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jueves, 11 de febrero de 2016

EL TEMPLO ROMÁNICO DE SAN MARTÍN DE ARTÁIZ (NAVARRA) O LAS DESVENTURAS DE UNA HISTORIA AMAÑADA


         Suele suceder que las teorías oficiales y los sistemas dogmáticos encuentran frente a sí realidades singulares que las refutan en beneficio de la verdad. Es el caso de esta pequeña iglesia del valle navarro de Unciti (con una toponimia categóricamente euskalduna), que por sí misma hace morder el polvo a la historiografía ortodoxa.

Simeón Hidalgo[1] arguye “basta con hacer un repaso de los elementos analizados y nos llamará la atención cómo en un edificio religioso de orientación cristiana, aparentemente, hay tan pocos elementos cristianos. Esto pasa en muchas iglesias románicas, donde sus portadas parecen que recogen más la herencia de culturas anteriores al cristianismo que imágenes específicamente religiosas y cristianas. Sobre todo en iglesias rurales lo no cristiano parece que impera”. Exacto.

Los monumentos románicos aldeanos suelen ser iglesias de concejo, erigidas y dirigidas por las asambleas populares soberanas, escasamente influidas por el clero quien, además, en el plano local dependía del poder concejil. La diferenciación entre románico dinástico (del bloque corona-señores) y románico concejil es primordial, lo que desarrollo en el libro “Tiempo, historia y sublimidad en el románico rural”.

La monomanía de la historiografía oficial es negar la existencia del pueblo en tanto que fuerza soberana y creadora, reduciéndolo todo a los señores, los reyes y los prelados. Pero los hechos están ahí. Incluso hoy casi la mitad de las tierras de Navarra son comunales. La fuerza jurídica del concejo abierto (batzarre) es todavía perceptible, como expone Amparo Zubiri en “Propiedad comunal y derechos anejos de aprovechamiento. Los helechales en el noroeste del Pirineo Navarro: de los repartos y las suertes” y como argumenta para todo Euskal Herria Pablo Sastre en “Batzarra, gure gubernua”. Las prácticas de labores comunitarias y de la ayuda mutua vecinal (auzolan) siguen estando vivas, lo que es recogido por la escritora navarra Jasone Mitxeltorena en “Auzolanaren kultura”. Esto es asunto principal, pues dichos edificios debieron ser construidos precisamente en auzolan, con trabajo concejil voluntario. Todo ello es la obra de la revolución civilizadora de la Alta Edad Media, que se manifiesta en el románico.

Sin comprender dicha revolución no es posible desvelar, aunque sólo sea parcialmente, los enigmas de la iglesia de San Martín de Artáiz. Comencemos por lo más fácil. Parece cierto que es románico concejil y que fue erigida hacia el año 1140, en el momento de mayor esplendor a escala europea de ese estilo. En su iconografía se unifican la cosmovisión popular preexistente (vascona), la concepción cristiana y la cultura clásica de Grecia y Roma. Ésas son las tres fuentes principales del arte románico en estos territorios, lo que nos revela qué fue y qué contenidos tuvo la gran mutación altomedieval que, entre otras muchas novedades, creó Navarra.

En principio, debería poder “leerse” el mensaje de todo templo románico. Quienes erigieron el estudiado, hace casi 900 años, buscaban plasmar y transmitir una suma compleja, dinámica e interrelacionada de formulaciones reflexivas, sensitivas, emotivas, estéticas e intuitivas. Pero lo que podemos entender de todo ello en el caso de San Martín de Artáiz es limitado, por el momento. No sólo porque faltan varias piezas escultóricas, verosímilmente decisivas (acierta de nuevo Hidalgo cuando señala que el edificio ha sido “censurado” al eliminarse aquéllas en siglos posteriores a su erección) sino porque nuestra mentalidad es diferente de la de quienes la levantaron, de modo que lo que entonces resultaba comprensible hoy, en ocasiones, nos es ininteligible.

Nos ceñiremos a sólo dos bloques temáticos. En la parte escultórica, la única específicamente románica de este templo en lo decorativo, destaca la intensidad y densidad que alcanza lo dual, antinómico y dialéctico. De los dos leones de las enjutas de la puerta uno mata y el otro protege, de manera que una misma realidad es plasmada en su naturaleza contradictoria. Las piezas escultóricas bajo el alero (canecillos) del tejaroz, manifiestan alegría y celebración, un hombre tañe una cítara y otro un rabel (hay además, aunque más alejado, un tocador de alboca), una muchacha canta con impetuosidad y una mujer esgrime un puchero, símbolo de los alimentos que acompañan. Ésta es presentada pariendo, y la criatura que emerge de su útero no sólo tiene un rostro inquietante sino un puñal en la mano. Así, lo desasosegante irrumpe en lo festivo, y el acto de ser madre, siempre sublime, es al mismo tiempo motivo de turbación.

Otra de las esculturas, de enorme creatividad y expresividad, es una cabeza con la boca provista de una dentadura formidable con la cual se muerde ferozmente las propias manos. El ser humano, así pues, se daña y agrede, obrando como verdugo de sí mismo a la vez que no deja de ser instintivamente buscador de la supervivencia. De nuevo la dualidad, la contradicción, la dialéctica, el conflicto en la esencia de lo real uno. Hegel escribió “Ciencia de la lógica” para dar curso a la concepción dialéctica del ser, a su afirmación/negación dinámica, pero mucho antes en Artáiz ya sabían bastante de ello. En realidad, se unen a las reflexiones de Beato de Liébana, el pensador más conocido del copernicano giro civilizador altomedieval, sobre la naturaleza “bipartida” del ser humano y de todo lo humano. Esa idea de conflicto y antagonismo queda también recogida en una de las metopas, donde lidian dos jinetes armados.

La noción de contradicción, en la forma de temporalidad, alcanza su mayor expresión en la cabeza trifronte, una obra maestra de la escultura por lo que transmita y por cómo lo hace, con un diseño asombrosamente vanguardista. Con ella el tiempo es desmenuzado en sus antinomias de pasado, presente y futuro, y el sujeto en ente que percibe su fluir y el fluir, éste eterno. Tal pieza incita a considerar la totalidad del transcurrir de lo real, a tener en cuenta el pasado, el presente y el futuro, a pensar holísticamente, de manera integral. De ese modo, el templo de esta aldeíta navarra se hace sutil filosofía en piedra, mucho más porque otra cabeza trifronte, de diferente estilo estético (además de manifestarse envuelta en zarcillos y otros elementos vegetales) está esculpida en uno de los capitales de la puerta. En conclusión, el edificio nos invita a hacernos cargos de la vida como realidad hiper-compleja, total y en buena medida inabarcable, incomprensible e inaprehensible.

Examinemos ahora lo que tiene esta iglesia de enunciación de lo corporal y liberación de la sexualidad en tanto que quehacer germinal. En la portada un varón de enhiesto pene parece fertilizar con esperma a quienes penetran en el edificio sacro. En el lado posterior, una mujer muestra con consciente solemnidad su vagina y ano. Al lado, una pareja se abraza, en gesto que tiene más de amoroso que de rijoso, aunque también. Hacia la cabecera campea un enorme pene con testículos. Otro personaje se define por sus orificios, entre ellos el anal. Para entender esto en el marco de la colosal polémica de entonces, en la que hubo mucho más que palabras, sobre la corporal y lo espiritual, los mandados y los mandantes, los esclavos y los libres, remito a mi libro, antes citado. Con una advertencia: no frivolizar. Y con una pregunta, ¿qué tiene que ver lo descrito con “los señores feudales”, “la oscura Edad Media” o el “clericalismo”?[2]. Desatinos aparte, digna de ser citada es la pila bautismal, estéticamente magnífica.

Hay, como se ha dicho, mucho más en el monumento, que no es tratado ahora. Lo cierto es que todo él es un ejercicio de libertad creativa, imaginación tumultuosa (ahí están asimismo las cabezas con una sola oreja, por ejemplo) y expresividad estética. Sin embargo, seguimos comprendiendo poco de lo que este templo pretende decir. Hay bastante más que lo descrito, pero aún no logramos encontrar la conexión entre las partes, ni la unificación de su contenido discursivo, ni menos aún el desciframiento del mensaje como un todo. Continuemos, pues, observando y reflexionando, sin anteojeras doctrinarias ni actos de fe en el dogma del progreso ni chovinismo de época ni servidumbres politicistas.

FOTOS










[1] En “La iglesia románica de San Martín de Artáiz, una lectura particular”, DVD.
[2] La versión de la sociedad medieval que ofrece la “Enciclopedia del románico en Navarra”, III volúmenes, VVAA, yerra, entre otros motivos, por excluir la centralidad de lo popular, y por negarse a admitir que la gran mayoría de los edificios románicos rurales fueron erigidos por las instituciones concejiles y no por los señores, el alto clero o la realeza. Su concepción unidimensional, elitista y antipopular está en oposición con todo lo que sabemos. De ella proviene, a mi juicio, el trato desdeñoso y sectario que da, en su volumen I, a esta refulgente joya del románico universal que es San Martín de Artáiz. El mismo juicio hay que hacer, por desgracia, de “El arte románico en Navarra”, C. Fernández-Ladreda (Directora). Sobre la totalidad de este asunto cada día es más necesario un gran debate abierto, sin censura ni exclusiones. Al comprender mejor el pasado entenderemos mejor el presente, y lo transformaremos positivamente con mayor efectividad.

4 comentarios:

  1. Muchas gracias Félix, por lo que me toca.
    Coincido casi en la totalidad con lo que expones y la necesidad de un "debate abierto, sin censura ni exclusiones" que propones, hace tiempo que rondaba en mi cabeza.
    Bien estaría organizar un simposio sobre lo que esta iglesia nos comunica.

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  2. muy muy muy interesante!!!!!, yo soy de Valencia y estoy interesado en este tipo de estudios e investigaciones en mi zona, ¿podrias recomendarme algun documento o investigador que me pueda guiar y visitar ejemplos de contradiccion historica similares? te lo agradeceria enormemente.
    saludos cordiales

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    1. Hola amigo, para intercambiar información es mejor que me escribas a mi correo
      esfyserv@gmail.com
      Gracias. Un abrazo. Félix

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  3. Excelente artículo Félix. Un abrazo

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