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domingo, 3 de junio de 2012

“MODERNISMO Y FASCISMO” Roger Griffin - Madrid 2010



Estamos ante un libro bien construido, proveniente de un notable trabajo de investigación, escrito con elegancia, traducido con rigor y fascinante por varias razones. Una es que evidencia que los fascismos, lejos de surgir de la reacción agraria, clerical y precapitalista, son expresión de la modernidad más dinámica e innovadora. Para el caso español el fascismo de Franco es originado sobre todo por las facciones más modernas de la sociedad española traumatizadas a causa de “el Desastre” de 1898: la tecnocracia, el pensamiento económico y el desarrollismo industrializador, sin olvidar la intelectualidad cosmopolita, Ortega en primer lugar, como muestro en el capítulo I de “Naturaleza, ruralidad y civilización”.

Los intelectuales progresistas, con su peculiar desdén por la verdad (para ellos la propaganda es el todo), todavía se obstinan en que el fascismo de Franco fue consecuencia del “atraso” de España y del mundo agrario “semi-feudal”. Lo cierto es que era la manifestación política del capitalismo más innovador y que por ello industrializó territorios antes ajenos a la modernidad económica, como Galicia, Navarra, Huelva, La Mancha, Álava, Tarragona, Burgos e incluso Madrid. En ellos la gran industria, con su acompañamiento de innovación ideológica y sociológica, se hizo real por causa del franquismo, esto es, del fascismo español. De éste apenas se ocupa Griffin, centrado en Alemania e Italia, pero sus conclusiones para dichos países son aplicables a nuestro caso.

Expone sin ambages que “el propio fascismo es una variante del modernismo”, consideración que refuta a quienes creen encontrar la causa agente de los fascismos en “los residuos pre-modernos”, lo “semi-feudal” y en otras fantasmagorías inventadas para la ocasión. No: el fascismo brota de los consejos de administración de las grandes empresas, de la intelectualidad más cosmopolita y viajera, de las clases medias ansiosas de bienestar, de la ensangrentada herencia de la Constitución gaditana de 1812, que tritura la sociedad popular pre-moderna, y de todo lo que es progreso, desarrollo, tecnología, ciencia económica, cultura académica y similares.

Quienes falsean la historia a sus anchas niegan, por ejemplo, que la sociedad rural popular tradicional libró contra el fascismo la última gran batalla por su existencia con el maquis, en 1939-52. Mientras las ciudades y las clases urbanas se adaptaron al fascismo (si es que no se unieron a él) la ruralidad resistió. Fue derrotada -no podía ser de otro modo- pero mostró que su naturaleza era incompatible con el fascismo. Por eso éste la destruyó: existía cuando triunfó el fascismo y ya no existía cuando éste se mutó a parlamentarismo, en 1974-1978.

El fascismo es la ciudad, no la ruralidad. A ésta la odió y agredió tanto que la aniquiló.

La gesta del maquis antifascista fue, en esencia, una contienda entre la formidable tradición popular agraria de los diversos pueblos peninsulares y la modernidad, la primera en tanto que pueblo en armas y la segunda en tanto que fascismo de Franco.

En correspondencia con lo expuesto, el libro citado, al estudiar la Italia fascista, señala quiénes fueron sus fundamentos sociológicos: “artistas, arquitectos, diseñadores y tecnócratas importantes de vanguardia”. Advierte que Filippo Marinetti fue uno de sus ideólogos a la vez que “el fundador de uno de los movimientos más radicales de la estética modernista”. 

Lo que Griffin denomina “triunfo de la modernidad” en unas determinadas condiciones y fascismo vienen a ser lo mismo.

El libro está ilustrado con interesantes fotografías, que muestran hasta qué punto la arquitectura de vanguardia fue fiel a Mussolini. Por ejemplo, la Casa del Fascio de la ciudad de Como, 1936, es un modelo acabado del vanguardismo más radical, que no sólo se pone al servicio del fascismo sino que se hace el corazón mismo de éste.

Dedica un sabroso apartado a refutar la idea de que el nazismo rechazó la modernidad y las vanguardias artísticas, uno de los tópicos más habituales. Explica que, si bien es cierto que Hitler tenía debilidad por lo peor del clasicismo, otros nacional-socialistas, algunos tan feroces como Goebbels y a menudo más nazis que Hitler, reverenciaban el llamado “arte degenerado” en muchas de sus expresiones, lo que impide generalizar y más aún hace imposible asignar a las aculturadoras, antipopulares, deshumanizadoras, pro-capitalistas, anti-arte y simplemente ridículas vanguardias artísticas un antifascismo poco menos que ontológico.

Griffin insiste en “la íntima relación que existe entre modernismo y fascismo” y titula un capítulo de manera exacta, “El marxismo como modernismo”, seguido de otro con un no menos rotundo encabezamiento, “El fascismo como modernismo político”. Esta identificación de facto entre marxismo, fascismo y modernismo es muy pertinente. Ya no puede negarse, si se reflexiona desde la experiencia histórica y no desde los dogmatismos o teoricismos, que el marxismo es una variante de ideología burguesa-capitalista dirigida al proletariado y a la intelectualidad, construida para atraer a estos dos grandes sectores sociales a la modernidad, a fin de incorporarlos a la lóbrega tarea de crear un mundo al ciento por ciento dominado por el dinero, el mercado, el interés particular egotista, la destrucción de la esencia concreta humana y el Estado.

Examina el libro comentado “la tecnocracia fascista” en Italia, uno de los ingredientes de esa hórrida mezcolanza ultra-moderna denominada régimen fascista. Señala que la meta última de Mussolini era convertir dicho país en “un Estado moderno, eficaz y poderoso”. Lo mismo pretendían la Falange y Franco, discípulos del fascismo italiano y lo mismo anhelaban el progresismo y la izquierda, supuestamente antifranquistas, el PSOE, el PCE y los grupos marxistas satélites. Al respecto, conviene no olvidar que el PCE dio respaldo de facto a la política del franquismo para el mundo rural en los años 60 del siglo pasado, aplaudiendo la destrucción de la sociedad agraria tradicional por aquél.

Todas las fuerzas políticas reverentes con la modernidad coinciden en lo sustantivo, el marxismo con el fascismo, el liberalismo con la estatolatría, la monarquía con la república, la socialdemocracia con la derecha parlamentarista. Todas tienen como meta destruir la libertad y devastar al ser humano, de ahí que sus programas sean uno y el mismo.

         Para el caso del nazismo, Griffin se apoya en la obra de L. Kroll a fin de refutar “empírica y teóricamente” que aquél fuese “la encarnación de una “antimodernidad” retrógrada y reaccionaria”. Lo correcto es, añade, referirse a “la modernidad alternativa del nazismo”, admitiendo que éste es una expresión militante de lo moderno, que se caracteriza por su agresividad superlativa, por su voluntad de imponerla a sangre y fuego.

Dado que la modernidad es opresión total con destrucción total del sujeto y total deshumanización, las clases populares han resistido al atroz proyecto de construir una mega-dictadura estatal y capitalista que realizase aquélla.

Un apartado del libro, que proporciona a quienes amamos el mundo rural popular tradicional (hoy ya no existente) y execramos la modernidad unos deliciosos momentos de autocomplacencia, es el titulado Mein Kampf como manifiesto modernista”. En efecto, después de ser tantísimas veces ultrajados por los hiper-modernos, progresistas y vanguardistas, ¿cómo no vamos a leer con satisfacción este capítulo? En él queda claro que los calumniadores son fascistas o cuasi-fascistas y nosotros, los calumniados porque creemos que la no-modernidad popular es (fue) buena, si bien no perfecta, los verdaderos e incluso los principales antifascistas.

 No menos satisfactorio es leer que el tan jaleado y loado, por la izquierda, Estado de bienestar fue en Alemania cosa de los nazis (en “España” imposición del franquismo, que lo estatuye en 1963). Aquí vemos que izquierda y nazismo se unifican, al ser dos modos de modernidad. Son esencialmente la misma política, sobre todo en su aborrecimiento a lo humano y en su repudio de la libertad ontológica de la persona, que se proponen destruir para siempre. Su veneración por el Estado reúne en lo sustantivo a nazis e izquierdistas. En efecto, en el centro del horror, chorreante de mugre, detritus y sangre, está en el Estado. O hay Estado o hay pueblo, o prospera la modernidad o avanza la revolución. Tal es el principal dilema político de nuestro tiempo.

Finalmente, si como dice Griffin, el fascismo es modernidad, ¿se puede sostener que la modernidad es fascismo? No siempre. Hoy es parlamentarismo, una forma de dictadura del ente estatal y el capital más eficaz que los viejos fascismos, en el sentido de someter mucho más y mucho mejor a las clases populares.

Quienes rechazamos la modernidad obra del Estado y de la burguesía podemos mirar con esperanza el futuro, pues aquélla se está desenmascarando bastante deprisa. Cada día que pasa manifiesta  en la experiencia que es el mayor atentado de la historia de la humanidad a la libertad, a la verdad, al bien moral, a la convivencia, a la virtud y al mundo natural. Están, por tanto, madurando las condiciones para derrocarla y realizar el gran programa de la revolución integral.

1 comentario:

  1. Como decía Eurípides,¿qué hombre,que está libre del miedo a la muerte es esclavo?Sin embargo,el esclavo de hoy tiene pavor a quedarse sin lavadora,no ya al castigo físico o a la muerte.Éstos últimos ni se mencionan.

    Dave

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