martes, 9 de junio de 2015

DE LA CORRUPCIÓN


Los populismos que ahora padecemos se han hecho peritos en declamar contra la corrupción. Sus jefas y jefes, con el desenfreno verbal que les caracteriza, capturan votos de los pardillos prometiendo poner fin a la corrupción aquí-y-ahora y para siempre… a pesar de que una mayoría de tales mandamases están ya vinculados a casos de corrupción y aunque los populismo son, por naturaleza, superlativamente venales e inmorales.

La corrupción es la transferencia de fondos desde el “sector público” (estatal) a particulares por procedimientos que quebrantan la ley positiva. Esto es, el Estado extrae recursos monetarios de la población por medio del sistema tributario y una parte de ellos van a particulares -organizaciones, colectivos o personas- de manera ilegal.      

De creer al poder mediático sólo los políticos, unos cuantos directivos de la banca y los sindicalistas son corruptos, mientras que ellos mismos (los periodistas), los policías, los altos funcionarios de los diversos ministerios, los militares[1] y los catedráticos no lo son. En poquísimas ocasiones se descubre una trama ilícita en, por ejemplo, alguno de los cuerpos policiales, y cuando sucede se le otorga ninguna o muy poca publicidad. Esto no es creíble pues el poder envilece a todos por igual.

La denuncia de la corrupción de los políticos está, a su vez, restringida a unos pocos casos, de manera que sólo llegan a la opinión pública un porcentaje muy reducido de ellos, quizá inferior al 1%. La prensa airea tal o cual evento de esta naturaleza siempre con fines concretos, para contener a alguien que se está excediendo, desalojar a algún otro que se ha hecho molesto, llevar adelante una operación de remozamiento de la “clase política”, etc., e incluso como procedimiento de presión y chantaje. En esto nadie da puntada sin hilo.

A veces la venalidad es un pago por servicios políticos excepcionales, por ejemplo, a la  familia Pujol Ferrusola se la ha permitidos apropiarse ilegalmente de, al parecer, miles de millones de euros, convirtiendo Cataluña en una república bananera, como compensación por su política autonomista, esto es, españolista, mantenida durante decenios, que finalmente culminó en la mojiganga del “independentismo” sobrevenido y la “consulta soberanista” a cargo de CiU-ERC y de sus sirvientes de la izquierda “radical”. Sin duda, mantener “la unidad de España” vale el dinero desviado a aquel extremadamente ávido y codicioso clan, y mucho más.

El dinero es, también, una herramienta de dominación política, al ser un medio de degradación, división y sometimiento. La expresión más visible de ello es el Estado de bienestar, que a cambio de pensiones y servicios asistenciales que, para más befa, pagan sobradamente quienes los reciben (a cada asalariado se le expolia coercitivamente por el ente estatal una media de unos 8.500 euros anuales para mantener dicha rutilante “conquista de los trabajadores” impuesta por el franquismo), exige a los “beneficiarios” que renuncien a autogestionar la economía y autogobernarse en lo político, admitiendo el statu quo.

El numerario “público” transita del Estado a algunos particulares de muchas maneras. En realidad, lo que sustraen los políticos es una parte ínfima. Se dice que desde 2008 unos siete billones de dólares han sido entregados por los bancos centrales, estatales, de los países ricos a la banca y a las grandes empresas privadas como rescate, para evitar su quiebra y derrumbe en la llamada Gran Recesión, iniciada ese año. En términos monetarios es algo asombroso por colosal, que se volverá a repetir en cuando la economía capitalista mundial se debilite, según los más agoreros dentro de unos pocos años.

El capitalismo no puede subsistir sin inyecciones de enormes sumas monetarias, que los diversos Estados consiguen expoliando y empobreciendo fiscalmente a las clases populares. En vez de ser aquél, como expone la dogmática socialdemócrata, el agente “redistribuidor de la renta” entre los menos favorecidos lo que hace es cargar a éstos de impuestos directos y, sobre todo, indirectos, para de ese modo acumular  una descomunal masa monetaria que entrega a banqueros, grandes empresarios de la industria, constructores, etc.

La cosa es tan morrocotuda que Juan Ignacio Crespo, alto funcionario del Estado español y autor del libro “Cómo acabar de una vez por todas con los mercados”, asegura que avanzamos hacia un capitalismo de Estado cada vez más completo y desarrollado, dado que la trasmisión de tales fondos se realiza con compra por los organismos financieros de los Estados de paquetes mayoritarios de las acciones de bancos y grandes empresas quebradas, o en trance de estarlo, lo que hace al ente estatal de cada país primer propietario capitalista y primer empresario.

Crespo se limita a reconocer una parte de la verdad para tapar la otra. Porque, en realidad, el capitalismo ha sido siempre un apéndice, una criatura del Estado, de muchas maneras y desde sus orígenes. Ahora incluso formalmente se ha hecho primer accionista, y por eso patrón, de empresas tan emblemáticas como la General Motors, por citar una, quebrada y rescatada en 2007/2010, así como de un sinnúmero de bancos. Aunque adoptando diversas formas según la época, siempre ha sido así. No es posible la existencia de un capitalismo sin Estado promotor y protector ni siquiera en el terreno económico.

Desde siempre el ente estatal ha desempeñado esa función, acumular capital-dinero para, una parte de él, hacérselo llegar, por procedimientos directos e indirectos, legales e ilegales, evidentes y ocultos, a particulares, físicos o jurídicos. Ese es el principal origen de la burguesía, y no las fábulas infantiles sobre la frugalidad, la ética protestante, etc., ni tampoco la supuesta “acumulación originaria primitiva”, que en la medida que fue real resultó de una intervención económico-jurídica del Estado, al privatizar por ley el comunal. En la medida que no lo fue se olvida que el decisivo momento inicial del capitalismo mundial tiene lugar con la revolución industrial de la segunda mitad del siglo XVIII, en síntesis una formidable transmisión de fondos del Estado a la burguesía, hasta entonces muy débil, como pago por los bienes, sobre todo de naturaleza militar o para-militar, que aquél demandaba para consumar la lucha por la dominación mundial en la era del colonialismo.

Es la razón de Estado, en tanto que forma específica de la voluntad de poder, tal como se manifiesta en unas determinadas condiciones históricas, la que explica la creación y desarrollo del capitalismo y el ascenso de la burguesía. En todo ello las consideraciones de tipo estratégico han tenido bastante más peso que el ahorro de los particulares, la cuota de ganancia, el mercado, los mecanismos de los precios, etc.

La relación de los procedimientos utilizados para hacer fluir el dinero desde el Estado a manos privadas en los últimos trescientos años es larga y compleja. Además de los rescates de grandes firmas de las finanzas y la industria está la subvención directa a la industria puntera, por ejemplo, la que hoy recibe el sector automotriz español, brioso en lo exportador pero, al parecer, incapaz de perdurar sin recoger jugosas bonificaciones. El Estado de bienestar mantiene, con sus colosales pedidos, la pujanza indesmayable de la industria farmacéutica privada, hasta el punto que ésta no conoce crisis ni decaimientos, con gran daño para la salud de la gente común por sobre-consumo de productos médicos, en su mayoría tóxicos. La industrialización se hizo, y se hace hoy en varios países, estrujando fiscalmente el campesinado para transferir a la gran burguesía industrial los recursos así acumulados. El dinero “de todos”, el que se acumula con los tributos, es usado para costosas infraestructuras que a menudo únicamente benefician a la gran empresa. Con dicho dinero, supuestamente “público”, se mantiene la universidad, hoy destinada a proporcionar mano de obra a la patronal. Todo ello sin olvidar que con aquella masa monetaria se paga a la policía, cada vez más numerosa, que apalea a quienes, pongamos por caso, denuncian el uso privado del dinero “público”. Para realizar la alarmante operación de ingeniería social neo-patriarcal que induce la Ley de Violencia de Género cientos de millones de euros están pasando de los fondos del Ministerio de Igualdad y otras entidades estatales a bolsillos particulares, los de esos 30.000 funcionarias/os y neo-funcionarias/os dedicados a “proteger” y “liberar” a las mujeres, sin éstas y contra éstas. La industria militar, sea o no rentable, es mantenida contra viento y marea por el Estado, con contribuciones financieras enormes y de variada naturaleza.

El populismo, significativamente, no se ocupa de estas cuestiones. Por ejemplo, brama contra Rodrigo Rato, un ratero indecente que ha defraudado en total unos 15 millones de euros, mera calderilla en relación con los, probablemente, más de 500.000[2] millones de fondos que han sido entregados por el Estado español y la UE a la gran patronal financiera y de negocios desde 2008. Pero aquél calla rigurosamente sobre las multimillonarias sumas entregadas a la gran patronal por las instituciones. Sólo el rescate de Bankia costó a los contribuyentes 22.400 millones de euros.

De estas colosales cesiones de fondos estatales al sector privado empresarial el populismo “terrible” y “justiciero”, conviene recalcarlo, nada tiene que decir, a la vez que hace (hacía) demagogia sobre el “impago” de la deuda. Se comprende pues, igual que la izquierda “anticapitalista” tiene en las cajas de ahorro uno de los espacios donde acumular capital y enriquecerse, y las cajas han sido salvadas en bastantes casos por la intervención estatal, en solitario o vinculada al banco central europeo. El populismo y la izquierda tienen vocación de ser capitalismo de Estado. Y lo son lucrativamente.

La movilización popular contra las entregas de fondos estatales a las grandes corporaciones de negocios ha de ser una realidad en la calle en cuanto que la próxima crisis, quizá más cercana de lo que parece, las demande. Ni un euro de los impuestos extraídos a las clases populares debe ir a reflotar al ineficiente, torpe, inhumano e inoperante gran capital privado.

El populismo, por tanto, atrae la atención de las gentes hacia insignificancias y cominerías, mientras contribuye a ocultar que la explotación fiscal de las clases trabajadoras está, literalmente, manteniendo activo al capital privado. Es más, con su proyecto de incrementar la tributación (supuestamente para “gastos sociales”) está haciendo caja para que en el futuro inmediato las asistencias institucionales a la gran patronal en apuros (casi siempre está en apuros…) sean todavía más consistentes[3]. Es innecesario repetir que la entrega de masas dinerarias tan colosales refuerza el despojo y empobrecimiento de las clases populares.

En la política institucional, son más de 350.000 cargos y empleos estatales, directos e indirectos, los que se disputan los partidos políticos. Quienes los logran no sólo consiguen sueldos bastante mollares sino la posibilidad de alcanzar además ingresos extras de diversa naturaleza, legales, semi-legales e ilegales. Hoy en la política partitocrática no queda nada de idealismo y menos aún de ingenuidad, por lo que el 99% de los sujetos que se suman a ella sólo tienen una meta, hacer dinero, cuanto más cantidad y más deprisa mejor. Al mismo tiempo, las instituciones estatales están diseñadas tal modo que promueven el movimiento del peculio “público” hacia los bolsillos de los políticos, pues es el modo de lograr la fidelidad y actividad de éstos, que han de actuar como agente del Estado en el seno de las clases populares. Por tanto, la corrupción lejos de estar perseguida (dejando de lado unos pocos casos, siempre buscando segundas intenciones) es suscitada y estimulada desde arriba.

La corrupción es, en consecuencia, un fenómeno estructural del capitalismo por muchos motivos y con muy variados modos. Forma parte de su naturaleza, desde sus orígenes hasta el presente. Proponer ponerla fin, si se hace de manera coherente y no demagógica, como una meta razonable y no en tanto que una engañifa electoral mas, supone articular una suma de medidas que equivalen a una revolución. Veámoslo.

Yendo a la raíz hay que acabar con el origen del mal, el cobro de tributos por el ente estatal, pues sin éstos no habrá corrupción posible. Pero un Estado exento de recursos económicos es inviable, y de eso se trata, de poner fin a la existencia de aquél, y para siempre. Una segunda medida es extinguir asimismo a quienes hoy están en condiciones de llevarse el dinero “de todos” a su bolsillo particular, lo que viene a significar que hay que acabar con el gran capital, tan ineficiente como parasitario, patética flor de invernadero que no logra subsistir sin el permanente y multimillonario suministro de recursos estatales, procedentes sobre todo de la coacción extraeconómica, fiscal, de las clases populares. Lo mismo se tiene que hacer con los partidos políticos, que han de dejar de ser criaturas del Estado para subsistir, si es que lo logran, como expresión de la libertad de asociación.

Sin una revolución moral, que promueva una existencia individual y colectiva fundamentada en valores y no en intereses, es imposible una vida pública libre de corrupción. Por eso se necesita una nueva cosmovisión que coloque por delante los bienes inmateriales, los valores y las metas trascendentes, con relegación de lo monetario. Puesto que los populistas no hablan de otro asunto que no sea el dinero, han de ser los más corruptos, dado que desde sus cargos de gobierno tenderán a realizar para sí, en tanto que personas y partido, lo que tienen por supremo bien, la abundancia pecuniaria y el consumo.

Sin ir constituyendo un tipo de persona que se realice en la vida del espíritu, a la vez relacional, amorosa, longánima, generosa, intelectiva, estética, ética, épica, erótica, emocional y volitiva, y que considere los bienes físicos como cuestiones secundaria y escasamente interesante, no es posible moralizar la política.

Es preciso, además, realizar las transformaciones estructurales, económicas y políticas, imprescindibles para que la función del dinero quede radicalmente reducida y limitada, con el fin de impedir que cumpla sus funciones de desintegración de la vida colectiva y de la probidad individual. Al mismo tiempo, se ha de articular una suma de medidas para imposibilitar la acumulación de la propiedad una vez que ésta haya sido comunalizada, con el fin de que la libertad popular se mantenga. Porque en una sociedad libre el poder económico ha de estar tan disperso y ser tan difuso como el poder político.

Las medidas programáticas propuestas son, sin duda, harto difíciles de establecer y desarrollar. Pero el proverbio lo argumenta con claridad: los caminos fáciles no llevan lejos… Un rasgo del populismo es ofrecer toda clase de remedios cómodos, facilones, inmediatos, completos y definitivos para los males sociales, con el objetivo de acaparar votos especulando impúdicamente con la buena voluntad de las gentes. Esto proviene de la inmoralidad intrínseca de los populismos. Pero la realidad es obstinada y contra ella se estrella la demagogia, por lo que la verdad termina triunfando.

Por lo demás, nuestra calidad como seres humanos depende de la grandeza, valía y dificultad de las metas que nos fijamos.


[1] Un caso sonado, y extraordinariamente vergonzoso, de corrupción de los generales españoles aconteció durante la II Guerra Mundial, cuando el gobierno británico “logró reunir la (entonces) enorme suma de un millón de dólares para sobornar a los generales españoles y lograr que su país se mantuviera fuera de la guerra”, lo que tuvo lugar en 1940. El “banquero de Franco”, Juan March, sirvió de intermediario e hizo los ingresos en cuentas de bancos suizos. Consultar “La guerra de Churchill. La historia ignorada de la Segunda Guerra Mundial”, Max Hastings. Nada permite suponer que hoy el alto mando del ejército español sea diferente al de aquella fecha…
[2] Esta cifra, como una buena mayoría de las que nos vemos obligados a utilizar son bastante inseguras. No hay modo de conocer de manera cierta la mayor parte de las realidades sociales, pues el poder constituido necesita de la ambigüedad, el error, la opacidad, las medidas verdades, la mentira y el falseamiento para operar. Tal vez estudios futuros permitan ir poniendo en claro estos asuntos pero por el momento las cosas están así.
[3] En lo de incrementar la recaudación tributaria todos los partidos son iguales, sean de derechas o de izquierdas, “serios” o populistas, como se pone de manifiesto en que en 2014 los ingresos fiscales del Estado español crecieron un 3,6% con un gobierno de la derecha. Por tanto, el aserto politiquero de la que derecha baja los impuestos y la izquierda los sube carece de fundamento, pues hoy subirlos es una necesidad del gran capitalismo, por lo que todos los hacen. Los partidos políticos forman a fin de cuentas un solo ente, el partido único de partidos.

lunes, 1 de junio de 2015

Primavera de 1936: El Frente Popular contra la revolución proletaria y popular



Primavera de 1936: El Frente Popular contra la revolución proletaria y popular[1]

 En la primavera del año 1936, hace ahora 79 años, en los diversos territorios sometidos al Estado español maduraba un proceso revolucionario en la industria y en la ciudad, pero sobre todo en el mundo rural, que se dirigía contra los poderes constituidos políticos, institucionales y económicos.


En el gobierno estaba el Frente Popular, una coalición de los partidos y sindicatos, republicanos y de izquierda, que había ganado las elecciones el 16 de febrero de 1936. Lo componía Izquierda Republicana, Unión Republicana, PSOE, UGT, PCE, Juventudes Socialistas, Partido Sindicalista y POUM. En Cataluña se denominó Front d’Esquerres, donde estaba ERC junto con los partidos citados. La gran mayoría de CNT dio apoyo tácito al Frente Popular pidiendo Durruti, entre otros, el voto. En el País Vasco ANV suscribió el Manifiesto Electoral del Frente Popular español.

Éste defendía la continuidad del capitalismo y del poder estatal, lo que situaba a sus firmantes en abierta oposición al enorme y generalizado auge, aunque espontáneo y falto de estrategia, de la acción revolucionaria popular. En esas fechas lo decisivo era el épico actuar de las clases modestas, no el obrar de los gobiernos, partidos y sindicatos frentepopulistas ni los preparativos para un golpe militar.

El suceso más demostrativo es la matanza de Yeste (Albacete), el 29 de mayo de 1936. La recuperación por los trabajadores locales de tierras comunales vendidas, tras arrebatárselas al vecindario, unos años antes por el Estado a una familia de terratenientes republicanos y anticlericales llevó al gobierno de Frente Popular a ordenar una intervención de la guardia civil, que dejó 17 vecinos muertos a tiros y unos 100 heridos graves. Con ello las tierras en litigio siguieron siendo propiedad privada…

La matanza de Yeste[1] no fue un caso excepcional sino un acontecimiento entre otros. En todos ellos el gobierno de Frente Popular mandaba a la guardia civil y guardia de asalto atacar las manifestaciones de trabajadores, campesinos, mujeres, etc., casi siempre con muertos y heridos. Sucesos de sangre similares a los de Yeste, aunque con menos óbitos, los hubo en Elche (Alicante), Escalona (Toledo), Bilbao, Zaragoza, El Coronil (Sevilla), Pobladura de Aliste (Zamora), Palenciana (Córdoba), etc.

De los 118.000 trabajadores muertos, heridos o salvajemente torturados por la II república española entre el 15 de abril de 1931 y el 17 de julio de 1936 una buena parte lo fueron durante el periodo de Frente Popular, en que la represión se hizo particularmente aguda, extendida y sangrienta.

La causa última de todo ello fue la rápida expansión y generalización de la insurgencia popular. En muchas fábricas, minas, salinas, barcos de pesca, empresas agrarias, granjas, oficinas, etc., los trabajadores se negaban a acatar las órdenes de sus patronos estableciendo ellos mismos las normas para la producción. Las casas de los ricos y de los altos funcionarios eran hostigadas y apedreadas, hasta el punto que una parte de ellos fueron abandonando sus lugares habituales de residencia para buscar refugio en las cercanías de cuarteles, cuartelillos y comisarias. Quienes se quedaban padecían asaltos, ellos y sus familiares.

Se extendió no abonar el alquiler de las viviendas cuyos propietarios fueran gente adinerada, así como no pagar las compras en grandes almacenes. Las carreteras, telégrafo, teléfono y ferrocarril eran cortadas. El cobro de los impuestos se fue haciendo cada vez más dificultoso, en particular en las áreas rurales, así como la leva de quintos para el ejército.

Lo más trascendental fue el grado enorme que alcanzó el enfrentamiento con la guardia civil. Sus acuartelamientos eran atacados a tiros y cercados. Las patrullas solían sufrir acometidas de francotiradores, o incluso de multitudes deseosas de justicia que se lanzaban contra los guardias con navajas, estacas y hoces, en particular cuando había casos de torturas, muy numerosos. Como consecuencia, aquel cuerpo militar-policial comenzó a patrullar en grupos de tres, e incluso esto dejó de hacerlo en determinadas áreas para encerrarse a la defensiva en sus acantonamientos. Con ello, el poder efectivo del Estado sufrió una tajante merma y comenzó a desintegrarse.

En cada vez más localidades y barrios los afiliados de base de los partidos y sindicatos “obreros” del Frente Popular dejaron de obedecer las órdenes de los jefes de tales formaciones para tomar decisiones conforme al sentir de las clases populares sin afiliación. La ruptura entre las bases y los jefes entregados a la política frentepopulista alarmó bastante a las elites del poder, y fue una de las causas que precipitó la intervención militar fascista dirigida por los generales Franco y Mola.

En dichas condiciones, el prestigio y aceptación del gobierno de Frente Popular, así como de toda la izquierda, decayeron notablemente. Para el trabajador común aquél, ésta y la república del 14 de abril eran meramente estructuras al servicio del capital, de los ricos, del Estado: tal es lo que percibía en su práctica diaria. En junio de 1936 el Frente Popular estaba desbordado, resultando incapaz de hacer cumplir la legalidad de la república burguesa. Su fracaso llevó a los altos jefes militares a decidirse a intervenir preventivamente, antes de que el proceso revolucionario madurase. Lo hicieron en julio de 1936 iniciando la guerra civil.

El fiasco del Frente Popular en el cumplimiento de la misión que el capitalismo le había encomendado, a saber, frustrar por procedimientos políticos, judiciales y policiales el ascenso espontáneo de la revolución obrera y popular, era también el de la república estatal, burguesa, colonialista y terrateniente de 1931. En las muy tensas condiciones de la primavera de 1936 únicamente un régimen fascista, copiado del de Alemania y sobre todo Italia, podía ser efectivo para el capital y el ente estatal. Esto separó a las dos alas de la reacción, la formada por el Frente Popular con la izquierda toda, y la constituida por una parte de la derecha, la extrema derecha y el ejército.

La consigna “Defensa de la República”, enarbolada por las fuerzas del Frente Popular como respuesta al alzamiento militar no podía atraer a las clases populares a la acción antifascista, pues se les pedía que lucharan por la república que había sido su opresora y verdugo en los tumultuosos días de la primavera y principios de verano de 1936. Esto explica que la línea de acción espontánea de la gente común tuviera dos características, una ampliar la revolución en el marco de la guerra civil, lo que hizo durante los primeros dos o tres meses de ésta, la otra mantenerse alejada de los franquistas tanto como de los republicanos.

En efecto, en la guerra las clases populares no estuvieron con ninguno de los dos bandos, siendo tercera fuerza enfrentada o distanciada de republicanos y militares fascistas. La consigna de “Defensa de la República” sirvió magníficamente a Franco para vencer en 1939, pues hizo que el pueblo se inhibiera, asunto del que hoy poseemos un número ingente de testimonios. Por eso la responsabilidad de la izquierda en la victoria del fascismo fue decisiva.

Establezcamos ahora unas conclusiones mínimas pero fiables.

La política de la izquierda, de toda ella, partidos y sindicatos, de una ideología y otra, es contraria y hostil a la revolución. Cuando ésta avanzaba de manera espontánea, se oponían a ella con la acción política y la actividad policial represiva, organizando desde el gobierno matanzas de trabajadores del campo y la ciudad. En las primeras semanas de la guerra civil, la posición de la izquierda fue afirmar la legalidad republicana, lo que equivalía a reprimir los proyectos revolucionarios populares. Ya bien entrada la contienda se eleva a nueva burguesía y nueva clase dirigente, explotadora y dominadora.

La raíz de ello está en que la izquierda, en todas sus formas y expresiones doctrinales, es heredera de la Ilustración, de la teoría del progreso, de la fe en la centralidad de la economía, del olvido del sujeto, de la amoralidad teorizada… En suma, es una variante de la cosmovisión burguesa y estatista. Por eso en cada circunstancia concreta se manifiesta como pro-capital. Si el capitalismo está en peligro lo defiende, y si ha sido destruido por la acción de los trabajadores lo reconstruye, con ella misma como nueva burguesía.

Una concepción de una revolución que ponga fin al capitalismo y elimine el artefacto estatal para crear una sociedad libre, autogobernada y autogestionada, sólo puede hacerse negando experiencial y reflexivamente las ideologías de la izquierda. La izquierda es la reacción cuando lo que se necesita es de la revolución.



[1] El contenido de este articulo está tomado de mi libro “Investigación sobre la Segunda República española, 1931-1936”, en fase de edición.

[1] Ésta tuvo en Francia su réplica en la matanza de Clichy, perpetrada por el gobierno del Frente Popular francés el 16 de marzo de 1937, barriada donde fueron muertos por la policía gala 6 trabajadores y 200 más heridos. Esto muestra que la izquierda en el gobierno es tan represiva como la derecha.





viernes, 22 de mayo de 2015

PODEMOS EL LACAYO DE LOS RICOS (y 3)


Posiblemente, el asunto más inquietante del partido de Iglesias es su cercanía al fascismo islámico de Irán, ahora régimen amigo y aliado de EEUU. En ese país hay un sistema político que en nada importante se diferencia del régimen fascista de Franco en lo estructural, jurídico y legal. No existe nada de libertades para el pueblo, pues no hay libertad de expresión ni de manifestación, mucho menos libertad de conciencia. La policía político-religiosa detiene, secuestra, golpea, tortura y asesina. La noción de soberanía popular es negada por los textos fundamentales, que estatuyen un sistema de poder en beneficio del capitalismo de Estado, los terratenientes, el ejército y el todopoderoso clero islámico. La mujer es considerada sujeto de segundo orden, los homosexuales son ferozmente perseguidos y matados. Los trabajadores carecen de libertad para organizarse libremente, lo mismo que los estudiantes, no existiendo el derecho de huelga ni el de asociación ni el de reunión. Las minorías oprimidas turcómana y kurda sufren el centralismo. Un sistema omnipresente de terror mantiene las bocas calladas, mientras los trabajadores padecen pobreza, sobreexplotación, paro y escasez de viviendas. La persona carece de prerrogativas, quedando a merced de la arbitrariedad policial, empresarial y clerical. Los ateos y agnósticos soportan una represión bastante dura, no existiendo separación entre religión y Estado, lo que hace del poder religioso usufructuario de una parte notable de los ingresos estatales, sangría que empobrece a la sociedad. Con todo ello, la élite del poder lleva una existencia fastuosa a costa de la explotación de las clases populares[1].

Terribles son las imágenes de homosexuales con las manos atadas a la espalda y colgados, ahorcados, de grúas, a veces en racimos. No menos espeluznantes son los castigos a las supuestas adúlteras (pero no a los adúlteros) con 100 latigazos, eso en el mejor de los casos pues en el peor son lapidadas. Tales son las prácticas inhumanas y fascistas de la República Islámica de Irán, uno de los fundamentos económicos, mediáticos ¿y también doctrinales?, de Podemos.

Este partido, sociológicamente, resulta de la utilización del gueto político por el capitalismo y el ente estatal. Eso no es nuevo pues el triunfo electoral del PSOE en 2004 fue posible en buena medida gracias a la alianza que aquél estableció con dicho gueto, asunto que se ha vuelto a repetir con Podemos. Se supone que tal combinado social es muy “radical” pero lo cierto es que resulta ser una sección más de la socialdemocracia española, en su componente marxista y también en la gran mayoría de la anarquista. En condiciones habituales lleva una existencia marginal, de espaldas a las clases populares y a la realidad, en tanto que supuesta “contrasociedad” totalitaria, pero en determinadas condiciones el poder estatal lo moviliza en su beneficio.

Como entramado, está dirigido y dominado por profesores de universidad de ideología izquierdista. Éstos escriben libros pseudorradicales, en los que aparece siempre la palabra “capitalismo” con un contenido falsamente crítico: eso le basta a la guetista y al guetista medio. Tales profesores (de los que son un buen ejemplo los mandamases de Podemos) suelen recorrer ese mundillo con charlas y despliegues adoctrinadores de diversa naturaleza, de manera que mantienen activa la estructura organizativa, que queda disponible para cuando los planificadores políticos del poder la necesiten. Lo que unifica al gueto hoy es el culto por las religiones políticas, asunto que se ha convertido casi en el todo de sus contenidos. En él, en la cuestión de la mujer se preconiza lo que ordena, vía profesores, el ministerio de Igualdad. En la de la inmigración lo que manda el ministerio de Empleo, y así sucesivamente. En suma, es un apéndice del Estado en todo lo importante.

El gueto político tiene peculiaridades a destacar. Una es el estalinismo que domina en él, que lleva a la persecución de la pluralidad y variedad, a la imposición forzada de los productos doctrinales que le llegan desde arriba, a la persecución de la libertad de conciencia. Es estalinista (fascista de izquierdas) en lo ideológico y socialdemócrata en lo político y económico. Entre otras de sus particularidades cabe destacar el sexismo androfóbico, racismo anti-blanco y persecución de la heterosexualidad y la maternidad. También, la devoción por el Estado (que “nos protege” del capital, dicen) y el entusiasmo por el capitalismo estatal (al que tildan de “público”). Igualmente, el repudio de cualquier norma moral, ideología del odio, falta de respeto por la persona, desprecio nietzscheano por la gente común, envidia hirviente por la burguesía, hedonismo y epicureísmo maniáticos y general aversión por cualquier novedad que se desvíe de una ortodoxia, la suya, delirante, ignorante, senil, repudiada por las clases populares, sin ética, parasitaria y, por tanto, reaccionaria.

Su “anticapitalismo” se concreta en demandar más recursos monetarios y más servicios al Estado, en hacer del dinero y el consumo el nuevo opio del pueblo. Su rechazo de la revolución, como idea, ideal y práctica, es extraordinariamente agresivo pues para sus integrantes todo se concreta en reivindicar un capitalismo que “funcione”, que sea “responsable” (Iglesias dixit), que realice la fúnebre distopía del mega-consumo parasitario de masas. Esos son los orígenes de Podemos.

El gueto político, hoy disminuido y desmoralizado, se compone de sedes de micro-partidos y asociaciones, centros sociales, librerías “alternativas” que practican la censura de libros, colectivos politicistas de esto y lo otro, bares y comedores “populares”, sitios web, etc. Es un bloque social dedicado a la defensa y difusión de las ideas y prácticas más reaccionarias, en primer lugar las religiones políticas, un pozo negro de irracionalidad y oscurantismo y, a fin de cuentas, un reservorio de nuevas formas de política e ideología de extrema derecha[2]. La naturaleza furiosamente reaccionaria y oficialista del gueto político se está poniendo de manifiesto con el asunto Podemos.

Lo que, en un último análisis, explica la lúgubre función que está desempeñando el gueto político, con Podemos al frente, es su fobia a la revolución. Una vez que ha decidido que no es imprescindible y no es deseable una transformación total suficiente del orden social, el individuo y el sistema de valores todo lo demás viene por sí mismo. De ahí que aquél sea un partido de super-jefes que se otorgan al mejor postor a cambio de votos, poder y dinero, y que está evolucionando desde la izquierda a la derecha populista para seguir marchado desde ésta hacía, según se ha expuesto, formas renovadas de la extrema derecha. Quienes les dan respaldo son responsables de estar contribuyendo a crear un monstruo político.

Tres son, en definitiva, las funciones políticas fundamentales del gueto político: infectar a la sociedad con sus fanatismos reaccionarios, servir activamente al sistema de dominación en determinados momentos críticos y destruir a las personas. Esto último es substancial, pues a él llegan un cierto número de individuos de buena fe cada año, que creen estar en un espacio al servicio de los ideales más puros del cambio social hasta que al cabo de 2-3 años descubren que se han incorporado a un lugar inquietante, angustioso enloquecedor y tóxico, del que escapan como pueden, a veces bastante dañadas psíquicamente. Eso acontece con el 98% de las personas que se incorporan a aquél. 
        
El votante medio de Podemos es patético. Reputa que lo “racional” es “vender” su sufragio a cambio de ventajas económicas, las únicas que comprende y le interesan, lo que le hace ser el eterno engañado por los mercaderes de la política. En su infantilismo considera que es la televisión, la caja tonta, el lugar donde hallar el remedio a sus envidias y obsesiones, sin hacerse las preguntas más elementales, a saber, de quién son las grandes cadenas, por qué Iglesias y su gente salen en ellas a todas horas, por qué otros, los revolucionarios, no salimos nunca… Dado que permanece, de media, unas 4 horas diarias ante pantallas, arruinándose como persona en lo corporal y en lo espiritual, está perfectamente entrenado para votar Podemos.

Que una hiper-poderosa campaña de mercadotecnia en televisión durante meses haya convertido a unos marginales desconocidos que habitaban en un extraño archipiélago conocido como gueto político -sujetos grises, ramplones y mediocres donde los haya- en fuerza política ante la que millones de personas se arrodillan con fervor, es un hecho que alarma y asusta porque significa que el actual sistema de dominación puede lograr lo que desee, cualquier meta que le apetezca o necesite, con el despliegue de sus medios técnicos, económicos, organizativos y mediáticos. Muestra también la desintegración intelectual y moral de unas masas que llevan decenios siendo degradadas por la ideología de la izquierda, la más eficaz creando sujetos dóciles y seres nada.

El principal medio, probablemente, utilizado por aquélla para convertir al pueblo en populacho ha resultado ser el dinero. La izquierda antes, y ahora Podemos, han sido el instrumento de que se ha valido el capital para comprar, literalmente, a las clases trabajadoras, sometiéndolas a sus designios y metas. En nombre de un “anticapitalismo” meramente retórico lo han monetizado todo, en primer lugar la conciencia individual y colectiva de la gente común. Porque monetizar es mercantilizar, y mercantilizar es hacer de todo y con todo, mercancías, expandir hasta el infinito la acción y presencia del capitalismo. Por eso la izquierda es absolutamente imprescindible para el capital, en particular en los momentos críticos o de transición, cuando aquél necesita acometer nuevas metas y designios, como sucede ahora.

El gueto político niega lo más fundamental, que la meta no puede ser vivir “mejor” bajo y con el capitalismo, con más dinero y más consumo, sino crear una sociedad nueva, un estilo de vida civilizado, un renovado sistema de valores y un individuo autor-regenerado.
        
Podemos ha sido creado, además, para negar, desautorizar y perseguir la revolución. Es la principal fuerza anti-revolucionaria del presente[3]. Corresponde a las y los revolucionarios defender aquella transformación total, con palabras y con actos, para convertirla en realidad construyendo una sociedad libre, autogobernada por asambleas, autogestionada, moral y con valores, con libertad de conciencia y respeto por la verdad, con calidad del sujeto y rehumanización, con convivencia, generosidad y hermandad, con primacía de las metas y valores espirituales sobre los materiales.

Una sociedad, esta vez sí, liberada del capitalismo y emancipada del ente estatal, que significar un formidable salto adelante en la historia de la humanidad. Podemos pasará en unos pocos años, quedando como mera anécdota institucional, dinerizada y cavernícola[4] mientras que idea de revolución global o integral permanecerá siempre.
Fin


[1] La revolución iraní fue un movimiento popular en lo más sustancial espontáneo que culminó en 1979. El capitalismo, al verse en peligro, acudió al clero islámico para defender sus privilegios de clase. Entre aquel año y 1982 el régimen musulmán organizó sucesivas carnicerías de trabajadores y opositores de izquierda, exterminando en el interior del país al Partido Comunista Tudeh y a otras varias organizaciones de ideología marxista, esto es, a fuerzas similares a Podemos… Quien sufrió el grueso de la represión del régimen islamofascista en esos años fueron los trabajadores. El libro “Workers and revolution in Iran”, de Asseb Bayat, 1987, describe la política islámica dirigida a destruir por la demagogia, el fanatismo y la represión las asambleas de trabajadores que en 1978-1979 se habían constituido en numerosos centros de trabajo, empresas agrarias, cuarteles y fábricas de Irán. Ese asunto es analizado asimismo en el artículo “Consejos obreros y campesinos en Irán”, S. Asad, Revista Mensual, diciembre 1980. De notable interés es “La lucha de las mujeres en Irán”, A.Z., en Revista Mensual, mayo 1981, no sólo porque denuncia la criminar misoginia del Estado islámico iraní sino porque al describir los sangrientos procedimientos con que el islamofascismo se hizo con el poder en ese país muestra que son los mismo, y con los mismos fines, que los utilizados por los nazis en Alemania en 1925-1933. Tales sucesos no son nuevos, pues Franco ganó la guerra civil e impuso 40 años de fascismo militar debido en primer lugar a que el clero islámico norteafricano, íntimo de La Falange desde la fundación de ésta en 1933, le entregó 100.000 combatientes, que junto con los 16.000 hombres de la Legión Cóndor nazi y los 50.000 del CTV (Cuerpo de Tropas Voluntarias) fascista italiano, fueron su resolutiva fuerza de choque en el campo de batalla.
[2] Ya en retirada hacia la derecha populista, Pablo Iglesias aún se reclama del marxismo. Sea, pero de la parte equivocada y burguesa de aquél, no de su porción revolucionaria que, aunque pequeña y muy mezclada con subproductos, existe. Su actuar está sirviendo para liquidar el escaso prestigio e influencia del marxismo en España. Podemos se ha hecho también foco de atracción para una buena parte del anarquismo ibérico, en su gran mayoría anarquismo de Estado, o mini-furgón de cola de la socialdemocracia. No es de recibo llamarse anarquista y defender (o no denunciar) el Estado de bienestar, defender (o no denunciar) la ley de violencia de género, defender (o no denunciar) las religiones políticas, olvidar (salvo en la retórica) la idea/ideal de revolución, pues quienes así actúan son, sencillamente, agentes del ente estatal. Los socialdemócratas que se dicen libertarios están sumándose a Podemos, atraídos por el tufillo a lucrativos empleos gubernamentales/estatales y dinero a manos llenas que emite. Buen provecho. Una reflexión anarquista de verdad sobre la preocupante situación en que hoy está el anarquismo ibérico es “Anarcoestatismo. Defendiendo lo público, destruyendo lo común”, VVAA. Lo cierto es que o los anarquistas terminan con la influencia de las ideas socialdemócratas, derechistas y burguesas en el seno de su movimiento o la historia del anarquismo alcanzará su final en unos pocos años. A los auténticos marxistas y anarquistas hay que hacerles llegar un mensaje: lo central y decisivo es la revolución, uníos al proyecto de revolución integral.
[3] La izquierda es y ha sido la anti-revolución. Lo fue de manera muy notoria en la etapa del Frente Popular inmediatamente anterior a la guerra civil, de febrero a julio de 1936. En ese tiempo ascendió un poderoso movimiento popular espontaneo de naturaleza cuasi-revolucionaria, que se dirigía a derribar las estructuras tiránicas de la II república burguesa y a poner fin al capitalismo. Los gobiernos del Frente Popular, apoyados por toda la izquierda marxista y por casi todo el anarquismo, realizaron como respuesta crueles actos represivos contra los trabajadores, docenas de ellos, lo que es ocultado sobre todo por la historiografía progresista. El más conocido es la matanza de Yeste (Albacete), el 29 de mayo de 1936, en la que la guardia civil, siguiendo las órdenes del gobierno de Frente Popular, asesinó a 17 trabajadores rurales e hirió a otros 100. Hubo muchos casos más, por todo el país. Por tanto, lo que ahora hace Podemos, convertirse en amenazante baluarte de la anti-revolución, ya lo hizo la izquierda toda en aquellos terribles pero esperanzadores días de la primavera de 1936. El 29 de mayo debería ser la fecha destinada a recordar y denunciar la represión sangrienta de las clases trabajadoras por la izquierda en España.

[4] Los días felices de Podemos ya han pasado. Sigue interesando a sectores de bajo nivel reflexivo, a personas muy maleadas por las pantallas, obsesionadas con el dinero y llenas de envidia hacia los ricos, pero a quienes piensan por sí mismas y son éticas o no les dice nada o lo rechazan con repelús. En esto ha desempeñado un notable papel el esfuerzo analítico que hemos realizado en los últimos 10 meses un número muy reducido de personas, que ha logrado hacer triunfar la verdad, con rigor y valentía, sobre el mayor montaje mediático-político burgués de los últimos decenios, Podemos.