Follow by Email

jueves, 6 de diciembre de 2012

SOBRE LA AUTO-DISOLUCIÓN DE LA ASAMBLEA CONTRA EL TAV DEL PAÍS VASCO


Con tristeza y melancolía, aunque no con sorpresa, he conocido la disolución de la Asamblea anti-TAV de Euskal Herria. Iniciada en 1993, ha desaparecido 19 años después sin dejar apenas nada.
        
Varios de mis libros son consecuencia de dicha Asamblea. En el más difundido, Naturaleza, ruralidad y civilización, su capítulo probablemente más importante, El concejo abierto y el mundo rural popular” es la transcripción de una charla organizada por la Asamblea contra el TAV en Urbina, Álava, el 5-1-2007. Fue un día muy frío, mucho, pero el calor humano y el entusiasmo de quienes asistieron al acto colmaron las incidencias climáticas. Precisamente en Urbina, dos años después, la Asamblea contra el TAV manifestó su poder movilizador, congregando a miles de personas, a pesar de la fuerte represión policial. Otro de los trabajos incluido en aquél, “Por una sociedad desindustrializada y desurbanizada”, fue el contenido que desarrollé en la acampada organizada por la Asamblea contra el TAV en Alegui, Gipuzkoa, el 24-7-2005.
        
Crisis y utopía en el siglo XXI es el texto escrito de la charla dada en Donosti el 23-3-2009, promovida por la sección local de la Asamblea contra el TAV. El debate fue profundo, a ratos difícil y tenso pero siempre cordial. Al terminar un grupo numeroso de amigas y amigos recorrimos la parte vieja, tomando unos vinos, charlando relajadamente. La ciudad más vasca de todas las de Euskal Herria estaba plena de vitalidad, mismidad y júbilo en el inicio de la primavera.
        
Antes de entrar en el análisis deseo enviar un saludo emocionado a las amigas y amigos que durante tantos años han manifestado su voluntad de cambiar la sociedad, preservar el medio ambiente y salvaguardar lo más esencial de Euskal Herria. Conozco bien su constancia, inteligencia personal, entrega, pasión, valentía, espíritu de sacrificio y afabilidad. Durante años han mantenido en alto la enseña de la lucha contra los proyectos ecocidas, antipopulares y desarrollistas del actual sistema de dominación. Lo que han hecho tiene que escribirse, para que lo conozcan las nuevas generaciones y forme parte de la historia del pueblo vasco. Mi recuerdo más sentido va para las personas que han sido detenidas, golpeadas, multadas o encarceladas por llevar adelante las movilizaciones y luchas. Ellas y ellos son los verdaderos héroes de nuestro tiempo.
        
En ese estado de ánimo inicio el estudio imparcial y constructivo de la ejecutoria de la Asamblea desde que tomé contacto con ella, en 2004.
        
A partir de 2009 la Asamblea decayó de manera notable. Una parte de quienes la constituían se retiró, y aquéllos que se quedaron se enzarzaron en disputas tan absurdas como cargadas de mutuo rencor, lo que indicaba que el proyecto estaba en las últimas.
        
El primer desacierto observable era la falta de una estrategia. La Asamblea anti-TAV no tuvo ni un análisis estratégico ni un plan de acción basado en él, que recogiera con objetividad las condiciones en que la resistencia al mega-proyecto desarrollista debía hacerse, y formulase los contenidos, procedimientos y expectativas futuras. Con timidez y sin insistir, en alguna de las asambleas, expuse que la cuestión de la estrategia era decisiva, pero ciertos elementos turbios rechazaron de plano la propuesta, y la mayoría no la consideró en su real y decisiva importancia.
        
A falta de una estrategia, el activismo se convirtió en el procedimiento habitual. Se trataba de hacer, hacer, hacer, de hacer lo que fuera y como fuera, sin pensar, sin plan, sin proyecto, sin reflexión. A partir de 2008, a medida que los cambios a peor en la sociedad vasca se fueron asentando y las obras del TAV avanzaban, el activismo se convirtió en una huida hacia adelante, que presagiaba el desventurado final. Los mencionados elementos turbios, que hicieron de la Asamblea un espacio para el lucimiento personal y la promoción de sus averiados productos literarios, se hicieron los más decididos defensores del activismo, pues gracias a él podían estar a menudo, pancarta en mano, en las páginas de la prensa.
        
El activismo es un modo socialdemócrata de tratar la acción social que tiene dos efectos observables: destruye a largo plazo las luchas y destruye a las personas que se implican en dichas luchas.
        
Como consecuencia del activismo no hubo una estrategia pero tampoco hubo una producción de ideas de una mínima valía y rigor, dejando de lado algún folleto aislado. Asimismo, no se formó a las personas que se comprometieron en la lucha, al contrario, éstas retrocedieron en su calidad como individuos a causa del hacer-hacer-hacer, desenfrenado y sin cerebro, que ocupaba todo su tiempo y energías, y que les embrutecía y anulaba. Por ello ni se formó un núcleo de personas con aptitud y capacidad para mantener la actividad resistente, ni se produjeron textos (todo se quedó en panfletos, pues el activismo es inseparable del panfleto) ni, como se ha dicho, se formuló una estrategia.
        
Por tanto, a causa de la ceguera activista la Asamblea ni siquiera logró comprender que los grandes cambios políticos a peor que estaban dándose en Euskal Herria, en particular el fuerte reflujo de las luchas populares y la dramática mengua de las estructuras organizativas de base, exigían formular un plan de acción diferente al de 1993, lo que ya era obvio (para quien lo quisiera ver) en 2005. No se hizo así: la sociedad estaba cambiando pero las ideas y procedimientos de la Asamblea siguieron siendo los mismos. Esta contradicción fue importante en la tarea de liquidar de facto a aquélla.
        
La esterilidad en el ámbito de la producción de ideas y de la formación de las personas, pues muy poco de positivo se ha hecho en lo uno y lo otro en 19 años, es lo que quizá más llama la atención de la historia de la Asamblea contra el TAV.
        
Pero hay más. En realidad sí había una estrategia, aunque implícita, la de los nuevos movimientos sociales surgidos en los años 60 y 70 del siglo pasado. En concreto, las luchas antidesarrollistas son una simple adecuación del activismo ecologista en surgido aquellos años. Sus postulados serán los siguientes: 1) dado que la revolución no es posible -en realidad quieren decir que no es deseable- se trata de librar “luchas” parciales contra el sistema, para ir eliminando sus excesos más visibles, pero sin cuestionarse su esencia, conviviendo con él y conciliando, en definitiva, con él, 2) la victoria en tales “luchas” no proviene del desarrollo de los factores de la conciencia sino de un activismo obsesivo, 3) la cuestión más decisiva ni se planteaba, que incluso resultando victoriosas tales luchas en nada importante alteran el meollo del sistema (la sociedad es igual de capitalista con el TAV que sin el TAV), por lo que sólo de una manera muy tenue y diluida pueden ser consideradas subversivas, 4) las ideas e ideales, la calidad de las personas, el análisis de conjunto de la sociedad, los problemas convivenciales, espirituales, culturales y morales no tenían cabida, con lo que se libraban luchas especializadas, circunscritas a un ámbito muy restringido, que tocaban asuntos muy parciales y que debido a ello, por sí solas, ni podían atraer y mover a amplios sectores y ni siquiera podían consolidar un núcleo militante estable, como se ha visto en el caso que estudiamos, 5) dichas luchas sectoriales en muy poco contribuyen al desarrollo de los factores de la conciencia.
        
El olvido de la idea de revolución, en su única forma hoy posible, como revolución integral, esto es, como respuesta total a unas condiciones terribles y de una colosal complejidad creadas por el hiper-capitalismo y el mega-Estado contemporáneos, es la clave de todos los errores cometidos por la Asamblea anti-TAV. En efecto, sólo esa seminal noción puede proporcionar la visión estratégica, la producción de materiales y la calidad de las personas que se necesitan para abordar con éxito las luchas parciales que exigen ser libradas ya.
        
Los elementos turbios dentro de la Asamblea, apoyándose en la obra del supuesto “crítico de la tecnología”, Jacques Ellul, al presionar con malas artes (nunca se atrevieron, que yo sepa, a plantearlo de manera honrada, a las claras, en las asambleas, todo se quedó en esa cosa vil que es la “política de pasillos”) en contra de la idea de revolución, y de su consecuencia lógica, la de formular una estrategia para las luchas antidesarrollistas que tuviera como referencia la revolución integral, se hicieron factores de primer orden en la liquidación de la lucha y en la ruina de la Asamblea. Primero la usaron en su propio beneficio, como mera plataforma, y luego cuando ya vieron que era un juguete roto y sin utilidad la abandonaron a escape, en vez de quedarse a poner remedio al desastre. En ocasiones utilizaron mis textos y mi persona como blanco de ataque, dado que en ellos la idea de revolución es permanente y central. Así pudieron enmascarar mejor su acción destructiva y liquidadora.
        
Lo que no es revolución es reacción, y quienes despotrican contra la revolución están loando el capitalismo y el Estado, que sólo con la revolución pueden ser extinguidos. Por tanto, ¿cómo puede avanzar la lucha antidesarrollista sin comillas desde un enfoque a favor del Estado y el capitalismo? Esto es lo que propone Ellul y los que siguen dogmáticamente sus formulaciones, falsamente antitecnológicas pues ese autor, al negar la revolución y al hacerse él mismo agente cualificado del Estado francés, apoya lo que es la matriz misma de la tecnología, el Estado, traicionando sus aserciones iniciales, alguna no del todo descaminada[1].
        
No menos incoherente es pretender luchar contra la tecnología y el desarrollismo desde la especialización, constituyendo un movimiento de especialistas. En efecto, dado que la sociedad tecnológica se fundamenta en la especialización más extrema, a través de la división social y técnica del trabajo, su negación exige la no-especialización, una concepción holística, integral, de la resistencia y las luchas, de las ideas y las personas. Aquélla concepción de la acción “antitecnológica” una vez más manifiesta ser lo contrario de lo que parece, una maquiavélica afirmación de la sociedad tecnológica en su meollo mismo.
        
Cuando la Asamblea contra el TAV se convirtió en un cuerpo de expertos y especialistas (como le sucede a los movimientos y luchas ecologistas) en lidiar con un sólo problema, estaban afirmando lo que decían combatir, por un lado, y por otro negándose a sí mismos una visión de conjunto del problema, sin el cual no podían realizar una estrategia, cuya falta llevaría el proyecto al desastre final, como así ha sido.
        
La parte no puede sustituir al todo. Para ser operativa, la parte ha de ir unida, en la reflexión y la acción, al todo y al conjunto. La Asamblea incurrió en el colosal fallo de desentenderse del todo, de los problemas claves de la sociedad vasca, para fijarse en uno de ellos, y sólo en uno. Eso pudo funcionar, aparentemente, cuando dicha sociedad mantenía un alto nivel de movilización (que era el resultado de otras muchas cuestiones, la lucha de liberación nacional sobre todo) pero se hundió en el momento en que el reflujo de las luchas se hizo presente. En el derrumbe de la Asamblea se ha cumplido con rigurosidad el principio de que en todas las circunstancias la parte depende del todo, de modo que cualquier enfoque sectorial y especializado es siempre erróneo.
        
La estrategia de lo parcial, lo limitado y lo “concreto”, propia de los movimientos sociales imitadores de la socialdemocracia que niegan la revolución, junto con las tesis de facto pro-tecnológicas de los dogmatizados discípulos de Ellul, que son incapaces de pensar por sí mismos y se limitan a repetir una y otra vez las enunciaciones de los textos del “Maestro”, al parecer verdades eternas, perfectas y absolutas, como si fueran la Biblia o el Corán, sin tener en cuenta la realidad actual y las condiciones del presente, son, en el terreno de las ideas, las causas del desdichado final de la Asamblea Anti-TAV. Y lo serán de todos los movimientos que signa el mismo esquema teorético y estratégico.
        
En efecto, una peculiaridad de quienes siguen los férreos dogmatismos y las variadas religiones políticas que se crearon en los años 60 y 70 es que no aprenden de la experiencia, no se dejan guiar por la realidad, al desdeñar la noción más decisiva, la de verdad experiencial, concreta finita. Dado que son creyentes y no personas capaces de pensar desde los hechos, repiten una y otra vez los mismos errores, cosechando una y otra vez los mismos fracasos…
        
Los “nuevos movimientos sociales” de hace medio siglo, además de ser ya viejos y vetustos, son una variante de la estrategia socialdemócrata, que hurta las grandes cuestiones, se mofa de la centralidad de los factores de la conciencia, niega la revolución y se concentra en luchas parciales por reformas dentro del sistema, perfeccionándole en realidad. En sí mismos no tienen nada de revolucionario. Además poseen un descomunal poder para embrutecer y mancillar a las personas y se convierten una trampa en la que quedan apresadas un sinfín de gente, que llegando de buena fe al compromiso social y medioambiental se ven cogidas en una espiral de degradación y desintegración personal.
        
Por ejemplo, las asambleas concretas eran de un nivel bajísimo, sin apenas contenidos, volcados en las tareas “prácticas”, además  de abundar en rifirrafes personalistas, originados por la falta de tratamiento de los decisivos problemas convivenciales, así como por el peso de las ideas de los diversos maestros y textos del odio, Nietzsche, Stirner, el “Manifiesto SCUM” (el panfleto de cabecera del nazi-feminismo) y otros. Solían ser, por tanto, acontecimientos descorazonadores, que deprimían a quienes se aproximaban al movimiento, de modo que una buena parte de estas personas abandonaban su compromiso al poco de haberlo iniciado. Por eso en lo organizativo la Asamblea era un constante movimiento de gentes, unas llegaban y otras tantas se iban, sin que se consolidara un conjunto amplio y estable. Sólo una minoría muy reducida aguantaba tantas y tan agresivas disfuncionalidades.
        
En la etapa terminal las deficiencias y errores se amontonaron. Perdida ya toda noción de decoro, se llegaron a realizar charlas de información sobre las actividades de la Asamblea lata de cerveza en mano, y por supuesto con el más completo desprecio por las artes oratorias. El colapso de lo convivencial convirtió a la Asamblea en un hervidero de enfrentamiento personales, cruce de acusaciones (algunas de lo más despreciables) y odios cainitas. Era el final.
        
Sea como fuere, la Asamblea contra el TAV se ha terminado. Y esto tiene lugar en un momento en que, por un lado, reina la paz social en Euskal Herria y, por otro, todas las sociedades europeas se están adentrando en una crisis general y múltiple en desarrollo. Ante ello, tras decenios invirtiendo tiempo y energías en cuestiones concebidas de un modo socialdemócrata y “luchas” desconectadas de los grandes problemas del conjunto, apenas hay respuestas. La indigencia intelectiva, el bajísimo nivel reflexivo, la dramática escasez de personas de calidad y formación es lo que domina abrumadoramente. Una estrategia socialdemócrata, la de los nuevos movimientos sociales ha dado sus frutos, y ahora estamos ante una situación de tierra arrasada.
        
A quienes son incapaces de aprender nada tanto como de olvidar nada, el consejo apropiado es, por favor, iros a casa, dejadnos. A los que sí están dispuestos a cambiar, la primera idea a considerar es obvia: hay que empezar de nuevo, hay que comenzar casi desde cero.
        
En la etapa actual las asambleas (que se han casi esfumado) y las grandes “luchas” (que están igualmente desparecidas) no pueden ser lo principal del imaginario radical. Si se trata de principiar un nuevo ciclo de acción de resistencia, hay que dar los primeros pasos de todo nuevo periodo histórico. Tenemos que formular una estrategia, eso para comenzar.
        
Desechado el activismo, por liquidador y embrutecedor, se trata de crear las bases reflexivas de las futuras luchas revolucionarias, así como las personas formadas y de calidad, partiendo de un conocimiento exacto de las condiciones actuales, para lo que se ha de dejar de lado los dogmatismos y las ideas fijas. La verdad proviene de la experiencia y de los hechos, no de lo que dijo tal o cual gurú, teórico o sabelotodo.
        
En tales circunstancias los “grandes” tinglados no valen. Lo apropiado son los grupos pequeños, de afinidad, que tengan un plan de trabajo coincidente y se coordinen entre sí. Necesitamos con urgencia Equipos de Reflexión y Acción que se atrevan a pensar a largo plazo, digamos a 10 años vista, que se basen en lo mejor producido hasta ahora en el terreno de las ideas, que tomen como propia la tarea de la revolución integral, de la formación de las personas y de la búsqueda de soluciones a los gravísimos problemas convivenciales, para insertar las luchas antidesarrollistas sin comillas en donde realmente están, la acción general por revolucionarizar la sociedad y revolucionarizarnos como personas, en un momento histórico particularmente dramático, por causa de la destrucción de la esencia concreta humana, que es el gran y verdadero problema de nuestro tiempo, muy por encima de los medioambientales, y que ha de ser considerado como medular para tratar éstos con eficacia.
        
Así lograremos destruir la sociedad tecnológica.



[1] Cuando en 1954 J. Ellul publica La technique ou l’enjeu du siècle, lo hace contado con “la ayuda del Ministère Français chargé de la Cultura- Centre Nacional du Libre”, según se lee en su edición en castellano de 2003, con el título La edad de la técnica. El carácter “subversivo” de tal texto se pone de manifiesto también en que aquí la Editorial Labor lo publicó en 1960, esto es, bajo la dictadura y la censura franquistas, sin ningún problema, al parecer. Posteriormente Ellul se especializó en atacar la idea misma de revolución, en varias de sus obras, para pasar directamente a colaborar con el Ministerio del Interior francés, como sin sonrojarse narra en uno de sus libros, para asesorar a éste en la persecución de los movimientos populares de finales de los años 60, rebajándose con ello a un jerarca de la policía entre otros. Por tanto, su proyecto de crítica “antitecnológica” estuvo subvencionado desde el primer momento por el Estado francés, fue bien acogido por el Estado franquista español y culmina en un uso oportunista y mixtificador de dicha crítica para servir a su patrono de toda la vida, el aparato estatal, en particular el ejército y la policía. Por eso sus discípulos actuales abominan de toda idea de revolución, me atacan por defenderla, y preconizan nada menos que una sociedad “no-tecnológica” con el capitalismo y bajo la dictadura del Estado, lo que es una mera impostura y demagogia. Todas esas ideas ultra-reaccionarias, inyectadas en la Asamblea Anti-TAV por mis detractores, han contribuido en mucho a su liquidación, pues no puede haber una estrategia antidesarrollista viable sin poner en el centro la noción misma de revolución integral. Como era de esperar, la ideas de Ellul ofrecen una visión mística, en buena medida irracionalista, literaria y beata, no asentada en análisis concretos y asombrosamente reduccionista, de la crítica de la tecnología, que no vale para ese propósito, también porque su verdadera intención es defender al par Estado-capital, como hacen sus discípulos actuales, meros voceros de la anti-revolución en un momento en que la gran crisis de las sociedades europeas va poniendo en el orden del día precisamente eso, la gran tarea de la revolución.

3 comentarios:

  1. Toda sociedad es tecnológica. Pues tecnología es un martillo o un hacha. Si no somos capaces de distinguir tecnología de tecnocracia, habremos empezado mal.
    Un saludo cordial

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No es lo mismo un molino hidráulico que un acelerador de partículas, como el que quiere construir el CERN, y ambos son tecnología. Por lo tanto se trata de discernir qué tecnologías son beneficiosas para preservar la autonomía del ser humano con sus iguales, y cuales están concebidas para su sometimiento social.
      Pretender que seamos antitecnológicos puros es absurdo.
      Otro cordial saludo
      Iñaki

      Eliminar
  2. Gracias Felix por este articulo. Con él me han quedado mucho más claro que cualquier lucha tiene que tener como denominador común la busqueda de la revulución integral, o revolución holistica, que es la única manera de acabar con el sistema capitalista, porque si las luchas las planteamos de una menera especificamente especializadas, que es lo que hace el activismo, solo servirá para poner parches al sistema; y seguramente ni eso siquiera, pues aquí tenemos el ejemplo claro de lo que ha sucedido con la Asamblea del Tav.
    Los activistas, con sus luchas especializadas, son como el Perro del Hortelano, que ni hacen ni dejan hacer.
    Cualquier lucha parcial en que nos involucremos tiene que tener como principal objetivo la revolución integral

    Un saludo cordial de Diego de Murcia.

    ResponderEliminar

Nota: Los comentarios podrán ser eliminados según nuestros criterios de moderación, que resumidamente son: aquellos que contengan insultos, calumnias, datos personales, amenazas, publicidad, apología del fascismo, racismo, machismo o crueldad.