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sábado, 19 de marzo de 2016

EL CAMBIO DE LOS TIEMPOS NOS LLENA DE ESPERANZA (II)


        Cada fase histórica tiene su sistema y sus agentes. Europa, en los años 30-50 del siglo pasado, estuvo regida por sistemas fascistas y por autócratas de extrema derecha (Churchill, De Gaulle, Adenauer, etc.). Tiempos duros. El proletariado seguía a los partidos comunistas estalinistas (fascistas de izquierda), y la intelectualidad burguesa jugaba a ser “anticapitalista”. En el exterior, el colonialismo europeo dejó paso al neo-colonialismo usufructuado por EEUU, mientras la otra superpotencia, la Unión Soviética, decaía, víctima de su propia barbarie, olvido del ser humano y tiranía.



         Los años 60 conocen un cambio en las formas de dominación y en sus actores. Desde arriba se impone el progresismo, la contracultura, los hippies y la izquierda. Todo se hace fácil, divertido, suave, frívolo… Es una estrategia hábil para contribuir a la derrota de la potencia rival, la URSS. Florecen mayos de pacotilla y en el Tercer Mundo triunfan “revoluciones” no menos sospechosas. Europa parece que va bien económicamente, crece el PIB y progresa el consumo, en una sociedad del placer y el hedonismo. Pero los fundamentos económicos de esa Europa “feliz” están inicialmente minados.



         La situación se comienza a modificar hacia 1990, cuando el paradigma de dominación instaurado treinta años antes declina. Mientras Europa se desindustrializa, convirtiéndose en un museo, las nuevas potencias emergentes, en particular las asiáticas, progresan. La mano de obra europea, devastada por el trabajo asalariado maquinizado, el consumo obsesivo, el hedonismo obligatorio, la destrucción de las forma naturales de convivencia (la familia, la vecindad, los compañeros, las amistades, etc.) y la pérdida de todo horizonte espiritual, se está viniendo abajo y está dejando de ser tan eficiente.



         Se prohíbe de facto la maternidad y la paternidad, sobre todo la primera, para expoliar la mano de obra a los países pobres, operación neo-esclavista que se justifica con grandes gritos contra el “racismo”. Lo que resulta es una demografía de pesadilla, con Europa convertida en un geriátrico. Museo y además geriátrico. A la vez, la formidable concentración y acumulación de capital en curso está arruinando a multitud de pequeños agricultores, artesanos y tenderos, que son salarizados.



La banca, fusionada con el gran capital mercantil y lo que queda de la gran burguesía industrial, lo domina todo. Este pavoroso totalitarismo económico se hace con una porción creciente de la riqueza y, por tanto, del mando global. El sujeto común, cada vez más, se siente una nada en manos de poderes descomunales, con la libertad personal perdida. Al mismo tiempo, la autoridad y presencia del Estado, con el aplauso de todo el espectro político, se incrementa también año tras año. En unos pocos decenios, si la situación sigue como hasta ahora, el artefacto estatal se apropiará tendencialmente del 100% del PIB. Será el triunfo del “socialismo”… de Estado.



         El Estado de bienestar, la gran “conquista” de la izquierda (aquí lo instala Franco en 1963…), es la sociedad-granja realizada. Con él se hace al sujeto irresponsable, asocial e incapaz de cuidar de sí mismo. Transcurrido un tiempo, el Estado de bienestar informa de que no va a poder seguir manteniendo indefinidamente a sus protegidos-dominados, por falta de fondos. Se anuncia, con ello, una hecatombe.



         El momento del derrumbamiento explícito del orden europeo estatuido en 1960-1990 es la crisis económica de 2008-2014. En desordenado tropel, muchas de las gentes que se habían creído la fabulilla sobre el bienestar económico a perpetuidad ven descender vertiginosamente su situación presupuestaria, primero a mileuristas y después a seiscientoseuristas. La juventud sobre todo. El dato, estremecedor, de que la media de los poco numerosos jóvenes entre 20 y 35 años con trabajo ingresan la mitad que sus padres a su misma edad y por actividad similar dice muchísimo sobre el presente y el futuro. Nada hay en la situación económica europea y mundial que permita suponer que esa situación pueda revertirse. Todo indica que irá a peor.



         La crisis económica reciente, por tanto, ha desautorizado un proyecto político y social que, además, llevaba muchos años descomponiéndose. Y está triturando, no sólo en Europa sino en todo el mundo, a quienes han sido sus promotores y agentes, la izquierda pro-capitalista y el progresismo burgués. Una y otro tuvieron su gran momento cuando afluían los recursos, había una demografía sana y los países emergentes eran mucho menos activos económicamente. Hoy todo se ha modificado.



         En lo que llaman España la situación tiene sus peculiaridades. Con una crisis y desestructuración social mayor que la media europea, en gran medida por culpa de Alemania (país que está realizando el proyecto de Hitler de conquista y sojuzgamiento de Europa, lo que incluye su fascistización), la persistencia del progresismo es mucho mayor. Se debe al recuerdo de la  guerra civil, a la errada percepción de que la izquierda combatió a Franco, cuando en realidad, con sus errores, brutalidades y crímenes, hizo casi tanto por la victoria de aquél como el franquismo. Por otro lado, la izquierda, en 2011, conoció una derrota electoral descomunal, y ahora su situación es más parecida a un barco desarbolado que es arrastrado por corrientes favorables que a un buque que navega por sí mismo.



         Para manejar a las masas en la crisis e implantar la anhelada solución, el modelo chino de economía, los poderes fácticos han escogido a la nueva izquierda institucional, una creación propia de última generación, aunque precipitada y un tanto chapucera. La demagogia es el todo de esa formación. Promete a gritos lo que es imposible y nadie puede realizar. Pero sus embustes y patrañas, por descomunales que sean, tienen una gran demanda popular, en especial entre la juventud, que todavía no está preparada para conocer la áspera realidad y vive en la desolación. Su hegemonía es, en un último análisis, el segundo y fugaz momento desenvolvimiento de la conciencia del histórico cambio a peor en lo económico que necesariamente ha de transitar Europa. Primero fue el 15-M. Después ha sido esta nueva izquierda.



         El 15-M prometía soluciones fáciles: bastaba con acampar en las plazas y hacer asambleas para que la situación volviera a ser la anterior a la de la crisis de 2008. Olvidó que los caminos fáciles no llevan lejos. Era el primer movimiento de añoranza del pasado inmediato, creía posible retornar a la “normalidad” del hiper-consumo anterior a 2008. Ese era su “anticapitalismo”. Fracasó. Luego vino la nueva izquierda populista. Ahora es aún más fácil: sólo es necesario votar y seguir en la tele al nuevo mesías dador de “derechos sociales” a la plebe. Tal ridiculez ya está fracasando.



         ¿Y después? La pérdida de poder de Europa occidental en el mundo es estremecedora por su intensidad y rapidez[1], y es además un proceso imparable. Quienes quieren volver al pasado se empeñan en lo que no puede ser, y en lo que además es prodigiosamente reaccionario. La salida a los problemas no es mirar hacia atrás sino hacia adelante. No está en un utópico consumismo sino en la revolución.



         El descrédito consolidado de la vía institucional de retorno a lo que ya no existe y no puede existir más, será un saludable ejercicio de realismo para las personas más avanzadas y sagaces. Entonces se abrirá el tercer momento de réplica a la crisis de la formación social europea. Constatado lo inexorable del descenso hacia la sociedad de la escasez y la penuria cada persona deberá escoger qué camino va a seguir. Lo mismo estará obligado a hacer el conjunto de las clases populares.



         Lo indudable es que el sistema de ideas, el programa y los actores políticos que han venido hegemonizando el panorama intelectual, ideológico, cultural, político, social y sindical desde los años 60 y 70 del siglo pasado ya no podrán continuar haciéndolo, o al menos tendrán que cambiar de contenidos y práctica. O dan un giro radical, convirtiendo las cañas en lanzas, la retórica izquierdista en acciones extremo-derechistas, o no les sirven al sistema de dominación, y por tanto desaparecen. Pero cuando den el giro, cuando se despojen de la máscara populista y pseudo-reivindicativa, lo que será un proceso y no un suceso puntual, estallará su conflicto con las clases populares, ya latente y bastante agudo objetivamente.



          Estamos, por tanto, en el umbral de un cambio decisivo de paradigma político, lo que se pone de manifiesto en el agotamiento múltiple del hoy existente, a nivel de todo el planeta. Pero, por las peculiaridades propias de la historia española, antes citadas, las elites del poder han decidido seguir utilizando, al menos tácticamente, los viejos instrumentos políticos. Tienen buenas razones para ello. La izquierda (PSOE y UGT) y el progresismo republicano fueron el alma de la II república, desde 1931, habilísima en ametrallar a las clases trabajadoras un día sí y otro también. El Frente Popular incluso elevó a un nivel superior esa terrible carnicería, en la primavera de 1936, siendo una sangrienta forma de anti-revolución. Durante la guerra civil, en la zona republicana la izquierda reconstruyó el Estado, que había sido destruido, y rehízo el capitalismo, que estaba liquidado. Con tal proceder, además, facilitó decisivamente la victoria de Franco. En la Transición del franquismo al parlamentarismo, la izquierda, sobre todo el PCE y los grupos marxistas-leninistas, pactaron con el régimen franquista, representado por Adolfo Suárez, la continuidad del poder constituido, haciéndose sus principales garantes en la calle. A partir de 1982 el PSOE en el gobierno gestiona maravillosamente las necesidades del capitalismo, secundado en todo lo importante por el PCE-IU. El periodo del gobierno de la izquierda presidido por J.L.R. Zapatero, 2004-2011, fue el de la apoteosis del gran capital, enmascarado tras frivolidades mil. Es lo que suele acontecer, que los tiempos de abundancia entontecen y envilecen a los seres humanos.



         Con tales antecedentes, ¿cómo extrañarse que una vez más el poder constituido se sirva de la izquierda? Pero ahora hay una peculiaridad, que los contenidos propios de ésta, tal y como se han manifestado en los últimos decenios, están en contradicción creciente con las nuevas realidades mundiales y con las nuevas necesidades del bloque Estado-clase empresarial. En 1982, por ejemplo, la izquierda lo tuvo fácil pues la crisis europea era tan inicial y leve todavía que apenas se manifestaba en la vida de la gente. Hoy la situación es diferente. Por tanto, donde entonces hubo concesiones, cesiones y limosnas hoy tiene que haber, necesariamente, recortes, pérdida de derechos adquiridos, empobrecimiento y trabajo asalariado incesante. Y represión. O sea: lo que está haciendo Syriza en Grecia, donde ejerce de extrema derecha.



         Así pues, avanzamos a buen paso hacia un enfrentamiento a cara de perro entre la izquierda populista y sectores al menos cualitativamente decisivos de las multitudes trabajadoras. En él se implicará todo el paquete de locuras, extravagancias y disfunciones del populismo izquierdista, como se han ido construyendo desde hace al menos un cuarto de siglo: las religiones políticas, el “antiimperialismo” en tanto que sumisión a los oligarcas tercermundistas y los teofascismos, el “anticapitalismo” como hiper-consumismo, la veneración ciega por el ente estatal, la cosmovisión del odio, etc. Dicha izquierda va a ser utilizada a fondo por el sistema y por tanto, se va a desgastar sustantivamente. Es más, se va a destruir, al menos es sus expresiones actuales. Ya se desplomó parcialmente en 2010-2011, y la próxima vez será mucho peor. Puede evolucionar, en efecto, hacia una forma explícita de extrema derecha (tal es la trayectoria de Syriza, por ejemplo), lo cual es probable, pero en ese giró se suicidará políticamente.



         Esa es una oportunidad para la revolución. El tránsito de Europa desde una situación estable, que ha durado medio siglo, a otra inestable, que ha de acontecer pronto, o mejor dicho, que está aconteciendo ya porque toda la realidad mundial está siendo trastocada por fuerzas emergente muy poderosas, volverá a crear nuevas y desconocidas condiciones para el fomento de estados de conciencia y prácticas sociales diferentes a las precedentes, quizá revolucionarias.



         Indudablemente, el desgaste, agotamiento y ruina de la nueva izquierda institucional, que en más o en menos será inevitable en las nuevas condiciones políticas, llevará al poder a lanzar nuevos instrumentos políticos, para disputar el control de la calle a la revolución. Pero esto tiene algunas concreciones a considerar. Apenas nada está haciendo en esa dirección por el momento; no es tan fácil poner en pie todo un programa con fuerzas organizadas operativas añadidas; en hacerlo tardará un tiempo, tiempo precioso para el avance del proyecto revolucionario; mientras tanto la pérdida de poder (también, por tanto, de poder económico) de la UE en el mundo se acelerará y con ello el socavamiento de la sociedad de consumo con Estado de bienestar europea, que el fundamento económico del orden político existente. En consecuencia, los próximos 3 ó 4 años se caracterizarán por el progresivo desenmascaramiento, enfrentamiento con las clases populares y agotamiento de la izquierda populista, que irá paso a paso situándose a la defensiva (ya casi lo está), por el ascenso de las manifestaciones de resistencia a aquélla y por la acción consciente de las fuerzas revolucionarias, que si se dotan de una buena estrategia pueden ir ganando espacios decisivos cualitativamente a la reacción izquierdista y populista.



         Derrotada e inoperante ésta, se abrirá un nuevo escenario político, en una situación más favorable para los revolucionarios. También puede suceder que no se dé con la estrategia adecuada y éstos simplemente se extravíen, yerren y pierdan la gran oportunidad que se está constituyendo. No todo está determinado, y el futuro es siempre un abanico de posibilidades, de las que hay que decidirse por una, para intentar convertirla en realidad. Esto se logra o no se logra, se logra más o se logra menos.



         El tiempo de la izquierda ha pasado. Que en España sigan aferrados a ella los poderes constituidos es un anacronismo con cierto fundamento, aunque más pronto que tarde se disipará (en Grecia lo ha hecho en un año…). ¿Qué vendrá después como política del poder? No lo sabemos (aunque una forma de extrema derecha o incluso de fascismo adecuado a las realidades del siglo XXI es lo más probable), pero sí podemos aprovechar el tiempo inmediato para disputar la hegemonía cualitativa a la izquierda pro-capitalista.



         El momento crítico para el populismo demagógico será la próxima fase descendente del ciclo económico. Ahora llevamos dos años de recuperación, parcial y tambaleante, debido a las graves disfunciones de fondo de la sociedad europea y de sus fundamentos económicos. No tardará en venir una nueva recesión, que probablemente será depresión grave, con un rápido incremento del paro, recortes en las prestaciones sociales, aumento de los impuestos, descenso de los salarios, alargamiento del tiempo y la intensidad del trabajo, incremento de la marginación social, etc. Eso será ya la sociedad de la pobreza realizada, la tercermundización progresiva de Europa en su fase inicial. En tal situación se implantará paso a paso el modelo chino de economía para realizar un nuevo ciclo de industrialización, con todos sus horrores. Entonces progresará el final del orden europeo instituido hace medio siglo, y el descrédito de sus instrumentos políticos. Eso será un cambio histórico.



         ¿Qué hacer? Los problemas de las clases populares europeas únicamente pueden ser atendidos con cuatro tipos de medidas: la lucha en la calle, el desarrollo de múltiples formas de ayuda mutua, que cada cual aprenda a cuidar de sí mismo junto con sus próximos y el ascenso de una corriente revolucionaria. No hay otra solución posible. Hoy muy pocos entienden esto pero los hechos son tozudos y harán que al menos algunos lo comprendan. En los próximos años. La primera medida demanda romper con el parlamentarismo, la segunda con la fe en el Estado de bienestar, la tercera con la reducción de la persona a ser nada, inepto, dependiente e incapaz, y el cuarto con el izquierdismo burgués.



         Esta es la tendencia principal, si bien existen y existirán multitud de factores complementarios, y algunos incluso contrarrestantes, lo que otorgará a los acontecimientos el tipo de complejidad, confusión, impredecibilidad relativa e indeterminación finita propias de los procesos reales. Pero, a través de todo ello será realizada y concretada la presión brutal sobre las pueblos europeos de las fuerzas ahora esenciales en la situación mundial.



[1] Quienes gusten del “pensamiento fuerte” podrán recrearse con la lectura de “Orden Mundial”, de Henry Kissinger. El primer cerebro del imperialismo estadounidense desde hace decenios lo expone abiertamente: hay hoy cuatro órdenes, o poderes, mundiales, el europeo, el islámico, el chino y el americano. El de EEUU es el bien absoluto, el europeo está en caída, el chino es el enemigo a batir y el islámico el aliado. ¿El precio a pagar a éste? Pues considerando que la UE es ya mera secundariedad tiene que ser entregado al aliado, a fin de que éste haga piña con el poder americano contra el orden chino. Tal significa más pobreza para los pueblos europeos, y por supuesto muchísimo más que eso. Todo para vencer a China, para que EEUU sea la potencia hegemónica al menos un siglo más. Quienes en Europa se siguen aferrando de buena fe al mantenimiento de la sociedad de consumo y del hedonismo mientras la UE decae y se hace la potencia más débil y vulnerable de todas es que han perdido la cabeza.

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