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domingo, 11 de diciembre de 2016

LA MOVIDA MADRILEÑA Y LA TRANSICIÓN POLÍTICA


      
        La lectura del libro “La Movida modernosa. Crónica de una imbecilidad política”, de José Luis Moreno-Ruiz, deja una sensación agridulce, al ser una combinación de verdades -bizarramente dichas- y superficialidad, que se manifiesta ya en el título. La Movida, promovida por la izquierda política, mediática, académica y cultural, fue una imbecilidad, en efecto, pero fue muchísimo más, una temible operación de ingeniera social, político-cultural, efectuada desde las instituciones del Estado que culminó en un escenario pródigo en cadáveres, simbólicos y reales.

         El autor, que vivió en primera línea, experiencialmente, esos años, los diez primeros (1978-1988) del actual régimen de dictadura constitucional, partitocrática y parlamentarista bajo hegemonía de la izquierda, se atreve a exponer verdades tremendas aunque siempre parciales, pues no alcanza a interpretar el conjunto.

         ¿Qué fue la Movida madrileña, expuesta a la juventud actual? Formalmente, un movimiento pretendidamente provocador e irreverente dirigido a hacer de Madrid un gran centro de creatividad, modernidad y dinamismo, cultural y estético además de político. Siguiendo la línea de las vanguardias artísticas de los primeros decenios del siglo XX deseaba que la capital del Estado español se hiciera una ciudad depurada de la mugre franquista, cosmopolita e innovadora, esto es, febrilmente progresista.

         La Movida fue en lo principal obra del Ayuntamiento de Madrid, gobernado por la izquierda, el PSOE y el PCE (luego IU), y de la hegemonía que dicha izquierda tenia, abrumadora en esos años, en los medios de comunicación, la universidad, la industria cultural, el negocio de la diversión, los aparatos del gobierno y los ayuntamientos. El promotor de la Movida fue sobre todo E. Tierno Galván, jefe del socialismo y campeón del antifranquismo burgués, que en los años determinantes de aquélla fue alcalde de la villa. También contribuyó cómo no, el Ministerio de Cultura, grupos empresariales patrocinadores y otras fuerzas, todas interesadas en que la ciudad siguiera siendo la urbe mandante y prestigiada, tras decenios de hegemonía de Barcelona.

         La Movida se concretó en un supuestamente nuevo cine (con Almodóvar al frente), diversas revistas, salas de conciertos (la tan citada Rock-Ola[1]) y exposiciones, mucha vida nocturna y pseudo-bohemia, informalidad pretendidamente provocadora en la calle, ruido vanguardista en radio, prensa y televisión, alcohol y drogas al por mayor, esnobismo fácil, imitación paleta de modas foráneas y poco más. Parecía que iba a emerger algo importante de todo ello, pero en unos años se constató que no, que era sólo verborrea y frivolidad, tosca mercadotecnia y falta de creatividad y, para usar la enunciación del autor, imbecilidad en enormes dosis. Todo fabulosamente bien subsidiado y pagado desde los aparatos del Estado. De un Estado que en nada había cambiado desde los tiempos del franquismo. De un Estado que se había lanzado contra el pueblo en 1936 y desencadenado la guerra civil. De un Estado ayer fascista y hoy parlamentarista.

         Pedro Almodóvar recibe algunas pedradas del autor, pocas para lo que corresponde. Su cine, marcado por la elementalidad y la torpeza, se reduce a llenar de contenidos izquierdistas el lastimoso estilo de los directores del franquismo, Mariano Ozores, etc. Claro que el público que aplaudía sus películas llevaba decenios siendo desestructurado y embrutecido[2], maleado y deshumanizado, por su militancia en los partidos de la izquierda, de manera que era todo lo que podía admitir, tal pedestre combinación de franquismo y progresismo con fines adoctrinadores. El autor se contenta con calificar de “malas” a las obras de Almodóvar y a éste de “haber perfumado de modernidad… el putrefacto cine español comediante que se hizo en los años sesenta”. Exacto, pero si el Partido Comunista había actualizado (y con ello salvado de una probable ofensiva revolucionaria popular) al régimen franquista, haciéndole “democrático”, Almodóvar, afiliado a aquel partido, debía hacer lo mismo en su actividad particular. A Moreno-Ruiz le falla el análisis global.

         La droga fue, en verdad, el centro de la Movida, junto con el alcohol. El libro se pasma ante los incontables sujetos que circulaban entonces por la ciudad “estupidizados por la cocaína” pero oculta (a mi entender, por exceso de temor) lo bien conocido, que fue el mismo alcalde, el hombre de izquierdas Tierno Galván, quien incitaba una y otra vez a su consumo, con todo el descaro y sostenido por los aplausos de la perversa prensa de la época, con muy escasas excepciones. En mi libro “Borracheras No” imputo a Tierno, o sea, a la izquierda, el haber implementado entonces una línea, fríamente planeada y buscada, para alcoholizar a la población con fines políticos. Lo mismo es pertinente sostener de las drogas.

Se podría sintetizar el asunto sosteniendo que ése fue uno de los contenidos principales de la Movida, una operación promovida por tres actores, los aparatos del Estado, la izquierda en esos años hegemónica y el artisteo e intelectualidad, para eliminar (exterminar), a cientos de miles de personas potencialmente peligrosas para el nuevo régimen, pues provenían de la lucha popular antifranquista y no se contentaban con el cambio en la forma de dominación que había efectuado la Constitución del 78, obra sobre todo de la izquierda.

Si en la guerra civil y la postguerra el franquismo asesinó al por mayor, y así asentó su régimen, en la Transición el arte de matar en beneficio de la razón de Estado alcanzó una profunda renovación, con lo que la operación se hizo de manera mucho más inteligente, cómoda y barata para el ente matarife. Se basó en tres operaciones sucesivas e interrelacionadas: 1) imponer que la droga y el alcohol eran “liberadores”, “antifranquistas”, “antiburgueses” y también “revolucionarios”, 2) anular la capacidad de supervivencia, el instinto mismo de conservación, del sujeto común, a través de la imposición de la ideología hedonista y epicúrea, para que se auto-matase, para que se exterminase a sí mismo, 3) situar, en la calle, las drogas al alcance de todos, democratizarlas diríamos, lo que fue tarea de los servicios especiales del Estado, con la ayuda inestimable de los curtidos servicios institucionales, militares y policiales, para tareas sucias y muy sucias de EEUU.

Así, de una manera elegante, barata, discreta y cómoda, fueron exterminadas unas 500.000 personas sólo por las drogas (por el alcohol es posible que otras tantas), sin haber tenido que organizar el costoso y ruidoso follón de una nueva guerra. Llama la atención que los seres nada de la modernidad en cuanto se les dio la orden de auto-asesinarse, lo hicieron de un modo puntual y completísimo, como chicos obedientes que son. Una vez que la gente potencialmente más inquieta estaba auto-matándose en masa con las drogas y el alcohol[3] la izquierda pudo cómodamente realizar dos de sus operaciones estrella, meter a España en la UE (1985) y en la OTAN (1986). Previamente, el Partido Comunista había ido destruyendo la mayor parte de las formas organizativas, estructuras de autoayuda y modos de afirmación de las clases populares, para entregarlas desorganizadas e impotentes al capitalismo, especialmente con los Pactos de la Moncloa (1977), que fueron la concreción “social” de la Constitución de 1978, suscritos por el PCE y su apéndice sindical, Comisiones Obreras.

Antes de la Movida, que desde Madrid se expandió a todas partes, no se consumían drogas y la gente común no se solía emborrachar. Después sí, y en masa. Para eso se organizó aquélla. Y para quitar la vida a 500.000 personas, una parte de las cuales “sobraban” políticamente.

El libro explica cómo se organizaba el sistema de llenar los bolsillos de los artistas y artistillas, de los intelectuales e intelectualillos progresistas y de izquierda con dinero del Estado, que subvencionaba conciertos, películas, conferencias, giras, publicaciones, libros, presencia en los medios, etc., desde el Ministerio de Cultura. En Madrid estaba, además, el Ayuntamiento. De esas dos fuentes de numerario, inagotables, salió la Movida Madrileña. Los datos están muy bien, pero Moreno-Ruiz se desliza a menudo por la vía de la hablilla, la anécdota e incluso el chascarrillo, lo que rebaja la calidad del texto.

Uno de los grandes momentos del libro es cuando expone un dato obvio, conocido por todos pero tenazmente negado por un progresismo inane, racista y tontorrón, que los Black Panthers estaban controlados por el FBI. Promover el racismo antiblanco ha sido y sigue siendo una operación muy rentable en EEUU, casi tanta como la de hacer de la droga un producto de consumo de masas, otra de las tareas de los cuerpos policiales. El libro ofrece bibliografía sobre las conexiones ente la CIA, la intelectualidad hippie y las drogas[4]. A ella remito al lector o lectora. Moreno-Ruiz tiene frases bastante duras contra los hippies, que deberían meditarse para poner fin a ese retorno a la contracultura que padecemos todos los veranos: hay muchos, muchísimos, cadáveres por medio para que se nos sigan vendiendo como si nada lo que este autor denomina “basuras que dejaban los seudomovimientos tales como el de los hippies”.

Ironiza sobre “los poetillas y poetastros” que “trincaban pasta del Ministerio de Cultura”, advirtiendo que ésta institución “era muy generosa con los propagandistas líricos de la Movida”. Si, el Estado es siempre dadivoso en extremo con los rastreros intelectuales y artistas que se ponen a su servicio, en particular sin son de izquierdas y progresistas, hasta el punto de que los artistas e intelectuales “movideros” comían “de los pesebres del poder”, como antes lo hicieran sus colegas falangistas, clericales, opusdeistas y franquistas. Una mujer participante en la farsa de la Movida matritense lo describe con sinceridad, al puntualizar que su meollo era pasarse el dia “saliendo y entrando de los bares”. Para las mentes sustantivamente dañadas por una militancia de años en las formaciones de la izquierda esa tarea, tan sencilla, elemental y práctica, era hacedera. Otra más difícil hay que poner en duda que fueran capaces de realizarla…

La percepción fundamental del autor se condensa en la frase “los siniestros y estúpidos años ochenta”, o sea los años de triunfo de “la democracia”, hegemonía política y cultural de la izquierda, PSOE y PCE-PSUC, de sus sindicatos neo-verticales, UGT y CCOO, de sus organizaciones pacifistas, feministas y ecologistas, de todo un mundo que se asentó en 500.000 cadáveres, uno a uno. Por supuesto, son un poco menos horribles que Franco, que lo hizo sobre 600.000…

Una sección de gran interés del libro es la que dedica a una práctica habitual en el mundo de la cultura progre, feminista y de izquierdas, “las contrataciones bajo derecho de pernada”[5]. Se refiere al “acoso sexual que padecían las chicas” que intentaban ganarse el pan trabajando en ese sector, muy bien conocido por el autor, que formó parte de él. Puntualiza, con valentía y sin arredrarse, que dicho acoso era “por parte tanto de los tíos como de las tías”. Esto es de primera importancia, pues sucedía, además, en un ambiente dominado por la fe feminista, propia de la izquierda. Añade que eran “muy progres y rojos todos” pero acosaban, acechaban, perseguían y violaban a las chicas (y también a los chicos) empleadas, lo que efectuaban machotes sin hombría, lesbianas inmorales, bolleras políticas y homosexuales con mando.

Moreno-Ruiz se refiere a los “verracos” y “verracas” que atormentaban a tales muchachas (y muchachos) asalariadas en las empresas y compañías culturales, artísticas y similares de la progresía roja, arrastrapancartas y panfletista. Señala con el dedo acusador a los que, luego, darían respaldo al izquierdista radical Rodríguez Zapatero[6] y a la revolución cubana, los cuales, ellos y ellas, “se follan a pobres muertos/as de hambre sin defensa posible ni capacidad de respuesta”. Véase que se refiera también a varones, lo que era efectuado por gays con poder tanto como por mujeres heterosexuales con autoridad. Esto es decisivo porque según se nos dice e impone desde arriba, la violencia contra las mujeres tiene lugar en un solo espacio, el hogar, y nunca en el de la empresa capitalista, menos si ésta es empresa izquierdista y progresista, por tanto, feminista[7]. Además, jamás hay violencia de las mujeres hacia los hombres, ni abuso ni humillación ni agresión de aquéllas hacia éstos, lo que es el dogma central del credo feminista. El autor glosado, saludablemente deslenguado, tira de la manta y descubre la verdad.

Menciona, además, que preparó para una conocida revista un reportaje sobre el acoso sexual en las empresas a cargo de hombres amorales y lesbianas depredadoras, que si bien fue entregado por él a la dirección de la publicación no se publicó. Eso muestra la centralidad de la censura en el mantenimiento de los dogmas-embustes del feminismo y el izquierdismo.

Todo ello, además, desmonta los argumentos feministas que otorgan base argumental a la actual Ley de Violencia de Género, que se apoya en una gran falsedad por casi todos compartida y por casi nadie públicamente negada (quien lo hace es perseguido y triturado, en particular si es mujer), que es el hogar y no la empresa en lugar donde las mujeres son humilladas, agredidas y violadas. Posiblemente, la mitad de las mujeres (unas 500) que se suicidan cada año, toman tal decisión por el acoso sexual que padecen en la empresa, a cargo de varones bestiales, lesbianas desalmadas y bolleras políticas. Esa cifra es unas 8-10 veces superior a las mujeres asesinadas por sus parejas. Si a ese número se unen las que se refugian en los psicofármacos para calmar la angustia insuperable que le producen las violaciones continuadas en los lugares de trabajo asentados en el régimen salarial, esto es, en la empresa jerárquica capitalista que impone y protege la actual Constitución, y considerando que esas drogas legales son tóxicos que enferman y matan a largo plazo, podemos concluir que la violencia sexual en la empresa capitalista, privada o estatal, es una de las principales causas de muerte de las mujeres, incomparablemente por delante de la violencia doméstica.

¿Dónde está la esencia de la Movida? Para el autor en “el culto a la trivialidad”, lo que es acertado si no se es muy exigente en el análisis. Fue eso y muchísimo más, una operación política, una acción ideológica y al mismo tiempo una intervención de ingeniería social que alteró esencialmente el cuerpo social, para peor, mucho peor, cuyos efectos tardarán siglos es ser restañados. Y todo ello ejecutado por la izquierda, por los socialistas y comunistas, con alguna ayuda ocasional de los anarquistas[8], o sea, las mismas fuerzas que en la guerra civil frustraron en el bando republicano la revolución popular en auge, rehaciendo el ente estatal y constituyendo un nuevo capitalismo sobre las ruinas del demolido en el verano de 1936.

Liberador, al ir a contracorriente de una de las más pendencieras religiones políticas impuestas hoy desde el poder, es el capítulo titulado “Mariquitas Pretorianos”. En él informa que en los tiempos de la Movida hubo bandas de homosexuales que ejercían la violencia impune contra quienes les contradecían o criticaban por cuestiones como, por ejemplo, la calidad de un determinado libro de poesía, propinando palizas, “e incluso violaciones en grupo”, a otros individuos, a veces también homosexuales, para mantener su hegemonía, práctica a la que tilda de “mafiosería” o “mafia mariconil de la Movida” que operaba unida a “la mafia posmodernamente estalinista de los progres”. Moreno-Ruiz lo relaciona con las teorías y el actuar del homosexual japonés Yukio Misima, un virulento fascista. También se puede relacionar, aunque no lo dice, con la jefatura de las SA nazis, formada sobre todo por gays, o con una parte de la policía femenina de los campos hitlerianos de concentración para mujeres, integrada por lesbianas, algunas particularmente sádicas, responsables de crímenes terribles contra las detenidas.

En resumen, las variadas y sustanciosas aunque dispersas y poco analizadas pinceladas que ofrece el libro comentado son al mismo tiempo de enorme interés y radicalmente insuficientes. La Movida establece una sociedad en desintegración, en decadencia, inviable a largo plazo, acosada por las drogas y el alcohol, esto es, asombrosamente exterminacionista y genocida, justamente la necesaria para que el sistema capitalista actual pueda funcionar. Y todo ello resulta de la acción de la izquierda comunista y socialista, así como de sus sucursales institucionales culturalistas, sexistas, mediáticas, policiales, sindicales y otras.

Lecturas Complementarias

Tres textos de mi autoría que complementan y amplían lo expuesto son:


“Nuevos movimientos sociales: evolución y perspectivas. En pos de una vía hacia la revolución integral”


“A los 40 años de la muerte de Franco. La Transición del franquismo al parlamentarismo, 1974-1978”


                   “La guerra civil explicada a los jóvenes ochenta años después”


[1] Dando un giro inesperado a la información conocida, Moreno-Ruiz vincula esta sala de conciertos, que fue el templo de la Movida, con los mercenarios del GAL, el grupo criminal organizado por los gobiernos de izquierda para asesinar a luchadores vascos. Fue la izquierda, no la derecha, la que creó esta banda de extrema derecha que asesinó a varis docenas de personas.

[2] Los santones de la Movida Madrileña eran penosos pero su público lo era también. Una gran parte de él había padecido la militancia en el PCE, sobre todo a partir de 1974, siendo intelectualmente laminado por la lectura individual y en grupo, efectuada de rodillas, de panfletos tan deleznables como “Después de Franco, ¿qué?”, 1965, de Santiago Carrillo, el entonces mandamás del Partido Comunista. Quienes aceptaron tal subproducto es porque habían aniquilado dentro de sí sus facultades pensantes y reflexivas, haciéndose sujetos sin cerebro. Tales criaturas mutiladas y nulificadas eran las que glorificaban a un pícaro como Almodóvar. Carrillo, años después, obsequió a su crédula y servil parroquia con otra basurilla, “Eurocomunismo y Estado”, 1977.
[3] Es muy fácil, y muy cómodo, adoptar la pose de víctimas, practicar el victimismo y culpar de todo a otros, a fuerzas exteriores, escamoteando la propia responsabilidad. Pero lo cierto es que ésta existe siempre, y que los individuos y los grupos son responsables de sus actos en un grado mayor o menor, en este caso de haberse matado a sí mismos. El Estado de bienestar, impuesto por Franco en 1963, junto con la estructura super-protectora de la familia española, obra sobre todo de la Iglesia y la Sección Femenina, que llenaron la cabeza de millones de mujeres madres de un paternalismo asfixiante y aniquilador hacia sus hijos, construyeron a los individuos de la nueva generación como sujetos que no sabían cuidar de sí mismos, que carecían de fuerza interior y de voluntad de vivir, los cuales en cuanto el Estado y la patronal, sirviéndose de la izquierda, desataron la galerna de la drogadicción y la alcoholización obligatorias cayeron en el garlito masivamente, muriendo por cientos de miles.
[4] Siempre que se compara a la izquierda y la contracultura con los nazis y los falangistas hay gente que se ofende, a pesar de que unos y otros son lo mismo en esencia, instrumentos del poder constituido. El libro “El gran delirio. Hitler, drogas y el III Reich”, de Norman Ohler, describe lo ya desde hace mucho sabido, que los jefes nazis eran unos drogadictos compulsivos que se metían una notable cantidad de sustancias. Esto hace de los gurús hippies y de los jefes nazis el mismo tipo de sujetos políticos… En efecto, cambian las ideologías de que se vale el poder pero no cambia el poder, salvo para hacerse cada vez más poderoso. Así pues, y para nuestro caso, falangistas, progres, hippies, contraculturales, feministas, nazis, republicanos, izquierdistas y asimilados forman un único bloque, el de los agentes políticos e ideológicos del Estado cuya finalidad es servir a las élites mandantes e impedir la revolución popular integral.

[5] Una de las obsesiones de la progresía española era la denostación de la Edad Media, donde supuestamente existieron unos “señores feudales” extremadamente perversos que practicaban el derecho de pernada. Sobre esto no hay manera de aportar algún documentación creíble pero sobre el derecho de pernada impuesto por la burguesía de Estado progre-feminista-izquierdista de la “democracia” ahí está como testimonio lo que describe Moreno-Ruíz. Claro que no se puede esperar nada, ni en lo intelectual ni en lo moral, de una generación que se degradó y anuló con los libros de pseudo-historia de Manuel Tuñón de Lara, el “historiador” del Partido Comunista.

[6] Con éste como presidente del gobierno (2004-2011) e incluso un poco antes, los cineastas de la izquierda, o sea, casi todos, se convirtieron en una fuerza pretendidamente crítica y subversiva, algo así como la conciencia del pueblo español. Moreno-Ruiz los describe de manera sumaria pero exacta, al calificarlos de “los trincones del cine”, expresión que resulta de las enormes sumas de numerario estatal que recibían en compensación por su militancia, con la cual al mismo tiempo que defendían la “justicia social” se hacían millonarios. Pedro Almodóvar era, es, el jefe de los trincones.

[7] El feminismo de la Transición y la Movida estaba casi todo él inspirado en el libro “El segundo sexo”, de Simone de Beauvoir. Sobre su vida y obra un análisis que se lee con gusto es “Simone de Beauvoir: nazi, pedófila y misógina”, de Lucian Valsan. Éste coincide con lo expuesto sobre ella en el “Feminicidio, o autoconstrucción de la mujer”, del que soy coautor. Lo peor de aquélla no es que fuera una colaboracionista consciente y activa con los nazis en 1940-1944 ni tampoco su repulsiva pedofilia, no, lo más terrible es su misoginia, su machismo, el odio a la mujer y a lo femenino que impregna toda su obra y que se manifiesta muy particularmente en el libro suyo citado, la Biblia del feminismo. Por eso es exacto sostener, como muestra Valsan, que el feminismo es una de las formas más agresivas de machismo.
[8] Moreno-Ruiz dedica algunos párrafos a enjuiciar desde su experiencia el quehacer del anarquismo y la CNT en la Transición política y durante los años de la Movida. Su conclusión también esta vez es concisa y certera, al calificar el anarquismo de entonces de “impostura de niños de familia”. La organización anarcosindicalista se hizo centro receptor de varias de las más destructivas expresiones de la ideología burguesa de entonces, en particular del nihilismo burgués y el malditismo esteticista, además de realizar una política global que era la forma más “radical” de socialdemocracia. Con ello el movimiento libertario español otorgó continuidad a su colaboración con el ejército durante 1929-1931, para imponer la II república, a su adhesión vergonzante a la muy represiva política del Frente Popular en 1936 y a su incorporación a un sinnúmero de organismos de poder estatal o neo-estatal en la zona republicana, sin olvidar su participación en la reconstrucción del capitalismo allí donde la clase trabajadora lo había destruido al aplastar el alzamiento militar franquista. Mi libro “Investigación sobre la II república española, 1931-1936” trata extensamente esta cuestión.

5 comentarios:

  1. Enorme parecido con lo sucedido en México durante los años 80, teniendo a los Salinas como cabeza de estado

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  2. Uf! Cuántas historias que no son conocidas!

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  3. Muy bueno...hace años que intuía todo esto que dices... Solo hay que recordar la basura de la música de aquellos tiempos para entender que aquello no era normal... Pero la cosa no empieza en los 80...todo esto empieza en los 60 en Usa e Inglaterra.

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  4. Muy buen artículo Félix, curiosamente un grupo de la movida, "La Mode" ya vió de que iba todo esto y lo contó en su canción "Evolución de las costumbres"

    https://www.youtube.com/watch?v=hIsiglRGR54

    ...se nos toma por bobos...son los tiempos modernos que nos toca vivir...
    ...a los cuentos de niños se les cambia el final..

    Simplemente genial

    El grupo fue condenado al ostracismo por los sociatas de la época. ¡Malditos gañanes!

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