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domingo, 25 de octubre de 2015

LA CUP O EL “ANTICAPITALISMO” AL SERVICIO DEL ORDEN CONSTITUIDO



  A los partidos, como a las personas, se les conceptúa por lo que hacen mucho más que por lo que dicen. En el caso de la Candidatura d’Unitat Popular (CUP) esa norma se ha de aplicar también porque, mientras se afirma “anticapitalista” y “asamblearia”, se subordina a las dos fuerzas políticas primordiales del capitalismo en Cataluña, CDC y ERC. La CUP está siendo fuerza auxiliar del “independentismo” partitocrático de Cataluña, que busca un nuevo pacto con Madrid para ampliar sus exorbitantes privilegios a costa de los derechos básicos del pueblo catalán.

         Ese proceder es el habitual de la izquierda. En la guerra civil el PCE-PSUC fue instrumento político y carne de cañón de los Azaña y Companys. En Francia el PC Francés se convirtió en patética criatura a las órdenes de la derecha dirigida por el general de Gaulle y sus sucesores. En la transición del franquismo al parlamentarismo (1974-1978) el PCE-PSUC fue la herramienta de que se sirvió Adolfo Suarez para su decisivo proyecto estratégico continuista.    

         Mas y Junqueras se han valido de la CUP para aportar un plus de credibilidad a su falsaria y venal intervención política supuestamente en pro de “la independencia de Cataluña”. Sin la CUP la operación se habría manifestado con mayor claridad como una añagaza más de las fuerzas políticas burguesas nominalmente catalanas en pro de sus sempiternos chalaneos con Madrid. Y si la CUP se hubiese opuesto con argumentos sólidos a la operación, aquellos politicastros al servicio de España y el capital lo habrían tenido mucho más difícil.

         Ahora, las dudas y el desasosiego crecen entre muchas personas de buena fe, afiliadas o votantes de la CUP, a causa de la línea seguida por sus jefes y jefas.

         El primer error es estar en las instituciones políticas. Quien se sitúa en ellas se hace parte del aparato de dominación estatal español, sea quien sea y proclame lo que proclame. Los seres humanos somos lo que hacemos y quienes viven del Estado español son parte de él y están a su servicio. Para que el pueblo sea pueblo hay que estar fuera, al margen y en contra de las instituciones, de todas ellas, a fin de que aquél se afirme y el Estado se debilite.

         Hoy las jefas y los jefes de la CUP son fracción integrante de la casta partitocrática, políticamente española, operante en Cataluña. Cientos de ellos viven ya de los haberes y sobresueldos que les entrega el ente estatal español, y otros cientos más de empresas institucionales y concesiones dinerarias de diversa naturaleza. En suma, son neo-funcionarios, burguesía de Estado explotadora y ambiciosa, atada por sólidos y variados lazos económicos al aparato español de poder en Cataluña, la Generalitat y los ayuntamientos. En todo su obrar político siguen la legislación española establecida, sirviéndose de los instrumentos jurídicos, funcionariales, mediáticos, policiales, fiscales, etc., vigentes.
        
         Al estar dentro del aparato del Estado español la CUP está con el capitalismo. No es necesario advertir que el orden institucional en vigor es el del capital, el de la clase empresarial, de manera que quien se integra en él forma parte del entramado que constituye el capitalismo. Esto es todavía más obvio por el enardecido estatismo de aquélla, que considera al artefacto estatal (en lo verbal a un futuro Estado catalán y en lo real al presente Estado español) como el elemento más fundamental de la vida social, de manera que ni se imaginan al pueblo, a las clases trabajadoras, autoorganizadas sin ente estatal, para gobernarse en lo político, regir la vida económica y crear un nuevo orden moral, convivencial, cultural y civilizacional.

         Su posición ante la cuestión catalana, esencialmente equivocada, resulta de su inflamada estatofilia pro-capitalista. Considera la CUP que la liberación nacional puede lograrse sin necesidad de realizar una ruptura revolucionaria con el orden vigente, dentro del sistema capitalista y sin liquidar la presencia del Estado español en Cataluña (sin poner fin a la presencia del ejército, la policía, el aparato funcionarial, el sistema mediático, el orden educativo y el régimen fiscal español). La irracional diferenciación que efectúa en su programa entre revolución social y liberación nacional convierte necesariamente a la CUP en un apéndice político de CDC-ERC.

         Su fórmula de lograr una “República catalana” manteniendo incluso la presencia del ejército español y de la guardia civil en Cataluña es un galimatías indescifrable, y una prueba de la hipocresía de sus jefas y jefes, que se hace en esto fehaciente españolismo… Lo mismo puede decirse de su negativa a vincular la libertad de Cataluña con la liquidación del sistema capitalista, asunto clarísimo hoy, dado que la gran patronal en Cataluña se ha manifestado en los últimos años partidaria inequívoca de la dominación española.

         Su vetusta y doctrinaria interpretación de la cuestión nacional es inhábil para comprender las nuevas realidades, en primer lugar el tan decisivo como temible fenómeno de la mundialización (globalización) del bloque gran empresa-grandes Estados, lo que acentúa su tendencia a otorgar a los problemas del siglo XXI respuestas del pasado. Nadie que desconsidere esa fundamental cuestión puede hacer ninguna aportación creíble, operativa y con futuro en este terreno.

         El estudio del programa e ideario de la CUP lleva a una conclusión, que uno y otro son de la época de la guerra fría entre EEUU y la URSS, una suma de formulaciones irreales por anticuadas, desfasadas y fuera de época, que sus dirigentes pretenden hacer pasar por “radicales” e “hiper-modernas” a base de poses, gestos y frases, por lo general penosos. La CUP es una forma tardía y ya residual de estalinismo, una continuación del PSUC, verdugo de la revolución en 1936-1937 y agente salvador del poder español y capitalista en 1974-1978. La línea actual de la CUP es, pues, la tercera vez que el estalinismo (socialdemócrata en lo político y totalitario en lo ideológico y organizativo) se pone al servicio del capitalismo-Estado español. La tercera y muy probablemente la última, dada la falta de futuro de aquél.

         Se podrían añadir algunas acotaciones más a la línea de las CUP. Por ejemplo, su culto por las religiones políticas, un enfoque dogmático e incluso delirante que ni siquiera tiene en cuenta los cambios sociales básicos acaecidos en los últimos 30 años y que le sitúa al lado de la derecha española, del PP. O su concepción del compromiso político y la militancia, sustentados en un politicismo exacerbado y en la negación de las capacidades, creatividad y autonomía de la persona, rebajada a mera nulidad, a simple ser nada que obedece y se somete a la dirección partidaria.

         El basamento de todo es la negativa y rechazo de la idea de revolución. Cuando se llega a esto todo lo demás, claudicación tras claudicación y estolidez tras estolidez,  viene por sí mismo. A eso se une su pasmoso dogmatismo, que hace a los jefes de la CUP inhábiles para comprender la realidad actual, unos doctrinarios cegatos que los muy astutos políticos de la casta partitocrática de Cataluña manejan como marionetas.

         Ahora la jefatura de la CUP está en una situación difícil. Su servilismo político hacia el par CDC-ERC va a convertirse en un factor explosivo una vez que estos partidos alcancen un nuevo acuerdo con Madrid, en el cual la CUP o se integra como socio menor, lo que será bastante ridículo, o se descuelga de mala manera para entregarse a la marginalidad política. Dicho de otro modo, a la CUP ahora le toca repetir el viaje a ninguna parte que realizó hace unos decenios el PSUC.

         La vía superadora es comprender creativamente las realidades del siglo XXI en Cataluña, rechazando doctrinarismos vetustos, para formular un proyecto y programa unificado e integral de revolución y liberación nacional lo suficientemente completo, complejo y realista.

        

          

sábado, 17 de octubre de 2015

A los 40 años de la muerte de Franco, 1975-2015 ¿Por qué el franquismo ganó la guerra civil?





Está publicado en mi página Web:

  http://www.felixrodrigomora.org/ 
“A los 40 años de la muerte de Franco, 1975-2015 ¿Por qué el franquismo ganó la guerra civil?”

 Dado que el próximo 20 de noviembre de 2015 se cumplen cuatro decenios de la muerte de Franco es mi intención elaborar y dar a conocer diversos estudios sobre el franquismo, así como acerca de la transición del régimen franquista a la actual dictadura constitucional, partitocrática y parlamentarista (que los serviles de la derecha y la izquierda denominan “democracia”), organizada por la Constitución de 1978, en lo principal obra de la izquierda, en concreto del PSOE y PCE (hoy IU).

El arriba citado es el primero de tales textos.

Hubo franquismo, con todos sus horrores y crímenes, porque éste ganó la guerra, así pues, investigar imparcial y objetivamente por qué el fascismo español venció en la contienda civil es una cuestión decisiva que se sitúa en el principio de la reflexión sobre nuestra historia inmediata.

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viernes, 9 de octubre de 2015

LA NOCIÓN DE SUJETO AUTOCONSTRUÍDO EN LA CULTURAL OCCIDENTAL

La personalidad autónoma y soberana, dueña de sí y libre, es inherente a la parte positiva de la cultura occidental. No aparece en otras formaciones culturales, donde el individuo carece de existencia y entidad como tal, siendo meramente una criatura que se somete al grupo y a la sociedad, o peor aún, al Estado y a Dios (esto es, al clero que dice obrar y hablar en su nombre).

En oposición a estas concepciones sobre la nadificación deseada del yo, la porción mejor de la cosmovisión occidental establece una benéfica relación entre individuo y comunidad, en la que el sujeto es social, fraternal, colectivista y solidario a la vez que la sociedad permite, favorece y salvaguarda la libertad y mismidad de la persona. Sus frutos son, o pueden ser, un sujeto superior y una sociedad mejor organizada.

De ahí proviene una concepción compleja, poliédrica y dinámica del sujeto, que a menudo se expresa en una formulación, numerosas veces repetida, que exhorta a construirse como ser humano según el criterio de “iluminar la inteligencia, avivar la sensibilidad y fortificar la voluntad”. En esas diez palabras está contenida una sapiencia ancestral profundísima, cuya meta no es tanto la comprensión pasiva y contemplativa de lo que la persona debe ser sino su realización práctica y activa, su conversión en vivencias edificativas y vigorizantes del yo.

En efecto, estamos ante un saber transformador, que demanda ser realizado, no ante blablablá y lucubraciones.

Quien considere atinada tal formulación ha de realizar un esfuerzo interior metódico y permanente, destinado a edificarse como ser inteligente, sensible y con voluntad. Un sujeto en primer lugar con inteligencia para aprehender lo real, y para transformarlo desde su conocimiento objetivo. La inteligencia se dirige a proporcionar el gran valor de la verdad, de los criterios para la modificación positiva del mundo, la sociedad y uno mismo y de la enunciación del bien moral.

Pero la noción de sujeto autocreado no es intelectualista, mucho menos racionalista. Al lado de la inteligencia sitúa la sensibilidad, pues el ser humano es tan sensitivo como reflexivo. Experimenta emociones, pulsiones y pasiones, se recrea con la belleza y la sublimidad tanto como con la verdad y el saber, no renuncia a la intuición y a las otras formas sutiles o etéreas de la conciencia y se vale de todos los modos concretos de las vivencias psíquicas. En la unidad entre lo intelectivo y lo emotivo, unidad que es al mismo tiempo oposición, reside una de las claves de la más deseable concepción de la persona.

Además está la voluntad. Porque no basta con comprender y sentir, hay que considerar la función del escoger, del libre albedrío, y lo que es incluso más substancial, tener vigor interior para persistir en el logro de las metas fijadas, contra todos los inconvenientes y a pesar de todos los dolores. Saber vencerse a sí mismo, fortalecer la fuerza de la voluntad, admitir como fundamentales bienes del espíritu el esfuerzo, el sacrificio, el deber, el honor, la valentía y al dolor, por mor de causas superiores y no por interés particular, son componentes perentorios de una personalidad bien construida.

Ese sujeto pensante, sintiente y fuerte es un gran logro civilizatorio.

Pero se necesita sumar otras categorías a la anterior trilogía, en sí misma insuficiente. La persona, además, ha de autocrearse como ser sociable. Debe ser afectuosa con sus iguales por convicción interior, considerando al amor muchísimo más que una emoción, en primer lugar un norma que ordena la propia conducta hacia el olvido de sí, la apertura al otro, la generosidad, la superación de la cárcel del ego, el espíritu de servicio, el universalismo y la magnanimidad. De las tres nociones decisivas que organizan lo humano y al ser humano, verdad, amor y libertad, se puede decir que son esencialmente hiper-complejas e inagotables, por tanto muy dificultosas de ir comprendiendo e ir diciendo aunque forman parte de nuestra existencia individual-colectiva segundo a segundo. Por eso dejaremos la cuestión así planteada, para posteriores ampliaciones. De todas ellas la más enrevesada es, probablemente, la del amor.

Pensamiento, sentimiento, voluntad y pasión convivencial ya se aproximan mucho a una percepción más completa del ser humano. Falta el vigor físico autocreado. Somos mamíferos, un tipo peculiar de ellos, somos animales, una especie como otras en lo somático. Mejorarnos como corporeidad, construirnos un cuerpo a través del esfuerzo muscular y la tensión de los tendones, las arterias y los huesos, es una de las grandes metas del sujeto autoconstruido. Dejemos a la sinrazón platónica la denigración de lo corporal para suscribir un enfoque que admire, enaltezca y desarrolle su belleza, capacidad, vigor, potencial transformador y magnificencia.

Ese individuo total, integral, que aúna en sí mismo lo mejor de lo espiritual y lo mejor de lo corporal es el sujeto de virtud que nuestro tiempo, el siglo XXI, necesita. Frente a la construcción desde arriba, desde los poderes políticos, económicos, mediáticos y académicos, de seres nada, de criaturas despojadas de sus atributos humanos, tenemos que afirmar y reafirmar lo que somos en potencia, por tanto lo que podernos llegar a ser si nos autoconstruimos desde la voluntad de ser.

Al hacerlo tenemos que considerar dos cuestiones contrarrestantes. Una es que el ser humano consiste, por naturaleza, en una unión dramática de luz y sombra, de bien y mal, resultando de ello un ente interiormente contradictorio, sumido invariablemente en el conflicto, la perplejidad y la confusión, que de manera natural se inclina al mal tanto como al bien. Dicho de otro modo, el conflicto en lo profundo del yo es nuestro modo de existencia, de manera que sólo admitiendo tal realidad podemos dirigir dicho conflicto en el sentido de la ampliación -finita y temporal siempre- del bien y la virtud en el seno del yo. Así pues, la lucha interior es inevitable, y además es deseable.

Es pertinente, por tanto, pelear consigo mismo, tener en cuenta siempre el propio mal interior, abominar de cualquier criterio narcisista y victimista, percibirse como una realidad dinámica y autocreada, que se hace responsable de sí misma, que avanza autocorrigiéndose y que no considera únicamente el mal exterior sino al mismo tiempo el mal interior.

La otra cuestión es que los atributos o categorías de lo humano están en cooperación mutua tanto como en oposición, de manera que el sujeto, en su interior, vive de forma fragmentada y conflictiva su realidad psíquica y física. Cada capacidad tiende a chocar con las otras, estableciendo criterios de oposición e incluso de exclusión, lo que no descarta la cooperación. El desenvolvimiento “excesivo” de la inteligencia tiende a debilitar la voluntad, y viceversa. El amor como vivencia en ocasiones se aviene mal con el cultivo del entendimiento. La sensibilidad emocional puede entrar en colisión con la fuerza corporal. Y así sucesivamente. Somos uno integral y al mismo tiempo seres fraccionados. Ello es garantía de nuestra libertad interior, pues podemos escoger sin determinismo qué cualidades deseamos para nuestro yo, y a la vez un motivo irremediable de tensión y dolor. Buscamos el todo pero sólo logramos fragmentos.

En el presente, la descomunal, irracional e intolerable concentración de poder en los Estados y en las grandes empresas, que está en la base del preocupante fenómeno de la mundialización (o globalización), permite a los nuevos poderes tiránicos, estatales y empresariales, manipular, esto es, destruir para rehacer a un nivel muy inferior según sus intereses más decisivos, al ser humano común de forma múltiple y constante. Busca irle despojando, una tras otra, de sus capacidades, para hacerle ente anulado y ser nada. La respuesta a tan monstruoso proyecto estratégico, que se propone reducir a la persona a la categoría de sumisa mano de obra y dócil contribuyente a las arcas del Estado, está llevando a un colapso sin precedentes históricos de lo humano, a la construcción programada desde arriba de sujetos posthumanos, esto es, subhumanos.

Ese es el primer y principal problema de nuestro tiempo, que únicamente un gran cambio total, una revolucionarización integral del orden vigente y el sujeto, puede atajar.

Sobre el cómo y los procedimientos de esa trituración planeada de lo humano se tratará más adelante en este blog. Ahora basta con recordar que la autoconstrucción del sujeto en lucha contra las fuerzas clasistas que desean nadificarlo es una práctica, un quehacer y algo a realizar, hoy mejor que mañana.