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viernes, 30 de enero de 2015

ENCUENTRO POR LA REVOLUCION INTEGRAL



Entre los días 1 y 3 de mayo de 2015 tendrá lugar un encuentro de personas interesadas en reflexionar sobre la Revolución Integral y que conocen y estudian las ideas y las obras de Félix Rodrigo Mora y Prado Esteban.

El grupo organizador del Encuentro de Reflexión sobre Revolución Integral quiere proporcionaros el enlace a un formulario que han preparado.

Servirá para hacer vuestra preinscripción al encuentro y así ayudarles a saber cuántos somos, concretar el sitio, en los alrededores de Madrid y hacer la reserva.
Por otra parte lo quieren aprovechar para empezar con las presentaciones e irnos conociendo (aunque sea de momento virtualmente).

Pinchad sobre el enlace y rellenar el formulario, por favor, si queréis participar. Si alguna respuesta no la tenéis clara, escribid lo que queráis para poder llegar hasta la parte de envío del formulario.
Si alguna persona no tiene segura su presencia en el puente de mayo o sabe seguro que no puede ir (habría que dejarlo claro en un comentario para no contabilizarla en la reserva), pero quiere participar de la elaboración de textos previos al encuentro, es bienvenida. 

El trabajo del encuentro ha comenzado ya y esos días de mayo quieren ser un punto y seguido, por eso cada sesión está planteada como una presentación del material ya elaborado, hasta el día del encuentro, y una parte de debate, mejora y elaboración para obtener el texto final.

Aquí está:

En el momento de hacer firme nuestra reserva habrá probablemente que adelantar algo de dinero por ese concepto al albergue o similar escogido.
Sugieren que se rellene el formulario antes del 1 de febrero. De alguna manera harán públicas las aportaciones de cada una, será la manera de empezar el trabajo conjunto, que en la idea de encuentro que están promoviendo, será de todos y todas, sin distinguir entre organizadores y organizados, participando pocos o muchos, pero todos, como cada uno disponga. Si alguien quiere estar dentro de la lista de correo, con la que nos comunicamos para ir preparando todo esto, no tiene más que decirlo en un email al correo que os aparecerá cuando hayáis enviado el formulario.

Muchas gracias.

PARA LEER A LOS CLÁSICOS (y IV)





         Retornemos al punto de partida, ¿cómo leer a los clásicos?

Tomar las obras de Diógenes Laercio, Cornelio Nepote, Persio, Cicerón, Juvenal, Sexto Empírico, Horacio, Epicteto, Heráclito, Plutarco, Virgilio, Luciano de Samosata, Quintiliano, Longino, el Nuevo Testamento, Salviano de Marsella, Beato de Liébana, Sem Tob, Ibn Hayyan, Tocqueville, Cervantes, Mariana, San Juan de la Cruz, Fenelon, Jefferson, Kant, Quintana, Martínez Marina, Stuart Mill, Kropotkin, Orwell, Zubiri, Edgar Morin, Simone Weil… pone sobre la mesa problemas bastante complejos.

Sin duda, cada cual puede, y debe, hacer su lista de autores decisivos. Pero ha de ser común y compartida la convicción acerca de la centralidad de los clásicos y del pensamiento clásico como aproximación a una sabiduría que mueve al sujeto, al lector o lectora, a perfeccionarse en el discernimiento y en las obras. Porque los clásicos enseñan y los pedantócratas aleccionan, por eso los primeros inducen a ser innovadores y los segundos a simplemente repetir.

Leemos para llegar a crear, dado que los clásicos, antes que cualquier otra cosa son creadores, y ahí reside lo más importante a tomar de ellos. Aprender esto, precisamente esto, es primordial. No somos sus discípulos sino individuos iguales a ellos en la intención y la meta última, concebir y generar conocimientos que guíen nuestras mentes y conductas. A esto se une la constatación de que los clásicos son imperfectos, y que en modo alguno hay que admitir todo lo que exponen, siendo los hechos, la realidad y la experiencia el criterio último de validez y veracidad, no sus escritos.

El saber o es experiencial, de y desde la vida vivida, o se reduce a errores y patrañas.

Mientras el pedantócrata contemporáneo establece, reproduce y eterniza la relación maestro/discípulos, el autor clásico trabaja para una sociedad sin maestros ni discípulos, aunque no de manera populista o demagógica, pues atrae a los maestros a admitir y tratar su lado negativo y a los discípulos a esforzarse más y más para dejar de serlo.

Ser por un tiempo discípulo es bueno, más aún, es inevitable y necesario. Pero se es discípulo para dejar de serlo, temporalmente, mientras que hoy el individuo es rebajado a alumno perpetuo, a menor de edad permanente. De esa manera se deprecia, deshonra, desmoraliza y ningunea a la persona, cuando lo necesario es afirmarla, emanciparla, otorgarla autoconfianza, hacerla conocer las enormes potencialidades ocultas que tiene dentro de sí, que puede y debe activar. Usar a los clásicos para inducir al sujeto a que permanezca de rodillas ante ellos es una infamia. Es, además, negarles en lo que tienen de mas valioso.

La lectura de los clásicos ha de hacerse a partir del conocimiento experiencial de las realidades decisivas de nuestro tiempo, de su comprensión lo más veraz, extensa y objetiva posible por medio de una práctica comprometida con la libertad, el bien, la verdad y la revolución. Lo óptimo es combinar el estudio de la realidad con el estudio de los autores fundamentales y con la transformación revolucionaria de lo existente, considerado al yo como parte de lo a transformar y no como ser “perfecto” o, peor todavía, como “víctima”, la forma de narcisismo autodestructivo hoy más usada por el sistema de dominación-aniquilación.

Leer a los clásicos tiene que ser tarea popular, de la gente común, algo a realizar en lo principal fuera de las instituciones escolares y académicas, un acontecer integrado en la existencia y en los compromisos de cada cual, individuos y colectivos[1].

Con todo ello, y trabajando por recuperar -vivificar, recrear y aplicar- al mismo tiempo la sabiduría popular de la cultura oral, propia de las clases modestas, podremos contribuir a que las sociedades europeas superen su preocupante estado de aculturación, anomia, desmoralización, caos vivencial, desintegración psíquica y disfuncionalidad cotidiana, para que Europa vuelva a ser una fuerza cultural, política y moral que realice contribuciones de importancia a la emancipación integral de toda la humanidad.

La cultura occidental, una vez renacida, puede unificar a los pueblos europeos, en una hora crítica de su historia, en un tiempo infausto en que éstos y sus saberes están siendo negados desde arriba, por las clases mandantes y pudientes europeas, con un furor y un maquiavelismo que estremecen. Los próximos decenios resultarán decisivos en este asunto, en ellos la re-culturización de Europa será una cuestión de primera importancia.
Fin


[1] Una de las cuestiones a examinar en el Encuentro 2015 de Reflexión por la Revolución Integral, a realizar previsiblemente en mayo de ese año, ha de ser la aculturación popular y los procedimientos que están en nuestras manos para promover el estudio y la aplicación de los clásicos a la comprensión y resolución de los grandes interrogantes del siglo XXI.

PARA LEER A LOS CLÁSICOS (III)




La inteligencia es sólo parte mientras que el ser humano es totalidad. No basta con el conocimiento intelectual hay que cultivar los atributos complementarios necesarios para ser con plenitud: voluntad, sentimientos, vitalidad, arrojo, generosidad, vigor corporal, autodominio, superación del miedo al dolor y a la muerte, afectuosidad, autoconfianza. Vivir es ser en la totalidad y en la complejidad. Es admitir el riesgo y la incertidumbre. Es reconocer que la existencia, a fin de cuentas un fluir inabarcable y caótico, hay que sobrellevarla con dignidad, serenidad, ingenio, paciencia, hermandad y coraje. Estamos solos y confusos de manera constitutiva y por eso necesitamos imperiosamente de los otros. Y de nosotros mismos regenerados.

La grandeza de nuestra cultura clásica se manifiesta también en que su concepción del ser humano es poliédrica, no reduccionista e integral, con el sujeto como centro. Mientras en otras culturas es la sociedad, o peor aún, el Estado, el factor decisivo, en la auténticamente occidental tal lugar lo ocupa el individuo, la persona, el ser humano real y existente. Desde ahí se establece la vida social. Es ésta una formulación revolucionaria, de colosales derivaciones.

En consecuencia, lo colectivo se construye desde lo individual mientras que lo individual se construye desde sí mismo.

En la cultura occidental, en su porción positiva, el sujeto confía en sí mismo, se aprecia y valora a sí mismo como yo (pero no como ego), se esfuerza en realizar y maximizar todas sus capacidades, atributos y facultades. No delega, no espera intervenciones externas, no mendiga “ayuda”, actúa por sí y desde sí (pero no para sí), poniendo el dar por encima del recibir. Busca lo difícil, admite la complejidad casi infinita de lo real, asume responsabilidades, aprende a controlar el temor y no se amedrenta ante los riesgos. Ulteriormente, y sobre ello, erige las necesarias formas colectivas.

Si la persona es el centro todo lo demás se edifica desde ella, desde su calidad. No hay colectivismo sin sujetos de virtud, sin seres humanos de valía. Es imposible se dé un orden social bueno, libre, una sociedad bien construida, si no está fundado sobre una noción apropiada, verdadera, de lo que la persona ha de ser, y acerca de los modos como ésta debe construirse por libre albedrío.

Eso es lo que hoy aborrecen con todas sus fuerzas el capitalismo transnacional y el mega-Estado/Estados de la contemporaneidad, dado que necesitan desquiciar y desarticular, triturar y laminar, al sujeto, hacerle una nada digna de lástima para sobre-dominarle. Tales monstruosidades están ya contenidas en la noción y la práctica del trabajo asalariado, de manera que mientras no se elimine éste no podrá lo humano florecer ni podrá fluir la vida civilizada, del mismo modo que hasta que la esclavitud no desapareció no se realizó lo positivo del mundo antiguo, en la gran mutación altomedieval, acaecida en buena medida en los pueblos libres del norte de Hispania. Para lograr tal meta el pensamiento clásico, en particular la cosmovisión del amor, central en el cristianismo genuino, es de mucha utilidad.

Ahora, cuando el capital y el ente estatal han adquirido ya un poder enorme, para mantenerlo y seguir expandiéndolo se vuelven contra la cultura clásica, a la que pretenden reducir a objeto de museo, a algo vetusto y polvoriento apartado de la vida real, de los grandes problemas de nuestro tiempo y de la gente de la calle. Ya sucedió en el pasado y ahora vuelve a suceder. Eso explica que la cultura europea haya dejado de ser creativa, lo que equivale a indicar que ha dejado de estar viva y actuante.

La diferencia entre la cultura clásica y los productos culturales hodiernos es que la primera forma al sujeto mientras que los segundos le adoctrinan. Aquélla fomenta la libertad interior, de pensar, de conciencia, mientras que lo en el presente producido, con algunas excepciones, ahoga la vida anímica superior de la persona.

Desde el re-ascenso del ente estatal en los siglos XIV-XV, el desenvolvimiento de las monarquías “de derecho divino” y, sobre todo, desde las revoluciones hiper-estatizadoras de los siglos XVII-XIX, en primer lugar la liberticida revolución francesa, la cultura se ha convertido en un servicio muy bien remunerado a las instituciones, igual que sucedió en Roma a partir de Augusto, o en Grecia desde Platón y Aristóteles.

Pero incluso en ese abominable actuar hay grados. Hoy la meta de las prácticas culturales y estéticas es crear el máximo de conformismo y servilismo, sobre todo por medio de la devastación creciente del sujeto, finalidad de la que únicamente una minoría reducida de obras de creación cultural escapa, a veces sólo parcialmente. Ya no cuentan la verdad ni el rigor, tampoco el ingenio ni el talento ni la belleza, ya no se valoran los contenidos ni las formas, pues todo se juzga por su función política reaccionaria, promover acatamiento irracional al vigente orden de dictadura, o más en concreto, fabricar  la personalidad sumisa, el buen ciudadano (que paga impuestos y obedece) y buen trabajador asalariado (que enriquezca al patrono), nunca el buen ser humano.

A quienes desean una revolución completa-suficiente, integral, que envíe a la clase empresarial y el artefacto estatal al museo de los horrores de la historia, compete salvar -lo que significa prestigiar, rescatar, vivificar y actualizar- el lado positivo de la cultura europea, la popular tanto o más que la erudita. Hace siglos esto lo efectuó sobre todo el monacato cristiano revolucionario, ahora lo tiene que hacer el movimiento por la revolución integral, en colaboración con quienes comprendan su trascendencia y significación, quienquiera que sean.

La cultura de los pueblos europeos es por naturaleza universalista, diversa, plural y abierta. Integra, acepta y admite, consciente de su valía y operando sin masoquismos, aunque únicamente incorpora lo bueno de las otras construcciones culturales, no lo negativo, que resiste y combate. Por eso, al profundizar en ella se conecta fácilmente con lo sustantivo de la condición humana. En último análisis, la estructura cultural occidental tiende a hacerse cultura natural global, esto es, normas organizadoras de la existencia humana en lo que ésta tiene de más básico, por encima de formas doctrinales, creencias institucionales, particularidades locales o supersticiones fomentadas.

Hoy, cuando la revolución de los transportes y de las comunicaciones, los movimientos de capital multinacional y la hiper-operatividad de los entes estatales, están creando un escenario mundial unificado por primera vez en la historia, la parte creativa de la cultura europea, que tiene que ser la decisiva, ha de evolucionar hacia cultura natural[1], hacia el ordenamiento de la existencia desde normas a deducir y formular en lo principal a partir de la condición humana misma. Ése es un gran reto de la hora presente.
(Continuará)


[1]  Una muestra de lo expuesto la ofrece una obra clásica, “Principios naturales de la moral, de la política y de la legislación”, de Francisco Martínez Marina. Este libro, terminado hacia 1825 no fue editado hasta 1933, por la animadversión -comprensible- que concitó el autor en los agentes políticos institucionales de su tiempo, liberales, partidarios de la monarquía “absoluta” y luego carlistas, hechos piña contra él. Martínez Marina propone que los tres saberes (que son tres y no dos, pues la ética no puede ser ignorada) necesarios para organizar la vida colectiva, la moral, la política y el derecho, tengan un fundamento natural, vale decir, resulten de la esencia concreta humana tal como se manifiesta más allá y al margen de las construcciones ideológicas, clericales o laicas. Esa idea es excelente y muy oportuna hoy. Al argüir de ese modo Martínez sigue una corriente de pensamiento, europea y peninsular, de larga data. Los filósofos cínicos, por ejemplo, sostenían que las normas de conducta personal, la ética, tienen que fijarse a partir de lo primordial y más profundo  de la naturaleza humana.


jueves, 29 de enero de 2015

PARA LEER A LOS CLÁSICOS (II)




Culto es quien crea cultura, no quien la consume. Saber es saber crear, no saber repetir.
        
Producir cultura es el resultado de cavilar, de observar, de comprometerse en quehaceres transformadores, también de leer de manera apropiada. Los clásicos enseñan a pensar, incluso a pensar contra ellos, asunto en que reside lo mejor de su grandeza. Ser una persona culta es promover en sí mismo el hábito de reflexionar día a día, retirándose regularmente al interior del yo para, desde allí, desde el ensimismamiento y el silencio, comprender el mundo y las cosas, y comprenderse.
        
Quien reflexiona es creador de cultura. Quien lee a los clásicos pero no piensa por sí mismo es sólo un erudito. Repetir lo que otros dicen no es pensar. La sabiduría se expresa en los actos -particularmente en los más decisivos- de la vida, y es en ellos donde manifiesta si es tal y en qué medida. Sabio es quien ofrece respuestas, remedios, procedimientos y actuaciones suficientemente apropiadas a los asuntos cenitales de la existencia.
        
El acto de creación, en tanto que experiencia esencialmente individual que acaece en el interior del yo, forma parte de lo nuclear de la cultura de Occidente. Si los clásicos nos adiestran en pensar es que realmente son eso, clásicos, pero si sólo nos traspasan saberes, o pseudo-saberes, se quedan en transmisores, o peor, en adoctrinadores. Platón fue el gran adoctrinador, porque se tuvo por “Maestro” mientras el resto de los seres humanos debían quedar como sus discípulos. Por eso no es, recapacitando con el necesario rigor, un clásico. Quería tener poder, no expandir la sabiduría y, sobre todo, anhelaba impedir la formación de personalidades culturalmente construidas, esto es, autónomas, inteligentes y poderosas, para que no se enfrentasen a su tiranía múltiple.
        
La quintaesencia de la sabiduría reside en el logro por hábito de sabiduría día tras día. Alcanzar verdadero saber no es recibirlo de fuera sino crearlo, más exactamente, recrearlo, en el interior del yo.
        
Los autores clásicos están bipartidos y su obra es asimismo dual, bipartida, una mezcla de valioso y menos valioso, de aciertos y desaciertos. No son profetas de una fe pretendidamente omnisciente sino seres humanos corrientes. Deben ser leídos con una compleja combinación de entusiasmo y escepticismo, corrigiendo sus deslices y pifias cuando proceda. Al hacerlo hay que considerar las condiciones actuales, usando sus enseñanzas como inspiración para enfocar los grandes asuntos de nuestro tiempo y como metodología para construirnos como sujetos preparados para la reflexión, para la verdad, para el esfuerzo, para la valentía, para el combate, para la virtud, para la fraternidad, para la revolución.
        
En la obra de los clásicos hay una contradicción entre su vinculación a las condiciones concretas de la época, en su vertiente negativa (militarismo, estatismo, régimen esclavista, patriarcado, etc.), y el meollo positivo y útil de sus contenidos, que sirve para negar de manera superadora el componente oscuro de su mundo. Por eso pueden leerse de dos modos, para conservar aquello que es opresivo y devastador de lo humano o para establecer las condiciones reflexivas y emocionales de la acción emancipadora. Aquí se propone esta segunda lectura.
        
Saber es ser capaz de ofrecer respuestas reflexionadas y actuantes a cada situación concreta real. Si leemos a los clásicos es en primer lugar para adquirir esa sapiencia, no para corear sus argumentos. Cultura es vida vivida, sujetos que se hacen, pensamiento creador, afecto convivencial, energía psíquica y potencia combatiente. El academicismo no es cultura, o es, en el mejor de los casos, su forma inferior y degradada.
        
La cultura clásica de Occidente, en su lado positivo, es una vivencia consciente de la libertad (finita y condicional por convicción interior, para que no se degrade a omnilibertad), de la autonomía construida desde el yo. Libertad no es sólo ni principalmente ausencia de coacción exterior sino autocreación del sujeto como individualidad apta, en consecuencia, capaz de hacer aquello que se proponga, lo que escoja en uso del libre albedrío y conforme a criterios de responsabilidad, convivencia, magnanimidad y moralidad. Esa libertad para obrar proviene de la previa adquisición de la libertad interior y de realizar la tarea de autoconstruirse.

Quien resulta ser capaz, quien vale y es apto, quien se hace sujeto de virtud, es libre. Aquel que para nada sirve y de nada es capaz carece de libertad del modo más absoluto. Los seres metódicamente nadificados de la hora presente, construidos desde fuera en la forma de criaturas cada vez más heterónomas, incultas, vacías, infructuosas, cobardes y dependientes, por el Estado en su variante más letal, de Estado de bienestar, son los más oprimidos de la historia, los esclavos perfectos.
        
Los autores clásicos enseñan mucho más que argumentos y razonamientos. El intelectualismo viene de que en la primera fase de su decadencia la formación social europea occidental escoge, con la escolástica, a Aristóteles, el filósofo parlanchín por excelencia, como supuesto maestro de sabiduría, lo que luego continúa el racionalismo, el cientifismo y los demás ismos mutiladores, hasta hoy. La verdadera cultura construye no sólo el intelecto sino el carácter, proporciona virtudes morales y convivenciales además de intelectuales.

Ahí están los filósofos cínicos enseñando a forjar la voluntad, a desdeñar la pereza, el hedonismo y la cobardía, a hacer de la vida una sucesión de actos de esfuerzo, severidad y valentía. Mientras, Longino muestra lo excelente de la grandeza de espíritu, la belleza y la sublimidad, de la pasión y la emoción. Plutarco nos hace sujetos de virtud, apropiados para combatir el mal, la opresión y los fanatismos, individuos sólidos y rotundos, buenos para afrontar avatares y tempestades. Cicerón estimula a la juventud a construirse desde los deberes, desde la entrega, desde la grandeza, desde la épica. Persio invita a atrevernos a estudiar el lado negativo de nuestra personalidad, para mejorarnos y progresar por el camino de la virtud.

El cristianismo proporciona la cosmovisión del amor, y el ideal de una sociedad del amor, asunto mucho más fundamental, complejo y también dramático de lo que parece. Nos llama a transitar desde el ego al yo, un acto liberador de una potencia incalculable en la esfera de lo personal e íntimo, pues equivale a emanciparnos de nosotros mismos, a renunciar a oprimirnos, dañarnos y mutilarnos. A aprender a respetarnos y a construirnos con fines magnánimos, transcendentes y combatientes. A amar el amor.

Juvenal, aunque en alguna cuestión resulta censurable, aporta un elevado ideal de auto-edificación de la persona al argüir que el mayor desacierto es “preferir la existencia al deshonor y, por vivir, perder la razón de la propia vida”.
(Continuará)