, en lo que fue un despliegue impresionante de ramplonería intelectual, muy propia de aquellos tiempos, penosos en lo reflexivo.

Lo medular de dicha “revolución” era la sustitución del sexo con reproducción anterior por otro en el que ésta fuera escasa y a ser posible casi inexistente. Por eso su elemento central era la píldora anticonceptiva. Se esperaba que las necesidades de mano de obra quedasen cubiertas por la emigración, llegada desde los países pobres.

Pasemos a hacer cálculo económico básico. Si se sitúan los gastos de crianza familiares por persona anuales en 3.000 euros y los gastos de crianza estatales (escuelas, sanidad, etc.) en otros tanto, tenemos que a los 25 años un joven ha ocasionado un coste neto de 150.000 euros. Si multiplicamos esa suma por 7 millones, que son los inmigrantes en España hoy, hallamos una suma ligeramente superior al millón de millones, al billón de euros. Eso es lo que ha aportado a la economía española la emigración, suma proporcionada por las economías de los países pobres, dejando de lado los equivalentes monetarios y demás zarandajas contables. Es decir, cada emigrante que salta de una patera a la playa y llega a territorio español equivale a un ingreso de 150.000 euros, que es lo que habría costado criar a la persona que él sustituye, la cual no ha nacido y por tanto no ha tenido que ser mantenido. Pero eso no es todo. El emigrante medio admite salarios mucho más bajos, lo que aporta una ganancia complementaria a la clase patronal, que en conjunto es también de billones, de muchos billones.

Así pues, estamos ante un descomunal procedimiento para explotar a los países pobres y enriquecer a los países ricos cuyo balance económico hay que calcularlo ¡en billones de euros! Por eso se ha dicho que la emigración es el negocio del milenio, el gran montaje económico en el que sustenta el actual orden mundial. Por eso quienes se oponen a él o se atreven a cuestionarlo son triturados por el poder constituido. En este asunto no se admite la más pequeña discrepancia. Quienes hablamos de esto con voluntad de verdad sabemos que estamos condenados a permanecer para siempre extramuros del sistema, todo lo contrario de los denostadores profesionales del “racismo” y la “xenofobia”, que se llenan los bolsillos a base de gritar a favor de la biopolítica del capital.

Toda emigración es un expolio de la sociedad que emite emigrantes por la sociedad que los recibe. Por ejemplo, en la funesta y exterminacionista emigración del campo a la ciudad en España en los años 60 del siglo pasado, el primero ponía los gastos de crianza y el segundo, es decir, la industria y los servicios, se apropiaba gratuitamente de dichos valores  al recibir a sus habitantes como emigrantes, de manera que las aldeas, que enviaron 6 millones de personas a las megalópolis, se fueron haciendo progresivamente más pobres a la vez que las ciudades más ricas. Así hemos llegado a su situación actual, de completa aniquilación, con 4.000 de ellas, la mitad de los núcleos habitados del país, al borde de su completa despoblación, al estar habitadas por unas escasas decenas o unidades de ancianos, que a su muerte (inminente en muchos casos) las dejaran completamente vacías. Sin embargo, hace sólo sesenta años estaban llenas de vida, movimiento y ruidos, con mucha población joven y cientos de vecinos[1].

El capitalismo opera de ese modo, se apropia de la población de un territorio de manera absoluta, hasta que lo agota, y luego se vuelve hacia otros territorios, a los que saquea a través del hecho migratorio, hasta agotarlos asimismo. El uso “racional” de la fuerza de trabajo exige que los costos de la crianza los paguen otros y que él, el capitalismo, se quede con la mano de obra ya criada, ya formada, apta para trabajar. Si la emigración es muy abundante, como sucede ahora, se niega incluso a incorporar al salario los gastos de crianza, recortando radicalmente aquéllos, e impidiendo a la gente en edad el ser madres y el ser padres. Algo monstruoso y trágico a la vez.

Volvamos al sexo. Para deprimir todo lo posible el nacimiento de niñas y niños, el actual sistema modificó radicalmente la sexualidad, en el sentido de hacerla todavía más aberrante y antinatural. Antes ya lo era, por colonialista, burguesa y empresarial, según el ideario avieso del código napoleónico. Pero luego se hizo aún peor. Introdujo, sobre todo, nueve rupturas, quiebras, grietas o separaciones en la heterosexualidad. Entre sexo y amor. Entre sexo y deseo. Entre sexo y creación de vida. Entre sexo y misterio. Entre sexo y erotismo. Entre sexo y animalidad. Entre sexo y belleza/sublimidad. Entre sexo y crianza. Entre sexo y cariño puro por los niños. Sobre este asunto volveremos una y otra vez, hasta lograr desmenuzar esas rupturas una tras otra, y todas en su interacción, para aproximarnos a lo que es la vida libidinal natural, prepolítica, por tanto previa a toda biopolítica.

Una vez que el hecho sexual heterosexual fue separado del amor, el deseo, la creación de vida, el misterio, el erotismo, la animalidad, la belleza/sublimidad, la crianza y el amor natural por los niños quedó convertido en un sinsentido, en algo grotesco, risible y prescindible. De ese modo dejó de interesar a cada vez más sectores, lo que lleva a la práctica anticonceptiva más eficaz, la ausencia de deseo y por tanto la ausencia de vida sexual. Se equivocan quienes creen que el erotismo es meramente una función de las fuerzas hormonales que operan en el componente zoológico del ser humano. Eso es verdad para el resto de los mamíferos pero no para nuestra especie, salvo de manera secundaria. En ella lo decisivo es lo específicamente humano, lo espiritual y cultural. Esto es así objetivamente y resulta excelente pero tiene como elemento incorporado la posibilidad de que los poderes religiosos y estatales manipulen el Eros conforme a sus necesidades económicas, políticas y militares.

Como sustitutivos proporcionó formas inferiores o aberrantes de sexualidad, la masturbación (inferior porque es solitaria, sin amor), la pornografía, la prostitución (España está a la cabeza de Europa…), el sexo con artilugios, el bestialismo (coito con animales, disculpable) y la pedofilia. Al mismo tiempo, se realiza una campaña de demonización del sexo heterosexual de unas proporciones descomunales, acudiendo a operaciones de ingeniería social tan reproblables como la Ley de Violencia de Género, que correctamente ha sido calificada de norma contra el amor y el sexo heterosexual, una de las más atroces realizaciones del feminismo de Estado, financiado al mismo tiempo por la derecha y la izquierda, por el Estado y la clase patronal.

¿Qué hace del sexo heterosexual una práctica hoy tan virulentamente odiada por todas las instancias del poder? Precisamente el que sea, o pueda ser, creadora de vida humana, reproductiva. Para que España pueda seguir siendo una potencia imperial de tipo medio en los complejos avatares de la mundialización es necesario que los gastos de crianza y reproducción se aproximen a cero. Ya estamos en 1,2 hijos por mujer y descendiendo, pero las autoridades desean que sea 0,0 hijos por mujer, esto es, que toda la mano de obra sea de importación, traída de fuera, expoliada y robada a los países pobres… Mientras haya gente disponible en éstos (quizá ya por poco tiempo, pues están agotando sus existencias), se les obligará a hacerse cargo de los gastos de crianza de la fuerza laboral destinada a servir al capitalismo multinacional cuyas sedes centrales y cabeceras están en los países ricos.

Además, el sistema de dominación vigente, dando un giro radical, ha pasado de perseguir al sexo homosexual a presentarlo como modélico y fabuloso. La razón es la misma. Ya que éste, por su propia naturaleza, es no-reproductivo, se ha convertido en el más publicitado por los medios de comunicación, con fiestas multitudinarias, como el Dia del Orgullo Gay, totalmente institucionalizada, al estar sustentada por todo el poder burgués, empresarial y estatal.

Al mismo tiempo, el sistema de dominación ha pasado a alterar cualitativamente la masculinidad tanto como la feminidad. Ya no se puede ser varón y no se puede ser mujer: hasta en estas cuestiones, tan íntimas y privadas, ha llegado el Estado a inmiscuirse, lo que es una manifestación de totalitarismo de proporciones inauditas. Ha creado una forma de ser hombre que es penosa por desprovista de magnetismo, fuerza, belleza, erotismo y virilidad. Y una forma de ser mujer no menos patética, por desexuada, zafia, agresiva, degradada y repelente, al reducir a la fémina a mera mano de obra, a ente andrógino al que se prohíbe de muchas manera la natalidad y, por ende, todo lo que acompaña a ésta en lo espiritual y lo corporal. Los robots no tienen sexo, y carecen de encanto erótico, de manera que el capitalismo quiere eso exactamente, autómatas que vayan y vengan al trabajo sin nada que los distraiga de la tarea de producir.

Aquí la misoginia campa por sus fueros. La empresa capitalista desconfía de las mujeres porque sabe que la mayoría de ellas, en torno al 80%, desean imperiosamente ser madres, y conoce que eso las distrae de sus carreras profesionales. Así que ha creado las jaurías progresistas y feministas, muy bien financiadas desde el poder estatal, para linchar a los millones de féminas que no se resignan a ser nada más que mano de obra, que anhelan la maternidad como consecuencia del amor, el deseo y la pasión. Esa virulenta policía del erotismo, la natalidad y la maternidad se encarga de una buena parte del trabajo sucio que el capitalismo necesita que se haga, constituyendo en torno al sexo heterosexual reproductivo, a la maternidad y la crianza, un enrarecido clima social de rechazo y persecución. No se olvide que el primer mandamiento del feminismo de Estado dice que “los hijos explotan a las madres”, ¡los hijos!, no los empresarios ni el fisco devorador.

Ante él muchas féminas se echan para atrás y se resignan a no ser madres, a vivir a costa de los psicofármacos (el 25% son ya consumidoras habituales, una cifra escalofriante, que muestra que el sistema está haciendo drogadictas a una parte conspicua de las mujeres), en soledad, reprimiendo su erotismo, sexualidad e instinto maternal, su necesidad de amar y ser amadas, la cual, si no puede realizarse, enferma e incluso mata a las féminas, como ya observó Freud. Esta es una de las causas del alto grado de patologías psíquicas y físicas que afectan a las mujeres en la sociedad actual, que reprime el amor, proscribe el erotismo y persigue la maternidad. Para enmendar todo esto se necesita de la revolución, dado que no son posibles remedios parciales, al situarse el mal en el meollo mismo del sistema, que es feminicida constitutivamente. En efecto: crear un mundo apto para las mujeres exige una gran revolución, de manera que todas y todos los que se integran en el sistema, al hacerse con ello parte de la anti-revolución se convierten en enemigos decisivos de lo femenino.

Es este estado de cosas el que explican textos como el de Byung-Chul Han “La agonía del Eros”, interesante como aldabonazo, aunque ya se cuida muy mucho el autor de no ir a la raíz de los problemas, para lo que se escuda en una metodología y una jerga pretendidamente “filosóficas”, un tanto ridículas, que miden el menoscabo de la libertad existente para tratar estos asuntos. Hace falta valentía y coraje, de las que aquel carece, para exponer las causas verdaderas de esa agonía de lo erótico, lo amoroso y lo sexual, muy cierta por lo demás. Tales causas están en el centro del sistema capitalista, y su análisis, en sí mismo, es altamente subversivo, o sea, está prohibido, y quienes lo hacen son perseguidos y castigados.

El grupo social que más está perdiendo con todo eso es el de las mujeres de las clases populares. La represión del deseo materno es causa primera de estados de desintegración psíquica y dolencias físicas diversas en todas y cada una de las mujeres que lo padecen, millones y millones en los países “ricos”. El libro “La represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente”, 1995, de Casilda Rodrigañez y Ana Cachafeiro muestra algunos de los perniciosos efectos de la feminicida biopolítica del capitalismo en el espíritu y el cuerpo de las mujeres[2].

En el presente, el desasosiego y descontento con la políticas anti-natalistas del capital, así como con el fenómeno migratorio que está en su raíz, crecen por toda Europa. Al mismo tiempo se alzan más y más voces poniendo en evidencia los funestos efectos, incluso económicos, de la catástrofe demográfica en curso. El paradigma biopolítico estatuido en los años 60 del siglo pasado está sobrepasado y ya no da mucho más de sí. En suma, las contradicciones internas del sistema se están agravando y se están creando las condiciones para que estos asuntos sean objeto de un debate público que vaya más allá del valeroso actuar de minorías, calumniadas y perseguidas por las fascistoides partidas de la porra del feminismo burgués y el progresismo. Millones de personas están comenzando a abrir los ojos a la verdad en estas materias. Es el momento de penetrar a fondo en ellas.

En sucesivos artículos, textos y otros elementos comunicacionales se irá haciendo, siempre primando lo positivo y propositivo sobre lo crítico. Atención pues.



[1] La destrucción, con la emigración como herramienta decisiva, por el franquismo de la sociedad rural popular tradicional propia de los pueblos de la península Ibérica, que era el orden político, convivencial y económico emergido de la revolución de la Alta Edad Media, es analizado en mi libro “Naturaleza, ruralidad y civilización”. Por eso mi posición es contraria a todas las formas de emigración, también a la actualmente en curso, con millones de personas llegando desde los países del sur. Quienes la respaldan, desde el papa a la izquierda, son los más desvergonzados agentes y servidores del capitalismo.
[2] Estos asuntos, tan fundamentales, son tratados en “Feminicidio, o autoconstrucción de la mujer”, Maria Prado Esteban Diezma y Félix Rodrigo Mora.

viernes, 12 de mayo de 2017

EUROPA EN TRANSICIÓN Notas Sobre Francia

Los resultados de las elecciones francesas muestran la evolución de los pueblos europeos desde la fase de relativo bienestar material con dictadura política y degradación integral de la persona, posterior a la II Guerra Mundial, hacia una situación que puede llegar a ser revolucionaria. Estamos ante un cambio histórico, que está teniendo lugar paso a paso, con muchas vueltas y revueltas.


La descomposición económica de Europa


La crisis de 2008-2014 ha sacudido de manera intensa y profunda a Europa, convirtiéndola en un territorio en declive material, en el que el 50-70% de la población (salvo en Alemania, que tiene un 15-20%)está ya en la pobreza o teme estarlo en los próximos años. Particularmente difícil es la situación de la juventud, que en una alta proporción carece de futuro, depende de sus familias, no logra empleos que le permitan vivir por sí mismo y no puede/quiere tener hijos. Al mismo tiempo, se está dando una concentración descomunal de la riqueza en cada vez menos individuos, en multimillonarios que conciben la mundialización de la economía como su gran oportunidad para hacerse aún más opulentos y para reducir a los trabajadores a unas condiciones todavía más severas de explotación, penuria, dominación y deshumanización.



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domingo, 23 de abril de 2017

ACULTURACIÓN, ORIENTALISMOS Y ÉLITES DEL PODER EN OCCIDENTE HOY

       La aculturación de los pueblos europeos progresa a buen ritmo. El genocidio cultural (y étnico además) en marcha, para liquidar los logros milenarios de nuestra cultura, en particular los enormes realizaciones de la revolución civilizadora de la Alta Edad Media, avanza etapa tras etapa. Las oligarquías financieras, estatales, políticas, religiosas y dinásticas europeas son el agente principal de tal operación que, con todo, de vez en cuando se pone en evidencia como lo que es, una intervención política para aculturar (esto es, para anular en todos los sentidos) a las clases populares y promover el autoodio, con el fin de implantar una tiranía política y económica todavía más férrea en la Unión Europea (o en lo que quede de ella, en tanto que neo-colonia del imperialismo alemán), y para hacer imposible la revolución popular.

         La argumentación es conocida. Oriente es la espiritualidad y Occidente el materialismo. Oriente es la inocencia y Occidente el imperialismo. Oriente es el respeto por la  naturaleza y Occidente el ecocidio. Oriente es el bien y Occidente el mal, de manera que Occidente es, en resumen, el cáncer de la humanidad, que debe ser extirpado y destruido, con el fin de que en el planeta tierra reine la paz, la felicidad y la armonía… Ello niega, para iniciar la controversia, lo más evidente: que en Occidente hay oligarquías y pueblos, y que en Oriente hay exactamente lo mismo, élites feroces y pueblos sojuzgados por tales minorías. De manera que plantear las cosas como un choque de culturas o civilizaciones es esconder que en todas partes existen clases sociales. Si no se introduce esto en el análisis se incurre en errores graves, justamente los propios del nacionalismo burgués.

         Se podría esperar que quienes formulan tales proposiciones fueran no sólo excluidos sino perseguidos en Europa. Pero no, reciben enormes sumas de dinero, tienen los medios de manipulación de masas a su disposición y convierten su vandálico obrar contra la cultura occidental en un saneado negocio. Es más, las élites financieras europeas, también las españolas, se han pasado en masa a las filas del culto por lo oriental. Esto no aparece en la práctica como coexistencia de culturas sino como una operación de enorme agresividad que busca la suplantación de la cultura europea, de la erudita tanto como de la popular (aborrecida por los poderhabientes occidentales desde hace siglos y hoy prácticamente extinguida), por los orientalismos. En suma, la noción de multiculturalidad es engañosa, pues en ese “multi” no hay sitio para nuestra cultura/culturas (Europa es plural), en realidad es monoculturalidad, o sea, el hórrido sucedáneo que las élites mundialistas de Occidente están preparando para aplastar y sobre-dominar a todos los pueblos del orbe, en primer lugar a los europeos.

         La noción de multiculturalidad nombra un genocidio cultural. Este contiene, además, la sustitución étnica, la limpieza racial, en Europa. Otra de sus manifestaciones en el racismo antiblanco.

         A quienes defienden el derecho de la cultura occidental, de la popular y de la erudita, a existir, derecho que tienen todas las culturas del planeta, se le coloca el sambenito ignominioso de “europeocentrista”. Ya sabemos que los aparatos de propaganda del poder, a falta de argumentos, son habilísimos en valerse de los procedimientos de la Inquisición, la descalificación a través del pegado de etiquetas infamantes, dado que en un debate abierto y con igualdad de oportunidades para todas las partes tienen muy poco que hacer. A eso se une el igualitarismo cultural, esto es, la creencia en abstracto y a priori en que todas las culturas son indistintamente valiosas, argumentación que de inmediato se quita la máscara para manifestar que todas… menos la europea, que debe ser aniquilada.

         Y no, no todas las culturas son iguales. Pero todas se han de cotejar en concreto con la cultura natural, y sólo serán aceptables los rasgos que coincidan con ésta. Eso es así para la cultura europea, que tiene su parte positiva y su parte negativa, de manera que aquí sólo se reivindica la primera, no toda.

         Hoy los excluidos y acosados son los que defienden el derecho de la cultura occidental a existir, a tener continuidad, a no ser destruida ni alterada ni falseada, a desarrollarse y ponerse a la altura de los nuevos retos. A quienes piensan así se les cierran todas las puertas.

         La operación en curso busca en primer lugar fortalecer al imperialismo europeo, reforzarlo con la inyección y transfusión de nuevas fórmulas propagandísticas y nuevas masas humanas productivas (a través de la emigración masiva), para que pueda mantenerse frente a los desafíos globales de China, India, etc. Dicho a lo claro: la agresión cultural a los pueblos de Occidente es la última estrategia de “nuestro imperialismo” para seguir siendo imperialismo de primer nivel. El multiculturalismo se manifiesta como una expresión del peor, por más taimado y maquiavélico, imperialismo europeo.

         Sobre todo, tiene como objetivo crear una nueva comunidad popular europea (¿?) carente de los rasgos que la han definido hasta ahora. Se pueden citar 20 características. Primacía del individuo. Uso reflexivo de la mente. Desconfianza hacia el Estado o incluso completo rechazo. Autogobierno popular. Comunalismo, trabajo libre asociado y colectivismo. Hostilidad hacia la riqueza material y las plutocracias financieras. Derecho a la insurrección y noción de revolución. Distanciamiento hacia el clero profesional. Igualdad entre los sexos. Amor al amor en actos. Espiritualidad como convivencia, rectitud, moralidad y virtud, no como recetas y trucos epicúreos. Fortaleza espiritual y valentía. Voluntad justiciera. Moralidad máxima y legislación mínima. Libre examen y soberanía de la conciencia. Libertad política y civil con responsabilidad. Vida moral y pasión por los valores. Concepción integral y unitaria del ser humano. Universalismo y solidaridad activa con los otros pueblos del planeta. Belleza y sublimidad como integrantes irrenunciables de lo humano.

Ello se pretende sustituir por una nueva versión de lo que los pensadores clásicos denominaron despotismo oriental, cuyo rasgo definitorio es la nulificación de la persona y la extinción de todas las libertades (en particular de la libertad de conciencia) para que el Estado y la casta sacerdotal aneja tengan un poder máximo, inmenso, sobre el cuerpo social y el individuo.

Fuera de la cultura occidental la noción de individuo, de persona, ni siquiera existe. Extramuros de ella el ser humano es una criatura forzada a someterse y subordinarse al Estado y al clero. No se le permite ser desde sí, no hay ni tan sólo el concepto de autonomía de la persona, que es una conquista formidable del orden cultural occidental, y que en el presente es convulsivamente odiado por “nuestro” gran capital y el sistema de hiper-Estado/Estados. ¿Dónde debe estar el centro? En el individuo sólo y asociado, proponemos los revolucionarios. En los aparatos de poder, señalan los aculturadores-multiculturales europeos. Esto es lo que está en el centro del debate.

         Vayamos a los hechos.

         Ya hace mucho que atrajo la atención que un oligarca, especulador financiero y manilargo tan destacado como Rodrigo Rato fuera un apasionado del yoga y los orientalismos. Hasta el punto de prologar en 2008 el libro del santón de la cosa, Ramiro Calle, “Ingeniería emocional”. Nótese lo inquietante del título, que recuerda a aquella expresión de los tiempos de Stalin, o sea, del fascismo de izquierdas, sobre que los intelectuales debían ser “ingenieros de almas”, aserción que excluye lo más deseable, que el ser humano se construye a sí mismo. Calle es el orientalista y gurú de la oligarquía financiera. Sus muchos libros, con un lenguaje almibarado y zorruno, van al grano, arguyendo que la cultura oriental (o lo que vende por tal) es muy superior a la occidental…No hay en él diferenciación entre lo positivo y negativo de cada una de ellas, para en un momento posterior avanzar hacia una síntesis, que es lo apropiado.

No, en él todo es maniqueísmo y rencor: Occidente es el mal y Oriente el bien, discurso eficaz en tiempos en que una ignorancia total es lo prevaleciente. Sin duda, resulta mucho más regocijado someterse a los exotismos facilones y simplones que Calle presenta como la cumbre de la “espiritualidad”, que estudiar libros de filosofía moral occidental, bastante más difíciles de leer y sobre todo muchos más exigentes al aplicar[1]. Lo repetiré: el ámbito de los orientalismos es también el de las gentes sin lecturas, incultas, sin reflexiones, crédulas y fácilmente manipulables. Una expresión más de ese cierre de la mente moderna que nos está llevando a la barbarie y el sobre-despotismo.

         Sostiene que Oriente es superior porque es puramente espiritual, a pesar de que Calle percibe emolumentos notorios por sus intervenciones pues, como es sabido, el orientalismo es un negocio muy saneado. Pasan los años y el “espiritual” Rato es calificado por un importante diario del modo que sigue, en un editorial, “La inmoralidad de Rodrigo Rato no conoce límites”. En efecto, robó cuanto pudo en sus tiempos de ministro de la derecha española y cuando era director del FMI, y cuando fue jefe de Bankia, y…Pero ¿no son las fes orientales la expresión de una espiritualidad excelsa, que desprecia lo material centrándose en adquirir las más puras y limpias esencias del espíritu? Ya vemos que no.

         Hoy los orientalismos son un saneado negocio, una forma de sacarles el dinero a los occidentales cándidos e infantilizados, agrediéndoles culturalmente y convirtiéndoles en sujetos vacíos, en seres nada. Unos occidentales, que en su 70%, son cada día más pobres materialmente.

         Pero no es sólo el caso de un truhán como Rodrigo Rato. Estalla la crisis de la corrupción en la derecha, en el PP en abril de 2017 y nos vamos enterando de más y más asuntos análogos. Es el caso de Javier López Madrid, el “compi yogui” de la reina Leticia según frase de ella misma, con quien practicaba disciplinas orientales en un chalé de Puerta de Hierro, el barrio de los muy ricos de Madrid. López no es un cualquiera. Ha sido alto ejecutivo de la multinacional Ferroglobe y ha figurado en diversos casos de corrupción (la red Púnica del PP, Bankia, etc.), es yerno del oligarca financiero Juan Miguel Villar Mir, un preboste del franquismo que creó Obrascón (hoy OHL), se codeó con Juan Carlos I y fue íntimo de Emilio Botín, el banquero por excelencia de España. Está relacionado con la conocida jefa política de la derecha, Esperanza Aguirre, y con la plana mayor del PP afín a ésta.

         Es decir, en los orientalismos aparecen unidos la casa real española, lo más granado de la oligarquía financiera y la jefatura de la derecha política. Pero la inmoralidad y brutalidad de López Madrid carece de límites, al parecer, estando pendiente de un juicio más, acusado de agredir sexualmente e intimidar a una mujer.

         ¿Qué es para la oligarquía capitalista y la familia real la cultura occidental? Una nada y un estorbo, del que se quieren librar. Véase el caso de los Borbón, entregados por un lado a los orientalismos y por otro recibiendo cuantiosos subsidios desde hace decenios de la familia Saud, lo que incluye velar porque la expansión del islam sea lo más rápida y amplia en España. ¿Están mejor las cosas en el mundo de los antimonárquicos nominales? Pues no. El ayuntamiento de Cádiz, de la izquierda más florida, defiende que se fabriquen barcos de guerra para Arabia de los Saud, a pesar de que es país en conflicto (agresor del Yemen) y a pesar de los gorgoritos pacifistas de sus integrantes, hasta ayer mismo emitidos. Los petrodólares del islam llegan a todas partes, y en todas partes erosionan a la cultura occidental, a la que buscan hacer desaparecer para realizar su sueño dorado, conquistar Europa. Aunque ya veremos quién conquista a quién… y quién se desmorona antes.

         O sea, todos los poderhabientes, la monarquía, la derecha, la izquierda, la oligarquía financiera, la gran patronal, etc. están contra la cultura occidental, a la que no estudian ni promueven y mucho menos aplican. A la que ni siquiera entienden, dada su elementalidad intelectual e incultura. A la que temen, pues saben que de ella surge un tipo de ser humano difícil de someter y más difícil aún de poner de rodillas: el caso de la guerra civil aquí, y de la lucha antifascista durante 40 años, lo prueba. Algo que no sucedió en Oriente, mucho menos en los países musulmanes, donde la sumisión del individuo al Estado y a los ricos es total. Consúltense, por ejemplo, los estudios sobre el Japón durante la II Guerra Mundial, donde se dio una sumisión absoluta, permanente, general e incondicional de toda la población al gobierno y Estado militaristas y fascistas, lo que en Occidente no tuvo lugar en ningún país fascista, tampoco en Alemania. La combinación de budismo y sintoísmo en Japón lejos de promover una sociedad más espiritual hizo posible una de las peores expresiones de belicismo, imperialismo, fascismo y carnicería colonial de la historia de la humanidad[2].

         Un elemento de oposición a la cultura occidental es hoy la Iglesia. El Vaticano se ha unido al bloque que busca la destrucción cultural de Occidente, y la sustitución étnica de sus poblaciones. De rodillas ante el islam, como ya hiciera a partir del año 711 en Hispania, manifiesta lo que es, una organización anticristiana en la que hay algunos cristianos. Esperemos que éstos reaccionen, sometan a crítica reflexiva la influencia epicúrea y orientalista en su seno y se atrevan a tomar, cada uno, su cruz. El cristianismo es una cosmovisión de la lucha, el esfuerzo y el sacrificio, no del goce, la paz y el cómodo vivir. Si aquéllos no lo hacen, cuando despierten de la apacible siesta, de la placentera ataraxia/nirvana en que están sumidos es posible que ya no quede apenas nada de su tinglado, en plena descomposición.

         El turismo “espiritual” europeo tiene a la India como la nueva Roma. Quienes no saben nada, dejando de lado las patrañas que les obliga a creer el sistema educativo, de su propia cultura, historia y espiritualidad marchan llenos de ardor místico a ese país a… ¿a qué? No lo saben, pero dado que están sometidos a una campaña de desinformación y manipulación formidable, que dura ya decenios, van sin hacerse preguntas, sumisamente. El arribar pletóricos de fervor irracional les impide ver la realidad de la India, que por sí misma refuta su pretendida superioridad espiritual. Los rasgos más fehacientes son: 1) despotismo político descomunal, 2) atroz trato a las mujeres, sí: atroz, 3) ansia empecinada de dinero, de capitalismo, de desarrollo tecnológico, de bienes materiales, de consumo, 4) conversión de la espiritualidad autóctona en folklore y negocio, 5) inexistencia de una noción del ser humano como ente autónomo, 6) diferenciación abismal entre ricos y pobres, 7) falta total de la idea y de la práctica de la libertad. No se entiende que el futuro del capitalismo ya no está en Europa, y ni siquiera en EEUU, sino en la India y en China.

         En esta operación de falsificación de la historia para provocar el autoodio y con él la aculturación de los pueblos europeos todo vale. Veamos el caso de la conquista de Méjico por la corona castellana en 1519-1521. Al parecer, nadie cae en la cuenta que coincide en el tiempo con la insurrección del pueblo castellano contra el poder estatal, en lo que fue la guerra de las Comunidades, 1520-1522. Si la batalla de Villalar, donde las Comunidades son derrotadas por los imperiales, tiene lugar en abril de 1521 en esa población de Valladolid, la toma de la ciudad de Méjico acontece en agosto de ese mismo año. Por tanto, la responsabilidad de la expansión colonial es de un aparato estatal que cuando estaba cometiendo algunos de sus peores desmanes coloniales era combatido con las armas en la mano por su propio pueblo. Tildar a éste de imperialista es, en consecuencia, una bellaquería.

         Quienes sí lo eran, y de los peores, fueron los jefes y potentados de los aztecas, una sanguinaria afirmación de colonialismo extremo. Que su imperio, bastante pujante, fuera conquistado por un puñado de aventureros al servicio de la  Corona de Castilla, se explica porque los pueblos oprimidos por los aztecas (tlaxcaltecas, totonacas, etc.) así como sus clases populares, consideraron a Cortés y los suyos o bien como emancipadores de un yugo intolerable o bien como el justo castigo a una violencia y maldad aterradoras, infringida a las masas por las elites mexicas y su aparato militar y clerical. Presentar a los aztecas como víctimas, cuando eran unos endurecidos verdugos y déspotas, sirve sobre todo para cargar de culpabilidad y autoodio a los pueblos de la península Ibérica. Pero lo cierto es que éstos no participaron, por el contrario, se alzaron contra el poder imperial de Castilla y durante siglos se negaron a marchar a América en número suficiente, lo que fue la principal debilidad del imperio español desde el principio hasta el final. A Las Indias iba la escoria de la sociedad, no la gente popular decente, como expone Cervantes, pero aquélla era poca, del todo insuficiente. Y, aún así, muchos de los que iban tomaban partido por los pueblos indígenas, a veces incluso con las armas, al considerar injusta e inmoral la conquista[3].

         El imperialismo resultó ser un mal terrible para los pueblos europeos, también porque les empobreció. Castilla, que antes era próspera y muy poblada, comenzó a decaer a medida que las cargas de toda naturaleza anejas al ascenso del poder imperial fueron devastando su economía y demografía. Decir que “los europeos” en general se enriquecieron con las aventuras coloniales es inexacto. Lo hizo la minoría poderosa mientras que las clases modestas sufrieron económicamente, al tener que aportar unos pagos tributarios mayores, etc. Occidente se convirtió en abundante en medios materiales a partir del siglo V por el monacato cristiano revolucionario, que demandaba a todas las personas el aprendizaje de uno o varios oficios, el trabajar con amor y el vivir cada cual del propio trabajo, sin explotar a otros y sin esclavos. Y se fue haciendo pobre según la sinrazón colonialista fue expandiéndose, a partir de los siglos XIV-XVI, hasta hoy.

La aculturación de los europeos hoy es una formidable operación de ingeniería social y manipulación mental que pretende logros tan tremendos como totales, alcanzados en este caso por el ocultamiento de lo que fue el monacato, o cenobitismo. De éste, a dia de hoy, no hay un solo libro actual, asequible, de aceptable calidad que pueda ser recomendado, asunto que lo dice todo, pues el monacato fue durante 700 años (del siglo V al XII) al menos, un componente primordial de las sociedades europeas occidentales[4]

         Estamos ante dos modos de concebir la espiritualidad. Una, orientalista, se reduce a unas operaciones para controlar la tensión nerviosa según enfoques limitadamente eudemonistas y epicúreos[5], careciendo de criterios axiológicos positivos, moralidad, valores y respeto por la persona, siendo muy jerarquizada y mercantilizada, gozando del respaldo masiva de las clases pudientes y de los aparatos de poder. Otra, la propia de la cultura occidental en su parte positiva y popular, se propone el desarrollo integral de todas las capacidades espirituales naturales del ser humano: entendimiento, voluntad, sociabilidad, sentimientos, sensibilidad estética, amor por la libertad y vida pasional. En ésta el sujeto se hace a sí mismo, sobran los gurús y no hay negocio. Tal espiritualidad es, en sus conexiones con el resto de la experiencia humana, un factor formidable de cambio axiológico, político, económico, medioambiental y social.

Sin ética, sin moralidad, sin axiología, sin valores, no puede haber vida interior y es imposible la espiritualidad. Si el amor es, o debe ser, el centro de la vida del espíritu, conviene recordar el refrán, “Obras son amores y no buenas razones”. Y si faltan las obras de amor estamos ante el peor de los materialismos, entendido el vocablo en su acepción vulgar, no filosófica.

         ¿Logrará sobrevivir la cultura occidental a la cruzada para aniquilarla que están realizando las clases gran-propietarias y los aparatos de Estado occidentales? Tal pregunta, con ser importante, es secundaria respecto a otra: qué posición va a adoptar cada uno en esta cuestión. El futuro no está predeterminado en un sentido o en otro por lo que corresponde es tomar partido, arrimar el hombro, asumir responsabilidades y correr riesgos. Ésta es una gran causa, y todas las personas de virtud tienen que estar ahí, en el combate contra la aculturación y el autoodio, por recuperar y actualizar la parte positiva de la cultura europea culta y popular.

         Lo que está sucediendo puede servir como revulsivo y acicate, culminando en un renacimiento. Ya al final del imperio romano las clases mandantes se revolvieron contra la cultura europea, la abandonaron y condenaron a la extinción, siendo salvada, si no en su totalidad sí en una buena parte de ella, por el monaquismo cristiano: gracias a él podemos leer a los clásicos. Hoy la cultura europea tiene, sobre todo, que ser actualizada y puesta al día, desde sus fundamentos y valores decisivos, de modo que no se trata de simplemente “mantener nuestra identidad” sino de desarrollarla creativamente. El reto que es su destrucción planificada, para ser sustituida por productos foráneos de mucho menos valor civilizatorio y, sobre todo, por nuevas construcciones de oportunidad dentro de la estrategia de la mundialización, tenemos que asumirlo con inteligencia, creatividad y coraje, para darle una réplica estratégica eficaz. Poco a poco están despertando del letargo en que han sido confinadas más personas, más colectivos y más sectores sociales, en lo que es una movilización cultural continental para que los pueblos europeos no sean una masa servil aculturada sino una fuerza vigorosa y en pie, apta para hacer la revolución.

         Sin confianza en la propia cultura, en sus aspectos positivos, y sin confianza en sí mismos, no es posible la acción revolucionaria. Ésta es un fluir del pasado hacia el futuro con el presente como instante crítico, y si no se tiene una idea razonablemente exacta de lo que se fue, que sea exaltante y magnifica a la vez que objetiva y autocrítica, no es posible la acción revolucionaria popular.

         Por tanto, podemos mirar con razonable alegría y esperanza el futuro. Aquí hay una formidable lucha que librar y en ella puede estar el reverdecer y renacer de una cultura, la europea, la nuestra. Dentro de este asunto está el hecho sociológico innegable de que para lograrlo es necesario eliminar a la fuerza social que la está socavando y destruyendo, el gran capitalismo y el sistema de Estado/Estados de la Unión Europea, que Alemania, la campeona de la negación de lo esencialmente europeo civilizatorio y popular, hoy tanto o más que con Hitler, dirige. Eso es la revolución. En efecto, únicamente el proceso de revolución integral puede salvar y relanzar la cultura europea, la erudita tanto como la popular, con el añadido de que ambas deben retoñar fusionadas, hechas una.      



[1] La ignorancia y elementalidad, hasta lo abismal, oceánico y de risa, de los enemigos europeos de la cultura occidental es enorme. Creen que con unas cuantas recetas sobre respiración, control de la agitación psíquica primaria y gimnasia corporal ya está todo resuelto. Sus mentes se han petrificado en torno a una simplificación tan tosca de la existencia humana que ésta ha dejado de ser eso, humana. Deberían leer, y más aún aplicar, “Lecciones de ética”, I. Kant; “Vida Pitagórica”, Jámblico; “Principios naturales de la moral, de la política y de la legislación”, Francisco Martínez Marina; “Enquiridion”, Epicteto; “Los deberes”, Cicerón y, sobre todo, “Primera Epístola”, San Juan  y “Hechos de los Apóstoles”, Anónimo (ambos en el Nuevo Testamento). Esto les reconciliará con su cultura, les haría personas de provecho y sujetos de virtud. Por añadidura, adversarios formidables del Estado y el gran capitalismo.  Es decir, héroes de la libertad. Si se lee algo de Simone Weil mucho mejor, con añadidos de Orwell.
[2] El libro “El holocausto asiático. Los crímenes japoneses en la Segunda Guerra Mundial”, Laurence Rees, enseña bastante sobre por qué se están promoviendo a gran escala los orientalismos ahora en Occidente, desde el poder financiero y militar, desde la corona y la intelectualidad pesebrista, desde la derecha y la izquierda. Las oligarquías constituidas necesitan una masa poblacional tan sumisa, amoral, violentísima y nadificada como lo fue la japonesa entonces, gracias en gran medida a la cosmovisión budista y sintoísta. Ahora mismo el clero budista de Birmania está impulsando un genocidio contra la minoría musulmana rohingya, a la que tan injusta como cruelmente niega sus derechos. Y es éste un caso entre miles, si se consideran los últimos siglos. Así pues, ¿por qué la supuesta espiritualidad oriental, con toda su cohorte de verborrea mercantilizada, gurús multimillonarios, felicidad de consumo, agresiones culturales a Occidente y demás es tan excelsa, tan admirable?, ¿quizá porque crea sujetos mucho más violentos y serviles al servicio del Estado? Una insensibilidad moral completa fue el rasgo dominante en la sociedad japonesa durante la II guerra Mundial, señalan los estudios, algo que no se dio en ninguno de los países beligerantes occidentales. Incluso hoy es sólo una minoría reducida del pueblo japonés la que ha condenado aquellos terribles excesos, mientras que en Occidente lo ha efectuado, en lo referente a sus propias responsabilidades en la contienda, una muy gran mayoría. Y todo esto, ¿qué tiene que ver con la verdadera espiritualidad?
[3] Uno de los rasgos psíquicos de los europeos ganados para el autoodio es su ignorancia, únicamente comparable a su fanatismo. Se creen que lo saben todo porque gritan las consignas manipulativas urdidas por los aparatos de poder del imperialismo occidental, dirigidos a destruir anímicamente a las clases populares europeas. No consultan estudios objetivos, no comprenden la historia. Bastaría con que se sumergieran en la lectura de una obra tan excelente como “En busca de El Dorado”, John Hemming, para que su perspectiva cambiase y pasasen de sujetos manipulados a personas conscientes en esta materia. Sólo el 0,5% de la población de la Corona de Castilla participó en la empresa americana, pues hubo una oposición popular enorme al hecho colonial español. Justamente lo que no se dio en absoluto en los imperios orientales. Uno de los mayores falsificadores de la historia, digámoslo, es Noam Chomsky, supuestamente radical y libertario, convertido en vocero de la destrucción de los aspectos populares y positivos de la cultura occidental para beneficio de las plutocracias occidentales. Su petulante ignorancia del pasado, y también del presente, sobrecoge, lo que acontece con toda la “radicalidad”, hoy senil y fuera de sitio.

[4] Resulta ilustrativo que la obra de Salviano de Marsella, el gran autor del monacato occidental del siglo V, no esté traducida y editada -si no me equivoco- a ninguna de las lenguas peninsulares, a pesar de ser necesaria para la comprensión del alzamiento popular bagauda, a mediados del siglo V, que es el inicio de la revolución de la Alta Edad Media en el norte de la península Ibérica, en el Pirineo vasco. En los manuales escolares ni se cita, aunque es uno de los acontecimientos axiales de los últimos dos milenios, por su importancia no sólo para Europa sino para el mundo. Por el contrario, dichos manuales rebosan de loas y alabanzas, mentirosas y manipulativas, hacia al-Ándalus. Por algo será. Dado que los bagaudas fueron una revolución popular y el islam andalusí la contrarrevolución, que la situación hoy sea de ese modo se entiende sin mucha dificultad.

[5] Las nociones de fondo de la espiritualidad oriental, tal como aparece en sus productos de consumo que se comercializan en Occidente, están despojadas de toda novedad, de manera que sus equivalentes existen en la filosofía moral occidental, en lo que se puede considerar como la parte negativa de ésta. El nirvana, propio del budismo, es indistinguible de la ataraxia prometida por Epicuro, y la fijación en la felicidad individual que aquél ofrece no es diferenciable de lo que Aristóteles arguye en “Ética a Nicomaco”, por ejemplo. Sólo la frivolidad de la plebe en Occidente hoy, con sus ansias de exotismo y turisteo, hace que los orientalismos parezcan originales.