sábado, 8 de diciembre de 2012

LOS PUEBLOS DE EGIPTO Y TÚNEZ CONTRA EL ISLAMOFASCISMO


Las grandes movilizaciones populares en Egipto en diciembre de 2012, que han tenido como escenario no sólo la plaza de Tahrir sino otros muchos lugares, contra el gobierno islamofascista de los Hermanos Musulmanes, agentes del capitalismo egipcio, del ejército, del imperialismo yanki y del saudí, han significado que la insurgencia popular que comenzó en enero de 2011 ha entrado en una nueva fase, esta vez con el fascismo islámico como blanco político principal.
        
Los Hermanos Musulmanes son una organización islamofascista creada en 1923 bajo la protección de los servicios especiales británicos, destinada a ser fuerza de choque del colonialismo inglés, entonces la potencia dominadora en Egipto. So pretexto de ortodoxia religiosa, manipuló los textos fundamentales del Islam para ofrecer una interpretación en lo medular indistinguible de las teorías de Mussolini, entonces en ascenso en todo el mundo.
        
Su esencia es un culto ciego por el Estado, además de por el capitalismo, y una veneración por la violencia y el terror que se eleva incluso a necrofilia (recordemos el ¡Viva la muerte! de Millán Astray, el compadre de Franco). Esto explica que el patrono de los Hermanos Musulmanes sea el multimillonario islamista Jairat el Shater que es, junto con EEUU y Arabia Saudí, principal financiador del partido fascista religioso egipcio.
        
Iniciado el alzamiento popular a comienzos de 2011 contra el régimen autocrático de Mubarak, los islamofascistas, que habían colaborado con el dictador de muchas maneras, y que habían sido multi-subvencionados por él, se mantuvieron por un tiempo a la expectativa, dudando entre lanzarse contra el pueblo, junto con el ejército, o “sumarse” a la revuelta para manipularla desde dentro. Finalmente, optaron por esta segunda estrategia, asesorados por su actual jefe político y militar, EEUU.
        
Valiéndose de la explotación de los sentimientos religiosos de una parte del pueblo, y anunciando a voz en grito que eran “un partido democrático” (después de decenios de una violencia terrible, en especial contra las mujeres, por ejemplo, contra la escritora Nawal al Saadawi), los Hermanos Musulmanes ganaron las elecciones, igual que hizo el partido nazi en 1933.
        
Tal fue el primer paso de su estrategia para la conquista del poder, calcada de la llevada adelante por el nacional-socialismo en Alemania a partir de 1930. El segundo momento ha sido otorgar al presidente, Mohamed Morsi, poderes excepcionales en la nueva Constitución, para convertirle en un dictador. El tercer paso será, según la planificación nazi, la ilegalización de las organizaciones populares, la apertura de campos de concentración, la persecución aún más atroz de las mujeres y el inicio de los asesinatos a gran escala. Como expresa el escritor egipcio Ahmed A. Latif, para los salafistas, que desempeñan ahora en Egipto la función que las SA tuvieron en Alemania en los años decisivos de la conquista del gobierno por los nazis, quienes luchan por la libertad “son infieles a los que pueden matar con la conciencia tranquila.
        
El pueblo de Egipto se ha alzado contra el islamofascismo en defensa de la libertad y, sobre todo, para llevar adelante el proceso insurgente iniciado hace ahora dos años. Una causa principal de insurrección está siendo la respuesta al acoso callejero de las mujeres que están haciendo los SA-salafistas, en particular a las que no llevan velo, forzadas, agredidas y humilladas en la calle por miles.
        
Pero no sólo el pueblo se opone al islamofascismo. También lo hace una parte de las elites del poder, temerosas de que la brutalidad, codicia, misoginia y fanatismo de aquél tenga efectos contraproducentes, al promover una respuesta popular que culmine en un gran estallido revolucionario que ponga fin a la dictadura del Estado y de la clase empresarial, hasta ahora protegida por el islamismo de Estado, impuesto por primera vez en la Constitución egipcia de 1971, que incorpora la “sharia”. Tal documento legal fue obra del presidente Sadat, un títere de EEUU… y por ello mismo un promotor del actual islamofascismo. La ley debe realizarse exclusivamente desde la voluntad del pueblo, y demandar que sea una pretendida normativa clerical la que la haga o la inspire es una de las señas identificadoras del fascismo islámico.
        
Lo que sorprende favorablemente en Egipto es la fuerza colosal de la reacción popular, que se ha enfrentado en la calle a los islamofascistas en centenares de ocasiones, haciéndoles retroceder y obligándoles a ponerse en evidencia como aliados del ejército, que ha tenido que salir a la calle a proteger a los fascistas, como suele hacer en todos los países y en todos los tiempos. Sin el apoyo del ejército y la financiación del gran capital, egipcio y sobre todo extranjero, el fascismo islámico habría ya sido barrido en Egipto. Hay que comprender que el imperialismo saudí desea convertir a Egipto en una semi-colonia suya, para lo cual financia a fuerzas que traicionan los intereses del país, en primer lugar los salafistas y los Hermanos Musulmanes.
        
Parece, pues, que ante la estrategia nazi-clerical de conquista del poder el pueblo egipcio está contraatacando con una contra-estrategia antifascista integral, similar a la que se aplicó en “España” en 1933-1936. Esperemos que la confrontación total con el fascismo se eleve a acción popular en pro de una revolución integral.
        
En Túnez las cosas están en una situación similar. Después que el gobierno islamista estableciera de facto que toda mujer violada lo es por su propia “inmoralidad”, atrocidad que desató una respuesta popular contundente, el partido islamofascista en el poder, Ennahda, reforzó sus bandas de matones y apaleadores, que ahora están concentrados en atacar con las armas en la mano a los trabajadores organizados en UGTT, el principal sindicato tunecino. Aquí vemos también como el islamofascismo sigue al pie de la letra el manual nazi para la conquista del poder gubernamental. Lo mismo hizo en Argelia en los años 80 y 90 del siglo pasado, pero entonces no se quiso ver lo que estaba sucediendo, cegados por la reaccionaria estrategia e ideología del “antiimperialismo”.
        
La reacción de la clase obrera tunecina está siendo muy rotunda, y es posible que una gran huelga general pare los pies a los escuadristas y pistoleros del nuevo fascismo religioso.
        
En numerosos países el islamofascismo es ya la forma principal de fascismo, promovida por el imperialismo occidental (sobre todo EEUU, Inglaterra, Francia y España), por el gran capital islámico y por Arabia Saudí (en ciertos casos también por Irán), país islamofascista por excelencia y firmísimo aliado del imperialismo estadounidense, la renacida Alemania Nazi del siglo XXI.

El fascismo se ha manifestado hasta el momento como: 1) partidos de masas lanzados a la conquista del gobierno, en Alemania e Italia, y, 2) fascismo militar, sobre todo en España y numerosos países (por ejemplo Chile en 1973, con Pinochet) de Latinoamérica, Asia y África. Ahora adopta una tercera forma, la del islamofascismo, que pretende crear movimientos multitudinarios para conquistar el poder, de ahí que siga milimétricamente la estrategia hitleriana.
        
Aunque siguen existiendo las formas clásicas de fascismo, los partidos neonazis y de extrema derecha (sin olvidar a las religiones políticas, matriz fecunda de ideología totalitaria), ésas están bastante debilitadas. Por ello, desde hace decenios, los planificadores y estrategas del imperialismo occidental han ido poniendo a punto la ideología, organización, cuadros y programa del islamofascismo, para utilizarlo no sólo en los países árabes sino en todo el mundo, incluida Europa, lo que ya denuncio en mi libro “Crisis y utopía en el siglo XXI”. Esta imputación sorprendió a muchos, exactamente a aquéllos que viven intelectualmente de tramposos dogmatismos fabricados en tiempos de la guerra fría, por lo que no estudian día a día la realidad. Ahora los hechos vienen a dar la razón, con toda rotundidad, a las formulaciones que en él se contienen.
        
En Argelia, Libia, Siria, Palestina, Mali y tantos otros países, el imperialismo occidental y el gran capital árabe, sin olvidar al sionismo, se están sirviendo del islamofascismo, esto es, del fascismo del futuro, el mejor adaptado a las condiciones del siglo XXI. Pero el alzamiento popular en Egipto y Tunez, así como en otros muchos países (por ejemplo, Mali) significa, probablemente, el inicio de su fin, el desenmascaramiento de esta forma atroz de dictadura clerical del Estado y el capital. Aún costará mucho derrotarlo, pero será vencido finalmente. De hecho, los últimos acontecimientos manifiestan su esencial debilidad y fundamental descrédito, incluso en países donde el Islam político ha dominado los medios de comunicación, los órganos legislativos, las asociaciones patronales y los centros educativos desde hace muchísimo tiempo.
        
Una importancia enorme en la resistencia al islamofascismo están teniendo las mujeres, su principal víctima, por causa de la trastornada misoginia de ese totalitarismo. Claro que no son sólo las mujeres las que padecen al nuevo fascismo. Bajo el islamismo de Estado, los agnósticos y ateos están sometidos a una terrible persecución. Los trabajadores, como se observa ahora en Túnez, son atacados en sus organizaciones sindicales. Los pueblos oprimidos, los tuareg por ejemplo, son asimismo victimas de aquél (en este caso directamente fabricado y financiado por Francia). Los homosexuales están siendo exterminados, sobre todo en el Irán islamofascista, cuando tienen derecho a la libertad más completa para manifestarse como son en todos los países del mundo. Los intelectuales son también blanco del nuevo fascismo, pues bajo el pretexto de perseguir “la blasfemia” el Estado islámico les impone una férrea censura. Los musulmanes que tiene una interpretación popular y revolucionaria de su fe son quizá los más violentados y acosados por el islamofascismo. Y podría añadirse a esta lista a otros muchos sectores sociales que están siendo agredidos.
        
El islamofascismo ataca y oprime a todos, al mismo tiempo que se fusiona con el ejército, la policía, la gran banca, las empresas petroleras multinacionales, el imperialismo occidental, los jeques multimillonarios de Qatar, los Emiratos Árabes y Arabia Saudí y, en definitiva, toda la flor y nata de la reacción mundial. Hoy es el enemigo principal inmediato de la libertad a escala planetaria y la formación anti-revolucionaria más militante.
        
Las mujeres son la fuerza principal de la resistencia al islamofascismo. Ellas son sus víctimas y al mismo las combatientes en la primera línea. Entre las que en los países de islamismo de Estado están resistiendo al nuevo fascismo destaca Tawakul Karman, una musulmana de 34 años que, además de enfatizar la función desempeñada por las féminas en los alzamientos populares de 2011 en los países de islamismo obligatorio, advierte que “la religión debe ser personal, no algo impuesto por el Estado. Muy bien, muy correcto. Hay que separar por completo el Estado y la mezquita, hay que poner fin al Estado islámico, haciendo de la religión (o de su ausencia) un acto espiritual e íntimo, que tiene lugar en el corazón de cada ser humano, y que por eso mismo es un acontecimiento libre, no una imposición del aparato estatal.
        
Cuando la fe religiosa brota de la propia convicción interior, cuando expresa el deseo de infinitud y trascendencia del ser humano, es del todo respetable, igual que lo es el ateísmo. Pero cuando es impuesta por el Estado, como sucede en todos los países de islamismo de Estado, además de convertirse en una caricatura de sí misma, se degrada a mero fanatismo homicida, manipulado desde el poder político, militar y económico.
        
Aquella mujer expresa el islamismo popular y revolucionario que se está desarrollando en contra del islamofascismo. En la lucha contra éste, musulmanes, creyentes de otras fes y no creyentes deben mantenerse unidos, comprendiéndose y respetándose mutualmente y compartiendo el programa de una revolución integral planetaria, para crear unas sociedades donde la libertad de conciencia sea real, prevalezca la convicción interior sobre las imposiciones exteriores, convivan muchas formas de concebir lo humano y no exista ni Estado (por tanto, islamismo de Estado) ni capitalismo (por tanto, islamismo financiado por el gran capital).
        
En efecto, se ha de contar con todas y todos para la tarea de la revolución integral también con el Islam popular y revolucionario, ¡cómo no!
                                                                                    (Continuará)

jueves, 6 de diciembre de 2012

SOBRE LA AUTO-DISOLUCIÓN DE LA ASAMBLEA CONTRA EL TAV DEL PAÍS VASCO


Con tristeza y melancolía, aunque no con sorpresa, he conocido la disolución de la Asamblea anti-TAV de Euskal Herria. Iniciada en 1993, ha desaparecido 19 años después sin dejar apenas nada.
        
Varios de mis libros son consecuencia de dicha Asamblea. En el más difundido, Naturaleza, ruralidad y civilización, su capítulo probablemente más importante, El concejo abierto y el mundo rural popular” es la transcripción de una charla organizada por la Asamblea contra el TAV en Urbina, Álava, el 5-1-2007. Fue un día muy frío, mucho, pero el calor humano y el entusiasmo de quienes asistieron al acto colmaron las incidencias climáticas. Precisamente en Urbina, dos años después, la Asamblea contra el TAV manifestó su poder movilizador, congregando a miles de personas, a pesar de la fuerte represión policial. Otro de los trabajos incluido en aquél, “Por una sociedad desindustrializada y desurbanizada”, fue el contenido que desarrollé en la acampada organizada por la Asamblea contra el TAV en Alegui, Gipuzkoa, el 24-7-2005.
        
Crisis y utopía en el siglo XXI es el texto escrito de la charla dada en Donosti el 23-3-2009, promovida por la sección local de la Asamblea contra el TAV. El debate fue profundo, a ratos difícil y tenso pero siempre cordial. Al terminar un grupo numeroso de amigas y amigos recorrimos la parte vieja, tomando unos vinos, charlando relajadamente. La ciudad más vasca de todas las de Euskal Herria estaba plena de vitalidad, mismidad y júbilo en el inicio de la primavera.
        
Antes de entrar en el análisis deseo enviar un saludo emocionado a las amigas y amigos que durante tantos años han manifestado su voluntad de cambiar la sociedad, preservar el medio ambiente y salvaguardar lo más esencial de Euskal Herria. Conozco bien su constancia, inteligencia personal, entrega, pasión, valentía, espíritu de sacrificio y afabilidad. Durante años han mantenido en alto la enseña de la lucha contra los proyectos ecocidas, antipopulares y desarrollistas del actual sistema de dominación. Lo que han hecho tiene que escribirse, para que lo conozcan las nuevas generaciones y forme parte de la historia del pueblo vasco. Mi recuerdo más sentido va para las personas que han sido detenidas, golpeadas, multadas o encarceladas por llevar adelante las movilizaciones y luchas. Ellas y ellos son los verdaderos héroes de nuestro tiempo.
        
En ese estado de ánimo inicio el estudio imparcial y constructivo de la ejecutoria de la Asamblea desde que tomé contacto con ella, en 2004.
        
A partir de 2009 la Asamblea decayó de manera notable. Una parte de quienes la constituían se retiró, y aquéllos que se quedaron se enzarzaron en disputas tan absurdas como cargadas de mutuo rencor, lo que indicaba que el proyecto estaba en las últimas.
        
El primer desacierto observable era la falta de una estrategia. La Asamblea anti-TAV no tuvo ni un análisis estratégico ni un plan de acción basado en él, que recogiera con objetividad las condiciones en que la resistencia al mega-proyecto desarrollista debía hacerse, y formulase los contenidos, procedimientos y expectativas futuras. Con timidez y sin insistir, en alguna de las asambleas, expuse que la cuestión de la estrategia era decisiva, pero ciertos elementos turbios rechazaron de plano la propuesta, y la mayoría no la consideró en su real y decisiva importancia.
        
A falta de una estrategia, el activismo se convirtió en el procedimiento habitual. Se trataba de hacer, hacer, hacer, de hacer lo que fuera y como fuera, sin pensar, sin plan, sin proyecto, sin reflexión. A partir de 2008, a medida que los cambios a peor en la sociedad vasca se fueron asentando y las obras del TAV avanzaban, el activismo se convirtió en una huida hacia adelante, que presagiaba el desventurado final. Los mencionados elementos turbios, que hicieron de la Asamblea un espacio para el lucimiento personal y la promoción de sus averiados productos literarios, se hicieron los más decididos defensores del activismo, pues gracias a él podían estar a menudo, pancarta en mano, en las páginas de la prensa.
        
El activismo es un modo socialdemócrata de tratar la acción social que tiene dos efectos observables: destruye a largo plazo las luchas y destruye a las personas que se implican en dichas luchas.
        
Como consecuencia del activismo no hubo una estrategia pero tampoco hubo una producción de ideas de una mínima valía y rigor, dejando de lado algún folleto aislado. Asimismo, no se formó a las personas que se comprometieron en la lucha, al contrario, éstas retrocedieron en su calidad como individuos a causa del hacer-hacer-hacer, desenfrenado y sin cerebro, que ocupaba todo su tiempo y energías, y que les embrutecía y anulaba. Por ello ni se formó un núcleo de personas con aptitud y capacidad para mantener la actividad resistente, ni se produjeron textos (todo se quedó en panfletos, pues el activismo es inseparable del panfleto) ni, como se ha dicho, se formuló una estrategia.
        
Por tanto, a causa de la ceguera activista la Asamblea ni siquiera logró comprender que los grandes cambios políticos a peor que estaban dándose en Euskal Herria, en particular el fuerte reflujo de las luchas populares y la dramática mengua de las estructuras organizativas de base, exigían formular un plan de acción diferente al de 1993, lo que ya era obvio (para quien lo quisiera ver) en 2005. No se hizo así: la sociedad estaba cambiando pero las ideas y procedimientos de la Asamblea siguieron siendo los mismos. Esta contradicción fue importante en la tarea de liquidar de facto a aquélla.
        
La esterilidad en el ámbito de la producción de ideas y de la formación de las personas, pues muy poco de positivo se ha hecho en lo uno y lo otro en 19 años, es lo que quizá más llama la atención de la historia de la Asamblea contra el TAV.
        
Pero hay más. En realidad sí había una estrategia, aunque implícita, la de los nuevos movimientos sociales surgidos en los años 60 y 70 del siglo pasado. En concreto, las luchas antidesarrollistas son una simple adecuación del activismo ecologista en surgido aquellos años. Sus postulados serán los siguientes: 1) dado que la revolución no es posible -en realidad quieren decir que no es deseable- se trata de librar “luchas” parciales contra el sistema, para ir eliminando sus excesos más visibles, pero sin cuestionarse su esencia, conviviendo con él y conciliando, en definitiva, con él, 2) la victoria en tales “luchas” no proviene del desarrollo de los factores de la conciencia sino de un activismo obsesivo, 3) la cuestión más decisiva ni se planteaba, que incluso resultando victoriosas tales luchas en nada importante alteran el meollo del sistema (la sociedad es igual de capitalista con el TAV que sin el TAV), por lo que sólo de una manera muy tenue y diluida pueden ser consideradas subversivas, 4) las ideas e ideales, la calidad de las personas, el análisis de conjunto de la sociedad, los problemas convivenciales, espirituales, culturales y morales no tenían cabida, con lo que se libraban luchas especializadas, circunscritas a un ámbito muy restringido, que tocaban asuntos muy parciales y que debido a ello, por sí solas, ni podían atraer y mover a amplios sectores y ni siquiera podían consolidar un núcleo militante estable, como se ha visto en el caso que estudiamos, 5) dichas luchas sectoriales en muy poco contribuyen al desarrollo de los factores de la conciencia.
        
El olvido de la idea de revolución, en su única forma hoy posible, como revolución integral, esto es, como respuesta total a unas condiciones terribles y de una colosal complejidad creadas por el hiper-capitalismo y el mega-Estado contemporáneos, es la clave de todos los errores cometidos por la Asamblea anti-TAV. En efecto, sólo esa seminal noción puede proporcionar la visión estratégica, la producción de materiales y la calidad de las personas que se necesitan para abordar con éxito las luchas parciales que exigen ser libradas ya.
        
Los elementos turbios dentro de la Asamblea, apoyándose en la obra del supuesto “crítico de la tecnología”, Jacques Ellul, al presionar con malas artes (nunca se atrevieron, que yo sepa, a plantearlo de manera honrada, a las claras, en las asambleas, todo se quedó en esa cosa vil que es la “política de pasillos”) en contra de la idea de revolución, y de su consecuencia lógica, la de formular una estrategia para las luchas antidesarrollistas que tuviera como referencia la revolución integral, se hicieron factores de primer orden en la liquidación de la lucha y en la ruina de la Asamblea. Primero la usaron en su propio beneficio, como mera plataforma, y luego cuando ya vieron que era un juguete roto y sin utilidad la abandonaron a escape, en vez de quedarse a poner remedio al desastre. En ocasiones utilizaron mis textos y mi persona como blanco de ataque, dado que en ellos la idea de revolución es permanente y central. Así pudieron enmascarar mejor su acción destructiva y liquidadora.
        
Lo que no es revolución es reacción, y quienes despotrican contra la revolución están loando el capitalismo y el Estado, que sólo con la revolución pueden ser extinguidos. Por tanto, ¿cómo puede avanzar la lucha antidesarrollista sin comillas desde un enfoque a favor del Estado y el capitalismo? Esto es lo que propone Ellul y los que siguen dogmáticamente sus formulaciones, falsamente antitecnológicas pues ese autor, al negar la revolución y al hacerse él mismo agente cualificado del Estado francés, apoya lo que es la matriz misma de la tecnología, el Estado, traicionando sus aserciones iniciales, alguna no del todo descaminada[1].
        
No menos incoherente es pretender luchar contra la tecnología y el desarrollismo desde la especialización, constituyendo un movimiento de especialistas. En efecto, dado que la sociedad tecnológica se fundamenta en la especialización más extrema, a través de la división social y técnica del trabajo, su negación exige la no-especialización, una concepción holística, integral, de la resistencia y las luchas, de las ideas y las personas. Aquélla concepción de la acción “antitecnológica” una vez más manifiesta ser lo contrario de lo que parece, una maquiavélica afirmación de la sociedad tecnológica en su meollo mismo.
        
Cuando la Asamblea contra el TAV se convirtió en un cuerpo de expertos y especialistas (como le sucede a los movimientos y luchas ecologistas) en lidiar con un sólo problema, estaban afirmando lo que decían combatir, por un lado, y por otro negándose a sí mismos una visión de conjunto del problema, sin el cual no podían realizar una estrategia, cuya falta llevaría el proyecto al desastre final, como así ha sido.
        
La parte no puede sustituir al todo. Para ser operativa, la parte ha de ir unida, en la reflexión y la acción, al todo y al conjunto. La Asamblea incurrió en el colosal fallo de desentenderse del todo, de los problemas claves de la sociedad vasca, para fijarse en uno de ellos, y sólo en uno. Eso pudo funcionar, aparentemente, cuando dicha sociedad mantenía un alto nivel de movilización (que era el resultado de otras muchas cuestiones, la lucha de liberación nacional sobre todo) pero se hundió en el momento en que el reflujo de las luchas se hizo presente. En el derrumbe de la Asamblea se ha cumplido con rigurosidad el principio de que en todas las circunstancias la parte depende del todo, de modo que cualquier enfoque sectorial y especializado es siempre erróneo.
        
La estrategia de lo parcial, lo limitado y lo “concreto”, propia de los movimientos sociales imitadores de la socialdemocracia que niegan la revolución, junto con las tesis de facto pro-tecnológicas de los dogmatizados discípulos de Ellul, que son incapaces de pensar por sí mismos y se limitan a repetir una y otra vez las enunciaciones de los textos del “Maestro”, al parecer verdades eternas, perfectas y absolutas, como si fueran la Biblia o el Corán, sin tener en cuenta la realidad actual y las condiciones del presente, son, en el terreno de las ideas, las causas del desdichado final de la Asamblea Anti-TAV. Y lo serán de todos los movimientos que signa el mismo esquema teorético y estratégico.
        
En efecto, una peculiaridad de quienes siguen los férreos dogmatismos y las variadas religiones políticas que se crearon en los años 60 y 70 es que no aprenden de la experiencia, no se dejan guiar por la realidad, al desdeñar la noción más decisiva, la de verdad experiencial, concreta finita. Dado que son creyentes y no personas capaces de pensar desde los hechos, repiten una y otra vez los mismos errores, cosechando una y otra vez los mismos fracasos…
        
Los “nuevos movimientos sociales” de hace medio siglo, además de ser ya viejos y vetustos, son una variante de la estrategia socialdemócrata, que hurta las grandes cuestiones, se mofa de la centralidad de los factores de la conciencia, niega la revolución y se concentra en luchas parciales por reformas dentro del sistema, perfeccionándole en realidad. En sí mismos no tienen nada de revolucionario. Además poseen un descomunal poder para embrutecer y mancillar a las personas y se convierten una trampa en la que quedan apresadas un sinfín de gente, que llegando de buena fe al compromiso social y medioambiental se ven cogidas en una espiral de degradación y desintegración personal.
        
Por ejemplo, las asambleas concretas eran de un nivel bajísimo, sin apenas contenidos, volcados en las tareas “prácticas”, además  de abundar en rifirrafes personalistas, originados por la falta de tratamiento de los decisivos problemas convivenciales, así como por el peso de las ideas de los diversos maestros y textos del odio, Nietzsche, Stirner, el “Manifiesto SCUM” (el panfleto de cabecera del nazi-feminismo) y otros. Solían ser, por tanto, acontecimientos descorazonadores, que deprimían a quienes se aproximaban al movimiento, de modo que una buena parte de estas personas abandonaban su compromiso al poco de haberlo iniciado. Por eso en lo organizativo la Asamblea era un constante movimiento de gentes, unas llegaban y otras tantas se iban, sin que se consolidara un conjunto amplio y estable. Sólo una minoría muy reducida aguantaba tantas y tan agresivas disfuncionalidades.
        
En la etapa terminal las deficiencias y errores se amontonaron. Perdida ya toda noción de decoro, se llegaron a realizar charlas de información sobre las actividades de la Asamblea lata de cerveza en mano, y por supuesto con el más completo desprecio por las artes oratorias. El colapso de lo convivencial convirtió a la Asamblea en un hervidero de enfrentamiento personales, cruce de acusaciones (algunas de lo más despreciables) y odios cainitas. Era el final.
        
Sea como fuere, la Asamblea contra el TAV se ha terminado. Y esto tiene lugar en un momento en que, por un lado, reina la paz social en Euskal Herria y, por otro, todas las sociedades europeas se están adentrando en una crisis general y múltiple en desarrollo. Ante ello, tras decenios invirtiendo tiempo y energías en cuestiones concebidas de un modo socialdemócrata y “luchas” desconectadas de los grandes problemas del conjunto, apenas hay respuestas. La indigencia intelectiva, el bajísimo nivel reflexivo, la dramática escasez de personas de calidad y formación es lo que domina abrumadoramente. Una estrategia socialdemócrata, la de los nuevos movimientos sociales ha dado sus frutos, y ahora estamos ante una situación de tierra arrasada.
        
A quienes son incapaces de aprender nada tanto como de olvidar nada, el consejo apropiado es, por favor, iros a casa, dejadnos. A los que sí están dispuestos a cambiar, la primera idea a considerar es obvia: hay que empezar de nuevo, hay que comenzar casi desde cero.
        
En la etapa actual las asambleas (que se han casi esfumado) y las grandes “luchas” (que están igualmente desparecidas) no pueden ser lo principal del imaginario radical. Si se trata de principiar un nuevo ciclo de acción de resistencia, hay que dar los primeros pasos de todo nuevo periodo histórico. Tenemos que formular una estrategia, eso para comenzar.
        
Desechado el activismo, por liquidador y embrutecedor, se trata de crear las bases reflexivas de las futuras luchas revolucionarias, así como las personas formadas y de calidad, partiendo de un conocimiento exacto de las condiciones actuales, para lo que se ha de dejar de lado los dogmatismos y las ideas fijas. La verdad proviene de la experiencia y de los hechos, no de lo que dijo tal o cual gurú, teórico o sabelotodo.
        
En tales circunstancias los “grandes” tinglados no valen. Lo apropiado son los grupos pequeños, de afinidad, que tengan un plan de trabajo coincidente y se coordinen entre sí. Necesitamos con urgencia Equipos de Reflexión y Acción que se atrevan a pensar a largo plazo, digamos a 10 años vista, que se basen en lo mejor producido hasta ahora en el terreno de las ideas, que tomen como propia la tarea de la revolución integral, de la formación de las personas y de la búsqueda de soluciones a los gravísimos problemas convivenciales, para insertar las luchas antidesarrollistas sin comillas en donde realmente están, la acción general por revolucionarizar la sociedad y revolucionarizarnos como personas, en un momento histórico particularmente dramático, por causa de la destrucción de la esencia concreta humana, que es el gran y verdadero problema de nuestro tiempo, muy por encima de los medioambientales, y que ha de ser considerado como medular para tratar éstos con eficacia.
        
Así lograremos destruir la sociedad tecnológica.



[1] Cuando en 1954 J. Ellul publica La technique ou l’enjeu du siècle, lo hace contado con “la ayuda del Ministère Français chargé de la Cultura- Centre Nacional du Libre”, según se lee en su edición en castellano de 2003, con el título La edad de la técnica. El carácter “subversivo” de tal texto se pone de manifiesto también en que aquí la Editorial Labor lo publicó en 1960, esto es, bajo la dictadura y la censura franquistas, sin ningún problema, al parecer. Posteriormente Ellul se especializó en atacar la idea misma de revolución, en varias de sus obras, para pasar directamente a colaborar con el Ministerio del Interior francés, como sin sonrojarse narra en uno de sus libros, para asesorar a éste en la persecución de los movimientos populares de finales de los años 60, rebajándose con ello a un jerarca de la policía entre otros. Por tanto, su proyecto de crítica “antitecnológica” estuvo subvencionado desde el primer momento por el Estado francés, fue bien acogido por el Estado franquista español y culmina en un uso oportunista y mixtificador de dicha crítica para servir a su patrono de toda la vida, el aparato estatal, en particular el ejército y la policía. Por eso sus discípulos actuales abominan de toda idea de revolución, me atacan por defenderla, y preconizan nada menos que una sociedad “no-tecnológica” con el capitalismo y bajo la dictadura del Estado, lo que es una mera impostura y demagogia. Todas esas ideas ultra-reaccionarias, inyectadas en la Asamblea Anti-TAV por mis detractores, han contribuido en mucho a su liquidación, pues no puede haber una estrategia antidesarrollista viable sin poner en el centro la noción misma de revolución integral. Como era de esperar, la ideas de Ellul ofrecen una visión mística, en buena medida irracionalista, literaria y beata, no asentada en análisis concretos y asombrosamente reduccionista, de la crítica de la tecnología, que no vale para ese propósito, también porque su verdadera intención es defender al par Estado-capital, como hacen sus discípulos actuales, meros voceros de la anti-revolución en un momento en que la gran crisis de las sociedades europeas va poniendo en el orden del día precisamente eso, la gran tarea de la revolución.

RECONSTRUIR AL SUJETO Y A LA SOCIEDAD A TRAVÉS DE LOS VALORES

Estamos en una sociedad aberrante donde los seres-nada llevan vidas subhumanas. La miseria espiritual y la desestructuración personal son el componente fundamental del orden actual. Ante esta catástrofe de lo humano tenemos que movilizarnos.

Hay que volver a una vida fundamentada en valores, para hacernos sujetos de calidad.
        
Los valores son nociones generales que, escogidos de manera libre y responsable, orientan y organizan nuestras vidas, en su dimensión personal o íntima tanto como en su expresión social o comunitaria. El actual régimen de dominación impone a todas y todos una larga lista de disvalores, extravíos y patologías del espíritu, que son presentados de manera favorable e incluso muy entusiasta por una larga nómina de sujetos y colectivos a sueldo del poder constituido, los cuales se las suelen dar de “antisistema”  cuando son de los peores agentes del sistema.
        
Los disvalores nos destruyen, los valores nos construyen.
        
Los disvalores son los propios de una sociedad dominada por la burguesía y sus agentes, mientras que los valores son imprescindibles (digo imprescindibles) para crear una sociedad libre y autogobernada, para realizar la revolución integral.
        
Por eso el desenfreno burgués se lanza contra los valores. Tal es el caso de Manuel Cruz con su texto “El amor como imbecilidad transitoria”, que no considera lo más evidente, que el desamor es una de las peores formas de imbecilidad permanente. El capitalismo necesita del desamor, del odio, del enfrentamiento, del egoísmo, de ahí que sus peones intelectuales ponen manos a la obra, a la tarea de denostar el amor. Frente a la inmensa tropa de los maestros y maestras del odio hemos de construir una sociedad de los valores, de la amistad, del compañerismo, del apoyo mutuo, de la solidaridad, del desinterés, de la cortesía, en suma del afecto, la amistad y el amor.
        
En lo más sustantivo los valores son parte integrante al mismo tiempo que causa agente y meta de la revolución integral. Porque los disvalores son burgueses y los valores revolucionarios.
        
Haré, pues, una lista de valores, y cada semana, más o menos, iré colgando un comentario sobre uno de ellos en mi Blog. Lo haré con espíritu experiencial y práctico, no teorético o profesoral, no pedante o parlanchín.
        
Los valores que deseo interpretar y reformular conforme a las condiciones de la hora presente son los que siguen:
Esfuerzo, servicio, dignidad, convivencia, generosidad, olvido de sí, creatividad, responsabilidad, reflexión, análisis estratégico, verdad, belleza, sublimidad, combatir el mal interior, fortaleza, valentía, templanza, renuncia, equidad, eticidad, deber, espiritualidad, vida interior, silencio, fortaleza, autosuficiencia, culpa, entusiasmo, equidad, bipartición, paciencia, sacrificio.
        
Algunos se parecen mucho a otros, pero prefiero repetirme, o casi repetirme, antes que tratarlos a medias, pues al fin y al cabo dicen que la repetición es el meollo de la buena exposición de las ideas.
        
Amigos y amigas, iremos estudiando un valor cada semana, más o menos, si las fuerzas del destino nos lo permiten. Espero vuestra participación y colaboración.
        
Se prestará especial atención a un plan para vivir todos y cada uno de los valores, para hacer de ellos normas que orienten nuestras vidas, para hacernos mejores, para elevarnos sobre nuestra miseria cotidiana, para llegar a ser lo que somos, seres humanos integrales.
        
Con los valores haremos la autoconstrucción del sujeto. Con el sujeto autoconstruido haremos la revolución integral.

domingo, 2 de diciembre de 2012

6 DE DICIEMBRE DE 2012: NO A LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA DE 1978


Han pasado 34 años desde que a los pueblos de “España” se les impuso este ominoso documento político-jurídico. Han sido 34 años de dictadura del Estado y el capitalismo, de destrucción acelerada de la esencia concreta humana, inmoralidad rampante, aniquilación de la vida convivencial, opresión reduplicada de las mujeres, imposición de las religiones políticas a la plebe, laminación del saber, el arte y la cultura, de barbarie, aniquilación del individuo y deshumanización en suma.

Tras estos 34 años el pueblo ha sido convertido en populacho y el ser humano en ente subhumano, todo ello para que el poder del par Estado-capital sea más seguro y más efectivo.

La casi desaparición de lo humano ha resultado ser el elemento sustantivo de estos 34 años de “democracia”. Ahora tenemos una sociedad desestructurada, unas multitudes rebajadas al nivel de lo zoológico, más propias de una granja de la ganadería industrial que de una sociedad civilizada, y unos individuos triturados por el victimismo, el egotismo, el hedonismo, la cobardía, la pereza, la debilidad personal, la pérdida de las facultades pensantes, la codicia y la agresividad hacia sus iguales.

A las mujeres se les está destruyendo a través del Ministerio de Igualdad y sus posteriores derivaciones de la Ley de Violencia de Género, de la androfobia y sobre todo de un victimismo tan virulento que, al tenerlas por irresponsables, les infantiliza y desestructura. Se les prohíbe el amor, el sexo heterosexual y la maternidad, se les ha hecho robots dedicados al trabajo asalariado, y  se les ha sacrificado a los apetitos de codicia y del poder de la patronal, así como a las exigencias estratégicas del Estado.

Una sociedad en la que los mayores sólo piensan en el dinero y el consumo y los jóvenes en el alcohol y las fiestas no tiene futuro: esa es la obra de la Constitución de 1978, construida e impuesta por la izquierda, la derecha y los nacionalismos burgueses de las naciones oprimidas.

Además, el majadero tinglado económico montado por los gobiernos del PSOE se ha venido abajo. No podía mantenerse tanto derroche, corrupción, irresponsabilidad, fanatismo desarrollista, catetil devoción por la tecnología y ciega veneración por el dinero. Un orden económico destinado a embrutecer a las masas con el placer, la pereza, la irresponsabilidad y el consumo se ha ido al garete, dejando la temible herencia de 6 millones de personas en paro, la pobreza avanzando en oleadas y un futuro sobremanera negro. Lo que hace verdaderamente trágica la crisis económica es el desplome de la calidad del sujeto  y la destrucción de la vida colectiva y convivencial.
        
Quienes apoyaron de la forma más fanatizada y durante tantos años la vigente Constitución no pueden ahora pretender cambiar de bando y aparecer como “críticos” y “disidentes”.  Los que hablan de iniciar un nuevo “Proceso Constituyentes” son los que desean repetir el gran engaño de 1978, cuando al pueblo/pueblos se le impuso, por medio de la demagogia y la amenaza, la Ley Fundamental que ahora padecemos. Quienes forman parte de la casta política no pueden aportar soluciones, ya que ellos son causa principal de los males.
        
Un proceso constituyente llevaría a la octava Constitución española. Por necesidad sería tan militarista como la de 1812, tan criminal como la de 1837, tan repulsiva como la de 1845, tan demagógica como la de 1869, tan carca como la de 1876, tan policial y represiva como la de 1931, republicana, y sobre todo, tan dirigida a la destrucción de la esencia concreta humana como la de 1978, hoy vigente.
        
Los males sociales y personales son sin remedio mientras no desaparezca del todo la casta política, no sea el pueblo quien se autogobierne por medio de asambleas, no se extinga el capitalismo y se imponga un régimen de autogestión, colectivización y cooperativismo, no se elimine la sociedad del adoctrinamiento y se abra camino a la libertad de conciencia, no haya un clamor popular contra la inmoralidad y un compromiso personal por la rectitud y la ética, no se ponga fin al victimismo, la irresponsabilidad y la frivolidad.
        
Lo que necesitamos es una revolución integral, no un nuevo “proceso constituyente” ni una “III República” burguesa, con la advertencia de que una república de las asambleas y el colectivismo no sería la III sino la I.
        
Una revolución integral es lo que necesitamos, no una nueva Constitución. El pueblo, y no el Estado, debe ser lo único existente. El colectivismo con respeto por la propiedad privada no explotadora, pero no a la gran empresa capitalista, es lo único que nos ha de permitir vivir como seres humanos, con consumo mínimo de bienes materiales y uso máximo de los bienes espirituales.
        
Pero las soluciones políticas y económicas no son, ni mucho menos, suficientes. Necesitamos hacernos responsables como individuos, para auto-construirnos como personas. Basta de culpar en exclusiva a “banqueros” y “políticos” conforme al nuevo populismo, banal, pueril y del todo inofensivo, ahora de moda. Mientras no reconozcamos que cada una y cada uno de nosotros somos también culpables, y no establezcamos la decisión de un cambio en nuestra manera de pensar, sentir y desear, pero sobre todo, de obrar y vivir, nada tendrá remedio.
        
Sin autotransformación y autoconstrucción personal no podemos avanzar. Las soluciones políticas, por sí mismas, son del todo insuficientes, incluso las mejores. Lo mismo sucede con las económicas.
        
La revolución integral incluye una revolución en el interior de cada una y cada uno. Si no damos un paso adelante para admitir nuestra responsabilidad y culpa, para destruir el capitalismo en nuestro interior, que toma la forma de egoísmo e interés particular, y para destruir al Estado dentro de nosotras y nosotros, que se presenta como desamor, odio, afán de dominación, egos inflados y ausencia de espíritu de servir y amar, no hay solución.
        
La lucha tiene que ser en el exterior, en la sociedad, y en el interior, dentro de cada una y cada uno. Lo demás es autoengaño y demencia victimista.
        
Ninguna Constitución futura, ningún político profesional, ningún nuevo partido, nada que no sea el propio esfuerzo, del yo con las y los iguales, puede emanciparnos. La libertad no nos la regalará nadie, tenemos que merecerla y conquistarla.

“LA CONQUISTA DE LO COOL. EL NEGOCIO DE LA CULTURA Y LA CONTRACULTURA Y EL NACIMIENTO DEL CONSUMISMO MODERNO” Thomas Frank - 2011


Este libro es un jarro de agua fría. ¿Para quién? Para los que siguen pensando que los años 60 y 70 del siglo pasado (mayo francés, Panteras Negras, hippies, activismo político monotemático, antifranquismo, manifestaciones contra la guerra de Vietnam, movimientos sociales especializados, feminismos del odio, etc.) fueron “revolucionarios”.
        
Lo es porque refuta de manera concluyente, con buen acopio de datos y testimonios, que la “radicalidad” y la contracultura de los sesenta (“la década prodigiosa” para los cursis de izquierdas) fue una creación de las agencias de publicidad y los expertos en gestión empresarial, esto es, una mera adecuación del capitalismo a las nuevas condiciones.
        
Su núcleo argumental es simple: la industria publicitaria norteamericana  elaboró y difundió las nuevas ideas que sirvieron a continuación a los movimientos “radicales” para escenificar sus supuestas acciones contra el sistema.
        
Es sabido desde hace mucho que fue la gran prensa de EEUU la que creó a los hippies, para ofrecer una válvula de escape inofensiva, centrada en lo externo, lo super-simple[1] y lo formal, al desasosiego juvenil. Hay libros que estudian con rigor el asunto y no merece la pena insistir en ello, sólo recordarlo para que lo tengan en cuenta quienes, pudiendo por su edad ser nietos de los hippies, manifiestan tan escasa creatividad personal que imitan servilmente hoy a quienes en su tiempo fueron un vulgar montaje de los poderes mediáticos del gran capital.
        
Frank va mostrando cómo las agencias y los departamentos de publicidad comercial de las grandes compañías capitalistas fueron creando el inconformismo, el juvenilismo, la mentalidad anticonvencional y transgresora, los estilos de vida “alternativos” y el rechazo de las reglas, el feminismo androfóbico, las ideas sobre lo “natural”, lo “sincero” y lo “auténtico”, la transexualidad, el desprecio por la tradición (a la que se equiparó sin más con la reacción) y el pasado, el ansia de llamar la atención a toda costa y la necesidad de tener pintas “extrañas”, la irreverencia y demás particularidades de la contracultura, los hippies y la pseudo-radicalidad política de esos años, mitificados por muchos de manera absurda.
        
Advierte que aquellas entidades capitalistas actuaron como dictadores culturales respecto a un público dócil y pasivo, que se limitaba a vestirse, hablar, actuar y, sobre todo, consumir, como se le ordenaba, con la creencia además de que con ello estaba “haciendo la revolución”.
        
El propósito de todo eso fue realizar una ruptura con las generaciones precedentes a fin de que las nuevas se dotaran de la mentalidad propia de la sociedad de consumo, transformándose en una gran horda de ávidos devoradores de bienes y servicios. Esa “radicalidad” tenía una meta: crear el buen consumidor y la buena consumidora, y eso era todo. Un comentario esclarecedor del autor es que ya en 1967 el rebelde se había convertido en un dechado de virtudes consumistas. En efecto.
        
Para sonrojo, esperemos, de quienes aún siguen creyendo en aquellos lúgubres mitos prefabricados, el libro cita a la revista GQ, que pasó de ser una guía para empresarios a la defensora ardiente de la contracultura. En sus páginas se promovían las modas extravagantes, el activismo político, el consumo de marihuana, la música rock, la gran marcha contra el Pentágono de 1967 y otros eventos no menos “revolucionarios”, de los que iba a salir, se suponía, la nueva conciencia.
        
Fastuoso es el título del capítulo once, “El inconformismo, el estilo oficial del capitalismo. Todo ello era necesario, como señaló una famosa consultora de mercadotecnia de la época, para crear una generación de superconsumidores, la que actualmente disfruta de una jubilación durada, quizá no por mucho tiempo, dado el abismo de desintegración económica, espiritual y social en que está entrando Occidente.
        
Advierte que el consumidor y consumidora de pro tienen que estar dominados por lo que Frank denomina un “exagerado hedonismo”, que fue promovido a gran escala por la industria de la publicidad. Pues bien, la izquierda, la progresía y el gueto político siguen, ¡todavía! perorando sobre que las ideas de placer y goce son “anticapitalistas”…
        
El lado débil del libro es la visión simplista que ofrece sobre lo que es consumir, equiparado a un gastar superfluamente, o derrochar, cuando es todo un estilo de vida, una manera de concebir el mundo, un depender por completo de las cosas, una pérdida de la dimensión espiritual de la vida humana y una renuncia a la noción misma de transformación integral del orden constituido, a la revolución.
        
No menos desacertado es el enfoque especializado con que está realizada la obra, por lo que no tiene en cuenta las metas políticas que el sistema de dominación perseguía, que son coincidentes con las económicas pero que tienen un estatuto y categoría superior a éstas. La publicidad comercial, todo ella, es, en primer lugar, adoctrinamiento político, y de esa manera debe estudiarse, lo que no hace el texto. Al ignorar las necesidades políticas fundamentales del Estado en EEUU en ese tiempo, incurre en un error descomunal. Por ejemplo, ¿cómo separar a uno de los grandes iconos de la contracultural, el Partido Panteras Negras, de las necesidades del ejército de EEUU, de los proyectos del Pentágono para reclutar a la gente negra como soldados llevando adelante campañas muy fuertes contra el racismo anti-negro?
        
Además, cita frases esclarecedoras del ideólogo hippy por excelencia, Jerry Rubin, pero ignora casi todos los componentes negativos, e incluso letales, que el hipismo introdujo en la conciencia popular. Uno de ellos estuvo referido al proyecto contracultural para degradar y cosificar a las mujeres, con la moda hippy que las desexualiza y deserotiza, dejándolas aptas para ser nada más que mano de obra clónica y robotizada, humillándolas al forzarlas a vestirse de un modo que sus atributos físicos desaparecen, supuestamente para no ser “mujeres objeto”, esto es, para privarlas de su condición de seres humanos mujeres. El movimiento punk denunció, con toda razón, esa atrocidad del hipismo, pero ahora hemos vuelto a las andadas, con la moda neo-hippy, que reduce a las féminas a meras cosas más o menos desagradables de ver.
        
Lo cierto es que el proyecto de revolución integral ha de romper con la herencia funesta de los años 60 y 70, con su falso radicalismo, con su pro-capitalismo. Y el libro comentado ayuda a ello, al señalar que fue la publicidad comercial la que formó y difundió todas esas ideas pseudo-revolucionarias. Esperemos que sirva de algo.



[1] Leyendo, P. Rimbaud,  El último de los hippies. Un romance histérico, se siente uno alarmado. La causa es que la esencia de la personalidad hippie, bien retratada en ese texto, es la completa renuncia a pensar y el desdén más rotundo por la verdad, para refugiarse en una suma de dogmatismos y creencias prefabricadas que se caracterizan por su simplismo extremo y superficialidad sin paliativos. Si los medios de comunicación pudieron inducir a cientos de miles de personas a tan asombrosa negativa a usar de la propia inteligencia es porque poseen un poder que les permite lograr cualquier meta que se propongan, lo que es una pesadilla… y una amenaza gravísima.