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lunes, 27 de mayo de 2013

LA SOCIEDAD DEL NO-PENSAMIENTO



Desde hace tiempo algunos venimos señalando que el pensamiento, en particular el creador, que aprehende lo real y ofrece respuestas transformadoras desde la verdad concreta, está despareciendo. Por eso hablamos de un orden social en donde no pensar, no comprender y no razonar es componente principal, infortunadamente, de la vida diaria.
        
Si el ser humano es definido como “sapiens”, la experiencia nos dicen que el sujeto real y concreto que puebla las sociedades de la modernidad, es todo menos eso, sabio, pues sus rasgos definitorios son no sólo la ignorancia sino una incapacidad cada día mayor, que les es impuesta desde el poder constituido, para reflexionar, comprender el mundo y comprenderse a sí mismo.
        
Estamos ante la fabricación de un ser ¿humano? no sólo inculto e ignorante sino además sorprendentemente incapaz de casi cualquier práctica reflexiva autónoma y creadora. La destrucción de las facultades intelectivas de la persona ha alcanzado un grado tal que produce preocupación, e incluso espanto. El ser nada es ante todo y en primer lugar una nulidad como sujeto pensante y reflexivo.
        
Unas declaraciones del doctor en bioquímica R. Sheldrake, sin proponérselo, pone en evidencia esta situación. Expone que en las ciencias falta innovación: en los últimos 20 ó 30 años no ha habido un gran descubrimiento científico. No es que yo desee que la ciencia se desarrolle, puesto que la mayoría de sus “verdades” son una engañifa, ni mucho menos que progrese la tecnología, en el 70% vinculada a los aparatos militares y policiales, me limito a señalar que el colapso del pensamiento creador hoy es una realidad constatada por cada vez más personas y que afecta a todos los ámbitos de la experiencia humana.
        
Esto en una sociedad donde es habitual que las personas tengan (otros dirían sufran) unos 20 años de escolarización, e incluso a veces más. Nos pasamos hasta un cuarto de nuestras vidas en el sistema educativo para alcanzar unos resultados bien bizarros, ser inmensamente ignorantes y quedar desposeídos de facto de las facultades intelectivas que son (¿eran?) innatas al ser humano.
        
Esto pone en evidencia a quienes convierten la lucha por la escuela pública en una cruzada. Al parecer, se trata de mantener una escuela que, sea pública o privada (eso es una diferencia irrelevante, si se despoja al asunto de demagogia y electoralismos), tiene por objetivo número uno (y cada vez más) provocar una implosión controlada en el cerebro de niños, adolescentes y jóvenes.
        
Así se fabrica, en el sistema educativo dictatorialmente dirigido por el Ministerio de Educación, el sujeto irreflexivo de la contemporaneidad, un ser que no sólo no es formado en el dominio de las manifestaciones complejas del acto mental intelectivo y creador sino que se le despoja de lo más básico, de aquello que nos define como especie, la inteligencia natural, con la cual nace cada mujer y cada varón.
        
Venimos al mundo como seres inteligentes y el sistema de dominación, a través del aparato escolar y universitario, nos hace sujetos sin cerebro, brutos sólo aptos para cumplir las órdenes del poder y, por supuesto, agredirnos los unos a los otros.
        
La defensa del sistema educativo (deseducativo sería más exacto) actual, so pretexto de defender la escuela pública, es una de las mayores atrocidades en curso, de naturaleza ultra-reaccionaria, mero oscurantismo trasladado al siglo XXI. Al loar a la educación “pública” (estatal) se defiende el sistema de destrucción de las capacidades reflexivas de la persona. Al patrocinar al Estado se respalda al culpable institucional de todo ello, el Ministerio de Educación, parte fundamental del ente estatal.
        
La contradicción educación privada/educación estatal es irrelevante pues ambas dependen del Ministerio de Educación y ambas buscan lo mismo, anular en la persona sus capacidades reflexivas y raciocinantes, entre otras metas ominosas.
        
El sistema educativo, en todos sus niveles e incluida la universidad, es un gran aparato de adoctrinamiento y amaestramiento de las masas, con fines obvios, crear sujetos dóciles, o mejor: hiper-dóciles. Antes, hasta hace unos decenios, lo principal era el adoctrinamiento, y su función era inculcar las creencias y “verdades” útiles al sistema de dominación.
        
Hoy la cosa ha cambiado a peor. Sin renunciar al adoctrinamiento el sistema educativo sitúa en primer lugar el amaestramiento. Su meta es arruinar las capacidades intelectivas de la persona, hacer de ella un lamentable ser inhábil para reflexionar. Dicho de otro modo, el sistema educativo amaestra a las personas como se hace con un animal, introduciendo en sus procesos mentales una suma, por desgracia muy bien pensada, de hábitos, rutinas, creencias obligatorias y mecanismos que llevan al colapso del individuo en tanto que individuo apto para pensar.
        
Ir sofocando y destruyendo la inteligencia natural es lo propio del actual sistema de dominación. De ello la responsabilidad principal recae sobre el Ministerio de Educación, que es quien diseña los procedimientos y los contenidos encargados de realizar la implosión controlada de las capacidades reflexivas del sujeto.
        
La cosa ha llegado ya tan lejos que el sistema de dominación se está autodestruyendo. Sheldrake lo expone: el desarrollo de la ciencia, y también de la tecnología, se está paralizando, a pesar de que la una y la otra les son imprescindibles al sistema. Ya no hay innovaciones fundamentales. Los últimos decenios han sido estériles. El poder, al poner en primer lugar, por razones políticas, el conformismo, la credulidad y la resignación (enfermedades del espíritu que tienen su raíz en la pérdida de las capacidades pensantes), está construyendo un ser que ya no puede aportar nada importante al acervo social de la reflexión, la creación y la innovación.
        
Que el sistema se autodestruya a sí mismo debe ser motivo de alegría, pero lo malo es que al hacerlo destruye a la gente normal, a la que, literalmente, extirpa el cerebro.
        
Algunos, siempre bobamente optimistas, siempre muy limitadamente informados y siempre convencidos de que nuestros males tienen remedio en el seno del actual orden, aducirán que se trata de “reformar” el sistema educativo actual para dinamizar e impulsar las funciones del pensamiento creador. Pero ¡en los últimos decenios hemos tenido un buen número de reformas educativas, con el resultado de que cada vez la educación ha empeorado!
        
El problema es estructural. Detrás de la inhabilitación del sujeto como ser pensante está la necesidad del sistema de poder de afirmarse cada día más y más. Todo régimen de dominación va de menos a más constantemente, sube sin limitaciones, y en su crecimiento arrasa y devasta a la persona común, a sus capacidades y facultades cavilativas en primer lugar. Eso nos está arrojando fuera de la especie “homo sapiens”.
        
A ello denomino destrucción de la esencia concreta humana.
        
Es desconsolador comprobar que las y los educadores o profesores están muchísimo más preocupados por mantener sus privilegios corporativos, salarios, pensiones, tiempo de vacaciones y otros, que entrar en el análisis de su función social, cada día más dañina, así como en la reflexión sobre contenidos y métodos pedagógicos. Eso es el meollo de la llamada marea verde, mero corporativismo. El apego al dinero y al placer ahoga en ellos el amor al saber y el afecto debido a sus educandos. Sólo una minoría no cae en tales extravíos, la cual, por desgracia, sigue callada. El silencio de los buenos es angustioso.
        
El doctor en bioquímica R. Sheldrake manifiesta cómo están hoy las cosas. Muestra el problema pero apenas nada tiene que exponer acerca de sus causas. Dicho de otro modo, su mente no parece lo suficientemente rigurosa. Eso sí, apunta en la buena dirección cuando añade que los científicos tienen miedo a decir algo comprometido, que pueda acabar con su carrera Exacto, la docilidad al sistema de dominación está por encima de todo en las almas mediocres, y el temor, en este caso cobarde y placerista, aparece como elemento motor del desastre en ejecución. En lo más decisivo, Sheldrake es un ejemplo vivo de lo que lamenta.
        
Sin valentía no hay inteligencia, sin espíritu de sacrificio no hay saber cierto. Las virtudes morales respaldan las virtudes intelectuales. Es lógico, dado que somos seres unitarios y complejos, en el que el todo disperso y heterogéneo se unifica, conflictivamente, en el yo.

         

jueves, 9 de mayo de 2013

NECESITAMOS UNA ESTRATEGIA


El obrar sin pensar no suele ser transformador. Cualquier proyecto, más si es complejo, exige una reflexión, por lo general difícil, tensa y prolongada, sobre sus condiciones reales, para elaborar un plan de acción. La tarea de estrategas y planificadores es estudiar lo real existente para diseñar una línea de actuación.

Incluso la estrategia más elemental es útil, siempre que sea lo bastante verdadera, esto es, acorde con las condiciones reales.
        
En las instituciones del poder abundan los estrategas y planificadores, pero en los medios “radicales” se opina que basta con un actuar irreflexivo, con dar palos de ciego. Este estado de ánimo puede ser explicado porque en una sociedad dividida en clases las funciones de pensar y decidir se las reserva una minoría mientras que a las clases populares se las asignan las tareas de ejecución, a través del cumplimiento de órdenes. Por eso no están habituadas a pensar estratégicamente, reduciéndose a hacer lo que les mandan, en el trabajo asalariado el patrono y en la totalidad de la vida el Estado. Lo suyo es “la acción”
        
Eso queda agravado por las malas prácticas asamblearias, y las reprobables actuaciones personales, que convierten en una interminable discusión, por lo general caótica y estéril, casi cualquier asunto que se trate. Esto lo que exige es reformar las asambleas y hacer responsables a las personas, no renunciar a formular una estrategia que culmine en el correspondiente plan o proyecto de actuación.
        
Se ha dicho que la estrategia es “un decir de un hacer”, una reflexión que se propone formular un plan de acción.
La clave del pensar estratégico es alcanzar una visión global, espacial y temporal. La primera considera la situación en su totalidad, la segunda en su movimiento, determinando no sólo lo que ahora es sino estableciendo su línea más probable de evolución. La estrategia es, ante todo, una visión de conjunto, una reflexión de conjunto y un plan de conjunto.
        
Estudiar las condiciones reales con fría objetividad, desechando posiciones optimistas o pesimistas, dejando de lado fantasías o temores, es imprescindible. Esto requiere hacer acopio de información, aunque sólo de la mínima estrictamente necesaria. Conocer con objetividad es la antesala del hacer con efectividad.
        
El buen pensamiento estratégico ha de comprender aquellos factores más esenciales, los que determinan. Esto requiere diferenciar lo principal de lo no-principal o secundario. Lo primordial es lo que establece la naturaleza de cualquier realidad. La estrategia se asienta precisamente en las cuestiones fundamentales, que a menudo son evidentes y que sólo la ceguera mental y el dogmatismo propios del ser humano impiden percibir. Se trata, por tanto, de tener los ojos y la mente muy abiertos.
        
El análisis estratégico no busca insuflar “optimismo”  y “ganas de hacer”. Su objetivo es localizar lo real y no lo deseado, lo existente pero no lo soñado. Esto demanda determinar con rigor lo positivo y negativo de la situación y, también, lo positivo y negativo de nosotros en tanto que fuerza transformadora. Sin una visión realista de sí, sin la admisión de las propias carencias, no hay estrategia posible.
        
Lo positivo y negativo de cada cosa situación, proceso y sujeto se han de analizar en su interrelación y mutua dependencia, como unidad de contrarios, así como en su temporalidad y cambio.
        
Dado que todo lo real está en continua mutación hay que contemplar cualquier situación no sólo como es ahora sino como será en el futuro, según sus leyes de automovimiento. Por lo general, el futuro no está determinado de manera absoluta, y contiene varias posibilidades. Hay que establecer con el análisis la más probable, la menos probable y las formas intermedias, ajustando a continuación el propio obrar a cada una de ellas, en conformidad con las metas fijadas.
        
La estrategia localiza lo seguro, lo factible, lo posible y lo imposible, estableciendo para las opciones intermedias el grado de probabilidad. Conviene, además, fijar una línea de actuación definida para responder a cada una de las posibilidades.
        
Todo lo expuesto hace que la estrategia proporciones previsión, anticipación e iniciativa. Mantener la iniciativa demanda poseer una visión estratégica, para poder ir dando respuesta a los problemas del día a día sin el perder el norte. Ante cada cuestión específica hay que formular una táctica, que se piensa desde la concepción estratégica y opera a su servicio.
        
Una estrategia para el conjunto y una táctica para cada cuestión particular es lo que nos permitirá alcanzar los objetivos deseados. La estrategia posee, además, sus fases o etapas, mientras que la táctica queda circunscrita a lo coyuntural.
        
Al final del proceso de análisis de la realidad se suele alcanzar una situación en la que ni los asuntos son del todo comprendidos ni las conclusiones pueden ser absolutamente claras. Alcanzada esta situación de incertidumbre relativa hay que atreverse y hacer una elección, hay que optar. Esto incluye un riesgo, que se debe admitir con intrepidez y audacia, considerándolo un derivado inevitable de lo finito y limitado de la mente humana, incapaz de un conocimiento completo y perfecto, por tanto de una planificación totalmente acertada.
        
Quienes deseen saberlo y comprenderlo todo antes de formular un plan y pasar a la acción, ansiosos por alcanzar una seguridad plena, nunca lograrán hacer nada.
A lo largo del proceso de aplicación de la estrategia hay que, por un lado, persistir en aplicar el plan formulado y, por otro, abrirse a los cambios, las situaciones inesperadas y los nuevos conocimientos adquiridos. Una combinación de persistencia y flexibilidad es lo apropiado.
        
La división en fases, o etapas, del plan estratégico suele ser necesaria. Hay que establecer las metas a cubrir en cada una de ellas, para alcanzar su totalidad. Al mismo tiempo, una estrategia unifica fines y medios, metas y posibilidades.
        
Una parte de cualquier estrategia es la formación de las personas que se implican, asunto mucho más importante en el tiempo presente, el de los seres nada. Toda estrategia ha de ser un espacio para formar al sujeto, pues en definitiva lo que cuenta es la calidad de las personas.
        
Cada cierto tiempo el proyecto estratégico necesita ser revisado, para introducir las correcciones que la marcha de los acontecimientos, o depurarle de los errores que se hayan puesto en evidencia en el proceso de su aplicación. Conviene fijar plazos para hacerlo.
        
Si hay que formular una estrategia para los proyectos colectivos no menos importante es hacer lo mismo para la actividad y el compromiso individuales. Todo ello se fundamenta en crearse un hábito de pensar desde la realidad, excluyendo apriorismos, dogmatismos y emocionalismos, sobre la base de unos hábitos auto-creados de observar e investigar reflexivamente lo existente.
        
A pensar estratégicamente, a elaborar un plan de acción y a realizarlo se aprende haciendo. Por tanto: adelante.
        
Con una estrategia colectiva y, al mismo tiempo, una estrategia de cada individuo, interiorizados los hábitos de observar, investigar y reflexionar, quizá podamos cumplir las metas prácticas que nos hemos propuestos. Todo depende de la objetividad del plan estratégico, de la habilidad para operar tácticamente, de la energía y el coraje con que se aplique y, sobre todo, de la calidad de las personas.


Félix Rodrigo Mora