Los
recientes acontecimientos en Italia, en que cientos de subsaharianos negros se
manifestaron contra el asesinato de varios de su etnia por un militante de la
extrema derecha blanca al grito de “¡Italianos racistas!”, demanda un esfuerzo
de reflexión sobre un asunto extraordinariamente embrollado por los aparatos de
propaganda del poder político, académico, mediático, partidista y económico,
aunque en sí mismo es bastante simple y fácil.
Uno de sus elementos más preocupantes
es la persistencia del racismo antinegro al mismo tiempo que el ascenso
vertiginoso del racismo antiblanco.
La creencia de que existe un tipo de
racismo y sólo uno, que se vincula con los fascismos, en particular con el
nazismo y su fúnebre mito de la raza aria, no resiste la observación más
simple. Por ejemplo, el Partido Pantera Negra, que logró un cierto predicamento
en los años 60 del pasado siglo en EEUU, hoy desaparecido, era una formación
cien por cien de ideología racista, para la que los blancos eran el mal, en
bloque, y los negros, no menos en bloque, el bien.
El racismo de los Pantera Negra fue
admitido por casi todos, especialmente entre los blancos, porque venía envuelto
en unos argumentos victimistas y acompañado de unos análisis históricos y
actuales sin fundamentos objetivos, fabricados precisamente para mantenerlo.
Su solución programática al muy real
racismo antinegro, entonces bastante poderoso en ciertos ambientes de EEUU, era
la “República negra”, esto es, la constitución de un Poder Negro en un
territorio concreto, lo que llevaba aparejado realizar una labor de limpieza
étnica contra los miembros de las otras razas, no sólo de la blanca. Esta
aberración, copiada de los planes urdidos por los nazis para ser aplicados en
ciertos territorios del Este europeo, fue admitida sin presentar críticas por
millones de mujeres y hombres blancos, por dos razones.
Una, que estaban abrumados por
sentimientos de culpa prefabricados por el Estado y el capital. La otra que
consideraban a las personas negras con criterios paternalistas, a través de una
ideología condescendiente y prepotente, la de la “ayuda”, que les impedía
tratarlas en pie de igualdad y no como niños, lo cual incluía el discrepar de
ellas y presentarles críticas cuando fuese apropiado. El paternalismo es una
forma de racismo. Eso significa que el vehemente “antirracismo” de millones de
blancos era y es una forma peculiar de racismo.
Lo cierto es que el Partido Pantera
Negra fue tan racista como el Ku Klux Klan. Éste racista antinegro y aquél
racista antiblanco.
Otra desagradable expresión de
racismo antiblanco, que ha afectado a millones de personas en todo el mundo, se
dio con el ascenso político de B. Obama en EEUU, en los años 2008 y siguientes.
Dado que Obama es negro, la prensa y los profesionales del “antirracismo”, tan
generosamente financiados siempre por el par Estado-capital, en especial la
progresía y las ONGs, promovieron una ola de simpatía sin precedentes hacia él:
¡le estaban juzgando por el color de su piel! La cosa fue tan tremenda que
tales racistas se negaban en redondo a admitir que Obama, como cualquier otro
ser humano, debía ser juzgado por sus actos exclusivamente, y no por sus rasgos
étnicos, en sí mismos irrelevantes en un sentido u otro.
El examen de los hechos indica que
el racismo es un problema muy grave que va mucho más allá de una de sus
concreciones, la que se dirige contra la gente negra y otras etnias “de color”.
Hay muchas formas de racismo, por ejemplo, el de ciertos norteafricanos contra la
gente negra, que tiene hoy en Libia una de sus expresiones más a lamentar, cuyo
fundamento histórico es que ese país ha sido por siglos uno de los puntos clave
de la trata de esclavos negros en el mundo islámico, activa (y en cierta
medida, sigue siéndolo en algún área, como Mauritania) hasta hace muy poco,
dada la pertinaz resistencia de las sociedades islámicas a abolir la esclavitud
admitiendo la dignidad y valía sustantivas del ser humano sólo por serlo.
Lo cierto es que, mientras el
racismo antinegro está en regresión por todo el mundo, el racismo antiblanco,
mantenido por algunos sectores de varones negros aquí y allá (en tanto que
negocio particular sustentado en el victimismo), y sobre todo por blancos de
ideas “radicales”, está en constante ascenso, sin que nadie se enfrente a él.
Explicar por qué muchas y muchos
blancos son racistas antiblancos es algo bastante complejo. Lo cierto es que el
“antirracismo” ha sido convertido en una religión política, para ser más
exactos, en la más agresiva e irracional de las religiones políticas en curso,
en relación con la cuestión de la inmigración pero también y sobre todo por
motivos mucho más profundos y, desde luego, inconfesables, que se intentarán ir
desvelando en este trabajo y en otros.
En los sucesos de Italia hace unas
semanas encontramos lo habitual, la inmensa mayoría de la población, blanca y
no blanca, condena el racismo contra las personas negras, lo que es muy loable,
pero nadie levanta su voz para censurar el racismo de algunos individuos negros contra los blancos, porque
acusar sin fundamento a otros de racismo, en particular a toda una comunidad
humana sólo por el color de su piel, es una aflictiva forma de racismo.
De lo que se trata es de negar y
repudiar el racismo en todas sus formas, y no sólo en una, rechazando toda idea
de superioridad o privilegios a favor de una raza, es más, negándose a otorgar
al color de la piel y demás rasgos físicos externos, sean los que sean, ninguna
significación de importancia.
Las religiones políticas son
formaciones ideológicas muy peculiares. Su discurso es simple, para poder
repetirlo una y otra vez en la forma de propaganda y consignas, y se
desentiende por completo de la cuestión de la verdad. No apelan a la reflexión
sino a las emociones y los estados de ánimo más primarios. Quien discrepa es
presentado como un ser diabólico, como un no-humano que puede y debe ser
linchado. Negarse a comulgar con el sistema de creencias de la religión
política de turno es presentado como un pecado más que nefando, algo del todo
intolerable. Los adeptos se crean y mantienen por un colosal uso del terrorismo
verbal, fomentando el pánico a divergir y por medio de la manipulación más
inescrupulosa de las emociones, el victimismo sobre todo.
En el mundo maniqueo y enloquecido
propio de esta religión política se establece quien es el Bien, o Dios (en este
caso la gente negra), y quien es el Mal, o Satán (las personas blancas),
explicándose todo a través de la pretendida lucha eterna, o poco menos, entre
las razas. Su verdadera meta es más prosaica: culpabilizar a gran escala y con
enorme intensidad a las poblaciones mayoritarias, para lograr destruir
psíquicamente al sujeto, haciéndole dócil y sumiso al poder constituido, más
apto aún para ser humillado y explotado por el capital.
(Continuará)






