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viernes, 30 de enero de 2015

PARA LEER A LOS CLÁSICOS (y IV)





         Retornemos al punto de partida, ¿cómo leer a los clásicos?

Tomar las obras de Diógenes Laercio, Cornelio Nepote, Persio, Cicerón, Juvenal, Sexto Empírico, Horacio, Epicteto, Heráclito, Plutarco, Virgilio, Luciano de Samosata, Quintiliano, Longino, el Nuevo Testamento, Salviano de Marsella, Beato de Liébana, Sem Tob, Ibn Hayyan, Tocqueville, Cervantes, Mariana, San Juan de la Cruz, Fenelon, Jefferson, Kant, Quintana, Martínez Marina, Stuart Mill, Kropotkin, Orwell, Zubiri, Edgar Morin, Simone Weil… pone sobre la mesa problemas bastante complejos.

Sin duda, cada cual puede, y debe, hacer su lista de autores decisivos. Pero ha de ser común y compartida la convicción acerca de la centralidad de los clásicos y del pensamiento clásico como aproximación a una sabiduría que mueve al sujeto, al lector o lectora, a perfeccionarse en el discernimiento y en las obras. Porque los clásicos enseñan y los pedantócratas aleccionan, por eso los primeros inducen a ser innovadores y los segundos a simplemente repetir.

Leemos para llegar a crear, dado que los clásicos, antes que cualquier otra cosa son creadores, y ahí reside lo más importante a tomar de ellos. Aprender esto, precisamente esto, es primordial. No somos sus discípulos sino individuos iguales a ellos en la intención y la meta última, concebir y generar conocimientos que guíen nuestras mentes y conductas. A esto se une la constatación de que los clásicos son imperfectos, y que en modo alguno hay que admitir todo lo que exponen, siendo los hechos, la realidad y la experiencia el criterio último de validez y veracidad, no sus escritos.

El saber o es experiencial, de y desde la vida vivida, o se reduce a errores y patrañas.

Mientras el pedantócrata contemporáneo establece, reproduce y eterniza la relación maestro/discípulos, el autor clásico trabaja para una sociedad sin maestros ni discípulos, aunque no de manera populista o demagógica, pues atrae a los maestros a admitir y tratar su lado negativo y a los discípulos a esforzarse más y más para dejar de serlo.

Ser por un tiempo discípulo es bueno, más aún, es inevitable y necesario. Pero se es discípulo para dejar de serlo, temporalmente, mientras que hoy el individuo es rebajado a alumno perpetuo, a menor de edad permanente. De esa manera se deprecia, deshonra, desmoraliza y ningunea a la persona, cuando lo necesario es afirmarla, emanciparla, otorgarla autoconfianza, hacerla conocer las enormes potencialidades ocultas que tiene dentro de sí, que puede y debe activar. Usar a los clásicos para inducir al sujeto a que permanezca de rodillas ante ellos es una infamia. Es, además, negarles en lo que tienen de mas valioso.

La lectura de los clásicos ha de hacerse a partir del conocimiento experiencial de las realidades decisivas de nuestro tiempo, de su comprensión lo más veraz, extensa y objetiva posible por medio de una práctica comprometida con la libertad, el bien, la verdad y la revolución. Lo óptimo es combinar el estudio de la realidad con el estudio de los autores fundamentales y con la transformación revolucionaria de lo existente, considerado al yo como parte de lo a transformar y no como ser “perfecto” o, peor todavía, como “víctima”, la forma de narcisismo autodestructivo hoy más usada por el sistema de dominación-aniquilación.

Leer a los clásicos tiene que ser tarea popular, de la gente común, algo a realizar en lo principal fuera de las instituciones escolares y académicas, un acontecer integrado en la existencia y en los compromisos de cada cual, individuos y colectivos[1].

Con todo ello, y trabajando por recuperar -vivificar, recrear y aplicar- al mismo tiempo la sabiduría popular de la cultura oral, propia de las clases modestas, podremos contribuir a que las sociedades europeas superen su preocupante estado de aculturación, anomia, desmoralización, caos vivencial, desintegración psíquica y disfuncionalidad cotidiana, para que Europa vuelva a ser una fuerza cultural, política y moral que realice contribuciones de importancia a la emancipación integral de toda la humanidad.

La cultura occidental, una vez renacida, puede unificar a los pueblos europeos, en una hora crítica de su historia, en un tiempo infausto en que éstos y sus saberes están siendo negados desde arriba, por las clases mandantes y pudientes europeas, con un furor y un maquiavelismo que estremecen. Los próximos decenios resultarán decisivos en este asunto, en ellos la re-culturización de Europa será una cuestión de primera importancia.
Fin


[1] Una de las cuestiones a examinar en el Encuentro 2015 de Reflexión por la Revolución Integral, a realizar previsiblemente en mayo de ese año, ha de ser la aculturación popular y los procedimientos que están en nuestras manos para promover el estudio y la aplicación de los clásicos a la comprensión y resolución de los grandes interrogantes del siglo XXI.

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