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domingo, 9 de marzo de 2014

“INTELIGENCIA ERÓTICA” Esther Perel


Perel, psicoterapeuta y sexóloga belga, efectúa interesantes formulaciones sobre el erotismo en este libro, de 2006. Una parte es dramática, la que se refiere a la crisis que atraviesa esta decisiva experiencia humana, hecha de amor y sexualidad; otra enuncia formulaciones de mucho interés reflexivo y práctico, y finalmente una tercera que es trivial, vacía y prescindible. Son las dos primeras las que hacen de él un texto a leer y reflexionar.

Comienza constatando “una disminución del deseo”, llegando a especular con “la ineludible muerte del Eros”. En esta interpretación pesimista del presente y más aún del futuro del erotismo coincida con otras ensayistas y pensadoras, Anna Clark y Carol G. Wells. Dice bastante de cómo están las cosas que sean mayoritariamente mujeres las que están denunciando la actual hecatombe de lo erótico, por tanto, de lo amoroso y lo sexual. Esto pueda ser explicado porque son ellas, las féminas, las más dañadas por la deserotización en curso.
        
Perel explica la disminución e incluso la pérdida del impulso libidinal citando, como causas, la vida de sobre-trabajo y el consumo de antidepresivos para aliviar el estrés, dos factores particularmente presentes en las mujeres. Hay más causas, políticas, económicas, convivenciales, emocionales y aleccionadoras. Entre éstas últimas cabe citar las campañas del Ministerio de Igualdad y el movimiento feminicida por él financiado contra el erotismo heterosexual, lo que ha hecho de ellos la principal fuente de gazmoñería y la primera fuerza organizada dedicada hoy a la represión de la sexualidad, en particular de la femenina.
        
Perel falla en algo decisivo, a pesar de sus méritos. No comprende que si se constata una grave disminución del deseo erótico es porque estamos sometidos a una campaña, organizada desde el poder para aniquilar el Eros heterosexual.
        
Esto no es nuevo. Ya se hizo en el siglo XIX, con el ascenso del patriarcado. En la era victoriana las mujeres de las clases medias y altas europeas fueron sometidas a unas constricciones tales de su libido y vida amorosa que una parte de ellas acabó contrayendo graves dolencias físicas y psíquicas. Es el gran descubrimiento de Freud, que la represión de los impulsos sexuales y amatorios daña, enloquece, enferma, sobre todo a las féminas. Ahora, con el ascenso del neo-patriarcado padecemos una nueva gran ofensiva contra la libertad erótica, esta vez en nombre de “la liberación de la mujer”, que tiene por propósito aniquilar la vida emocional, relacional y amatoria de las mujeres, para hacer de ellas robots entregados a la clase empresarial, que vivan para el trabajo asalariado y no se ocupen ni preocupen de nada más.
        
La fabricación en serie de esa mujer hiper-productiva, esclava del capitalismo, deshumanizada y desfeminizada, entregada al consumo y al dinero, exige su deserotización. Y también la deserotización de los varones, para que cooperen con su completa inhibición en la degradación de la mujer a mano de obra, una criatura ya no humana que reduce su existencia producir y consumir. A este ente monstruoso el Ministerio de Igualdad y sus agentes le denominan “mujer liberada”.
        
Las consecuencias son similares, aunque peores, que las provocadas por la represión del sexo en la era victoriana. Los robots con apariencia de mujeres hoy puestos a punto padecen todavía más enfermedades físicas y psíquicas que las féminas victimas del patriarcado. En particular ocho: depresión crónica, soledad patológica, ataques de pánico, nueva frigidez de masas, infelicidad emocional, frustración del impulso maternal, impulsos suicidas persistentes y desintegración corporal. El neo-patriarcado es feminicida de un modo múltiple, pues para hacer de la mujer un mero factor de producción la está aniquilando como soma y como psique.

En consecuencia, la lucha por la libertad erótica, amorosa y sexual, es una de las grandes tareas del siglo XXI. Son las mujeres las que deben con más fuerza combatir a quienes valiéndose de todo tipo de argucias, desde colosales campañas publicitarias a leyes aberrantes, operaciones de ingeniera social, chantaje emocional y desvergonzada demagogia, están empeñadas en culminar el feminicidio, financiados por el ente estatal y la clase empresarial.
        
El libro de Perel es útil para ello. Con sorprendente capacidad analítica señala que si bien entre el amor y el deseo hay coincidencias también se da el conflicto, de tal modo que un “exceso” del primero puede hacer que el segundo decaiga y pierda intensidad. Por eso rechaza, en una frase feliz que transmite una enorme sabiduría práctica, “la democracia en el dormitorio”, arguyendo el igualitarismo no es consustancial a lo erótico, al ser éste expresión de la totalidad de lo humano particularizado en cada sujeto, hombre y mujer, lo que incluye pulsiones tenebrosas, deseos tortuosos, anhelo de lo terrible, emergencia de lo indecoroso y fantasías a veces bestiales. En él se expresa la parte oscura, reprimida y auto-reprimida, de lo humano: así es y así debe ser.
        
El Eros, viene a decir, tiene sus propias normas, y no puede regirse por una traslación a su mundo de lo que es pertinente en otras prácticas humanas. La irreprimible realidad de las parafilias (otrora denominadas perversiones sexuales) y el formidable universo de las fantasías eróticas, particularmente activas en las féminas, demanda que la vida libidinal del ser humano sea comprendida y vivida en su particularidad y concreción.
        
Rompe valientemente Perel con diversos estereotipos, como que las mujeres desean amor y los hombres sexo, o que los impulsos de sumisión sean más comunes en las féminas que en los varones. Aduce que la realidad a menudo es justamente la opuesta.
        
Advierte que muchísimas féminas desean alcanzar, en el erotismo práctico, “éxtasis desenfrenados” y que eso no siempre es posible con varones demasiado “correctos”, que no diferencian la convivencia cotidiana de las prácticas eróticas, en las que ha de mandar el furor, la irracionalidad y la locura del apetito, del impulso, del deseo. Convertir el amor y el deseo en una unidad de contrarios es todo un hallazgo epistemológico de esta autora, que ofrece la clave para comprender una buena parte de la vida amatoria humana.
        
El erotismo, por un lado, es fusión amorosa, eliminación de las barreras interpersonales, unificación de los cuerpos y las almas, emoción profundísima por abandonar la soledad propia del sujeto en el día a día. Eso quiere decir que es amor. Por otro lado es ansia ciega de posesión, afán de dominio, batallar de los cuerpos, explosión de lo más oscuro, salvaje egotismo, dolor que se autoniega, fantasías que pugnan por realizarse avergonzando a quienes las albergan. Eso quiere decir que es sexo, sexo humano.
        
Lamenta la autora la actual “inseguridad masculina”, que enfría el deseo femenino y contribuye a la tarea, demandada por el poder constituido, de desexualización general de la vida humana en las sociedades de la hiper-modernidad. La castración psíquica del varón va unida a la castración múltiple de la mujer. En su experiencia clínica Perel ha constatado que muchas mujeres esperan que los varones sean “más decididos y menos respetuosos” en el erotismo práctico. Éste es un consejo que contribuirá a encender el deseo en la totalidad del cuerpo social, para constituir una sociedad erotizada, esto es, re-humanizada, pues la destrucción del Eros es parte de la devastación de lo humano, de la constitución de los seres nada de la modernidad.
        
Falla Perel, empero, al aseverar que en el erotismo y el sexo “el placer es la única meta”. No. La experiencia erótica, como todas las que son esenciales en lo humano, es de naturaleza inefable e indecible, al realizar nuestra condición en su desconcertante complejidad. Asignarla el placer como meta es rebajarla, frivolizarla y mancillarla, es contribuir de facto a que la crisis de lo erótico, tan grave, se mantenga. El placer es sólo parte, parte secundaria.
        
Haciendo un siempre fallido, a fin de cuentas, esfuerzo de definición y concreción, podemos decir que el obrar erótico satisface deseos humanos muy profundos, de fusión total con el otro al mismo tiempo que de pugna con él, lo que es comprensible dada la bipartición natural de nuestra esencia. Ser como habitualmente no somos, y estar de un modo que no es el común en compañía es lo que la experiencia amatoria proporciona. Un modo de autolimitar el propio erotismo es asignarle fines hedonistas y placeristas en vez de los que le son inherentes, sublimes, misteriosos, maravillosos, mágicos y trascendentes.
        
Para terminar, Perel no se atreve a entrar en el análisis de la forma superior del erotismo, el creador de vida. La aterradora presión de la biopolítica propia de las sociedades que han realizado plenamente el capitalismo se lo veda y prohíbe de una manera no sólo imperiosa sino también amenazante. Sería castigada por el poder constituido si transgrediera el tabú de que en las sociedades “ricas” europeas las necesidades demográficas se cubren con los inmigrantes, mucho más baratos, que con nacimientos desde la población autóctona. Por eso a las mujeres se les arrebata las delicias de la maternidad y los varones las satisfacciones de la paternidad. El interés del capital ha de prevalecer siempre, cómo no. Y dado que la mano de obra es una mercancía, hay que traerla (o hacer que venga) de donde resulte más económica. Esta operación mercantil es velada con verborrea sobre el “racismo”, el “humanitarismo”, etc.
        
Porque detrás de la deserotización, de la manipulación destructiva del cuerpo de las mujeres, de la castración psíquica de los varones y del neo-patriarcado todo están, en definitiva, las leyes del mercado, además de los intereses del Estado. ¿Alguien lo duda?
        
Tenemos que alzarnos multitudinariamente contra quienes pretenden castrarnos y deshumanizarnos, para crear una nueva sociedad y un nuevo ser humano en la que el erotismo, el amor y el sexo sean libres y autodeterminados a partir de lo que cada cual es. No pueden establecerse normas generales ni reglas universalmente válidas para lo que en esencia es vivencia individual concreta no sometida a más determinaciones que las que acuerden darse quienes participan, como sujetos libres y responsables, en las prácticas amatorias.