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lunes, 5 de diciembre de 2011

“LA GUERRA DE ESPARTACO” III



Profundizando la reflexión, al hilo de lo expuesto por Aristóteles y Mill sobre la condición inherente al esclavo por causa de sus condiciones de existencia, podemos añadir lo siguiente a lo ya manifestado: 1) no es capaz de pensar porque su vida toda se realiza en el obedecer órdenes, al estar privado de voluntad propia[1]. Por tanto es inútil esperar que obre con inteligencia, que establezca un análisis de la situación, una estrategia y un plan de acción, y sin esto nunca puede alzarse con la victoria; 2) ha sido despojado, por el mismo hecho de ser esclavo, de sentimientos morales y grandeza de espíritu, pues sus vivencias se reducen a eludir el trabajo, escapar a los castigos, reñir con sus iguales y satisfacerse fisiológicamente, creando sujetos faltos de escrúpulos, 3) su posición ante la clase de los amos, de los esclavistas, es de envidia, no de rechazo por causas sublimes, por lo que desea eliminarlos para alcanzar el tipo de existencia que aquéllos llevan, explotadora, gozadora y perversa, lo que le conduce a exigir que otros sean esclavos suyos, 4) su adscripción coercitiva al trabajo no-libre hace que odie toda forma de trabajo y de esfuerzo, que desee una vida de holgazanería y total irresponsabilidad, 5) la turbia y ciega envidia hacia los ricos que padece le hace propenso a la venganza y a todo tipo de crueldades, 6) su conducta está regida por el miedo al castigo y por el ansía de premios tangibles, no por ideales trascendentes, no por la adhesión consciente a un proyecto de revolución integral, 7) al carecer de vida interior y juicio propio, el esclavo es, también y en un sentido sobre todo, esclavo de sí mismo, 8) abandonado a sus impulsos, sólo concibe salidas personales y egotistas, no colectivas, únicamente le motiva la búsqueda del propio interés. Todo ello estatuye el contenido concreto de la frase, tantas veces repetida y tan cierta, de que el esclavo ama sus cadenas.
                La conclusión a extraer es que no puede haber una revolución de los esclavos sin que antes éstos hayan roto en el interior de sí mismos, por medio de una decisión consciente mantenida en el tiempo con espíritu esforzado, firme y sacrificado, con la mentalidad y manera de ser que se derivan, objetivamente, de su condición de sometidos, de no-libres.
                El adagio clásico “Vencerse para vencer” expone de forma concisa la verdad en esta cuestión.
             El análisis marxista, en sus extravíos, ignora lo sabido desde hace milenios sobre la realidad de la condición esclava y establece como primera contradicción de las sociedades de la Antigüedad la que se daba entre esclavistas y esclavos. Pero esto no se observa en la historia real. Los alzamientos de esclavos fueron pocos, además de dispersos y espaciados, y tuvieron un significado bastante reducido, dejando a un lado el de Espartaco, dirigido por hombres que no eran esclavos de nacimiento y que por ello no habían interiorizado las taras inherentes a la condición servil. En el declive y hundimiento final de Roma en el siglo V (aunque los reinos germánicos fueron en todo sus herederos en el Occidente de Europa) la función desempeñada por las luchas de los esclavos resultó ser insignificante[2].
                La versión mecanicista y deshumanizada del mundo que el marxismo preconiza, pura chatarra verbal decimonónica, es incapaz de comprender que la historia no es un gran mecanismo de relojería dinamizado por determinaciones económicas sino la acción concreta libre-finita de los seres humanos reales por lo que la calidad concreta de éstos, a un lado y al otro de las barricadas, es la que determina el desenlace de los grandes enfrentamientos en el decurso de los siglos y milenios.
                En verdad, quienes jalean a “las masas” en sí es porque pretenden valerse del ciego pero siempre manipulado actuar de éstas para alzarse con el poder absoluto, arrebatándoselo a las actuales clases dominantes y propietarias, como se ha puesto de manifiesto en todas las revoluciones dirigidas por Partidos Comunistas y otras formaciones similares. Por eso la izquierda se opone rotundamente a la elevación intelectual y moral del pueblo preconizando el activismo, pues únicamente desea servirse de la masa popular como carne de cañón para alcanzar sus designios totalitarios, de la misma manera que una gran parte de los jefes de la rebelión de Espartaco ansiaban pasar de esclavos a esclavistas pero en absoluto abolir la esclavitud.
                Frente a las innumerables veces fracasada en la práctica concepción mecanicista, determinista y economicista del cambio social defendida por una “radicalidad” de pacotilla, la rebelión de Espartaco viene a otorgar la razón a una interpretación reflexiva, moral, política y convivencial de aquél. En ella la persona es el actor fundamental, como ser humano concreto-real, con méritos y deméritos, con cualidades y vicios, que necesita auto-transformarse para transformar la realidad social, y que se empeña en una batalla interior tanto como en una exterior por mejorarse y mejorar, por cambiarse y cambiar, en busca de una conducta nueva para sí tanto como de un nuevo orden político, convivencial, de cosmovisión, de metas históricas y económico para la sociedad. De ese modo se eleva de objeto a sujeto, de efecto a causa, de casi nada a lo más importante. Tal interpretación pone al ser humano por delante de todo arrumbando las chifladuras decimonónicas de una vez por todas, las cuales sólo han llevado a crímenes y genocidios sin cuento y, finalmente, a recrear un capitalismo de Estado (y luego privado) mucho peor que el derrocado[3].
                Lo decisivo en la historia es la lucha entre la libertad y la opresión, que suele tomar la forma concreta de antagonismo entre el pueblo y el Estado. Al lado de ella la pugna económica entre las clases es un asunto de secundaria importancia. El economicismo del marxismo manifiesta que éste es meramente una variante de la ideología burguesa dirigida a los trabajadores y la intelectualidad, a quienes traslada la concepción del “homo oeconomicus” para integrarlos en la producción capitalista de la mejor manera posible, como así ha sucedido. Sin el marxismo el capitalismo no habría alcanzado el grado de desarrollo, fuerza y solidez que hoy posee. Esto se prueba, también, recordando que todas las revoluciones marxistas han creado un super-capitalismo, primero estatal y luego estatal y privado. No podía ser de otro modo.
                Sin cambio en el sujeto, que elimine hasta donde es posible -parcialmente- las lacras que el esclavismo y neo-esclavismo crean en el ser humano no es posible la revolución, no hay manera de liquidar el viejo y nuevo esclavismo.
                De la reflexión sobre los fracasos de todas las rebeliones de esclavos surgió una nueva vía hacia el cambio social y la liquidación de la servidumbre, la preconizada por el cristianismo, hasta el siglo IV una fuerza revolucionaria de gran poder de innovación. A través de un camino muy tortuoso, y transformándose a partir del mencionado siglo en monacato revolucionario, el cristianismo logró eliminar la esclavitud como relación social significativa en el Occidente de Europa, durante los siglos VIII-XI. Tal es lo que analiza, por ejemplo, Pierre Dockés en “La liberación medieval”, obra difícil y no exenta de errores graves, pero provechosa a fin de cuentas. Lo hizo alumbrando una sociedad, para el caso de la península Ibérica, cualitativamente mejorada, con concejo abierto, comunal y práctica inexistencia de la propiedad privada, derecho consuetudinario, armamento general del pueblo en las milicias concejiles, ausencia de dinero, inexistencia de patriarcado y cosmovisión del amor de unos a otros. Sociedad que, con todo, no era perfecta pues casi desde el comienzo tuvo monarquía, lo que da cuenta de la complejidad casi infinita de la historia real, que no admite las simplificaciones pueriles a que se entrega el marxismo.
                Por el contrario, la abolición de la esclavitud que acaece en el siglo XIX no tuvo nada de revolucionario, pues el objetivo es sustituir aquella ya arcaica forma de dominación por otra mucho más perfecta, la propia del trabajo asalariado[4]. Desacierta Aristóteles cuando alega que éste es una forma de “semi-esclavitud”. Quizá tuviera algo de razón para su tiempo pero hoy y aquí es en realidad una expresión perfeccionada y aún más opresiva y deshumanizadora de esclavitud. Ello se manifiesta en que destruye y aniquila la esencia concreta humana con mucho más vigor y eficacia que el viejo esclavismo. Por tanto, para su desmantelamiento completo, las lecciones de la rebelión de Espartaco son de enorme utilidad.
                Para terminar se dirá que las modernas rebeliones de los esclavos asalariados, por ejemplo, la guerra civil de 1936-1939 deben ser tratadas, en lo epistemológico, con el mismo método aplicado a la intelección de la revuelta de Espartaco. Pero nos encontramos con que tal es prohibido de facto por quienes no conocen otro género que el apologético, negándose en redondo a extraer lecciones de los acontecimientos históricos. De esa manera sacrifican las revoluciones del futuro a las del pasado, se desploman en la indigencia mental y se reducen a meros loadores inmóviles, crispados y petrificados de lo que fue, que para más inri consistió en un fracaso descomunal de los esclavos asalariados que entonces combatieron. Esto se debió más a sus tremendos errores y deficiencias que a los méritos de Franco, el nuevo Craso, y los suyos. Eso otorga la razón al dicho sobre que quienes desconocen la historia están condenados a repetirla.
                La rebelión de los esclavos en Italia en el año 73 antes de nuestra era fue un acto justo, magnífico y en sí mismo emancipador en su fase más inicial. Hoy, la mayor expresión de respeto y afecto por quienes lo realizaron es extraer lecciones de él para aplicarlas a futuras revoluciones, a fin de lograr que, éstas sí, sean victoriosas en la más amplia acepción del término.
                                                                                 Noviembre 2011



[1] La incapacidad para pensar y cavilar, por tanto de calcular y planear, del esclavo es señalado por muchos autores, entre ellos Adam Smith en “La riqueza de las naciones”, donde constata que “los esclavos carecen de inventiva por lo general y así, cuantos adelantos importantes han tenido lugar… han sido obra de hombres libres”. Cierto, y que ahora la sociedad se caracterice por el agotamiento casi completo de la creatividad y la innovación en todos los órdenes es prueba añadida que vivimos en la sociedad neo-esclavista más perfecta y completa conocida, que debe ser derrocada por una gran revolución integral, al mismo tiempo democrática, axiológica y civilizadora.
[2] Si se consulta una obra marxista clásica, como es “Historia de Roma” de S.I. Kovaliov, para el caso de la rebelión de Espartaco se encuentra la conocida incapacidad de esta escuela para explicar los acontecimientos históricos. Aquélla, en vez de analizar las condiciones objetivas y subjetivas que hacen que los esclavos, si no se auto-transforman, no pueden vencer, acudiendo al análisis de lo mucho que se sabe sobre la naturaleza real del sujeto sometido a esclavitud, sale del paso invocando “las condiciones histórico-objetivas”, esto es, la falta de base material para que triunfara el alzamiento de los esclavos, que supuestamente se darían unos siglos después. Pero cuando Roma entra en decadencia, a partir de finales del siglo II de nuestra era, es precisamente cuando menos rebeliones de esclavos se dan, de manera que éstas no desempeñan ningún papel en el final de Roma. Es más, el Imperio Romano de Oriente, donde el esclavismo fue más rotundo y generalizado, no conoció crisis alguna de importancia, manteniéndose aún por siglos. Todo ello no puede hallar ninguna explicación a partir de esa ridiculez denominada “materialismo histórico”, o interpretación marxista de la historia universal, un atentado a las formas más básicas de objetividad deseada y auto-respeto intelectivo.
[3] Paradigmático es el caso chino, donde el socialismo construido por el Partido Comunista de China ha creado una sociedad totalitaria (fascista de facto) de tal naturaleza que está ocasionando un retorno a formas cuasi-esclavistas e incluso abiertamente esclavistas de trabajo. El Libro “La silenciosa conquista china”, J.P. Cardenal y H. Araújo, explica que la presencia de las depredadoras empresas multinacionales chinas en unos 25 países de África, Asia y Latinoamérica está llevando a sus trabajadores autóctonos a formas de explotación que sólo pueden calificarse de esclavistas, incluso con maltrato físico en un cierto número de casos. Esa es la obra cumbre del marxismo, del izquierdismo y del comunismo. No se debe olvidar que el PC Chino es “partido hermano” del PC de España (núcleo de Izquierda Unida), lo que indica que éste comparte los mismos fines y métodos que aquél, cosa ya sabida, aunque por el momento, muy a su pesar, no pueda realizarlos. Similares son los casos de Cuba, Vietnam, etc., por no citar a la extinta Unión Soviética, Camboya, Corea del Norte u otros países. Empero, el caso chino, por causa de sus múltiples horrores, es el final de la larga trayectoria histórica de un proyecto teorético y político, el marxista, que prometiendo la “liberación total de los oprimidos y explotados” ha sido poco más que una vulgar vuelta al esclavismo y a la peor expresión de la dictadura política: la historia de la rebelión de Espartaco se repite.
[4] Los avatares de la rebelión de los esclavos negros en Haití a partir de 1791 se ajusta con asombrosa exactitud al mismo patrón, en lo sustancial, de la realizada por Espartaco y su gente casi dos milenios antes. En el más asequible “Estudio preliminar” de Florinda Friedmann a “El Reino de este mundo”, de Alejo Carpentier, hay una descripción aceptable de los hechos, que se resumen a continuación. Aquel año las y los esclavos negros haitianos se alzan contra el colonialismo francés y en 1804 alcanzan la victoria y la independencia del país, bajo la dirección de J.J. Dessalines, hombre negro, tras una lucha llena de atrocidades, racismo anti-blanco, hedonismo desenfrenado y violencia sádica a gran escala por parte de los insurgentes. Ése se hace coronar emperador (también algún jefe de rebeliones de esclavos en Sicilia, anteriores a la de Espartaco, se declaró rey cuando venció transitoriamente) con el nombre de Jacques I, siendo asesinado por los suyos en 1805. Le sucede H. Christophe, igualmente varón negro, que se proclama asimismo emperador y construye una ciudadela de colosales proporciones, la Ferrière, desde la que aterroriza a sus desventurados súbditos. Además, restablece la esclavitud, en una variante mucho más cruel que la existente bajo los franceses, lo que cierra el ciclo de la rebelión de los esclavos de Haití. Vemos, pues, que las diferencias raciales nada importan y que las constantes de la historia que marcan el fatal devenir de las rebeliones de los esclavos y neo-esclavos se cumplen en todas las condiciones. Romper esa fatalidad es el reto número uno de las revoluciones del futuro.

2 comentarios:

  1. Muy buen artículo.

    Fue este artículo tuyo de la guerra de Espartaco lo que hizo que empezara a leerte.

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  2. Buen artículo pero hay un asunto capital que queda sin tratar.

    ¿Que pasa con los esclavos que no quieren dejar de ser esclavos?

    ¿Que pasa si vivimos en un país donde el 99% de la gente quieren seguir siendo esclavos, porque les parece mas cómodo y seguro renunciar a la libertad, porque odian y temen a la libertad, y que por tanto abuchean a cualquiera que les hable de ser libres y le ahostian como les insista?

    ¿Que pasa entonces?

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