Los
datos institucionales sobre la extensión de la superficie forestal en nuestro
país no pueden ser más optimistas… ni más taimados. Hemos pasado, dicen, de
13,8 millones de hectáreas en 1990 a 18,4 en 2015, un incremento del 36% en 25
años. En los últimos 15 han sido repobladas 1 millón de hectáreas, de las que
700.000 son tierras agrícolas, siendo el segundo Estado europeo por la
extensión de los espacios arbolados, tras Suecia. Hay ya 17.800 millones de
árboles, unos 387 por persona. ¿No es maravilloso?
Ello
es coincidente con lo que está sucediendo a nivel mundial, pues las masas
arbóreas están disminuyendo en las áreas tropicales y también, aunque menos, en
las boreales, y ampliándose en las templadas económicamente desarrolladas.
¿Dónde
está la trampa?
Para
comenzar, en las especies utilizadas y en la condición de esos supuestos nuevos
“bosques” que, en su inmensa mayoría son sólo plantaciones forestales con
especies de crecimiento rápido, coníferas, eucaliptos y chopos. En el arbolado hoy
existente las diversas variedades de pinos son el 32% y el eucalipto el 3,5%,
cifras equivalentes a la de los quercus (encinas, robles, quejigos, etc.), el 36,5%.
En un cajón de sastre denominado “Otros”, el 11%, se ocultan púdicamente los
chopos, otro cultivo forestal. Si las instituciones no consideran “bosque” al
olivar ni a los cítricos ni a los frutales de hueso, ¿por qué sí a los plantíos
forestales?
No acaba
ahí la manipulación. Aquellas cifras miden lo que hay ahora, que poco tienen
que ver con lo que se ha estado haciendo en los últimos decenios. Los datos de,
aproximadamente, hace 25 años señalan que coníferas, chopos y eucaliptos
constituyen la abrumadora mayoría de las “especies
repobladas en España”, quedando para la totalidad de las “otras especies” un raquítico
porcentajes, el 2,4%[1]. Esto
quiere decir que, de no haber transformaciones sociales radicales, el bosque ibérico
quedará no en demasiado tiempo reducido a su mínima expresión a favor de los
cultivos forestales.
El aún
real predominio de los quercus se realiza hoy con masas boscosas abandonadas, en
regresión y con buena parte de los arboles envejecidos, además de enfermos. En
unos decenios, la gran mayoría de las formaciones arboladas serán sembradíos forestales,
bosques de pega, perjudiciales para el ciclo hidrológico, la calidad de los
suelos, el clima, la biodiversidad y el paisaje. Asistimos no a un incremento
de los montes naturales sino a su paulatina sustitución por colosales plantaciones
que muy poco tienen en común con las verdaderas florestas de las áreas
templadas, no sólo con los bosques primarios, ya casi inexistentes en Europa
Occidental, sino tampoco con los secundarios, aquellos que fueron talados y
luego se regeneraron.
Hay
que tener mucha desfachatez para presentar como “bosques” los hórridos pinares
de repoblación, los lúgubres eucaliptales o las ramplonas choperas que degradan,
erosionan, secan, acidifican, saharizan y afean cada vez más extensas áreas
peninsulares. Incluso cuando conforme al
Programa de Forestación de Tierras Agrarias se han puesto encinas, en muy
pocos casos pues los pinos prevalecen, ¿podemos llamar “bosques” a esos desdichados
conjuntos de arbolillos alineados, simétricos e idénticos?
Un monte
templado tiene lo que ahí no se encuentra, cuatro niveles o estratos: arbóreo,
arbustivo, lianoideo y herbáceo, e incluso un quinto, el de los hongos y
tubérculos. Es multiespecífico en cada uno de ellos, y mantiene una fauna no
menos rica y diversa, dándose una interacción entre todos sus componentes, que
se constituyen como un todo. A ese todo se le denomina bosque.
Las
plantaciones forestales no cumplen las funciones propias de los bosques, o lo
hacen de manera mínima respecto a alguna de ellas. No, o apenas, crean lluvia,
no producen humus, no atemperan el clima. Dañan los suelos al acidificarlos, secando
además arroyos y manantiales (los eucaliptos en particular). No producen frutos
para la fauna, o estos son exiguos, arrasan la biodiversidad y su madera es de
baja calidad, sin más utilidad que servir de materia prima a, sobre todo, las papeleras
y la industria del tablero. Inicialmente, fijan anhídrido carbónico pero la
corta, completa o parcial, de esas plantaciones deja sus suelos entregados a la
erosión y cada vez menos aptos para ser arbolados. Así se crea una tendencia al
descenso de la masa vegetal total, por tanto, al acrecentamiento de los gases
de efecto invernadero. El declive de los bosques es al mismo tiempo causa
principal y consecuencia del cambio climático.
Esto
en lo cuantitativo. En lo cualitativo hay todavía menos razones para el
optimismo, pues los bosques auténticos padecen una situación más y más alarmante.
Los
quercus están afectados por la “seca”.
El rigor y la enorme duración de la sequía estival en condiciones de descenso de
la capa freática hacen que muchos encinares y chaparrales viren hacia el color
marrón al final del verano por estrés hídrico. Se recuperan con las lluvias del
otoño-invierno pero la disfunción padecida casi año tras año les va
debilitando. El abandono de las labores tradicionales en las dehesas y montes
coopera en que las glandíferas estén en regresión. El color crecientemente
enfermizo de los abetos pirenaicos no anuncia nada bueno. Hasta no hace demasiado
los hayedos llegaban a los Montes de Toledo pero hoy se están apagando en el
Sistema Central, al no poder resistir los abrasadores y larguísimos veranos
ocasionados por el cambio climático. Algo similar sucede con los abedules, que
sobrellevan grandes calores si los suelos tienen humedad, justo lo que ahora
falta. Los alisos, esos prodigiosos árboles fijadores de nitrógeno con sus
raíces, demandan corrientes de aguas permanentes pero estas, ¡qué dolor!, son
cada vez más escasas. Las dos especies de tilos propias de la península
Ibérica, tras ser prácticamente liquidadas en sus áreas naturales por la monomanía
de la pinificación productivista, sobreviven escasos por barrancos y cortadas.
Éstos y las hayas quizá sean los más aptos para producir lluvias y crear agua,
de manera que su decadencia manifiesta lo acelerado de la marcha hacia la
aridificación y desertificación de la península Ibérica.
Se
presume de haber solventado el problema de la lluvia ácida, lo que al menos
parcialmente es cierto, pero nada se dice de la contaminación por metales
pesados. El ozono troposférico, producido en las metrópolis, y el agujero de la
capa de ozono, creciente a pesar de los sermones optimistas que nos endosan,
militan contra el buen estado del arbolado. Las plagas de insectos proliferan
con el ascenso de las temperaturas y la decadencia de las poblaciones de aves y
murciélagos, de manera que los bosques sufren más que nunca sus embestidas. Una
expresión inequívoca de la mala salud de los montes es el incremento del índice
de defoliación de los árboles, que todos los estudios realizados desde hace
cuarenta años detectan. La creciente pérdida de hojas manifiesta su pérdida de
vitalidad. Se admite que el 25% de los árboles están enfermos, cifra demasiado
optimista, por desgracia.
La inmoral
pirotecnia verbal del Estado al anunciar que el problema de la desertificación
está siendo “resuelto” se dirige a atraer la confianza de las multitudes hacia
las instituciones, mostrando que desde ellas todas las dificultades pueden ser
superadas. Que eso sea una colosal impostura y que, en realidad, el bosque
digno de tal nombre esté ahora desapareciendo, con todo lo que ello lleva
aparejado de terrible y temible, dice muchísimo acerca del tipo de sociedad en
que vivimos.
¿Qué
podemos hacer?
Así
las cosas, lo primero es mantener la serenidad. La situación es difícil pero no
desesperada, estando obligados a presentar propuestas transformadoras. Tenemos
que confiar en que sea la iniciativa popular, autogestionaria, creativa y
revolucionaria, la que vaya estableciendo remedios, parciales y totales.
Lo
previo es el reconocimiento informado y razonado de la situación, conforme al
criterio de objetividad y verdad. Hay que profundizar en las causas del proceso
de sustitución de los bosques por los plantíos forestales. La vida urbana y las
ciudades, en tanto que espacio físico del ente estatal y la gran empresa
multinacional. Los intereses estratégicos de los Estados de la UE, que en este
asunto se manifiestan en la PAC (Política Agraria Común) y en la legislación
medioambiental que los ecofuncionarios bendicen. La noción de “bienestar” en
tanto que sinónimo de consumo creciente y despilfarro. La acción de los cuerpos
de altos funcionarios, en particular del de ingenieros de montes, culpable desde
el siglo XIX de la destrucción planeada de nuestras masas forestales
ancestrales[2].
Es necesario considerar críticamente a la agricultura y sus productos (cada día
más degradados y deletéreos, por lo demás), promoviendo el consumo de hierbas, plantas
y frutos silvestres, no como curiosidad o anécdota sino para que pasen a ser un
porcentaje elevado de nuestra dieta y una parte conspicua de nuestras medicinas.
Las
causas del mal son tan principales, al formar parte de lo más esencial del
sistema de dominación social, que no admiten pequeñas reformas ni cómodas
frivolidades ni fáciles optimismos. Revertir el proceso de liquidación del
bosque exige una revolución política y económica. Precisamente, la enorme
gravedad de la situación medioambiental está ayudando a tomar conciencia de que
en el seno del actual sistema no hay futuro para los montes ibéricos.
Al
mismo tiempo que establecemos denuncias estratégicas y formulamos un programa
realista de transformación integral de la sociedad, que es lo más importante,
tenemos que ir desarrollando iniciativas parciales. Éstas ni de lejos pueden
resolver el problema en su conjunto pero están en condiciones de, al menos,
paliarlo. Hay que ampliar y generalizar los trabajos de forestación, que ya
están haciendo pequeños colectivos, asociaciones, grupos de amigos, familias e
individuos. Es necesario multiplicar las iniciativas, la creatividad y el
esfuerzo en este magnífico quehacer.
Es
apropiado que la crítica de la ciudad vaya unida a su abandono voluntario para
constituir comunidades de nuevos pobladores rurales. Conviene que se haga de
manera consciente, como ruptura con un estilo enfermo y podrido de vida para
originar otro que contribuya no sólo a la recuperación del medio natural sino a
la constitución de una nueva sociedad y un nuevo ser humano capaz de
revolucionarizarlo todo conservando al mismo tiempo todo lo que merezca la pena
del pasado, los bosques entre ello.
No, no
vamos a admitir la saharización de la península Ibérica. En un lapso de tiempo
prolongado pero no excesivo, entre 50 y 100 años, vamos a lograr la
regeneración de los bosques, el retorno de los arroyos, el ascenso de la
biodiversidad, la reversión del cambio climático. Esto forma parte de lo
nuclear del proyecto y programa de revolución integral, y lo podemos realizar.
[1]
En “100 árboles y arbustos fáciles de
ver”, J.A. López-Sáez y J. Vega, 1995.
[2]
Viles son las declaraciones de, por ejemplo, Luis Gil, ingeniero forestal y
catedrático, sobre que “nunca ha habido
un momento mejor para los montes”. Lo cierto es que nunca ha existido un
momento mejor para el Estado y la gran empresa, al lograr imponer sus intereses
en este asunto casi sin oposición, pero para los bosques de verdad estamos en
la antesala de su práctica liquidación en la península Ibérica.
Los nuevos "bosques" cumplen extraordinariamente su misión: ser rentables a la vez que no son útiles, como mucho solo para albergar un chiringuito para domingueros. Se está invirtiendo mucho en envenenar el suelo y el aire como para que cuatro nostálgicos lo echen todo a perder.
ResponderEliminarProblemas muy graves: la propiedad privada y la ingeniería climática. Por un caso sólo se mira el beneficio económico directo del monte y a corto plazo. Y con la guerra climática y de metales pesados tenemos un problema gravísimo.
ResponderEliminarExcelente!. Las dehesas también tienen el problema de la falta de regeneración del arbolado, con muchos encinares y alcornocales fosilizados, pero efectivamente, surgen nuevas e ingeniosas fórmulas para resolverlas, como es el manejo holistico, o la sorprendente invención de los arbustos espinosos artificiales, también se están descubriendo nuevas especies de híbridos de quercus mas resistentes a enfermedades y variaciones climáticas. Éstas y otras innovaciones están siendo implementadas por el Pueblo en general
ResponderEliminarPor si fuera de interés para usted o sus lectores, tengo publicada la web plantararboles.blogspot.com
ResponderEliminarUn manual sencillo para que los amantes de la naturaleza podamos reforestar, casi sobre la marcha, sembrando las semillas que producen los árboles y arbustos autóctonos de nuestra propia región.
Salud, José Luis Sáez Sáez.
Gracias por tu trabajo y por enlazarlo aquí. Menuda labor más interesante y alentadora. Voy a leerte y a seguir tus ideas y recomendaciones, aprenderé mucho, que me hace falta. También te enlazaré en mi blog. Un abrazo.
Eliminar¡Una utopía forestal muy necesaria!
Ahí estamos, en el abandono voluntario de la ciudad... e intentar no seguir haciendo lo mismo pero en el campo...
ResponderEliminarPrecioso y preciso texto, gracias Félix.
Cómo Europa contribuyó al calentamiento global plantando árboles..........NO AUTOCTONOS!
ResponderEliminarDoctora Kim Naudts, quien realizó el estudio en el laboratorio de Ciencia Climatológica y Medioambiente en Gif-su-Yvette, Francia.
http://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/02/160208_ambiente_plantar_arboles_correctos_gtg