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lunes, 30 de septiembre de 2013

LA VIDA AUTÉNTICA. En torno a una frase de Goethe


En esta edad neo-oscura, la de los seres posthumanos, cuando los rasgos definitorios de la condición humana se están esfumando y la destrucción de la esencia concreta humana alcanza proporciones espeluznantes, tenemos que reaprender a vivir, si es que queremos recuperar nuestra perdida condición, que nos ha sido arrebatada casi del todo y que nos hemos dejado arrebatar.
        
Para ello la lectura y meditación de los clásicos de la cultura occidental, la que hasta ahora mejor ha logrado definir lo humano en tanto que verdad, autonomía del sujeto, libertad, valentía, amor, revolución y trascendencia, nos es necesaria.
        
Señala Goethe que “vivir exige un laborioso trabajo, un meticuloso cuidado, un esfuerzo tenso y angustiante”.
        
El ente posthumano hoy en circulación sentirá tal formulación como un latigazo en lo poco que le queda del alma. Ya es mucho para él/ella expresiones como “laborioso trabajo” y “meticuloso cuidado” pero lo de “esfuerzo tenso y angustiante” le resulta insufrible.
        
Goethe establece algunos de los rasgos de la vida humana en su manifestación natural, que son sus elementos constitutivos en cualquier situación y bajo no importa qué sistema socio-político. Es algo que no puede ser eliminado, mientras seamos humanos, y que establece una contradicción entre ello como negatividad en sí y su significación en tanto que necesario factor de dinamización mejorante de la condición humana.
        
En el presente la vida apetecida por el sujeto desestructurado, nadificado y deshumanizado es una suma ilimitada de experiencias “agradables”, y nada más. Lo supuestamente atractivo de aquéllas reside en lo que no exigen esfuerzo, no demandan cuidado alguno y no son, pretendidamente, tensas ni angustiantes. Lo banal, lo meramente sensorial, aquello que puede ser realizado sin necesidad del cerebro ni de la voluntad ni de los músculos, un mero pasar el tiempo con la mente vacía, sin pensamiento ni emociones ni voliciones ni pasiones, una combinación devastadora de ataraxia y nirvana, una renuncia completa a lo humano, es la noción de “vida buena” propia de hoy día.


        
Eso lleva al sujeto a existir en fuga perpetua. La vida en las sociedades “ricas” es un escamoteo de la vida. El desventurado “ciudadano” huye empavorecido de deberes, obligaciones, responsabilidades, compromisos y esfuerzos. Su tosca contabilidad vital se reduce a maximizar lo agradable y minimizar lo desagradable. Extraviado por el totalitario discurso placerista, hedonista, felicista y gozador que le llega desde arriba se entrega a una existencia en permanente escapada, huyendo de todo y huyendo de sí.
        
Las revistas para mujeres son quizá las que más lejos llevan la facundia sobre la existencia como demente ansia de placidez vegetal. Según ellas, todo puede ser resuelto por medio de “trucos”, y cualquier cosa tiene que ser abordada “sin esfuerzo”. Esa letal combinación de artimañas de baja estofa y renuncia a toda movilización de la energía vital realiza la destrucción de la esencia concreta humana en las féminas del más eficaz modo posible. Así se transforma a la mujer en mera cosa, en mujer-objeto neoservil condenada a venderse en el mercado de trabajo.
        
La familia a la española, en la que el amor ha sido sustituido por el paternalismo más destructivo, con muchas madres fabricadas mitad por mitad por el franquismo y su heredera, la progresía, que se consideran las esclavas de sus hijos e hijas, la infancia y la juventud son “educadas” para vivir gozando, para escapar a todo correr de deberes (en primer lugar del deber de querer y amar, esto es, servir y respetar a sus progenitores, sobre todo a su madre), obligaciones, esfuerzos y servicios.
        
Convertidos infantes, adolescentes y jóvenes en receptores natos a los que se niega el gran bien de dar y darse, se ahoga en ellos lo mejor de la condición humana, que es el amor como servicio en actos y el esfuerzo en tanto que realización de la entrega al otro. Eso contribuye a explicar la infantilización casi general de la juventud hoy así como su baja calidad humana, tosco egotismo, ininteligencia y torpeza.
        
Sobreproteger y ser caritativos o bondadosos no es amar: es destruir, además de dominar. Amar es, también, exigir que nos amen aquéllos a quienes amamos, que nos sirvan aquéllos a quienes servimos. Una de las formas más letales de odio al otro es el paternalismo, por lo que dar amor incluye exigir amor dado que su esencia es el mutuo servicio. La bondad no es virtud, es una forma específica de maldad.
        
El “ciudadano” protegido por la muy prodigiosa Constitución Española de 1978, obra eminente de la derecha y la izquierda, unidas y hermanadas (lo que prueba que, a fin de cuentas, son lo mismo), ha de padecer, además, al Estado de bienestar, la entidad que más le deshumaniza y envilece, le infantiliza y aísla de sus semejante, le embrutece, degrada y priva de su condición de ser humano. El paternalismo de Estado es el fin de lo humano. Sometido a la triple servidumbre del adoctrinamiento de masas, la familia progre-franquista y el Estado de bienestar el sujeto en tanto que ser humano se está desintegrando.
        
En la realidad, el ser nada en huida sempiterna conoce una vida aterradora. Su renuncia a vivir le lleva a la depresión, el gran mal espiritual de nuestro tiempo, con todas sus dolorosas manifestaciones, irritabilidad, soledad patológica, angustia, tristeza, pasividad, deserotización y ansiedad. En particular las mujeres, supuestamente elevadas a una vida “libre” y “superior” por el Estado, que las “protege” y “discrimina positivamente”, están al borde del colapso psíquico, por la falta de sentido de sus vidas, la sobre-opresión, el salariado, el mega-adoctrinamiento, la despiadada represión de su erotismo (hoy vivimos en la era de la neo-frigidez de grandes masas) y el paternalismo (neo-patriarcalismo) institucional. Puede decirse que, ahora, la destrucción de la esencia concreta humana se está realizando, sobre todo, en las mujeres.
        
Así las cosas, hay que recuperar la noción seminal de que la vida es “esfuerzo tenso y angustiante”, para afrontarla con sabiduría, rigor, fortaleza, valentía y alegría. Porque el esfuerzo nos vigoriza, la tensión nos llama a la movilización de todo el ser y la angustia hace que ahondemos en la comprensión transformadora de nuestra esencia, para hacernos sujetos mejores y superiores, sujetos rotundamente humanos. Porque no hay lugar donde huir ni tenemos motivos para desear huir. Por el contario, lo apropiado es afirmar la vida en el combate, el vigor, el coraje y la entrega a las grandes causas superiores.

lunes, 23 de septiembre de 2013

“1688 La primera revolución moderna” Steve Pincus – 2013




Este historiador británico ya había estudiado los grandes cambios que tuvieron lugar en Inglaterra en el siglo XVII en “England´s Glorious Revolution”, pero la obra arriba citada, un voluminoso trabajo de 1214 páginas, aporta una notable cantidad de análisis nuevos acerca de numerosas cuestiones parciales. Sobre todo, incluye un gran caudal de datos e informaciones que permiten comprender no sólo lo que fue la revolución liberal en Inglaterra sino lo que es toda revolución liberal, la estadounidense, la francesa (llamada “revolución francesa”, de 1789) y la española, centrada en la Constitución de 1812, entre otras.
        
        
Pincus, con un gran acopio de referencias y testimonios de la época, coincide con lo que ya he expuesto en varios de mis libros sobre la mutación liberal inglesa del siglo XVII y acerca de éstas revoluciones en general. Tales formulaciones siguen siendo negadas por la gran mayoría de los historiadores, rehenes de una concepción de la historia equivocada por parcial, interesada y politicista, que al ser aplicada a la transformación de las sociedades actuales alcanza resultados catastróficos. Así pues, el libro aquí comentado debe ser tenido por una notable confirmación de una concepción más verdadera de la historia, apta por ello para servir de fundamento al proyecto de revolucionarización total de las sociedades europeas.

        
Para las y los lectores de mis libros y artículos[1] este trabajo aporta poco de nuevo, aunque confirma, demuestra y amplía lo que en ellos se formula. Eso no significa que Pincus acierte en todo, ni mucho menos, pues los numerosos y graves errores de la obra son obvios. Pero al lado de la historiografía habitual, académica, es un avance muy notable.

        
Yendo al grano de los contenidos podemos decir que muestra al Estado inglés como agente motor y principal beneficiario de la revolución liberal inglesa. Con ello refuta una noción simplona, específicamente burguesa, de la lucha de clases como mera pugna económica, dejando en la sombra la contradicción principal de todas las sociedades en lo político y económico, la que se articula entre dominantes y dominados, entre Estado y clases populares. Ese economicismo tiene sus fundamentos teoréticos en el fulero libro de Adam Smith “La riqueza de las naciones”, 1776, dirigido a ocultar la verdadera naturaleza de la sociedad liberal como formación hiper-estatizada en permanente expansión que, por ello mismo, niega la libertad al pueblo.

        
Pincus prueba, con una masa muy vasta de datos y testimonios de analistas y panfletistas, de políticos, jefes militares, agentes económicos y altos funcionarios de la época, la decisiva función del ente estatal en el cambio revolucionario de la tenida por primera revolución liberal europea[2]. Comienza refutando los tópicos más desacertados, que fue una guerra religiosa, o que se trató de un conflicto dinástico, que opuso a los partidarios de los príncipes de Orange, Guillermo y María, con los parciales de Jacobo II.

        
Desde 1640, e incluso desde antes, Inglaterra se adentra en un tiempo de luchas políticas abiertas. Su meollo es la voluntad del aparato estatal de expandirse, a costa del pueblo y a costa también de quienes vivían del modelo precedente de orden estatal. Esto ocasiona resistencias tenaces, que en varias ocasiones llevan a una guerra civil abierta. Ese ir a más del artefacto estatal se da en dos fases, una “absolutista”, en que su crecimiento es sobre todo cuantitativo, y otra liberal, a partir de 1689, en la que el ente estatal muta a liberal, esto es, se desarrolla en lo cualitativo sin descuidar lo cuantitativo. Ese es exactamente el contenido del conflicto de 1688-89, que se hizo breve guerra civil.

        
Señala Pincus que la política internacional fue el factor número uno en el desencadenamiento del cambio liberal, esto es, mega-estatal. Inglaterra necesitaba un aparato de Estado poderoso para lidiar por la hegemonía mundial con su principal rival en la segunda mitad del siglo XVII, la Francia “absolutista” de Luis XIV. Anteriormente había conseguido buenos resultados contra España y Holanda pero el nuevo desafío era formidable y las elites de poder británicas lo afrontan desencadenando una revolución interior, esto es, reorganizando el poder estatal y con ello la totalidad de las relaciones sociales.

        
Necesitaban un ejército poderoso y, sobre todo, una flota de guerra colosal, o dicho con una frase del libro, “los revolucionarios de 1688-1689... abrazaban la cultura urbana, la manufacturación y el imperialismo económico”, siendo el medio de obtenerlo el “crear un Estado moderno”. Para lograrlo había que desenvolver cualitativamente el sistema fiscal y el aparato funcionarial, y había que conseguir una centralización máxima del sistema estatal, poniendo fin al “feudalismo”, o sea, al modelo precedente, relativamente descentralizado, de orden estatal, en el que los señores territoriales poseían un significado todavía notable, aunque siempre como agentes y oficiales de la corona[3].

        
Después de los errores, malevolencias y simples majaderías que son habituales en estos asuntos es salutífero leer a Pincus, un autor alejado de todo compromiso político explícito, en el análisis de los cambios que tienen lugar en el poder militar, ejército y armada, en el sistema tributario, en el aparato funcionarial civil, en la legislación, en las instituciones económicas, en los podres judicial y carcelario y en la vida privada de las personas. Afectó también, como es lógico, a la legislación económica, a las formas de propiedad y al modo de producción. Todo para hacer de Inglaterra la potencia dominante en Europa, por tanto en el mundo[4].

Ironiza el autor sobre los teoréticos que identifican “liberal” con “anti-estatal” enfatizando que nadie, ninguna fuerza política de la época, era contraria a desarrollar al máximo el poder del Estado, y que todas eran intervencionistas. Prueba que el conflicto de 1688, que se resuelve al siguiente año, fue una pugna entre dos corrientes partidarias de un Estado máximo, la una como Estado “absolutista” y la otra en tanto que Estado liberal, parlamentarista y constitucional (el Bill de derechos” de febrero de 1689 debe ser tenido por una expresión elemental de Constitución). Dado que todo ente estatal liberal es mucho más fuerte que el “absolutista”, por su propia naturaleza, el meollo del conflicto entre los seguidores de Jacobo II y de los Orange se comprende bien. En él vencen los estatólatras más consecuentes y eficientes.

        
La cuestión del ejército y la flota de guerra se convirtieron en lo decisivo del cambio liberal inglés. Lograr “rehacer radicalmente el Estado”, en la forma de Estado liberal, era el objetivo número uno de los revolucionarios, para alcanzar a movilizar todas las fuerzas económicas y humanas del país conforme a las órdenes de un poder único y centralizado establecido en Londres. Sólo así se podrían librar guerras victoriosas con las potencias rivales. Y sólo así se podría desarrollar el comercio, las manufacturas y el capital inglés, siempre que las victorias militares, especialmente las navales, permitiesen la “libre” circulación de las mercancías británicas por todo el orbe.

        
La tolerancia religiosa, tan preconizada por Locke e impuesta por la Ley de Tolerancia de 1689, dimanó no del amor hacia un ideal abstracto de libertad de conciencia, sino para cerrar filas en la recién creada nación inglesa, poniendo fin a las luchas intestinas a fin de dirigir todas las fuerzas contra el enemigo externo. Lejos de ser una medida hecha con criterios de benevolencia ética y política no tenía otra meta que expandir el militarismo y el imperialismo inglés. La conclusión es que todos, fueran de la religión que fueran, iban a pagar tributos al Estado y aportar hombres al aparato militar. Su lealtad emocional se habría de encaminar en el futuro hacía "la nación” y no a una fe religiosa.

        
Por tanto, lejos de ser la burguesía la que realiza la revolución liberal, según mantiene el tópico historiográfico, son las elites estatales quienes la hacen: los mandos del ejército, la oficialidad de la armada, los altos funcionarios, los jefes de la policía, los abogados, libelistas y publicistas, todos los que eran conscientes de que o se creaba un poder institucional máximo o su país sería derrotada por Francia. Aunque Pincus califica a Inglaterra en el siglo XVII de “sociedad comercial” eso no es exacto, pues probablemente el porcentaje que aportaba el comercio al PIB era reducido. Es la revolución liberal la que da un gran impulso al crecimiento económico y con él al comercio, en lo esencial para permitir un gasto estatal superlativo. Hay que esperar más de un siglo a que con el desarrollo de la revolución industrial inglesa se generalice la existencia de la burguesía. Ésta, no se olvide, es tal cuando es propietaria de los principales medios de producción, cuando es burguesía industrial sobre todo, y no sólo o principalmente comercial, que era la sobre todo existente en tiempos de la “Revolución Gloriosa”.

        
Una vez más se observa que es el Estado quien, en lo medular, crea y desarrolla a la burguesía. Ésta posee por sí misma una cierta capacidad de crecimiento autónomo pero sin la asistencia del Estado en todos los órdenes, desde el legislativo al monetario sin olvidar el ideológico y el estructural, no puede desarrollarse más allá de un límite. De esto se concluye que quienes desean servirse del Estado para restringir, contener o liquidar el capitalismo se sitúan fuera de la realidad, al no comprender ni la historia ni el presente.

Los Estados existen como instituciones de poder en permanente lucha competitiva entre ellos, que adopta muchas formas, desde la comercial hasta la militar, pero que en definitiva alcanza cada cierto tiempo el nivel de guerra abierta. Conscientes de esto, los Estados procuran maximizar todo lo que pueden el poder militar, y eso exige crear sociedades militarizadas, no en el sentido pueril en que lo entienden muchos pacifistas, sino en el real, con biopolítica, planes de reclutamiento, impuestos al servicio del aparato bélico, patriarcado, centralización del mando, aparatos de adoctrinamiento, etc. Es lo que pretendían, y lo que lograron, todas las revoluciones liberales. Pero la libertad verdadera es todo lo contrario, ya que su fundamento es constituir una sociedad en que sólo haya pueblo y no ente estatal, vale decir, en que no exista una minoría mandante y una gran mayoría mandada, por tanto, sin libertad.

        
El caso inglés ilustra la noción hegeliana de que el Estado es la libertad, por tanto, el Estado máximo es la libertad máxima, sofisma patético y noción atroz por totalitaria. Las elites del poder que se constituyen en Estado máximo hegemónico, como lo fue el de Inglaterra desde mediados del siglo XVIII hasta la II Guerra Mundial, alcanzan una plétora de libertad a escala planetaria, al poder imponer a los otros Estados sus intereses fundamentales. Para las clases populares (y para los pueblos conquistados) un Estado máximo en desarrollo, como el liberal y constitucional, es aquél que más y mejor les priva de libertad, y más y mejor les destruye como seres humanos.

        
La creación del Banco de Inglaterra en 1694, por decisión del parlamento, tenía fines militares y en general estatizadores más que económicos. Puesto que las guerras con las potencias rivales y la expansión del imperio por medio de la armada necesitan de ingentes sumas de numerario en los momentos decisivos, dicho banco estaba en condiciones de proporcionárselo al Estado inglés. Esto le otorgó una ventaja decisiva sobre los demás Estados europeos. Tal impugna las interpretaciones productivistas y economicistas de la historia. El libro comentado ofrece al respecto testimonios fundamentales de la época, en las páginas 684 y siguientes: su lectura es ineludible. Por supuesto, el Banco de Inglaterra fue usado por el ente estatal también para desarrollar la economía y fomentar el ascenso de la burguesía. En efecto, una burguesía boyante hace que los ingresos fiscales del aparato estatal se eleven en flecha…

        
La conclusión última de todo esto es que la concepción económica de la historia, tal como fue formulada por el marxismo y admitida por el resto de los obrerismos decimonónicos, es inexacta. Marx, que tenía conocimientos muy pobres, tópicos y elementales de la historia real, se redujo a copiar sin citar la versión preconizada por Adam Smith y sus continuadores sobre la supuesta autonomía y centralidad de la economía. Pero la obra de Smith no es saber cierto sino propaganda política destinada a ocultar lo más decisivo, que en la sociedad liberal no hay libertad civil, por tanto libertad económica, dado que el Estado dirige, en última instancia, la vida productiva y la vida toda. Dicho aún más claro: si el Estado manda en lo importante el liberalismo es una dictadura, una tiranía del Estado.

        
Marx, con su arbitrario y letal economicismo, tomado de los ideólogos liberales de la economía política, malinterpretó y falseó la mayoría de los aspectos más decisivos del devenir histórico, por tanto del presente. Al “olvidar” al Estado, al ocultar que es el principal agente económico de las sociedades contemporáneas, por encima de la burguesía, propuso un proyecto de cambio social que vigorizando la función del artefacto estatal refuerza al capitalismo. De ahí que cuando declara desear terminar con éste lo que en realidad está haciendo es robustecerle más y más, como se ha observado y observa en las desventuradas experiencias de la Unión Soviética, China, Cuba, Vietnam, Corea del Norte, Venezuela, etc.

        
Marx se opone al capitalismo existente en beneficio de un mega-capitalismo futuro, y eso explica exactamente los “logros” de las revoluciones marxistas, que son todas ellas, revoluciones capitalistas, burguesas, dirigidas a desarrollar las fuerzas productivas, esto es, a fomentar una nueva clase capitalista sobre las ruinas de la antigua, mucho más poderosa, agresiva, represiva y tiránica que la del pasado.

        
El proyecto marxista, en esencia, es socialdemócrata, anti-revolucionario, laudatorio del capital en su peor expresión, al afirmar de manera tan vehemente el Estado. Somete al proletariado a sobre-dominación y sobre-opresión (como se manifiesta hoy en China), devasta la condición humana y sirve a la gloria final del capitalismo entendida como su triunfo total y universal.

        
La revolución era idea ajena a Marx, que sólo la admitió a regañadientes y sin convicción, obligado por el prestigio inmenso de la Comuna de París, en lo que fue una operación oportunista para no ponerse en evidencia. Lo suyo era la estatolatría. Su propuesta es evolucionista, desarrollista, torpemente determinista, simplona, deshumanizada, esto es, socialdemócrata. Más que capitalista resulta ser mega-capitalista. Y tal se pone de manifiesto en su interpretación de la historia. Para poner fin al capitalismo hay que construir una nueva explicación, un nuevo paradigma, un renovado proyecto holístico. En eso estamos. Y eso exige comprender la historia como fue, con exactitud y rigor, dando de lado toda interpretación subjetivista, ideologizada, politiquera o economicista, sea “favorable” o desfavorable.
        
        




[1] Se trata de “La democracia y el triunfo del Estado”, en su parte del análisis histórico y político, de “Seis estudios” en sus dos capítulos iniciales y de los trabajos de refutación de la revolución liberal española y la Constitución de 1812 colgados en mi página. Siempre es agradable que un libro elaborado con posterioridad a los propios alcance las mismas, en esencia, conclusiones sobre acontecimientos decisivos de la historia europea.
[2] No es el momento de entrar en controversia si fue la primera o no, considerando quizá como anterior la que tuvo lugar en las Provincias Unidas (Holanda). Los documentos fundamentales de la mutación hiper-estatizadora de Inglaterra son el Bill de derechos”, de 13-2-1689, que establece la hegemonía del parlamento sobre el monarca, y “Segundo tratado sobre el gobierno civil”, de John Locke, publicado en 1690, que compendia una parte del ideario político y doctrinal de la “Revolución Gloriosa”.
[3] La demagogia “antifeudal” es una de las muchas justificaciones del Estado policial liberal. Se supone que las revoluciones “antifeudales” liberan a los pueblos de una opresión espantosa… creando un régimen policiaco y militarista. Pincus dedica una parte de su libro a tratar, por ejemplo, del incremento en el actuar de la policía que tiene lugar en Inglaterra a finales del siglo XVII. Basta con comparar el grado y poder de los aparatos represivos en la Inglaterra de 1600, “feudal”, con los existentes en 1700, liberal, para comprender qué es la retórica “antifeudal”, una apología del Estado policiaco. La pasión por el centralismo y la policía forman el meollo del jacobinismo.
[4] Acerca de la revolución francesa el libro de Bertrand de Jouvenel, “Sobre el poder. Historia natural de su crecimiento”, dice verdades formidables e irrefutables que demuelen la imagen mítica, “liberadora” y “emancipadora”, que sobre ella se ha creado e impuesto, con impúdica violación de la libertad de conciencia. Ese autor, más modestamente, prueba que su esencia se redujo a incrementar en mucho el poder del ejército, la policía y los altos funcionarios estatales, contra el pueblo. Esto, además, deja en mal lugar las ingenuidades progresistas, al mostrar que la teoría del progreso es sólo una creencia infundamentada, es más, una forma a lamentar de fanatismo e irracionalidad, que sirve a la peor reacción.

jueves, 19 de septiembre de 2013

PARA PENSAR ESTRATÉGICAMENTE


Si se trata de transformar hay que hacer reflexión estratégica. Si se trata de poseer creencias personales, una fe, doctrina o dogma para, real o pretendidamente, dotar de sentido a la propia vida, aquélla es innecesaria.
        
Los doctrinarios y dogmáticos solamente se ocupan de difundir sus propias creencias. Son proselitistas de sus fes particulares por lo que no requieren de una estrategia. Tampoco los egocentrados, que se reducen a interiorizar credos supuestamente provechosos para sí. Los revolucionarios, al considerar su propia vida como una forma de trascendencia precisan de ella
        
El ser humano necesita ideas e ideales y, al mismo tiempo, ha de cavilar estratégicamente para tener un proyecto y plan de acción, regularmente renovado y actualizado, que permitan su realización.
        
La reconstrucción del sujeto demanda el trabajo interior tanto como el trabajo exterior. Estas tareas se han de hacer de acuerdo a proyectos y planes cuya raíz sólo puede ser la reflexión estratégica. Ambas, sumadas, son la revolución integral.
I
Se ha afirmado que la estrategia es un decir de un hacer. Cierto, es el decir sobre lo que se desea hacer considerando la totalidad finita de lo existente. Por eso los fundamentos de cualquier estrategia son dos, la investigación más imparcial, serena, fría y objetiva de la realidad, de lo que está ahí en tanto que existente por sí, y la voluntad de formular planes de acción que luego han de ser cumplidos con esfuerzo y sacrificio.
En la actual sociedad, la de los seres nada, domina el principio de la inacción y la pasividad, siendo el “no” la expresión decisiva. Entre el hacer y no hacer, entre el ser y no ser, se decantan por el no ser, con el “no” anti-vivencial, inactivo, dado que su esencia es la nada. A tales, que han renunciado a vivir para, según parece, gozar y disfrutar, les sobra toda estrategia.
        
Tampoco ésta es necesaria cuando se actúa rutinariamente, sin creatividad, sin percepción del cambio ni de la temporalidad, repitiendo dogmas anticuados y modos de obrar que ya no corresponden a las nuevas condiciones. El estudio de la historia manifiesta que más o menos cada cuarto de siglo se modifica de manera sustancial la realidad social, y también las formas individuales de ser y existir. Por tanto, regularmente hay que crear e innovar, hay que buscar respuestas nuevas a los nuevos problemas, articulando el conjunto en un proyecto transformador radicalmente renovado, vale decir, en un magno plan estratégico.
        
Junto a la inacción e inmovilidad de los seres nada se da una forma maligna de acción (o, mejor, de hiper-acción), la propia del activismo. El trabajo asalariado, el adoctrinamiento educativo-cultural, las muchas formas de publicidad, la vida en las ciudades, el consumo y, sobre todo, el crecimiento constante del poder e influencia del Estado sobre la persona común son modos destructivos de manifestarse lo humano, que con ellos se desploma en lo subhumano. El hacer robotizado, ciego, estéril e irracional de quienes han sido moldeados por esas seis letales experiencias es no-reflexivo, no-estratégico y no-planificado, o sea, activista.
        
El reformismo socialdemócrata, se esconda bajo las etiquetas que se esconda (algunas muy pomposas), tampoco necesita de estrategia pues su meta no es el cambio revolucionario sino cooperar en la permanencia de lo existente. Aquéllos que actúan sin estrategia ya sólo por eso se ponen al descubierto como socialdemócratas. Lo cierto es que únicamente la revolución exige de una estrategia, por su colosal dificultad y complejidad inherentes. Si todo consiste en vivir “mejor” bajo el actual orden, ¿para qué el cálculo estratégico?
Quienes sólo son rebeldes y no revolucionarios, los colectivos y personas que se reducen a librar pequeños, dispersos y a largo plazo irrelevantes enfrentamientos con el sistema de dominación, por cuestiones parciales, a menudo de índole económica, monetaria y consumista, y que no preconizan y promueven día a día la transformación revolucionaria de la sociedad, tampoco requieren de estrategia alguna.
        
Las élites del poder siempre, o casi siempre, operan estratégicamente. No sólo los ejércitos sino también los diversos ministerios (que hoy son trece en “España”), los servicios secretos, el temible poder judicial, los instrumentos económicos del Estado, los aparatos del aleccionamiento educativo, los entes que fijan e imponen la biopolítica, el aparato fiscal, los organismos destinados a enfrentar a todos con todos creando la sociedad hobbesiana y los poderes mediáticos estatal-privados, por citar los más conocidos. El Pentágono, centro del poder militar de EEUU, tiene hoy la mayor concentración de estrategas del planeta. La gran empresa también dedica muchos recursos humanos y monetarios al análisis estratégico y a la planificación. En cada país miles de personas, muy bien remuneradas, actúan como estrategas y planificadores al servicio del Estado o de la gran empresa, o de ambos.

II
        
El proyecto de revolución integral necesita imperiosamente de una estrategia. Es así porque se propone luchar y vencer, y no meramente hacerse la víctima, negándose a justificarse por sus fracasos y derrotas con espíritu masoquista, lloraduelos y victimista.
        
No: pretende luchar y vencer, poner fin a esta sociedad que destruye lo humano, que ha originado una catástrofe civilizacional que es el fin de la historia en tanto que historia de los seres humanos y comienzo de la historia de los seres sub-humanos, o post-humanos, para decirlo en un lenguaje más neutro.
        
El pensamiento estratégico se dirige a aprehender lo más esencial, aquello que determina el conjunto por encima de lo contingente, anecdótico, coyuntural y parcial.
        
Esa búsqueda de lo más esencial específico, de lo que determina el curso de los acontecimientos en cada situación, es la meta del análisis estratégico. Tal sólo puede realizarse emancipando la mente de teorías y dogmatismos, de creencias, fantasías, temores y ensueños, observando con enorme atención, rigor y constancia la realidad, yendo a lo más decisivo y desechando lo secundario, por más que esto en algunas fases del proceso pueda parecer como principal y determinante.
        
Aprehender lo primordial (que suele ser complejo, contradictorio y múltiple) demanda realizar una planificación de la propia acción que se sustente en ello, y no en lo secundario. Así se logrará una estrategia que aunque pueda perder batallas consiga ganar la guerra, alzándose con la victoria final.
        
Muchísimas experiencias de acción transformadora, alguna muy próxima en el tiempo y en el espacio, han resultado ser un gran y doloroso fiasco precisamente porque aunque acertaban en numerosos aspectos inesenciales fallaban en lo más decisivo. Eso permitió a quienes las realizaron obtener muchos, sonoros e importantes éxitos parciales… para fracasar finalmente.

III
        
Establecidos los fundamentos reflexivos de una estrategia al servicio de la revolución integral se trata de pasar a formularla. Estamos ante un colosal proyecto de significación histórica que sólo en siglos puede ser realizado. Quienes buscan resultados a corto plazo que puedan ser disfrutados y gozados ya ahora es que no están comprendido la naturaleza real de nuestro tiempo, ni lo que es un proceso de revolución total que desea reconstruir lo humano, poner fin al actual sistema de dominación, liquidar el trabajo asalariado, realizar la libertad eliminado el ente estatal y hacer posible la virtud cívica y personal, espiritualizando, estetizando y erotizando la existencia.
        
Porque una estrategia revolucionaria es netamente diferente de un proyecto reformista, con una advertencia añadida: la era de las reformas está quedando rápidamente atrás en Europa. Ahora vienen tiempos tremendos en que sólo la revolución es y, más aún, será una elección realista.

lunes, 9 de septiembre de 2013

MISCELÁNEA
































    Uno
Quienes viven para lo agradable, lo cómodo, lo fácil, lo placentero, lo cotidiano, lo ya posible y lo “práctico”, para lo no comprometido, no arriesgado, no peligroso y no problemático son esclavos con mentalidad de esclavos que se merecen ser esclavos.

        Dos
Aquellos que se ocupan sólo del cómo y no, en primer lugar, del qué y del por qué manifiestan ser meros ejecutores de órdenes sin autonomía ni autorrespeto ni amor por la libertad.

        Tres
Dice Julia Cameron, “Debemos permitir que nos golpee el rayo del dolor”. En efecto, el dolor con sentido (pero no cualquier dolor) nos mejora, nos salva de la infantilización, hoy universal, y nos hace creativos, inteligentes, valerosos, generosos, dispuestos a todo. Temer al dolor es una de las manifestaciones peores del dolor. No temer al dolor es un paso de gigante en la buena dirección, pero no la solución del problema que por sí es sin solución, como casi todos los grandes problemas humanos.

        Cuatro
¿Ayudar al otro? A menudo la mejor manera de ayudar es no ayudar, y también a menudo el “ayudar” es un modo de dañar y anular al otro. Sólo a partir del propio esfuerzo, la propia responsabilidad y la propia asunción de esfuerzos y riesgos pueden los seres humanos construirse como sujetos de calidad. Por tanto: no al paternalismo, sí a ayudar sin ayudar, sí a confiar en el otro en tanto que ser capaz de ser por sí mismo.

        Cinco
Leo esta definición de sublime en un diccionario. Dice que, como adjetivo, “califica a las formas del sacrificio, de la abnegación del heroísmo, donde el ser humano se alza sobre el animal en sí, con peligro de su vida”. Luego, lo sublime es perder la vida como mediocridad para conquistarla como existencia superior. A los “cerditos llorones” las palabras sacrificio, heroísmo y abnegación les producen colapso psíquico, descomposición del vientre y ataques de ira. A los seres humanos les orientan y guían.

        Seis
El amor es sublime, el sexo es, como mucho, agradable. La síntesis de uno y otro es el erotismo. Quienes sacrifican el amor al sexo manifiestan poca inteligencia, pues no tienen amor y no pueden tener sexo de calidad. No alcanzan, por tanto, nada. Se hacen, con ello, seres nada por convicción interior.

        Siete
Hay dos expresiones fundamentales de la libertad personal. La primera reside en la ausencia de coerción externa, en que nada nos obligue a hacer lo que no deseamos ni nos impida hacer lo que deseamos. La otra es la libertad como capacidad para realizar lo que escogemos hacer. Ésta centra la libertad en las cualidades reales del sujeto. La libertad, en su meollo, es por tanto la disposición de la persona para construirte como sujeto de calidad, a través de procesos difíciles y dolorosos. Con la libertad interior se conquista la libertad exterior, política, económica y social.

     Ocho
La “sinceridad” se realiza como pasión por las agresiones al otro. La “espontaneidad” como negación de todo esfuerzo transformador y autotransformador. Con la una y la otra marchamos hacia el caos personal y social.

        Nueve
La esencia de la felicidad es la renuncia a la vida. Esa es la clave de la ataraxia y el nirvana. Para no sufrir se ansía no vivir. Por eso las y los devotos de la felicidad suelen tener miradas vacías, mentes embotadas, ausencia de vitalidad, egoísmo apremiante, avanzada deserotización, autismo crónico, grave infelicidad y un enorme servilismo hacia el poder constituido. Una vida épica, pero no una vida feliz, es la única humana. La afelicidad, o indiferencia ante la felicidad o la infelicidad, es lo más apropiado.

Diez
Lo real es siempre complejo, sólo la propaganda y la manipulación, el engaño y el autoengaño son sencillos. Desconfía pues de lo que no sea complejo, difícil y arriesgado. Pero lo complejo es complejo por sí, no por la palabrería y el barullo verbal con que se exponga.

domingo, 1 de septiembre de 2013

“Sobre lo sublime”. Longino. Editorial Gredos, 1996


Estamos ante un pequeño libro -pequeño por su extensión pero inmenso por sus contenidos- que toda persona que desee vivir con grandeza de miras, autorrespeto, intensidad anímica y empuje épico deberá no solo leer sino aplicar a sí misma.
        
No se sabe nada, en realidad, de su autor. Se supone que es un griego del siglo I de nuestra era, próximo a la escuela estoica, aunque a mi entender se sitúa todavía más cerca de la cínica. Nos ha llegado en un manuscrito del siglo X[1], custodiado en París, y hasta el siglo XVII estuvo olvidado. Dicho manuscrito no está completo, infortunadamente, pues faltan páginas, pero lo conservado tiene la capacidad de elevar, emocionar y maravillar. También por la magnífica colección de citas de autores clásicos que contiene, de Homero a Jenofonte.
        
En un momento de la historia en que la mediocridad, la zafiedad, la falta de energía anímica, el deshonor, la chocarrería, el egotismo, la cobardía, los más triviales delirios autodestructivos y el arrodillarse ante el estómago triunfan con la mayor insolencia Longino nos ayuda a ponernos en pie, reencontrarnos con nuestra humanidad perdida y recuperar lo que nunca debimos dejarnos arrebatar, la grandeza de miras, la fogosidad emocional, la pasión vehemente, la voluntad de arriesgarse, los arrebatos magníficos y la agitación del espíritu.
        
Estrictamente considerada “Sobre lo sublime” se ocupa de por qué y cómo se debe hacer de la oratoria una destreza apta para mover las fibras más profundas del espíritu humano. Dicho con palabras de Longino, “el lenguaje sublime conduce a los que lo escuchan no a la persuasión sino al éxtasis”. Yerra al contraponer convencimiento reflexivo e intensidad emocional pero esta pifia, propia de la escuela cínica, queda muy atemperada por cuanto se enfrenta al artificioso y mutilante racionalismo aristotélico, que considera al ser humano como mero argumentador y no como quien vive apasionadamente su propia peripecia vital.
        
Un juicio similar debe hacerse de otra frase suya “las palabras bellas son en realidad la verdadera luz del pensamiento”, puesto que las primeras, a veces, están al servicio del error, la autocracia y la mentira (por ejemplo en la propaganda política, académica y comercial contemporánea), pero esa reivindicación de la belleza como atributo del lenguaje, máxime en un tiempo en que la trituración, programada y realizada desde el poder constituido, de éste es una de las vías más eficaces para la deshumanización.
        
Analiza Longino a numerosos autores antiguos para captar en ellos la presencia o ausencia de esa categoría tan indefinible como ineludible que es la sublimidad. Concluye que ésta tiene una de sus manifestaciones en los “pensamientos elevados”. Establece que son cinco las fuentes de la grandeza de estilo, siendo las dos fundamentales “el talento para concebir grandes pensamientos” y “la pasión vehemente y entusiasta”. Olvida que la forma superior de sublimidad es la realización de bellas acciones, difíciles hasta lo imposible, en las que se arriesgue el todo de la propia existencia por metas que nos realicen con su dificultad, terribilidad y exigencias extremas. Porque lo heroico es lo sublime materializado en hechos.
        
Para efectuar una oratoria persuasiva exhorta a “elevar nuestras almas hacia todo lo que sea grandioso, y preñarlas, por así decirlo, constantemente de nobles arrebatos”. Véase, recomienda entregarse a nobles arrebatos, tarea casi imposible en la sociedad actual donde lo que domina de manera abrumadora es la mediocridad burguesa y progresista, con sus letanías a favor de la seguridad institucional, bienestar otorgado, pancismo pedigüeño, felicidad epicúrea, hedonismo fisiológico[2] y otras letales enfermedades del espíritu.
        
No casualmente Longino arguye que “los pensamientos bajos” son “propios de esclavos”. Eso era cierto en su época y es aún más en la nuestra. Sin grandeza de ánimo y elevación espiritual no puede haber libertad. Ni siquiera sujetos amantes de la libertad, dispuestos a entregarlo todo por ella.

Pasa Longino a exaltar “la locura amorosa”, y para ello cita un extenso párrafo de Safo, cuya lectura hace estremecer. En un orden social en que la biopolítica de los tétricos manuales de sexología ha arruinado no sólo el amor y el erotismo sino también el sexo, convirtiendo lo relacionado con Eros en una caricaturesca combinación de mentiras, mezquindades, frivolidades, represiones y bobadas tediosas, esta cita deberá ser leída una y otra vez, a poder ser en voz alta, por quienes deseen hacerse sujetos aptos para el amor pasional, el ímpetu libidinal y el furor genésico, tres categorías indeclinables de lo sublime. Atención, estábamos en la oratoria y hemos llegado, por la lógica misma de lo real, a lo amoroso.
        
Poco después coloca un pasaje de “La Iliada” para mostrar un párrafo en que la descripción de una gran tempestad marina por Homero se eleva a expresión señera de lo sublime. Muy cierto. Cita asimismo a Domóstenes, con su oratoria hecha de “vehemencia y pasión violenta”. Recomienda a Hesiodo, con una frase magnífica, muy apta para los que quieren privarnos de todo impulso vital con sus subsidiadas predicas a favor de la armonía maniática, la paz bajo la tiranía, el pacifismo exangüe y las ñoñeces deshumanizantes, “la lucha es buena para los mortales”. Así Epicuro queda demolido, lo mismo que su demagógico y mediocre discípulo romano, Lucrecio.
        
Longino, fiel a su idea original, recomienda “sublimidad en la expresión y grandeza en los pensamientos”, un lema majestuoso, si bien le falta reclamar la excelsitud también en el obrar, con riesgo, honor y dolor. Aduce que la imaginación es necesaria para “producir grandeza, elevación y vehemencia en el lenguaje” y culmina manifestando su devoción por Eurípides, “el que más esfuerzos hizo por expresar con grandeza trágica dos pasiones: la locura y el amor”.
        
Celebra a quienes están llenos de “grandeza espiritual” de manera que “lo abrasan todo con su ímpetu” y culmina la obra con una frase que debería esculpirse doquiera, “el afán de riquezas, por cuya búsqueda insaciable todos sufrimos, y el deseo de placer, nos hacen esclavos, más aún, se podría decir que producen el hundimiento total del barco de nuestras vidas. El amor al dinero es una enfermedad denigrante y el deseo de placer es lo más innoble”.
        
Hemos llegado al final. Sólo queda exponer que la noción de revolución integral forma parte de lo sublime de tres maneras, porque lo es por sí misma, porque sin la sublimidad jamás podrá ser realizada, ni siquiera pensada y anhelada, y porque sin la categoría de lo sublime no se puede autoconstruir el tipo de ser humano apropiado para batirse por ella. Con dicha noción nos inmunizamos contra la sordidez y la mediocridad, nos mantenemos alertas e insomnes, llenos de fuerza y vigor, rebosantes de pasión y dispuestos a acometer no importa qué tareas difíciles e incluso imposibles. Con ella nos hacemos sujetos del magnificente universo de la sublimidad, que Longino, a pesar de sus defectos y decaimientos[3], describe, prescribe y exalta.



[1] Esta es otra muestra más, entre miles y miles, de qué fue el verdadero cristianismo, en la forma de monacato cristiano, quien salvó la cultura clásica pagana, griega y romana. El paganismo, en su etapa final, se hizo suicida y autodestructivo, despreció sus realizaciones positivas y se centró en un nihilismo muy a deplorar. El monacato cristiano copió, y con ello salvó, los manuscritos que ya apenas nadie ajeno a él comprendía y apreciaba, y lo hizo porque se sentía, en general, identificado con tan magnificas realizaciones del espíritu humano, a las que tenía por imprescindibles para regenerar a una Europa moribunda, a causa de la hiper-extensión del aparato estatal, romano, y del consiguiente declive de las nociones de virtud personal y virtud cívica. Tan moribunda como lo está ahora, e incluso un poco menos, y por las mismas causas. Un libro ilustrativo, al respecto es “Cristianismo y cultura clásica”, C. N. Cochrane, poco apto para dogmáticos y fanáticos, siempre autosatisfechos de su descomunal ignorancia.
[2] Hay en el libro una hilarante referencia, tomada de un autor antiguo, Zoilo de Anfípolis, a los “cerditos llorones”, aplicable a los “radicales” de nuestra sociedad, que lloriquean sin cesar para lograr embutir más y más en sus estómagos, haciendo de sus “luchas” un sempiterno graznido por más dinero, más pitanza y más consumo, estrategia que tiene, en realidad, una sola meta, destruir los valores del espíritu y hacer mofa de la sublimidad como categoría sustancial de lo humano, para arrebatarnos hasta el último adarme de libertad. Dado que tales sujetos hacen dejación de su condición de seres humanos para afirmarse como brutos que lo mega-devoran, todo, dicha expresión encaja y es coherente. Quienes deseamos vivir lo sublime tenemos que mantenernos alejados de ellos, y en pugna permanente con ellos.
[3] Lo sublime ha sido tratado posteriormente en varias obras clásicas, en relación con la estética sobre todo, lo que es un reduccionismo a repudiar, dado que el objeto fundamental de la sublimidad es, en primer lugar, el ser humano, no la obra de arte. Se puede citar a E. Burke, “De los sublime y de lo bello”, y a I. Kant, “Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime”, aunque no alcanzan el grado de intensidad, profundidad, grandeza y pasión de Longino. Algunos estudiosos admiten que la sublimidad inspiro el arte romántico, lo que es, como mucho, una verdad muy parcial y bastante dudosa, pues aquél se despeñó en el histrionismo, la ampulosidad y el pintoresquismo, hasta liquidarse a sí mismo por causa de lo ridículo y falso de muchas de sus realizaciones.