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sábado, 28 de enero de 2017

FASCISMO Y EXTREMA DERECHA HOY EN EUROPA (y III)

¿Qué sucede con los neo-nazis y otros fascistas al estilo antiguo, herencia de los de hace casi un siglo? Lo cierto es que están siendo desplazados por los musulmanes, que son la nueva fuente de alistamiento para los servicios secretos europeos, para la red Gladio por ejemplo, en particular desde que tales servicios tuvieron que ayudar al Estado Islámico a reclutar carne de cañón en Europa para la guerra de Siria, en 2011-2015. Los neo-nazis de cruz gamada, o de yugo y flechas, son un apéndice de los servicios secretos, por tanto del Estado y el gobierno. La dirección de sus organizaciones está copada por policías y confidentes[1], de manera que todo lo importante en ellos, desde su estética a su línea argumental, es conforme a las órdenes recibidas.

En los países europeos son ahora una fuerza insignificante y sin futuro más allá de hacer de cuando en cuando de partidas de la porra, salvo en Grecia, donde Amanecer Dorado tiene una cierta base social. Hay que entender el lugar que ocupa este partido en la estrategia para controlar y dominar al pueblo griego, pues mientras Syriza se ocupa de la acción gubernamental los neo-nazis cooperan con la izquierda “manteniendo el orden” en la calle. Aquella formación es la excepción que confirma la regla. No es apropiado, por reduccionista, identificar fascismo con violencia, pues aunque ésta es parte fundamental de aquél, lo definitorio está en la categoría de “revolución fascista”, en el proyecto político dirigido a transformar el orden político conforme al ideario mussoliniano. Hoy no hay ninguna organización que se proponga seria y creíblemente tal meta, quedado la extrema derecha fascista como elemento residual entregado al uso esporádico de una violencia de baja intensidad.

El principal servicio que los nazis y neo-nazis han hecho al orden vigente en los últimos dos decenios es de tipo propagandístico. Se les impone decir y hacer aquello que más interesa al poder constituido, en operaciones de contrainformación de enorme calado en algunos casos. Como se sabe que la inmensa mayoría de la población está a la contra del fascismo se impone a éste, desde el poder estatal y gubernamental, determinadas líneas argumentales para que el publico reaccione contra ellas, situándose donde dicho poder quiere que esté. Por ejemplo, se les hace estar verbalmente “rechazar” la emigración, a pesar de que Hitler acarreó a Alemania unos 7 millones de emigrantes para mantener activa la economía alemana, abastecer al ejército y poder continuar la guerra. De ese modo, rechazar hoy el hecho aciago de la emigración es presentado como “nazi”, como “fascista”, por la retórica institucional y por el activismo callejero financiado desde las instituciones. En todo ello la verdad queda ninguneada y el sujeto medio, abastecido de ideas por medios de comunicación uniformemente (totalitariamente) progresistas, burdamente manipulado. La verdad desnuda es que en el asunto de la emigración, el actual régimen alemán, “democrático”, está haciendo lo mismo que los nazis, inundar el país de trabajadores extranjeros.

Pero donde los neo-nazis han tenido que emplearse a fondo, siguiendo las órdenes de sus jefes y financiadores, pertenecientes a la policía y los servicios secretos, es en la cuestión del islam. El proyecto estratégico de islamización de Europa en el siglo XXI choca con un obstáculo enorme, que Hitler y buena parte de los jefes nazis eran entusiastas del islam, que muchos nazis se convirtieron a la religión musulmana y que aquél deseaba islamizar Europa una vez ganase la guerra. Para ocultar esto se ha ido poniendo en marcha una compleja y variada batería de medidas y disposiciones. Se eliminan las referencias favorables del Führer al islam así como sus planes para la postguerra de varias ediciones de sus obras, aunque no han podido borrarlas de todas, ni tampoco suprimir los testimonios de algún alto funcionario del Estado nacional-socialista que conocía tales proyectos.

Pero, sobre todo, se prohíbe hablar de este asunto, de manera que nadie se atreve a llevar a los medios de comunicación tal cuestión, a pesar de estar perfectamente documentada. Incluso se suele ocultar que en el ejército del partido nazi, las Waffen SS, hubo tres divisiones formadas por musulmanes, atendidas espiritualmente por sus ulemas, las cuales combatieron a los partisanos comunistas del este europeo con un derroche de encarnizamiento. Ello es comprensible, dado que Heinrich Himmler, jefe de las SS y máximo verdugo del III Reich, era un lector apasionado del Corán. Esta camaradería combatiente entre nazis y musulmanes ya se había dado en la guerra civil española, 1936-1939, entre la Legión Cóndor y las tropas islámicas de Franco, que formaron el tándem resolutivo fundamental que derrotó a la Segunda República española en los campos de batalla.

Para remachar el clavo, la versión institucional tilda de “odio racista” al supuestamente sentido por los actuales neo-nazis prefabricados hacia los emigrantes musulmanes, ocultando que en el año 1942 los teóricos raciales del nacional-socialismo declararon que “la raza árabe” era asimismo “raza superior” equiparable a la “raza aria”. Así pues, un nazi de convicciones, un seguidor consciente de Adolfo Hitler, no puede despreciar racialmente a los árabes, más bien al contrario. Pero como esto no interesaba que se supiera se concibió una pseudo-versión según la cual el “racismo”, sólo o en compañía de la “xenofobia”, tiene que ser el elemento ideológico motor de la resistencia a la emigración. Para ello, quienes manejan en la sombra a los neo-nazis actuales les convierten en racistas anti-árabes en sus proclamas y panfletos, a fin de provocar la reacción deseada en la opinión pública europea, intencionadamente hecha hiper-sensible a la cuestión del racismo, no así a la de, por ejemplo, el capitalismo.

De ese modo, los servicios secretos han ido creando un movimiento neo-nazi tan peculiar que en la cuestión de la religión musulmana mantiene formulaciones diametralmente opuestas a las de Hitler: donde éste manifiesta admiración aquél expresa “odio”, por supuesto un odio prefabricado. Lo cierto es que nadie puede llamarse nazi con coherencia y ser “islamófobo”, del mismo modo que nadie puede declarase cristiano y ser hostil a los apóstoles que acompañaron a Cristo.

Algo muy similar, la manipulación de la verdad histórica para que sea útil a la política actual, se hizo con la guerra civil española. Había que ocultar que La Falange era apasionada del islam, sobre todo su sector más nacional-socialista, el proveniente de las JONS de Ramiro Ledesma Ramos, y que Franco también lo era, y Mussolini. Había que velar el hecho más concluyente, que sin la masiva recluta (100.000 combatientes) de musulmanes para servir en el ejército de Franco, que se llevó a efecto contando con la aprobación del clero islámico marroquí y valiéndose de su colaboración, aquél habría sido derrotado a los pocos meses de iniciar la guerra. En la cuestión de al-Andalus todos los fascistas (de derecha y de izquierdas) y los progresistas islamófilos repiten los argumentos exaltadores del pseudo-historiador Ignacio Olagüe, afín a las JONS, es decir, nazi. Los libros de Olagüe, mera chatarra historiográfica sin valor cognoscitivo, universalmente repudiados por los historiadores, han sido reeditados por la izquierda. Es esta una de las ocasiones en que más nítida parece la identidad esencial de todos los fascismo, el nazi y el de la izquierda.

Sobre esto hay un libro excelente, editado hace muchos años, “El colonialismo español en Marruecos”, Miguel Martín, 1973, que narra una buena parte de tales asuntos con veracidad, y que ha sido refrendado por varios estudios posteriores. Martín posee una credibilidad política impecable, pues fue un antifranquista que publicó su obra en el exilio, en Francia, en la editorial de la resistencia al franquismo, Ruedo Ibérico. Pero en vano. Su obra ha sido ninguneada universalmente. Incluso cuando se cita en la bibliografía de algún libro no se recoge lo que prueba documentalmente, que el clero islámico norteafricano se alió con Franco y la Falange sobre la base de decisivas coincidencias doctrinales. Esto ha sido borrado de la memoria de todos. Nadie se atreve a desafiar la prohibición de exponer la verdad en esta materia.

La pregunta es ¿por qué? Pues para poder ganar la batalla de la propaganda y la desinformación previa a la instauración en Europa de un régimen de dictadura fascista-musulmana en el presente siglo, un régimen como el de Arabia, Irán, Turquía o, en el “mejor” de los casos, Argelia o Marruecos, lo que equivale para el caso de España, a volver al franquismo, al fascismo castizo y español, aunque esta vez con otra religión de Estado. Si el islam aparece históricamente como lo que fue, un aliado y amigo del nazi-fascismo, la operación queda al descubierto, resultando gravemente dañada, pero si se crea un movimiento “neo-nazi” tan peculiar que es “islamófobo” se capitaliza el muy extendido sentimiento antifascista europeo en beneficio del islam, con lo que la vía hacia la fascistización de Europa queda expedita. Así debe ser, pues ésa es una necesidad cardinal para el gran capitalismo europeo en un momento tan difícil como éste, a fin de manejar a las masas con eficacia y, también, para preparar el choque global con China, el rival imperialista por antonomasia.

La estrategia de la desinformación y la manipulación se atreve a todo, como demuestra el caso de A. Brievik, el noruego que asesinó a 77 personas en julio de 2011, supuestamente para protestar contra la islamización de Europa, lo que “demuestra” según la prensa progresista que la extrema derecha y el nazismo son visceralmente anti-islámicos, y que quienes se oponen a la islamización son asesinos y terroristas fascistas. El estudio de los hechos lleva a otras conclusiones. Brievik es un enfermo mental sin convicciones políticas estables que, probablemente, cometió aquella matanza instigado desde la sombra por alguno de los muchos servicios policiales o de la inteligencia militar que manejan estos asuntos. Hay un documento en el que, pretendidamente, explica por qué lo hizo y un avispado periodista, al examinarlo, concluyó que había sido escrito por al menos dos personas, lo que hace de él la obra de un equipo, ¿formado por quien y al servicio de quien? Así las cosas, y teniendo en cuenta las muchas incoherencias y contradicciones del caso, “alguien” en las alturas dio la orden de dar carpetazo al asunto que quedó olvidado. Pero la opinión pública europea recibió el mensaje: manifestarse crítico o simplemente distanciado con el islam y ejercer en este asunto el derecho a la libertad de expresión es ser un criminal nazi como Brievik… a pesar de que éste, en algún texto, se diga admirador de Churchill, el estadista inglés que fue adversario indesmayable del nazismo.

Más allá de conspiraciones y trapisondas lo indudable es que el análisis imparcial de los regímenes políticos que el fascismo y el islam preconizan e imponen concluye que son muy parecidos, realidad indudable que empujó a Franco en brazos del clero islámico, y viceversa, y que llevó a Hitler a ser un islamófilo. No son escasos los estudiosos de teoría política que señalan que “el islam es incompatible con la democracia”, aunque teniendo cuidado de que tal verdad, evidente, no trascienda. Ese juicio no se hace respecto del budismo, o del hinduismo, o de otras religiones pero sí del islam. Por tanto, cuando se observa la enorme cantidad de medidas y disposiciones para instaurar la religión musulmana en Europa, y cuando se conoce que en un solo año, 2016, Alemania ha incorporado a más de un millón de musulmanes, se siente mucha inquietud por el futuro de la libertad en el viejo continente.

Con todo, ahora mismo se detecta un momento de confusión y vacilación en las posiciones de las minorías mandantes europeas en relación con el islam. Ya no hay una voluntad tan decidida como hace unos años de realizar la completa islamización. Por un lado está la firme y creciente resistencia de los pueblos europeos, que puede elevarse a un alzamiento masivo e incluso a una guerra civil si la clase patronal, la izquierda caviar y el aparato estatal continúan con esa política, lo que daría al traste con las posibilidades del imperialismo europeo para ser alguien en el mundo. Por otra parte, el clero islámico ha demostrado en los hechos tener mucha menos influencia de lo que parecía, de manera que ha perdido bastantes puntos en la valoración que de él tienen los poderosos de Europa.

En efecto, en los países musulmanes crece un movimiento de rechazo y descontento hacia dicho clero, potente en Arabia pero también fuerte en Irán, donde una parte significativa de la juventud está rompiendo con la dictadura de los ayatolás e incluso pasándose al ateísmo. Esto empuja a los teofascistas iraníes, tracistas del concepto “revolución islámica” (que antes no existía en el islam y que es una concreción de la mussoliniana “revolución fascista”, o de la falangista “revolución nacional-sindicalista”, de la nazi “revolución nacional-socialista”), hacia una crisis colosal de su sistema político, ferozmente liberticida y antipopular. En Turquía la reacción de la base de la sociedad al fascismo de Erdogan, apoyado bajo cuerda por Alemania, puede ser muy virulenta y desembocar en una revolución popular a medio plazo.

¿Se opondrá a la islamización desde arriba la nueva derecha populista europea, que la prensa y las televisiones califican obsesivamente de “islamófoba”? No, no lo hará más que con medidas cosméticas y simbólicas. Trump tampoco irá más allá.  El motivo es que las clases mandantes de Europa necesitan fascistizar, y para ello el islam es hoy el procedimiento mejor y más rápido. Eso es en gran medida así porque la izquierda está entregada a la tarea de implantar un sistema de tiranía total, lo que es coherente con su naturaleza concreta, pues sueña con un hiper-capitalismo en el que la libertad se extinga. Ya que no puede reproducir aquí el régimen de Corea del Norte fantasea con copiar el de Arabia o Irán, rotunda y explícitamente capitalista, o el de Erdogan, con el que estableció lazos de intimidad en tiempos de Zapatero, cuando el sainete (en el que hubo tantísimo dinero para sus figurantes) de “la alianza de civilizaciones”. Ahora, subordinándose al islam reputa que puede obtener lo único que desean sus jefes y jefas, más poder y más dinero pero, en realidad, se está adentrando en un terreno de lo más espinoso e impredecible, de manera que su futuro, ya bastante oscuro por muchas causas, va a quedar aún más gravemente comprometido.

Los nuevos partidos populistas no pueden resolver una contradicción cardinal, declararse en contra de la imposición autoritaria del credo musulmán al mismo tiempo que dependen de las fuerzas básicas que desean realizarla, las clases altas europeas, los ricos y poderosos del viejo continente. Por eso quienes están dentro del sistema no se opondrán, salvo que lo demande un cambio estratégico de aquéllas. Muy diferente es el enfoque revolucionario, que repudia la marcha hacia el fascismo porque lo rechaza en todas sus variantes y, al mismo tiempo, a las fuerzas clasistas y oligárquicas que lo promueven.

La revolución integral popular no sólo es antifascista sino que se propone liquidar el capitalismo y finiquitar el Estado, los dos generadores de todas las formas de fascismo, ayer y hoy. Una de sus metas es establecer un orden con libertad de conciencia, lo que supone libertad de cultos y libertad para tener la religión que se desee, incluido el islam, o no tener ninguna, sin imposiciones ni prohibiciones. Es legítimo lo que surge del interior de la persona, lo que proviene de un ejercicio libre e informado de la voluntad individual, pero no lo es aquello que resulta del despotismo, del aleccionamiento, de la coacción, de la falta de respeto por los otros, de la intolerancia y la violencia. Ninguna religión puede imponerse, el islam tampoco, como ninguna religión puede perseguirse, tampoco el islam. Al mismo tiempo, los actos liberticidas, seculares o religiosos, tienen que tener una poderosa y severa respuesta popular.

La libertad de expresión, de la que es parte sustantiva la libertad de crítica, la libertad para diferir y disentir, es un derecho natural de cada ser humano. Las Constituciones liberales lo reconocen, en la forma de derecho formal, esto es, huero y hueco para la gente común. Pero, aún así, está recogido y afirmado positivamente. Pero ahora la libertad de disentir del islam ya apenas existe en Occidente. Son cada vez más numerosas las personas que por manifestarse contrarias o simplemente ajenas son encausadas, multadas, detenidas y también encarceladas, y eso en varios países de la Unión Europea. Hay listas de conculcaciones policiales y judiciales de la libertad de expresión en esta materia cuya lectura conmueve. Esto equivale a imponer uno de los principios de la “sharía”, o ley coránica, que es el cuerpo jurídico del Estado islámico fascista, a saber, que todo lo relacionado con dicha religión es intocable, de manera que el disentir, por poco que sea, es incurrir en “blasfemia”.

La negación jurídico-legal de los derechos naturales de la persona para favorecer a la religión musulmana es una prueba (hay otras muchas) de que el Estado/Estados en Europa está islamizándose, ya que da un trato de favor a esa religión, lo que se dirige a una meta obvia, convertir al islam a la población, acallando la disidencia y la pluralidad por medio de la represión. El europeo medio no lo sabe -por el momento- pero lo cierto es que aquél es ya religión de Estado en la UE y que vivimos bajo la dictadura político-religiosa de la ley islámica, aunque por el momento aplicada parcialmente. Y cada vez más. En lo tocante a la libertad de expresión lo apropiado es que nadie debe ser favorecido ni nadie ha de ser reprimido. Todos deben tener libertad para ejercer ese derecho conforme a como les dicte su conciencia, de manera que ha de haber la misma libertad de difundir el islam (libertad que debe ser defendida contra quienes lo nieguen, aunque hoy en la UE nadie con alguna significación propugna esto) que de rechazarlo. Pero no es así: para lo primero la libertad es total, para lo segundo apenas existe. La pregunta es, ¿por qué?

Todo ello significa que la retórica de las Constituciones europeas está siendo subvertida. Ya no hay libertad ni igualdad de los individuos, ni existe una misma ley para todos, ni se garantiza la libertad religiosa, ni hay libertad de expresión, ni tampoco es real la protección judicial de los derechos y libertades. En suma, el Estado de derecho y el gobierno conforme a la ley se están desvaneciendo. Que todo ello esté siendo conculcado con impunidad muestra que vivimos una etapa de transición del parlamentarismo al fascismo, en concreto al fascismo religioso. Y esto está sucediendo en Europa ahora. No puede ponerse en duda que la persecución legal, policial y judicial, de la “islamofobia” es instaurar una forma de inquisición religiosa que premia a un determinado credo y castiga a quienes discrepan de él, o meramente no se adhieren a él. La pregunta, de nuevo, es ¿por qué?, y, ¿qué finalidad tiene todo ello?, y, ¿adónde nos lleva?

Otra interrogación más es por qué no hay libertad para debatir en público, en un ambiente sereno y respetuoso con todas las partes, la relación entre el islam y el nazismo, y entre el islam y el franquismo. Esta cuestión no puede seguir siendo ocultada. Si se dice que estamos en una “sociedad libre” donde todo asunto encuentra su oportunidad para ser públicamente examinado y estas materias, que preocupan mucho a los europeos, tienen que ser puestas sobre la mesa, en la prensa, en las televisiones, en la Red, en los libros, en las calles, en todas partes. Pero no, es imposible, al menos por ahora. El afán de manipular y aleccionar prevalece sobre el principio de la libre controversia y la deliberación sin trabas.

El desasosiego que crea el conjeturar que la UE puede terminar con un sistema legal como el de Arabia bajo la familia Saud es enorme. Dramático es el futuro de los ateos y agnósticos, el 20-25% de la población de Europa, para los cuales la islamización equivale a una condena a muerte. No mejor les irá a los homosexuales. Y, desde luego, los etiquetados de “islamófobos” por el aparato inquisitorial ya en activo lo tendrán todavía peor. Pero las perdedoras netas en esta mutación histórica serán las mujeres europeas.

El proceso de fascistización con imposición del islam a los pueblos de Europa es la realización del proyecto estratégico de Adolfo Hitler en las condiciones actuales. Sólo se diferencia en que el Führer quería primero fascistizar y luego islamizar, de manera que lo segundo fuera la culminación de lo primero, su broche de oro, mientras que hoy lo que se está haciendo es un avance paralelo de la fascistización y la islamización. Y todo está aconteciendo de acuerdo a un plan o proyecto bien elaborado, de una complejidad enorme, que tiene en cuenta numerosos aspectos y elementos. ¿Existe un centro director, con poder para realizar esta difícil y delicada tarea? Todo indica que sí. Por lo que podemos deducir desde los hechos su cabeza está, esta vez también, en Alemania (aunque otros datos parecen situarla en Inglaterra…) teniendo en cada país de la UE una sucursal. Tal equipo de trabajo, o comité dirigente, se puso bastante al descubierto al reclutar a musulmanes europeos para el Estado Islámico de Irak y Siria, miles de personas que fueron enviadas a combatir en la guerra de Siria conforme a los intereses estratégicos de los EUA, Inglaterra, Alemania y Francia. En ese equipo o comité de dirección, muy probablemente, trabajen estrechamente unidos altos funcionarios de diversos ministerios, economistas ligados al Banco Central Europeo (por tanto, al euro), historiadores, juristas, representantes de la gran patronal, jefes de la izquierda y militares. La dirección, de eso no hay duda, está en manos de los militares. Porque el ejército, los ejércitos, han sido siempre, y siempre serán, el partido fascista por excelencia. Como se manifestó en 1936. Fin



[1] Esto quedó en evidencia en el caso del NPD alemán, una formación neo-nazi con unos 6.000 afiliados, que al ser investigada por el poder judicial se comprobó que una buena parte de su dirección estaba formada por “personal infiltrado de los servicios de inteligencia alemana”. Esa es la norma en todos los casos. 

viernes, 27 de enero de 2017

FASCISMO Y EXTREMA DERECHA HOY EN EUROPA (II)


En el sistema fascista hay que distinguir, como es lógico, entre lo que es accesorio, por corresponder a la situación de los años 20 y 30 del siglo pasado, y lo que es sustantivo. No volverá el fascismo de uniformes paramilitares, botas y correaje, camisas de un determinado color y desfiles teatralizados, porque está desprestigiado y porque la historia no se repite. Pero sí persiste su esencia, que permanecerá ahí mientras el poder del ente estatal y la clase patronal perdure y además alcance cada día un grado más elevado, como está sucediendo. Ahora el objetivo de los poderes constituidos europeos es ir haciendo evolucionar al parlamentarismo hacia formas fascistas, recortando cada vez más las libertades, en concreto estableciendo un sistema progresivamente más perfecto y omnipresente de censura. Los planes para controlar y censurar internet a partir de la teorética abusadora sobre la postverdad se dirigen en esa dirección.

En síntesis, negar (o, simplemente, relegar a un lugar irrelevante, u olvidar, o infravalorar) el principio de la soberanía popular y la noción organizadora cardinal de que la libertad de conciencia es sagrada e inviolable, resulta ser lo que hace fascistas a las fuerzas políticas y a las religiones. A estos dos criterios hay que añadir otro más, ignorar la centralidad del sujeto, de la persona, concebida al mismo tiempo como ser individual y ser comunitario, desde la cual se construye el autogobierno de la sociedad. En todas las formas de fascismo falta la noción de persona en tanto que tal, de ser humano autónomo, soberano e independiente que se hace desde sí mismo y, en lo principal, por sí mismo.

Erigir una sociedad en la que lo característico y decisivo sea la libertad, en la forma de libertad con verdad, libertad con responsabilidad, libertad con límites, libertad con valores, libertad con ética, libertad con convivencialidad, libertad para todos(también para los enemigos de la libertad que no usen la violencia)libertad con una economía comunal y libertad con virtud cívica y virtud personal,es la meta número uno del proyecto de revolución integral. Por eso está en oposición antagónica a todas las formas de fascismo y nazismo, sean éstas seculares o religiosas. Su meta no se reduce a denunciar la falta de libertad hoy sino que adopta un enfoque positivo, con el fin de constituir una sociedad de la libertad mañana.

El orden progresista, izquierdista y liberal que gobierna Occidente desde finales de la II Guerra Mundial ha entrado en crisis. La gran depresión económica iniciada en 2008 ha sido un terremoto al que no ha sabido dar respuestas, debido a su defensa cerrada y dogmática del actual sistema. Es más, sus representantes políticos, culturales, ideológicos, mediáticos y económicos se han desentendido de la suerte de la gran mayoría de la población europea, a la que además han acosado y humillado con las jaurías de las religiones políticas, concentrándose en la defensa de los derechos (a menudo privilegios injustos y abusivosde “las minorías”. Así pues, una parte creciente de las clases trabajadoras de Europa, que se ven atrapadas entre la mundialización económica, la emigración masiva, la pobreza imparable (el 22% de la población de España es pobre), las drogas impuestas desde el poder, la islamización desde arriba, la pérdida de su identidad cultural, el desprecio por su historia, los planes para realizar la sustitución étnica y la falta de futuro, ha puesto sus esperanzas en formaciones como el Frente Nacional francés, el Partido por la Libertad holandés, la Liga del Norte italiana, el Ukip inglés, la Alternativa para Alemania y algunos más. A esta relación hay que añadir el gobierno Trump en EEUU.

La prensa y televisiones progresistas, así como los sectores estalinistas del activismo callejero, con ligereza tildan a estas formaciones de “fascistas”, o al menos de “extrema derecha”. Otros, más atentos a la realidad o más considerados con la verdad, se limitan a etiquetarlas de “populistas”, aunque añadiendo los sambenitos con los que el progresismo actual oculta su falta de argumentos y propuestas: “racistas”, “xenófobos” y el resto de suletanía. En su ignorancia, a veces añaden la categoría de “machistas”, aunque varias de tales fuerzas políticas están dirigidas por mujeres, y de “homófobos”, a pesar de que en ellas existen núcleos de homosexuales bastante numerosos y perfectamente integrados, operando a la luz del día, sobre todo en el francés Frente Nacional.

¿Son fascistas? Su programa no se opone al parlamentarismo ni reniega del pluripartidismo ni rechaza el principio de la soberanía popular formal, sí se propone crear un nuevo orden corporativo. Admiten la formulación sobre la libertad de conciencia y la libertad de expresión tal como la presenta la teoría del liberalismo. No han formado milicias para apalear en las calles a sus contradictores ni desean hacerlo. No son más caudillistas que los viejos partidos de la derecha y la izquierda, a veces incluso menos. No usan uniformes ni desfilan bajo un mar de banderas. Suelen ser menos estatólatras que la izquierda,asunto decisivo que les aleja del fascismo en lo doctrinal. No loan más de lo que lo hacen sus adversarios progresistas el Estado policial, e incluso en alguna ocasión menos. Por el momento no se han manifestado más militaristas que la izquierda. No son más derechistas que la derecha clásica, que les ataca con furia. Mantienen el Estado de bienestar y alientan el crecimiento del ente estatal como garantía y salvaguarda del capitalismo. Pretenden llegar al gobierno por la fórmula del partido más votado, o en coalición, y abandonarlo cuando pierdan las siguientes lecciones, lo que no está dispuesto a hacer, por ejemplo, el presidente turco Erdogan, como se ha dicho, por muchos años amigo y modelo de la progresía española.

No, no son fascistas. Son una derecha de nuevo tipo, no más extrema ni más agresiva que la derecha liberal clásicasurgida para contener, controlar, integrar y manipular a las masas en una situación difícil para el poder constituido en Europa. Sin ellos, el descontento de la clase obrera y los asalariadoexplotaríaal estar hacinados sin futuro en las horridas y destartaladas barriadas de las megalópolis europeas, esos espacios invivibles que se caen a pedazos, sometidos a una competencia creciente en los salarios y las prestaciones sociales por la inmigración, a menudo atemorizados por ésta, si es musulmana. Sin esos partidos se podría llegar a un estallido social pero con ellos eso no sucederá, o tendrá lugar más tarde y con menor virulencia. Son formaciones anti-revolucionarias idénticas en esto a todas las demás, de derecha, centro e izquierda.

La izquierda se ha hecho la fuerza política de las clases medias y la juventud pudiente, con papás solventescarreras caras idiomas bien aprendidosHoy está centrada en bizantinismos y cominerías, cuando no en maldades que poco o nada importan a los asalariados, a los hombres y mujeres que viven vidas lúgubres y duras pero sobre todo sin esperanza, quizá el 70% de la población europea. Los políticos progresistas están tan confortablemente instalados en sus privilegiadas torres de marfil que ni llegan a vislumbrar cómo es la existencia diaria de esas gentes a las que pretenden aplacar con algunas prebendas lanzadas desde lejos (la renta básica, etc.), del mismo modo que se arroja una carcasa de carroña a los buitres de un parque natural para tenerlos aplacados y controlados

La nueva derecha, bastante demagógica y falsaria sin duda, está creciendo deprisa a medida que el orden progresista capitalista se descompone sin que la izquierda acierte a exponer y ofrecer nada coherente, más allá de repetir maniáticamente la retahíla de ultrajes habituales. La capacidad de acción del populismo de nueva planta aumenta cuando se escruta la actuación de Syriza en Grecia, elevado a herramienta principal del imperialismo alemán y el capitalismo griego. Conviene anotar que la fuerza política impulsada por uno y otro ha sido la izquierda más “radical”, no el neonazi Amanecer DoradoTodo ello está socavando el prestigio de la izquierda de un modo colosal. De hecho, está cavando su propia tumba.

En España sucede lo mismo con Podemos, la formación política de la clase media y clase media alta, formada por individuos dispuestos a todo para conseguir un alto nivel de ingresos y consumo. Su vaciedad intelectual e baja calidad humana ha hecho que en dos años se desprestigie, tal vez irremediablemente, y eso a pesar de los miles de millones que el sistema ha gastado en su promoción, realizada según las normas de la mercadotecnia comercial. Ahora, sus ocultos mecenas en las alturas se distancian de Podemos, al que tienen ya por fuerza fallida, sólo útil como elemento auxiliar en el tablero políticoPodemos es una fuente de ideas y prácticas de tipo fascista, por caudillista, negadorde la libertad de conciencia, hostil a la libertad de expresión, partidaria del capitalismo de Estado, islamófila, sostenedora del Estado de bienestar, estatófila, feminista (sexista totalitaria fascistizante) y algunas manifestaciones más. Forma parte del estalinismo, o fascismo de izquierda, siendo hoy su reserva más importante. La izquierda es parlamentarista en lo político y fascista en lo ideológico, mientras que la derecha sostiene la interpretación de la libertad propia del liberalismo, que es formal y falsa y dictatorial en esencia, pues niega las libertades reales a las clases populares. Únicamente la revolución se adhiere a la categoría de libertad natural, la defiende, difundepelea por ella y la practica.

El futuro de la nueva derecha populista no será mejor, ni su dominio sobre las masas más duradero que el de aquel partido español de la izquierda. Trump está en el poder y se declara amigo de Marine Le Pen, Geert Wilders, Frauke Petry, Nigel Farage, Matteo Salvini y otros más, pero su capacidad de acción es limitada, al estar sometido a la presión de un sinnúmero de contradicciones y antinomias irreconciliables, que están en el meollo mismo del actual sistema y que no pueden ser dejadas de lado ni superadas, ni siquiera hábilmente orilladas por mucho tiempo. En cuanto Trump empiece a decepcionar a sus votantes, en un año más o menos, el impulso ascendente de esta renovada derecha europea charlatana y fulera, que promete lo que no puede cumplir, comenzará a descender. Y entonces se creará una situación nueva en la que la revolución tendrá su oportunidad.

La emigración es un enorme problema¿Qué hará en este asunto el nuevo populismo? Para empezar, ninguna de esas fuerzas de “extrema derecha”, ninguna, habla de expulsar a los inmigrantes sino de “regularizar” con más detalle su acceso y estancia, así como de reducir sus costes y gastos. La economía europea depende de ellos y no pueden ser devueltos a sus países porque para el capitalismo son imprescindibles. Más aún para el Estado, debido a que pagan impuestos, se alistan en el ejército (el 40% del aparato castrense español en el nivel de tropa son emigrantes) y están ahí disponibles para todo. Lo que sí resulta muy diferente es el modo como perciben el hecho de la emigración la clase media urbana pudiente y cosmopolita, hoy organizada en Podemos, para la que son mano de obra barata a la que explotar y luego manipular con sentimentalismo barato, y las desventuradas gentes de los barrios ¿obreros? (más bien de asalariados con un alto porcentaje en paro y pobreza), que tienen a los emigrantes al lado y han de competir con ellos, aunque no quieran, por salarios de miseria y prestaciones asistenciales en rápido declive, de donde resulta que hay menos recursos a distribuir entre más necesitados, los autóctonos y los llegados de fuera. Si el Estado de bienestar se está desintegrando por escasez de fondos, ¿habrá para todos?y, ¿es justo que reciban quienes no han aportado?

Así en lo demás. Europa es un edificio que se desmorona, un barco que hace aguas, una sociedad que se desploma en la pobreza, la disfuncionalidad, la sobremortalidad y la aculturación. Y todo ello está aconteciendo con bastante rapidez. Esto crea, por el momento, una mezcla de incredulidad, inquietud y parálisis pero, dejando de lado los estados de ánimo, es la verdad. Una verdad que se irá imponiendo día a día los próximos años. Una verdad que ya ha triturado al progresismo y a la izquierda y luego triturará al populismo y a la nueva derecha. Una verdad que sólo la revolución popular integral puede primero dilucidar y luego resolver.
(Continuará)




FASCISMO Y EXTREMA DERECHA HOY EN EUROPA (I)

     En determinados ambientes existe el hábito de utilizar el vocablo “fascista” de una forma frívola y carente de rigor, como un insulto para descalificar a los adversarios políticos. Quienes usan el vocablo de ese modo son los que necesitan ocultar que están bastante impregnados de ideas y prácticas fascistas, en la forma de fascismo de izquierda, o estalinismo, según el dicho “te lo llamo para que no me lo llames.

En este asunto la exactitud analítica y la precisión epistemológica son imprescindibles.

La teoría del fascismo fue creada por Benito Mussolini en los años 20 del siglo pasado, aplicándola a la vida política de su país hasta 1945. De él la toman los nazis, Falange Española y otros muchos movimientos. El fascismo se inspira, entre otras fuentes, en la práctica del partido bolchevique en Rusia, tras 1917. Su noción central es la de “revolución fascista”, que en el falangismo adopta la forma de “revolución nacional-sindicalista”. Se sustenta en el repudio de la noción de soberanía popular, con rechazo del régimen parlamentarista y partitocrático propio del liberalismosustituido por lo que el franquismo denominaría “democracia orgánica”, o entramado corporativo y funcionarial designado por el Caudillo y responsable únicamente ante éloperante por tanto de arriba a abajo. En dicho régimen el poder de mandar es patrimonio de una minoría, organizada en el partido único. El pueblo no participa en la vida política, permaneciendo como masa pasiva, sometida y excluida, a la vez que severamente reprimida policialjudicial y militarmente. Conviene señalar que aunque hoy el vocablo fascismo es percibido por algunos como una injuria, en sí mismo nombra un orden político y nada más, organizado desde un cuerpo argumental sólido y bien construido. Así será utilizado aquí.

El fascismo es un sistema de gobierno con caudillismo unipersonal, partido único y milicias para la acometida callejera las clases popularespoder efectivo de las corporaciones, estatolatría vehementeausencia de división de poderes, sindicalismo de integración entre obreros y patronos que pretende “superar” la lucha de clases (sindicato vertical franquista), Estado de bienestar, inexistenciade libertades formales (de expresión, de reunión, de asociación, etc.), policía política omnipresente y todopoderosaindefensión legal, uso habitual de la tortura y el asesinato impune en bien del partido único y el Estadoadoctrinamiento monista de la población, preferencia por el capitalismo de Estado y salvaguarda del capitalismo privado, identificación con una fe religiosa, tecnolatría, monetización de la vida socialausencia de garantías jurídicas, nacionalismo con militarización y belicismo, férrea subordinación del individuo, anticomunismo y, más aún, animadversión a la revolución popular.

Así pues, el fascismo es otra forma de dominación del bloque ente estatal-clase patronal. Tiene diferencias con el sistema liberal pero en lo principal y decisivo coincide con él, al mantener la centralidad del orden constituido. Eso explica lo fácil que es derivar del fascismo al liberalismo, como tuvo lugar en España en 1974-1978. Y viceversa.

El fascismo ha ido adoptando diversas aplicaciones concretas del modelo original pergeñado por Mussolini. La más singular fue la que se dio en la Unión Soviética y los países subordinados a ella, donde el capitalismo de Estado constituido por el partido comunista creó un aparato político en lo esencial fascista, aunque con una retórica diferenciada, “proletaria”. Dicho fascismo de izquierdas, o estalinismo, que fue el que Orwell denuncia principalmente, se da hoy en China, Cuba, Vietnam y, sobre todo, Corea del Norte, un sistema de fascismo explícitotiranía teorizada, estatismo desmesurado y capitalismo de Estado que se guía teóricamente por el marxismo. Han existido -todavía subsiste alguna de ellas- dictaduras militares que se aproximan al esquema fascista, del que toman diversos elementos, en su forma de derechas (Chile, etc.) y de izquierdas (Etiopía, etc.). El fascismo de izquierdas puede ser tan patibulario como el de derechas, por ejemplo, los jémeres rojos en Camboya (su nombre oficial era Partido Comunista de Kampuchea), donde asesinaron a 1,5 millones de personas entre 1974 y 1979. Han existido también diversas manifestaciones híbridas, a mitad de camino entre fascismo y parlamentarismo. El verdadero partido fascista es siempre el ejército, lo que fue así incluso en la Alemania hitlerianadado que Hitler fue poco más que una marioneta del Estado Mayor de las fuerzas armadaspor no citar el caso de España.

En el presente, la manifestación más sustantiva de fascismo en el plano mundial se da en los países de religión musulmana. El esquema doctrinal del islam es, en esencia, el mismo que el elaborado por Mussolini, de manera que uno y otro coinciden en lo importante, diferenciándose en cuestiones de segundo orden. La expresión teofascismo, o fascismo teológico, recoge esa realidad, lo que explica que ninguno de tales países conozca hoy ni siquiera un régimen de libertades formales y derechos individuales y colectivos de tipo liberal-constitucional.

De los 23 países musulmanes del planeta (incluida Turquía) no hay ninguno en que el pueblo tenga libertades formales y prerrogativas jurídicabásicasen que el individuo de la calle no esté inerme ante las inevitables arbitrariedades del poder, de todo poder, y pueda hacer valer sus intereses y necesidadesEllo contribuye a explicar, descendiendo al terreno de lo económico y social, que en los países musulmanes la riqueza esté muy desigualmente repartida, y que las diferencias de renta entre ricos y pobres resulten ser mayores que en ningún otro lugar, lo que es una consecuencia de la falta de libertades populares. Los países islámicos son el paraíso de los ricos, de los poderosos, de las minorías poderhabientes, hasta un punto que no han podido lograr, por el momento, las élites occidentales. De ahí su entusiasmo por el islam, que viene de lejos, de siglos atrás.

La islamización de Europa significaría el retorno a prácticas sociales casi universalmente repudiadas, por ejemplo, la reintroducción del esclavismo en Europa, pues en países musulmanes tan próximos geográficamente como Marruecos y Mauritania siguen existiendo esclavos, esclavos en el sentido de personas sometidas a una dependencia servilcompleta, como en tiempos de Roma y Espartaco, lo que muy bien conocen las potencias europeas, que cierran diplomáticamente los ojos. Pero quienes se llevarán la peor parte en ese proceso de islamización serán las mujeres europeas. A ellas as confinaría en un hiper-patriarcado que se haría aún más pesado al estar combinado con relaciones esclavistas-sexistas al servicio de un capitalismo depredador, implacable.

En Túnez se ha conseguido hacer retroceder al totalitarismo religioso por la formidable presión día a día de la sociedad civil, pero todo ello en una situación precaria e inestable. En Turquía, el gobierno de R. T. Erdogan está actuando conforme a un programa estratégico al parecer diseñado hace mucho, cuya meta es la completa islamización,como forma de fascistización de la sociedad turca, en beneficio del gran capitalismo y de su Estado,que desean rehacer el imperio otomano y contribuir desde dentro de la UE a la fascistización de Europa todaErdogan está aplicando a la situación política la concepción islámica sobre el califato y el califa, idéntica a la del franquismo sobre el caudillaje y el caudillo, en este caso Franco. Para realizar la completa conversión al fascismo de Turquía sigue el camino de Adolfo Hitler en los años anteriores a 1933, incluida la acción callejera de bandas de milicianos de extrema derecha clerical-patriótica, que están sembrando el terror de manera cada vez más similar a como hicieron las SA en Alemania, lo que ya realizaron los islamistas en Argelia hace treinta añosLa situación es tan tensa que ha comenzado la huida del país de personas que temen por sus vidas, que no desean padecer las redadas masivas e incluso matanzas que temen sucederán en cuanto aquél tenga un mayor poder, muy prontoErdogan ha sido durante muchos años el ejemplo que el islam “moderado” ponía de régimen político deseable, y una figura enaltecida por la izquierda española. Su evolución lo dice todo sobre la verdadera naturaleza de aquél y de ésta.

Además, está el fascismo bronco y senil de los Saud de Arabia, cuya base social es el dominio de todo el país por los 5.000 integrantes de esa familia, y el fascismo virulento, aunque mejor organizado y más dinámico, de los ayatolás iraníes que institucionalmente es muy similar al orden político franquista, también porque se constituyó sobre la base de una guerra civil de facto contra las clases populares, en 1979-1982, con matanzas de trabajadores y otros antifascistas. No existe ningún país, ni ha existido anteriormente, en donde el islam tenga en cuenta y realice las nociones de libertad política, menos aún las de libertad de conciencia y libertad de expresión. La libertad, en cualquier de sus manifestaciones, y el islam han demostrado no ser compatibles. 

La negación del principio de la soberanía popular por aquella religión es la base del orden jerárquico, centralizado y dictatorial que instaura allí donde tiene la potestad de hacerlo. En el islam la soberaa, toda ella, pertenece al Estado, en su forma islámica, no al pueblo, estando ahí el meollo de su coincidencia con Mussolini, quien resumió el ideario fascista con la frase “todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. Por Estado islámico ha de entenderse el clero musulmán unificado con la maquinaria estatal, bloque que se eleva a clase propietaria de los principales recursos económicos, organizados en el presente como capitalismo de Estado. La “sharía”, o ley islámica, regula el conjunto, aunque sólo de manera formal o simbólica, pues en sí misma no es apta para regir sociedades de la complejidad de las actuales, como se observa en los hechos.

Ciertamente, aunque la situación es hoy así puede cambiar. El libro de Ayaan Hirsi Alí tiene un título que es un esperanzador plan de trabajo, “Reformemos el Islam”, si bien sus contenidos son insuficientes. Para lo que ahora nos ocupa se trata de emitir juicios simplemente políticos, no teológicos, y en este campo las cuestiones decisivas son la soberanía popular, la libertad de conciencia y la libertad de expresión, la revisión de la historia del islam para purgarla de la apología del colonialismo e imperialismo, la renuncia a la violencia como procedimiento para expandirse, la equiparación jurídica y política de la mujer con el varón, la sustitución del mito irracionalista de al-Andalus por la verdad documentada sobre al-Andalus, el esclarecimiento de la relación entre islam y nazi-fascismo con particular atención a la guerra civil española, la eliminación del “delito” de blasfemia, la separación entre el clero musulmán y el Estado, la salvaguarda de los derechos de homosexuales y lesbianas, la promulgación de un cuerpo legal objetivo sobre la base de la soberanía popularla afirmación de la centralidad de la persona en tanto que realidad básica que es por sí y desde sí y el boicot a las dictaduras petroleras hoy en ejercicio. La biografía de aquélla, Hirsi Alí, y no sólo su obra escrita, es ilustrativa de la situación y los problemas que afronta esa religión.

La línea divisoria primera entre los sistemas fascistas seculares y los que no lo son (éstos a su vez se diferencian en dos corrientes, los liberales parlamentaristas, presentes, y los revolucionarios populares, futuros) está en la libertad de conciencia y la libertad de expresión. Un país es libre si hay tales libertades para el pueblo. Está sometido a una dictadura liberal cuando se dan de un modo formal (por ejemplo, como aparecen en la Constitución española de 1978). Gime bajo un orden fascista si dichas libertades no existen. Del mismo modo, un partido está en una deriva fascistizante, o totalitaria,si no sitúa en el centro mismo de su programa la noción seminal de libertad de conciencia (como metaestratégica, logro estructural y cosmovisión personal) de la que se derivan todas las demás libertades.

Las fuerzas y movimientos que vulneran la libertad de conciencia, al perseguir la libertad de expresión (feminismo neo-patriarcal, racismo antiblanco, inquisición policiaca para el exterminio de la “islamofobia, neo-estalinismo cultural estalinismo residual, partidos caudillistas, etc.)valiéndose de la censura, la exclusión, los linchamientos públicos, las cazas de brujas, las amenazas, las agresiones, la conversión de las opiniones disidentes en “blasfemias” y cualesquiera otro procedimiento, son o bien fascistas o bien fascistizantes con independencia de la retórica y fines últimos que digan perseguir. Igualmente, las personas que no sitúan en el centro de sus quehacer diario el principio natural de la libertad de conciencia y la libertad de expresión, conforme a la fórmula “la palabra no delinque”, o son fascistas o están impregnadas de ideas fascistas o están evolucionando hacia el fascismo.

En el ámbito de la ética personal garantizar la libertad de expresión irrestricta a todo aquel, individuo o comunidad, que está en contra de lo que uno mismo propone y defiende, trabajar para que quienes nos critican e incluso persiguen puedan disfrutar de la libertad para explicarse y argumentar, es el componente sustantivo de la noción revolucionaria sobre la libertad del otro. Ésta sostiene que los argumentos se responden con argumentos, que a las ideas equivocadas se oponen ideas mejor construidas y que las manifestaciones expresivas perversas se combaten con construcciones intelectuales centradas en la noción de verdad suficiente. Jamás es legítima la censura y el recurso a la fuerza sólo es admisible como defensa justificada ante un asalto físico, sin que ello vaya unido a la negación del derecho a la palabra a nadie, tampoco a los agresores. Los revolucionarios somos los perseguidos, no los perseguidores; los censurados, no lo censores; los linchados, no los linchadores. Por eso somos incompatibles con el fascismo, el fanatismo y el totalitarismo en cualquiera de sus formas.
(Continuará)