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domingo, 30 de diciembre de 2012

LA CONSTRUCCIÓN PREPOLÍTICA DEL SUJETO


Decir que la política es parte y sólo parte es formular una fundamental verdad. No todo es o puede ser política, excentricidad concebida desde un suceso totalitario, la revolución francesa, y realizada después por los regímenes despóticos de toda laya.
        
Una parte decisiva de la condición humana está fuera de la política, es cierto que relacionada con ella, pero exteriormente y más allá. Buena parte de lo humano esencial no es político en sí, por más que el régimen de gobierno imperante le influya.
        
El sujeto politicista, tan común en los ambientes de la izquierda, está poseído por un furor reduccionista, por una monomanía, por un afán de esquematizar y mutilar, que hace que la vida real se le escape. La turbia  y asfixiante hegemonía de la política hoy dimana de la atroz presencia y fuerza de un Estado hipertrofiado.
        
La ética es magnífica porque es diferente de la política. Las normas éticas no surgen de imperativos institucionales sino de la relación del ser humano con el otro, consigo mismo y con las cosas. El sujeto decide su línea de acción a partir de la experiencia reflexionada conforme al ideal de alcanzar una existencia irreprochable en el ámbito de lo privado y de lo público, político y no político. En una sociedad sin Estado la política sería también parte y sólo parte, teniéndose que fijar los límites que la sociedad no puede traspasar en el respeto debido a lo no-político.
        
Que la libertad pueda clasificarse en tres grandes bloques, de conciencia, política y civil, es expresión de lo limitado y parcial de la política. La libertad de conciencia es incluso superior y más determinante que la libertad política, al ser una prerrogativa que atañe al sujeto natural, previo a la política. La libertad civil concierne a la autonomía en la relación con los iguales, y se refiere a los actos de la vida que no están relacionado con el gobierno de lo público.
En los años sesenta del siglo pasado, un tiempo fértil en patochadas y maldades, se inventó la fórmula “lo personal es político”. Esto significaba algo inquietante: las estructuras de poder político, desde el Estado a los partidos, se atribuían la potestad de intervenir en la vida íntima de las personas, para dictar a éstas el qué, por qué y cómo de su vivir, desear, relacionarse e incluso sentir. Tal fórmula enuncia a la perfección el totalitarismo politicista de carácter progresista que se fraguó en esos años.
        
La construcción prepolítica del sujeto se refiere a la constitución de aquellos atributos del ser humano anteriores a la relación política. Yendo a lo esencial son nueve: el lenguaje, la capacidad relacional, la inteligencia natural, el ámbito de lo afectivo, el sentimiento estético, lo existencial humano, la reflexión primordial sobre el mundo, la dimensión espiritual de la persona y la vida moral.
        
En una sociedad donde el Estado no lo domine todo, y tampoco la sociedad, en la que la libertad civil prevalezca y dónde la libertad de conciencia sea real, pueden señalarse más espacios del humano existir integrados en el ámbito de lo prepolítico.
        
La hipertrofia del ente estatal destruye lo que antes, en sociedades menos estatizadas, hacían los individuos y la sociedad. Al intentar controlarlo todo se apropia de actividades esenciales para la continuidad de lo humano que no se adaptan a la estructura vertical y jerarquizada, militarizada a fin de cuentas, propia del Estado.
        
Por eso hoy tenemos una sociedad en la que el lenguaje decae y se desploma; la capacidad relacional casi se ha esfumado; la inteligencia natural está transformada en estolidez y torpeza universales; lo afectivo se ha volatilizado salvo en sus expresiones negativas, el odio en primer lugar; lo antiestético y repulsivo triunfa; los acontecimientos existenciales se ocultan o falsean en nombre de “la vida feliz”; no hay pensamiento natural acerca de lo real; la vida espiritual está en estado de agonía y la inmoralidad más insolente campa por sus respetos.
        
Todo lo secuestrado, falseado o arrasado es imprescindible para relanzar y rescatar lo humano, y tiene que recuperarse desde la acción prepolítica. Hay que hacerlo, además, porque sin lo humano restaurado no es posible la revolución integral.
        
Ésta, en lo más sustancial, es un épico batallar de siglos entre lo humano y las estructuras que buscan su liquidación. Es una pelea política y no-política al mismo tiempo.

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