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viernes, 20 de junio de 2014

LIBERTAD DE CONCIENCIA Y MERCADOTECNIA DE PRODUCTOS POLITICOS


La libertad de conciencia es una categoría cardinal para crear una sociedad libre, un sujeto autoconstruido y un sistema de valores que realice lo humano. Hoy sólo cuenta el bienestar y el consumo, con gentes que se desentienden de la libertad para centrarse en reivindicaciones monetarias. Reclaman más Estado de bienestar pero no una sociedad con libertad de conciencia, por tanto, sin Estado. Son liberticidas.
        
La defensa y realización de la libertad de conciencia demanda recusar los poderes mediáticos, educativos, políticos, intelectuales, religiosos, estéticos y otros que utilizan el adoctrinamiento y aleccionamiento. La meta es una sociedad libre, lo que será una revolución de proporciones colosales.
        
En su aplicación a la gobernación del cuerpo social la libertad de conciencia hará posible que la formación de la voluntad política del sujeto sea razonablemente libre. Para ello se han de dar dos condiciones, que todas las propuestas políticas lleguen al sujeto medio en iguales condiciones comunicativas y que el individuo sea esforzado buscador de la verdad política concreta a la vez que garante de una igual libertad de expresión y difusión para todas las formulaciones políticas.
        
Bajo el capitalismo no puede haber libertad de conciencia ni de expresión reales, aunque sí paródicas, pues los dueños de los recursos monetarios y tecnológicos imponen sus necesidades políticas a la masa desposeída, siempre pero más aún en las campañas electorales. Bajo el dominio del Estado, que es además la primera fuerza económica, tampoco puede realizarse la libertad de conciencia, dado que es el adoctrinador número uno.
        
Por lo expuesto, y por más motivos, las elecciones bajo el régimen parlamentarista nunca son libres. El parlamentarismo, republicano o monárquico, es una forma de dictadura, la dictadura constitucional, parlamentarista y partitocrática del capital y el ente estatal.
        
Cada cierto tiempo alguna de las fuerzas políticas de que se sirve el sistema envejecen. En ese caso los estrategas y planificadores políticos diseñan una intervención política, que es esencialmente mediática, para crear un nuevo producto y una nueva marca política. Ya lo dijo el magnate yanqui de la prensa, W.R. Hearst, “Los periódicos forman y expresan la opinión pública. Sugieren y controlan la legislación. Declaran las guerras”. Todo ello lo hace muchísimo más la televisión.
        
En el caso citado, las industrias de la conciencia, a través de  la radio, la prensa y sobre todo la televisión, comienzan a publicitar la nueva formación. En particular, la forma específicamente política de telebasura, las tertulias, debates, reportajes y similares, hacen visible al producto casi sin pausa, para convertirlo en componente de la vida diaria de las personas. Así es creada una nueva marca política, conforme a lo estudiado por R. Eguizábal en “Industrias de la conciencia”.
        
Estas operaciones mercadotécnicas exigen una inversión de decenas o incluso cientos de millones de euros, que es lo que valen, a precios de mercado, el tiempo de publicidad indirecta que el nuevo producto y marca política necesitan para ser lanzadas. Dado que las televisiones son propiedad de grandes consorcios encabezados por bancos, esos millones son la donación que la banca hace a la renovada formación política. Que ésta se llame “anticapitalista” es parte de la estrategia mercadotécnica.
        
El sujeto contemporáneo, apático, crédulo y pasivo, impotente, ininteligente e irresponsable, se siente fascinado al hallar en televisión, esto es, en el corazón mismo del sistema, una opción política “radical”. La operación publicitaria explota el fondo hedonista de aquél, a quien se le dice que basta ponerse ante la pantalla para escuchar alegatos “contra el sistema”, y que basta meter un papel en una urna para “cambiar el sistema”. Todo muy fácil, asequible y cómodo, como es siempre el acto de consumir.
        
Pero la libertad de conciencia es un gran bien que resulta del esfuerzo personal y colectivo, no del horrido universo de la publicidad comercial-política.

sábado, 14 de junio de 2014

REVOLUCIÓN, NO III REPÚBLICA NI MONARQUÍA BORBÓNICA




El rasgo decisivo de la situación política es el olvido de la idea y la práctica de la revolución. Hoy todos son no-revolucionarios y anti-revolucionarios, la izquierda igual que la derecha, y la izquierda “radical” tanto como la izquierda institucional.
        
En la izquierda todo es sustituir un régimen parlamentarista y partitocrático, el monárquico, por otro, el republicano. Y un capitalismo, el actual, por otro, el hiper-capitalismo del futuro con el que sueñan juntos los empresarios y el izquierdismo renovado, ese colosal montaje mediático creado para instaurar aquí el modelo chino. Porque el hiper-capitalismo será impuesto por quienes se dicen “anticapitalistas”.
        
La izquierda fue monárquica en 1978 y contribuyó más que la derecha a la Constitución de 1978, categóricamente monárquica. Ahora se ha hecho republicana. En 1978 era contraria a la revolución y hoy también, pues izquierda y anti-revolución son sinónimos. El proyecto estratégico de la izquierda es la III república, que concibe como un régimen de extrema derecha de facto, oculto con retórica izquierdista, socialdemócrata, pues el estalinismo viejo y nuevo es fascismo de izquierdas.
        
La izquierda le es imprescindible al capitalismo para manejar a las clases trabajadoras y populares, sobre todo en momentos críticos. Por eso el capitalismo financia a la izquierda. En 1974-1978, gracias sobre todo a la izquierda, fue arruinado un estado de efervescencia popular que podría haber evolucionado a situación revolucionaria. Hoy el capitalismo necesita una izquierda nueva (que está creando) capaz de realizar sucesivas operaciones de ingeniería social, intervenciones legislativas y manipulaciones político-ideológicas que culminen en un nuevo orden económico similar al que mantiene en China el Partido Comunista, con sobre-explotación despiadada, ausencia general de libertades, feminicidio a colosal escala, anulación de la persona, deshumanización general, represión fortísima, adoctrinamiento ilimitado y Estado megapolicial.
        
Un ensayo, aunque a un modesto nivel, es el actual gobierno de coalición de la izquierda en Andalucía, excelente para los terratenientes, la banca y el aparato estatal pero sobre todo para los jefes del izquierdismo burgués y estatolátrico. Que Andalucía sea la región más pobre, con más paro, más desigualdades sociales y más deprimida de la Unión Europea tras casi 40 años de gobierno de la izquierda resulta de ello.
        
Cuando derecha e izquierda coinciden en negar la idea y proyecto de revolución ésta se convierte en la noción clave para resistir y vencer al orden constituido.
        
Revolución significa transformación  integral. Niega al parlamentarismo -que es un régimen de dictadura política- en todas sus formas, situando como meta primera a la libertad, en tanto que libertad de conciencia, política y civil. Su esencia es el autogobierno popular, a través de un régimen de intervención y participación directa de cada individuo en la totalidad de la vida política, económica, cultural y social. La asamblea, en concreto un sistema de asambleas en red, ha de ser el organismo de gobierno del pueblo por sí mismo.
        
Si la sociedad se autogobierna no es necesario ese aparato de dominio, fomento del capitalismo, nulificación de la persona, violencia institucional, adoctrinamiento perpetuo, militarización de la vida social y expolio fiscal que es el ente estatal. Éste debe desaparecer. Mientras existe Estado no habrá libertad para el pueblo, por eso los liberticidas de la izquierda, igual que los de la derecha, se proponen ampliar y expandir el artefacto estatal, como Estado policial, Estado “protector” de la mujer, Estado cultural, Estado de bienestar, etc.


Hoy la voluntad revolucionaria se ha de manifestar negando las soluciones dentro del sistema, y repudiando a quienes se integran en él, supuestamente para cambiarlo desde dentro pero en realidad para renovarlo y reforzarlo, a imitación de lo que hizo el PSOE con Felipe González en 1982-1996.
        
El anticapitalismo verdadero es parte decisiva del proyecto revolucionario. Es diferente de lo deseado por la izquierda, el capitalismo de Estado y la nacionalización (estatización) de la banca, que pondría en manos de la nueva casta partitocrática de izquierdas un poder económico enorme. El proyecto de revolución niega el capitalismo en todas sus formas, el estatal tanto como el privado. Su propuesta es que los recursos productivos deben pertenecer a quienes los utilizan, las clases populares. La elite empresarial es innecesaria y funesta. Los trabajadores pueden y deben dirigir la totalidad del proceso productivo, para lo que necesitan autoconstruirse como clase. El trabajo asalariado ha de desaparecer, lo que equivaldrá a revolucionarizar de raíz el acto de trabajar.
        
El único anticapitalismo creíble es el que se dice partidario en actos del proyecto de revolución total, integral. No hay anticapitalismo sin revolución.
        
La revolución atiende a la parte espiritual de la persona, erradicando el actual estado de desespiritualización, vacio ético, soledad patológica, desestructuración anímica programada, desamor, represión del erotismo y destrucción general de la esencia concreta humana. La autoconstrucción del sujeto se hace componente decisivo del proyecto y programa de revolución integral, la cual no otorga primacía a las metas económicas ni a las políticas dado que se propone revolucionarizar la vida humana real en su totalidad finita, sobre la base de crear un orden social sustentado en valores y metas inmateriales: libertad, verdad, autogobierno, convivencia, sociabilidad, esfuerzo desinteresado, responsabilidad, libertad de conciencia, fortaleza, voluntad de bien, consumo mínimo, reconciliación con la naturaleza, belleza y sublimidad.
        
Frente a una izquierda entregada a la falta de creatividad intelectual, la mediocridad, el maquiavelismo, la repetición del pasado, el fisiologismo, la sordidez y el conservadurismo la noción de revolución sostiene que se necesita pensar y obrar creativamente, saltando con valentía por encima de lo establecido.
        
La revolución es necesaria porque sin ella nada importante y ni siquiera nada de segundo orden puede ser resuelto. Pero, ¿es posible?, ¿es realizable? La respuesta es que, por encima de todo, resulta ser necesaria, imprescindible. Sobre su facticidad el tiempo dirá.
        
Esto dependerá de lo que se haga. Desde luego, nunca será posible si en cada coyuntura política se otorga respaldo a “soluciones” dentro del sistema, como es la III república, burguesa y capitalista. Porque la idea de revolución, penetrando en las clases populares y en todas las personas amantes de la libertad y el bien, la hará posible en algún momento del futuro. Revolucionarias son quienes como tal se declaran y en esa dirección trabajan cuando, como sucede hoy, todavía no hay posibilidad práctica de hacer realidad la idea revolucionaria.
        
Hay que ir estableciendo un bloque múltiple y diverso de la revolución, que se oponga al bloque de la reacción, monárquica o republicana, así como la vieja y nueva izquierda que es instrumento del gran capital español para implementar aquí el ultracapitalismo asiático. Un bloque plural, unido por un programa mínimo de transformación social integral. En él hay sitio para quienes, sintiéndose de izquierdas, rompan con el programa socialdemócrata y se declaren a favor de la revolución.
        
Adherirnos ya a la idea, proyecto y programa de revolución llena nuestra existencia de dinamismo, esperanza, ética y creatividad, nos aparta del pancismo, la rutina, la sordidez y el conservadurismo, nos hace fuertes, activos, generosos e innovadores, nos estimula a autoconstruirnos como personas, nos permite contemplar todos los problemas de la sociedad y el ser humano desde un ángulo diferente al común, que es el de la estolidez y mediocridad burguesas. Por eso la noción de revolución es imprescindible para mejorar cualitativamente nuestra existencia aquí y ahora, para dar sentido a nuestras vidas, para dotarnos de vigor y sublimidad. Todo ello es ya la revolución.
        
La clave está en que la revolución es necesaria. Y su necesidad la hará, antes o después, posible. Y cuando sea posible será convertida, con inteligencia y valentía, por el pueblo en una realidad magnífica, iniciándose un periodo nuevo de la historia de la humanidad.

martes, 10 de junio de 2014

POR UNA EVALUACIÓN OBJETIVA DE LA II REPÚBLICA ESPAÑOLA


Uno de los fundamentos de la política ha de ser la ética, por tanto, la objetividad. Se trata de lograr un hábito social y una situación en la que ninguna fuerza política se sirva de la tergiversación de la realidad presente o histórica, menos aún del engaño y la mentira, para formular y publicitar su estrategia y programa.

El movimiento por la III república es tan honorable como cualquier otro. En él se sitúan personas sinceramente entregadas, en lo subjetivo y como intención, a la causa de la regeneración de la vida colectiva. Su convicción es que es suficiente con cambiar la forma del Estado para que todo se modifique positivamente. No creen necesario extinguir el capitalismo y el ente estatal, no se declaran a favor de la revolución. Les basta con alterar la forma del Estado manteniendo el Estado mismo, por tanto el capitalismo, y plantearse la revolución.
        
Eso es, a pesar de todo, respetable. Lo es menos la tergiversación e incluso el falseamiento, de la historia de la II república española en sus dos periodos, el (relativamente) pacifico, 1931-1936, y el bélico, 1936-1939. La verdad ha de estar por encima de toda opción política, y las personas con criterios éticos, sin los cuales no puede haber política positiva, tienen que demandar, e incluso exigir, que se exponga la verdad, la verdad desnuda y toda ella, sobre la II república.
        
Con la verdad delante luego habrá gente que persista en sus ideales republicanos y gente que no, que se pase al proyecto y programa de revolución social integral. Pero sin la verdad nada puede ser aceptado. Veamos, por tanto, las verdades esenciales, innegables, sobre la II república.
        
La II república la imponen en 1931 el ejército, la guardia civil, la banca y los terratenientes. El presidente del gobierno provisional republicano en abril de 1931, Niceto Alcalá-Zamora, no fue ningún radical sino un conocido cacique y terrateniente andaluz. Así comienza una república en la que los caciques, oligarcas y terratenientes, hasta el día de antes monárquicos, se hacen republicanos.
        
Lo primero que hace la II república es declarar inviolable la propiedad privada, a fin de proteger a la gran burguesía terrateniente y con ella a la totalidad del capitalismo. Lo realiza en una solemne declaración político-jurídica de 15 de abril de 1931, que realiza la idea de Manuel Azaña sobre que la del 14 de abril era “una republica burguesa”. Si Azaña lo decía cada dos por tres, y si la Constitución republicana  de 9-12-1931 es un canto al capitalismo, ¿por qué ahora los partidarios de la III república lo niegan, o lo ocultan, o guardan silencio?
        
La II república fue un Estado policial que torturó a decenas de miles de trabajadores, que asesinó, al reprimir manifestaciones y ocupaciones de tierras, a miles de ellos, que creó un aparato represivo nuevo, específicamente republicano, el Cuerpo de Seguridad y Asalto, que sembró el terror allí donde actuó, autor de la matanza de Casas Viejas en enero de 1933, de la carnicería de Asturias en 1934 y de numerosos actos de violencia bajo los gobiernos del Frente Popular, en febrero-julio de 1936.
        
La II república se sirvió de normas legales propias de regímenes de extrema derecha, como la Ley de Orden Público de 1933, hecha suya por el franquismo y mantenida en vigor por éste hasta 1959. Con la Ley de Reforma Agraria de 1932 defendió, a través de la mentira, la demagogia y la violencia institucional a la clase terrateniente de los embates de la justa ira campesina. Mantuvo no sólo intacto sino también reforzado el colonialismo español en Marruecos, ferozmente racista. Con las reformas militares de Azaña se empeñó en crear un ejército más moderno y capaz, justamente el que se sublevó en 1936. Reafirmó el régimen patriarcal. Convirtió la educación en propaganda política. Agredió al mundo rural con las Misiones Pedagógicas. Impuso nuevas maneras de mantener “la unidad de España” contra los pueblos no españoles de la península Ibérica. Hizo que los beneficios de la gran burguesía industrial cayeran relativamente poco a pesar de los efectos de la gran crisis económica mundial de 1929. Creó una nueva ley fiscal, de 1932, que expoliaba más a fondo a las clases populares. Ignoró por completo a los parados.
        
Con el Frente Popular, 1936, la II república se hizo aún más virulenta y violenta. En la primavera de 1936 hubo un auge cuasi-revolucionario de las luchas obreras y campesinas, que fue contestado por un terror policial sin precedentes por los gobiernos del Frente Popular, con el apoyo de todos los partidos y sindicatos de izquierda, en particular del Partido Comunista. La expresión señera del terror policial fue la matanza de Yeste, Albacete, (29-5-1936), en la que 17 campesinos fueron asesinados y casi un centenar, varones y mujeres, heridos de bala por la policía frentepopulista, bandera republicana al viento, por querer recuperar tierras comunales que les habían sido expoliadas por caciques republicanos.
        
Dado que el colosal ascenso de las luchas populares y obreras estaba desbordando al Frente Popular y la II república, tuvo que intervenir el ejército. En primer lugar contra las clases populares enfrentadas con la república y el Frente Popular, en segundo lugar contra éstos, por haber sido incapaces de mantener “la ley y el orden”. Así se inició la guerra civil, con tres fuerzas en pugna, las militares fascistas, las republicanas y el pueblo/pueblos, que no estuvo ni con los unos ni con las otras.