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martes, 17 de enero de 2017

¿QUÉ HARÁ TRUMP? (II)

        ¿Qué es lo que no agrada y no desea de la clase trabajadora actualmente existente a los poderes políticos y económicos en ejercicio en EEUU? Dos cuestiones, su rebeldía frente a los poderes estatales y su resistencia a admitir las nuevas formas de salariado, cada vez más degradadas en tanto que trabajo. Con la revolución de las comunicaciones y la revolución de los transportes las minorías mandantes disponen de la posibilidad de realizar uno de sus más decisivos sueños seculares, dotarse de unas clases subalternas completamente serviles de forma estructural en lo político, lo religioso, lo ideológico, lo laboral y lo económico. Para ello buscan la extinción de las existentes hasta ahora, su liquidación física como forma de eliminación de una determinada cosmovisión, la que emerge en Europa Occidental de la revolución altomedieval, según el dicho de que “muerto el perro se acabó la rabia”.

         La meta es sustituir a esa clase, el viejo proletariado estadounidense, por inmigrantes, tan aculturados, atomizados, aterrorizados, desestructurados y desorganizados (como grupo y como personas) que se adapten dócilmente a las nuevas formas mega-degradadas de salariado, que acepten sueldos miserables y, sobre todo, condiciones de existencia y trabajo abyectas, peores que las de los esclavos de la Antigüedad. Pero eso no es todo. Desean que esa nueva clase laboral sea al mismo tiempo ilimitadamente sumisa en lo político, que se doblegue y supedite al ente estatal como deidad todopoderosa, que se reduzca a dejarse gobernar, manejar, de un modo y con un ánimo dócil y sumiso al completo, no como las clases populares autóctonas, que han sido durante siglos (hoy mucho menos) causa permanente de revueltas, motines e incluso revoluciones.

         En EEUU el proceso de extermino de la veterana clase obrera se ha ido ya realizando en los últimos decenios sometiéndola al acoso de las jaurías exterminacionistas del progresismo y la izquierda, financiadas todas ellas por el Estado. Como dijo Hillary Clinton los “racistas, xenófobos, machistas, homófobos e islamófobos”, esto es, los hombres y mujeres de las clases populares, tienen que ser perseguidos y linchados, lo que muestra quiénes componen las bandas exterminacionistas (formadas, entrenadas y financiadas sobre todo en las universidades), en primer lugar el feminismo, luego el racismo negro, después los homosexuales y lesbianas y finalmente (para EEUU, no para la UE) los musulmanes.

Estos grupos, todos ellos fomentados y organizados desde el poder, llevan muchos años atacando a los trabajadores para destruir su autoestima, excitar el autoodio y forzarles a numerosas formas de suicidio, directo e indirecto, y muerte prematura aceptada. El paso siguiente debe ser marginarlos al completo como modo de liquidarlos en tanto que grupo humano, sustituyéndoles por emigrantes, a poder ser musulmanes, que llegan habituados a someterse y obedecer, lo que es magnífico para los poderes constituidos, pues no se olvide que islam significa “obediencia”. Por eso el gran capital alemán, tormento y verdugo de Europa toda, ha metido en su país sólo en 2016, más de un millón de inmigrantes musulmanes. Como en tiempos de los nazis la fascistización de Europa hace necesaria su islamización.

Una masa laboral infinitamente obediente, sumisa, entregada al poder constituido, es una necesidad apremiante para el nuevo capitalismo multinacional. Con ella espera resolver el “enigma de la productividad del trabajo”, es decir, el estancamiento de los rendimientos laborales en las empresas desde finales de los años 60 del siglo XX, a pesar de la incorporación de sucesivas tandas de tecnología[1], lo que se explica por la hostilidad persistente y multiforme de los trabajadores al salariado neo-esclavista hiper-tecnologizado, comportamiento que surge de los fundamentos mismos de la cosmovisión peculiar y propia de la cultura occidental[2]. Ésta ha entrado hace mucho en colisión con el capitalismo de última generación, multinacional, además de con el Estado hipertrofiado actual. La solución que acarician éstos es destruir la base étnica de tal resistencia, sustituyendo a la población autóctona por la emigrante, en particular por la musulmana, habituada a obedecer y a someterse de un modo excepcionalmente efectivo y rotundo, dado que en sus sociedades ni siquiera existe la noción de libertad individual ni de libertad colectiva ni de libertad política ni de libertad civil, y mucho menos la de libertad de conciencia.

         Pero este proyecto genocida, apoyado con furor por la izquierda y las jaurías, tiene graves inconvenientes para el poder constituido. El primero es que quienes van a ser exterminados se resisten. De hecho, la resistencia al feminismo, el principal vector exterminacionista en EEUU, es ya tan fuerte (en mujeres quizá más que en hombres) y está tan extendida que ha estado a punto de producirse un alzamiento popular contra él, de manera que Trump ha intervenido para evitarlo, encauzando el descontento popular por vías institucionales y parlamentaristas. Lo mismo, aunque menos, con el racismo negro, particularmente militarista y codicioso.

El segundo es que si se otorga un trato tan despiadado a esas gentes es imposible que proporcionen soldados de una mínima calidad, en un momento en que el enfrentamiento militar con China se sitúa a la vuelta de la esquina. Porque, aunque hoy el ejército de EEUU, que es el meollo del poder imperial USA, está formado en una proporción excesiva, en relación con su porcentaje poblacional, de negros, feministas y homosexuales, los novísimos lansquenetes del capitalismo multinacional yanki, numéricamente son insuficientes en términos absolutos. Así pues, Trump tiene que intervenir para que los intereses políticos y militares sean tenidos en cuenta, de manera que no sea sacrificado todo a la codiciosa voluntad empresarial de disfrutar de una nueva clase trabajadora mega-esclava.

Lo que hay en este asunto es, en realidad, un dilema para el poder imperial yanki, que no puede atender a dos metas discordantes a la vez. La situación ha empeorado para aquél debido a que China, su verdadero rival, no está desfondándose en lo económico y social sino que mantiene su vigor económico y financiero casi intacto, mientras que EEUU decae día a dia. Por tanto, en la perspectiva de un choque militar, o de un sistema de nueva guerra fría, a imitación de la que libró contra la Unión Soviética, el Pentágono, que es el principal poder de facto en EEUU, exige moderar e incluso suspender por un tiempo la estrategia de exterminio de la vieja clase obrera. Eso requiere no sólo poner el bozal a las jaurías y dejar de lado diversos proyectos de ingeniería social sino tomar, tal vez, un conjunto de medidas económicas (reforzar la base industrial del país reduciendo las deslocalizaciones, etc.), demográficas, culturales, poblacionales y otras.

China es el enemigo. La orientación de mantener a este país centrado en llevar al mercado mundial productos baratos mientras EEUU, Europa y Japón se especializan en bienes de alto valor añadido ha resultado un fiasco, pues China ha logrado burlar tal proyecto y está a punto de ser la primera potencia tecnológica, por tanto, la muy posible primera potencia militar del planeta en sólo un decenio. Esto ha originado pánico en las elites yankis, y la consecuencia es Trump.

La línea estratégica para derrotar a China ahora se concreta en buscar la alianza con Rusia, que no es rival en lo económico, sólo en lo militar y precariamente por su endeblez productiva y financiera. Con Rusia al lado, y con Japón de aliado, China puede ser volteada. Pero eso significa entregar a Europa a la avidez imperial de Rusia, que es el pago que ésta exige para alinearse con EEUU. Esta es la razón, una de ellas, por la cual Trump está siendo recibido en la UE con una tempestad de insultos y calumnias. En particular, Alemania siente temor ante la retirada de EEUU de Europa, lo que la dejaría en una frágil situación ante Rusia.

Trump exige que la UE eleve su gasto militar hasta el 2%, más del doble del actual, si quiere defenderse, pero esto será una carga más para la debilitada economía europea, por no hablar de su exhausta demografía, su mayor punto débil. Trump se va a replegar estratégicamente en Europa, dejándola abandonada a su suerte, para centrase en el Pacifico y Asía, que es donde hoy se disputa el futuro de la hegemonía imperial mundial. Así las cosas, la UE se convertirá en una potencia cada vez menos relevante, lo que tendrá una derivación económica decisiva. Europa hoy es, en todos los aspectos, el pasado, salvo que se reinvente con la revolución popular, como hizo en la Alta Edad Media.

En todo ello hay un cambio de estrategia. Hasta ahora el plan general era una alianza entre EEUU, UE y el islam para cercar y vencer a China, entregando Europa a éste, como compensación y para realizar la sustitución étnica, la limpieza racial. Recordemos el discurso de Obama en El Cairo en junio de 2009 ante la plana mayor del clero islámico suní, que vino a revalidar la alianza estratégica entre las élites occidentales y la clerecía islámica mundial suscrita en 1945, que a su vez actualizaba el pacto secreto firmado en el siglo XIX, gracias al cual, entre otros muchos servicios de dicho clero al imperialismo de Occidente, Franco pudo reclutar 100.000 musulmanes y prevalecer en la guerra civil. Pero los acontecimientos de Siria han manifestado que el clero musulmán suní es mucho más débil de lo que EEUU suponía, además de ser un aliado poco fiable. Esto ya se puso de manifiesto en los sucesos de 2001, cuando Los Saud de Arabia (o al menos una fracción de ellos) atacaron a EEUU con los atentados de septiembre, convencidos de que podrían derrotarlo, acto que fue mero voluntarismo irracionalista, un enorme error estratégico alentado y dirigido por Bin Laden, aquel multimillonario violento que tenía el cerebro colapsado por un exceso de religiosidad.

Los cambios estratégicos en este terreno se iniciaron hace años, aunque dubitativamente, buscando la alianza con el islam chií, con Irán y algunos de sus satélites, lo que es ya una sólida realidad. Pero sobre todo, con la llamada “revolución energética” de USA que, por sus consecuencias últimas, es una ruptura implícita con el clero islámico planetario, al reducir notoriamente los ingresos de las petromonarquías de extrema derecha. De todo ello puede salir una crisis sin precedentes de esa religión, ya sometida a una exposición, tensión y riesgo enormes, que puede entrar en estado de desarreglo no tardando. Si no lo ha hecho ya es por el descomunal apoyo del imperialismo occidental, que la mantiene y alienta de un número enorme de formas y maneras. Pero el futuro de los Saud es probable que  se asemeje mucho al de la familia Gadafi, sobre todo si Trump da vía libre a la billonaria demanda que les han puesto los familiares de las víctimas del 11-S. Pero, ¿lo hará? Obama empezó la ofensiva apoyando bajo cuerda a los rebeldes del Yemen, lo que ha llevado a una guerra en que Arabia se está desangrando.

         Siria ha manifestado no sólo la torpeza y debilidad de EEUU sino la endeblez del aparato clerical suní, incapaz de mover a escala mundial más que a unos miles de combatientes. Parece cierto que la gran mayoría de las personas que viven en los países de religión musulmana no siguen al clero en aventuras militares, sólo lo hace una reducida minoría. EEUU ha sido derrotada en Siria, quedando Rusia como vencedor. Además, las fuerzas islamofascistas suníes financiadas por EEUU han demostrado ser altamente disfuncionales, permanentemente enzarzadas en sangrientas disputas intestinas por poder y dinero e incapaces de unirse, con escasa capacidad combativa y sólo buenas para hacer matanzas que ponen en evidencia a sus padrinos, en Occidente EEUU, Inglaterra y Francia, en el islam los Saud, Qatar y el clero islámico europeo ligado a los servicios secretos, una buena parte de él. Así pues, Trump expresa su limitado interés por un aliado que además de ser incompetente y débil crea problemas de todo tipo. De ahí su “islamofobia”. En consecuencia desea estrechar lazos con el Estado sionista, lo que será un varapalo para los amplios sectores del pueblo palestino que se han vendido al islamofascismo, perdiendo con ello toda autoridad y legitimidad frente al sionismo.

         El asunto del Estado Islámico ha sido un descrédito enorme para el progresismo y el feminismo mundial. Constituido por el par B. Obama-Hillary Clinton, o sea, por el poder negro progresista y el poder feminista de EEUU, ha resultado ser tan monstruoso como torpe, desleal y disfuncional. Mientras EEUU deseaba que derrotase a Assad, por tanto, a los rusos y a los iraníes al mismo tiempo, lo que hizo fue asentarse en determinados territorios para crear un despotismo musulmán propio, siguiendo las orientaciones de los Saud. Sus maldades y carnicerías han puesto en evidencia, al mismo tiempo, al islam, haciendo que millones de personas, no musulmanes y musulmanes, empiecen a comprender la verdadera naturaleza de esa religión, lo que entorpece en mucho el proyecto de islamización/fascistización de Europa (el de Hitler y los nazis, adoptado hoy con escasas alteraciones) que Alemania y sus cipayos locales (Mariano Rajoy en nuestro caso, en esto respaldado por Pablo Iglesias) desean efectuar.

Que el par progresismo negro-feminismo militante haya sido capaz de crear, financiar y equipar un grupo fascista clerical de unos 40.000 efectivos armados manifiesta la verdadera naturaleza del progresismo contemporáneo, una forma de totalitarismo, una nueva expresión de fascismo, en la forma de fascismo de izquierdas[3]. Hay que retroceder hasta las andanzas de los jémeres rojos en 1975-1979, los comunistas que mataron a 1,5 millones de personas en Camboya, para encontrar algo similar. Es coherente que Hillary, feminista de toda la vida, haya puesto en pie a un régimen de terror tan extremo que es capaz de quemar vivas a 19 mujeres iraquíes en junio de 2016 por negarse a tener sexo con gerifaltes del Estado Islámico, esto es, con los amigos, protegidos y aliados de Hillary. Sin duda, quemar vivas a 19 mujeres es muchísimo más que los “micromachismos” que preocupan a los y las discípulas locales de la jerarca yanki.

Llegados a este punto de perfidia y disfuncionalidad el progresismo y sus jaurías entran en regresión. Y llega Trump con una nueva estrategia. Una vez que los mayores poderhabientes yankis están alcanzando la conclusión de que el poder islámico mundial sólo puede ser, dado su elevado grado de decadencia, fragmentación, alejamiento de la realidad, limitado apoyo popular e incompetencia persistente, un peón secundario que a menudo ocasiona más problemas que aportaciones a la contienda por la hegemonía mundial en las nuevas condiciones, hay que variar de doctrina estratégica[4].

(Continuará)




[1] Una buena síntesis de este asunto, que debe ser cabalmente comprendido hoy, se encuentra en “La ofensiva de los tecnopesimistas”, N. Nosengo y P. Bolinches. Este trabajo, así como otros varios que no es posible citar ahora por falta de espacio, refutan las sin fundamento alguno ilusiones que muchos ponen en la tecnología aplicada a la producción. No, no hay una solución tecnológica a los problemas económicos del siglo XXI. La solución está en la revolución.

[2] El libro de Harry Braverman, “Trabajo y capital monopolista. La degradación del trabajo en el siglo XX”, es de lectura imprescindible para comprender acertadamente la situación hoy, en el siglo XXI. Lo que expone es conciso: el trabajo asalariado se degrada más y más por la voluntad de los capitalistas de ampliar su grado e intensidad de poder en el interior de la unidad productiva, de la empresa. Y al degradarse inexorablemente degrada al trabajador, como tal y como ser humano. Llegado a un punto, se dan cuatro acontecimientos interrelacionados: 1) el trabajador ya no puede soportar la presión y se va quebrando como persona, 2) ese sujeto en desintegración no puede, y no quiere, impulsar la productividad del trabajo, de modo que ésta se estanca, 3) los costes ocultos de todo ello suben en flecha, como enfermedades, medicalización, drogadicción, desintegración familiar, ocaso de la natalidad, etc., 4) la tecnología deja de ser efectiva productivamente. Sólo una revolución del trabajo, que convierte en un acto libre y creativo el trabajar, puede resolver este problema. La solución ideada en las alturas del poder es otra, realizar la sustitución étnica de la mano de obra.
[3] Refuerza la tesis de que el progresismo y sus jaurías, o religiones políticas, son la nueva forma de totalitarismo su bien conocida obsesión con la censura, su desprecio por la libertad de expresión, su repudio de la libertad de conciencia, su falta de respeto por el otro. Pretenden imponer al conjunto de la población lo que debe y no debe pensar y decir valiéndose de la fuerza. En vez de debatir púbicamente para ganar en buena lid con argumentos cada vez mejores, su fórmula, universalmente repetida, es la censura, la exclusión y la marginación. Claro que no pueden hacer otra cosa, dado que su argumentario es una combinación de mentiras, errores, ignorancia, disparates y locuras, así que en un debate abierto pierden. Por eso su baza ha de ser el miedo que suscitan en el público, que es el arma de todos los fascismos. Son una versión de la “Hisba”, o policía religiosa del Estado Islámico, con la que se fusionarán organizativamente cuando culmine la islamización/fascistización de Europa, si es que ello no es frustrado por la revolución. Todo fascismo se caracteriza por negar la libertad de conciencia, por ahogar la libertad de expresión. En eso progresismo, feminismo, racismo negro e islamofascismo son maestros. Su impopularidad viene en gran medida de ahí. Una denuncia excelente de las jaurías progresistas es el video “Modern Educayshun”, Noel Kolhatkar, que enfatiza su naturaleza represiva y exterminacionista, además de simplemente demente.

[4] Henry Kissinger, en “Orden mundial”, 2014, otorga al islam (es decir, al clero islámico suní mundial) un estatuto de gran potencia. El tiempo transcurrido y un mejor conocimiento de la realidad última lleva a Trump a corregirle en esto. Los países islámicos son, para empezar, un fiasco económico. Por ejemplo, la capacidad exportadora de todos ellos, dejando a un lado el gas y el petróleo, es similar a la de Finlandia, lo que resulta de la disfuncionalidad básica del orden social basado en el islam. Éste sólo tiene como activo la violencia y su gran capacidad para crear seres humanos ultra sometidos y dóciles, con formaciones sociales en las que el abismo entre los pobres y los ricos es mayor que en cualesquiera otras. Pero todo eso se está manifestando, para el siglo XXI, como factores de debilidad que EEUU comienza a evaluar con objetividad. El actual auge del islamofascismo dentro del islam está siendo un fracaso para sus promotores y esa religión tendrá que enfrentarse a crisis graves a medio plazo, similares, por ejemplo, a las que sufrió el comunismo y el izquierdismo con la derrota de la Unión Soviética en 1989-1991. La “revolución energética” fomentada por EEUU, que ya ha logrado ser casi autosuficiente en petróleo y gas, es una decisiva medida anti-islámica, como se ha dicho, debido a que es el dinero, mucho más que la fe y la conversión interior, lo que ha impulsado y estructurado el actual ascenso del islam.

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