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sábado, 24 de noviembre de 2012

PELIGRA LO QUE AÚN QUEDA DE COMUNAL


El denominado “Anteproyecto de Ley para la Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local”, emitido por el consejo de Ministros del gobierno del PP el 1/7/2012, de hacerse ley aplicable, pondrá en marcha, muy probablemente, un nuevo proceso desamortizador, por el cual una parte decisiva del patrimonio comunal de los pueblos sería apropiado por el Estado (por su expresión local, los Ayuntamientos) y luego, vendido a particulares. En esa operación habría dos ganadores, el ente estatal y los empresarios, y un perdedor, el pueblo llano.

Se hará a través de la liquidación de las llamadas “entidades locales menores”, sobre todo las Juntas Vecinales. Una vez incorporadas aquéllas a los municipios más grandes, poblacionalmente, de cada comarca, el comunal de las citadas pasará a ser propiedad de los Ayuntamientos. En un segundo momento sería enajenado y privatizado, con el fin de enjugar el déficit del Estado.

Esto es una aplicación de lo que ya enuncié en mi artículo “Defender el comunal contra un nuevo proceso privatizador”[1], que ahora, por desgracia se hace más y más real, además de más y más próximo.

Se están dando las primeras movilizaciones contra dicho Anteproyecto, y en varias provincias se han constituido ya plataformas y agrupaciones para llevar adelante la resistencia al nuevo asalto del Estado al patrimonio, modo de vida y cosmovisión del pueblo. Todo ello, como es lógico, debe ser apoyado con la mayor energía, clarividencia y firmeza.

Conviene añadir algunas reflexiones.

Quienes lo reducen todo a dinero se equivocan. Por ejemplo, en la provincia de León los montes comunales de las entidades locales menores son 512.000 hectáreas, cuyo precio de mercado se elevaría a unos 2.200 millones de euros. Eso sería una notable pérdida para la gente rural, en efecto, pero la cuestión decisiva no reside en ello. Lo que se pretende, sobre todo, es extinguir los últimos restos de los patrimonios colectivos fruto de la revolución civilizadora de la Alta Edad Media, que servían de asiento material a un modo de vida comunitario y colectivista, fraternal y de ayuda mutua, fundamentado en el afecto y en el amor.

El economicismo en boga, que todo lo reduce a una obsesiva reivindicación de “bienestar” material, que no tiene más meta que capturar el máximo de dinero para ampliar el consumo, comete la felonía de cuantificar el comunal con mentalidad simplificante y codiciosa, reduciéndolo a su precio de mercado. Pero en este caso el abismo entre valor y precio es insondable, siendo el primero incalculable y el segundo sólo indicativo.

No se trata de defender el comunal para “vivir mejor” sino como expresión tangible de que se puede, y debe, ser y vivir de otra manera, con consumo mínimo de bienes materiales y maximización de las satisfacciones espirituales, con la asamblea como elemento de gobierno y la mutua asistencia como norma de vida.

Dado que no hay comunal sin concejo, junta o asamblea que lo gobierne, lo primero es ocuparse de que estas formas colectivas sean soberanas, por tanto, libres de la injerencias del Estado, auto-gobernadas, existentes y operantes en sí y por sí. El Estado, que es quien va a destruir lo que queda de comunal, tiene que ser contenido y ahuyentado, mientras no tengamos fuerzas para hacerlo desaparecer.

Porque no aspiramos a vivir “mejor” bajo el actual orden sino a construir una nueva sociedad, un nuevo ser humano y un nuevo sistema de valores.

Dice Daniel L. Ortiz Díaz que en el mundo comunal y concejil de nuestro pasado inmediato lo que mantenía unidas a las personas eran los “vínculos de amor[2].

Ese es el meollo mismo de lo comunal, y no el consumo ni el bienestar. Es el amor de unos a otros, en tanto que esfuerzo y servicio desinteresados, el que da sentido al comunal y al concejo abierto, y quienes hablan de dinero simplemente falsifican nuestra historia y además nos prostituyen.

No tratar de otra cosa que no sea dinero es la quintaesencia de lo burgués, y nos deshumaniza y envilece de manera superlativa, también cuando el dinero aparece como reivindicación. Presentar al Estado como “redentor” de las clases populares es la atrocidad mayor, pues ahora las 3,5 millones de has que quedan en “España” de comunal van a ser destruidas, en su totalidad y en su mayoría, por el artefacto estatal, ese ídolo detestable ante el cual está de rodillas toda la izquierda.

El comunal no es propiedad colectiva si no renuncia a toda propiedad particular. No es avidez de bienes tangibles sino repudio de ellos. No es medio para satisfacer deseos sino una forma de no tener más deseo que el servicio desinteresado. No es servil adoración por el ente estatal sino impulso hacia el autogobierno. Sobran pues los arrastrapancartas de siempre que desde la codicia y el consumismo, el epicureísmo, el totalitarismo y la estatolatría, viene ahora a “defender” el comunal.

Por tanto las luchas en defensa de los patrimonios comunales tienen que tener como una de sus metas una reconversión interior al espíritu de comunalidad, vale decir, a la sociabilidad, al afecto hacia el otro, a la renuncia al egotismo, a la negación del consumismo, el materialismo vulgar y el hedonismo. Hacernos mejores por el desinterés, la virtud y el esfuerzo resultan ser precondición y meta al mismo tiempo de lo comunal, ¿lo haremos?

Porque el comunal, para ser, demanda un nuevo ser humano.

Sin revolución interior, sin sujetos de calidad autoconstruida, la revolución integral no es hacedera. Y sin ella no puede haber sociedad comunal y colectivista.

Los seres humanos son lo más decisivo. Ellos son fin y todo lo demás es medio. Tan perentoria verdad es el meollo mismo de los bienes comunales y la sociedad comunal.



[1] Publicado en “Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas”, nº 4, enero 2011. Expreso mi agradecimiento a quienes han considerado este texto como la primera denuncia de la atrocidad que ahora se pretende realizar por el gobierno derechista de Madrid e incluso lo utilizan como material de estudio para las luchas que son y serán.
[2] En “El valle de Iguña”, 2004, Cantabria. Esta obra, escrita en 1918, no se publicó hasta casi un siglo después. Tal es la censura y exclusión a que está sometido casi cualquier texto sobre el mundo rural popular tradicional, en este caso el cántabro.

7 comentarios:

  1. Gracias por tus artículos Félix, para mí han sido una bocanada de aire fresco en un momento tan asfixiante como el que vivimos.
    Sigo tus artículos con gran interés, porque comparto un buen número de puntos de vista con lo que propones, y sobre todo porque son algo muy agradable -emocional e intelectualmente- y recomendable de leer.

    Jose Luis González, Aluche, (Madrid)

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  2. ¿Cómo podemos parar ésta locura? ¿Qué podemos hacer para que la gente despierte de una vez y se dé cuenta de lo que realmente está pasando?
    La verdad es que es angustioso el proceso "triturador" en el que nos han metido, y que se acelera de un modo vertiginoso. Leí hace unos días que hay empresas que están patentando el adn de semillas naturales. Después de eso no va a quedar nada. ¿Hay solución?

    Un abrazo.

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  3. Admito esa defensa como una noble empresa, pero ¿requiere esa forma de vida asociada a lo comunal, producto de un estado civilizatorio anterior que la mayoría -parece ser- no conocemos bien, un tipo de humanidad nueva o más bien un retorno a un tipo de humanidad vieja, el tipo que alumbró la existencia de esa forma de vida?

    Siempre me deja en duda el ver ensalzado el pasado. Quizá porque no tengo tan claro que sea ahí donde haya que buscar. Se me dirá que sin duda eso es producto de mi aculturación, que me impide ver sus bondades y me lleva a adorar una idea lineal del progreso material e histórico; pudiera ser. Sea como fuere, tomemos de ese desconocido pasado lo que pueda servir, pero miremos de hacer con ello un futuro donde las condiciones, materiales y morales, de existencia humana se eleven parejas(realmente, no sólo en apariencia).

    No hay duda de que el campo a trabajar para ello es principalmente el de la revolución interior. Pero sí podría haber un riesgo de caer en una idolatría de lo pasado, en un cierto primitivismo, que sospecho que puede dar al traste con sus propias aspiraciones iniciales y las del resto de posiciones.

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  4. Andrés, pienso que tienes razón en algunos aspectos.
    Del pasado hay que extraer lo que es bueno, noble y que nos sea de utilidad para ser mejores.
    Para encontrar lo que fue valioso en otros tiempos, hace falta una ardua tarea de investigación como la que hace FRM entre otros, dada las toneladas de mentiras y falsedades que sepultan la verdad, sobre todo de lo que antaño fueron nuestros antepasados.
    Es un axioma afirmar que en el futuro no nos podemos inspirar, dado que no podemos saber como serán los humanos de los tiempos venideros, pero dicho esto, reiniciar el pasado, sería repetir el presente. Eso FRM creo que también lo afirma.
    Hay que crear entre todos un orden nuevo y de valía.
    Para eso nos tenemos que transformar en algo mucho mejor de lo que fuimos y somos, y además con urgencia.
    La degradación social, económica y política se va a incrementar de un modo exponencial de aquí en adelante, por muchos factores, aunque el más expeditivo va a ser la gravísima crisis energética en ciernes (en este aspecto creo que FRM es crítico con esta apreciación lo cual me parece un error grave por su parte a la hora de concebir una estrategia eficaz, dado el relevante papel que va a tener en el proceso).
    Un saludo.

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  5. Estamos elaborando, ya terminado un proyecto de huertos sociales en la comarca de Jerez y el Ayuntamiento nos ha asignado una zona pero no se inicia el proyecto que lo es para familias y colectivos sin recursos. Serian autogestionados por el Colectivo social anarquista "Sebastian Oliva" y ya con esto no se que pensar...

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  6. Andrés Martín, no se trata de volver al pasado sino de rescatar las cosas buenas que en él habían, y que no eran pocas.
    Y te confundes, y conoces poco las ideas de FRM, si crees que él tiene algo que ver con el primitivismo.
    El problema de nuestra época es que se le da demasiada importancia al progreso tecnologíco y sus "avances". Y no solo eso, sino que por dogmatismo se usa la palabra viejo como algo malo que hay que erradicar, y nuevo como aquello bueno que viene a sustituir lo viejo porque debe de ser así, como si fuese una verdad absoluta que no se pueda contradecir. Digamos que esto es como un mandamiento, de esta nueva religión que es la fe en el progreso tecnológico, que hay que cumplir obligatoriamente porque así lo exige el nuevo dios progre-tecnocrata.
    Lo que se trata es de esclarecer, por nosotros mismos, cual es la manera de vivir más humana. Y el oficialismo nos inculca que la manera más humana de vivir es la busqueda de la comodidad y de la riqueza material. Y eso no es así. Hay que romper con esa filosofía oficialista que nos convierte en cerdos de granja.

    Diego de Murcia

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  7. Me gustaría saber si hay alguna bibliografía fiable sobre los concejos abiertos y los bienes comunales para tratar de poner un poco de luz sobre las toneladas de mentiras y falsedades -como bien dice un comentario anterior- que se han vertido sobre la historia de nuestros antepasados.

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